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	<title>Hermano Cerdo: Literatura y Artes Marciales</title>
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	<description>La revista de los campeones</description>
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		<title>Nos mudamos a una nueva casa: Hermanocerdo.com</title>
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		<pubDate>Mon, 04 Jul 2011 11:09:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>René López Villamar</dc:creator>
				<category><![CDATA[featured]]></category>

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		<description><![CDATA[
Después de muchos meses de arduo trabajo, HermanoCerdo se muda a su nueva casa en la red: hermanocerdo.com. Actualicen sus marcadores y su suscriptor de noticias, o siganos como siempre por Twitter y Facebook. No se preocupen, este sitio se quedará en su lugar, así que sus enlaces no se volverán obsoletos. Todavía quedan varias [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><a href="http://hermanocerdo.com"><img class="aligncenter" title="hermanocerdo.com" src="http://3.bp.blogspot.com/-K7IjA9CwXGA/Tg_OPN1YSBI/AAAAAAAABS0/EHWoaSXgZWE/s1600/hccom.jpg" alt="" width="500" height="601" /></a></p>
<p>Después de muchos meses de arduo trabajo, HermanoCerdo se muda a su nueva casa en la red: <a href="http://hermanocerdo.com/">hermanocerdo.com</a>. Actualicen sus marcadores y su <a href="http://hermanocerdo.com/feed/">suscriptor de noticias</a>, o siganos como siempre por <a href="http://twitter.com/#!/HermanoCerdo">Twitter</a> y <a href="http://www.facebook.com/hermano.cerdo">Facebook</a>. No se preocupen, este sitio se quedará en su lugar, así que sus enlaces no se volverán obsoletos. Todavía quedan varias cosas por arreglar, pero también queremos conocer sus opiniones y comentarios y no podíamos esperar más.</p>
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		<title>¿Qué fue de la Generación 2.0?</title>
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		<pubDate>Thu, 30 Jun 2011 20:52:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Informe PISA-ERA]]></category>

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		<description><![CDATA[El informe PISA-ERA
Según el recientemente publicado informe PISA-ERA, coordinado por el  programa para la evaluación internacional de estudiantes de la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y en lo que se refiere a  la comprensión de lectura a través de los medios digitales de 2009, los  buenos lectores (digitales) serían aquellos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3>El informe PISA-ERA</h3>
<p>Según el recientemente publicado <a href="http://www.oecdbookshop.org/oecd/display.asp?sf1=identifiers&amp;st1=9788468001173">informe PISA-ERA</a>, coordinado por el  programa para la evaluación internacional de estudiantes de la OECD (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) y en lo que se refiere a  la comprensión de lectura a través de los medios digitales de 2009, <span>los  buenos lectores (digitales) serían aquellos que no  se detienen con páginas  irrelevantes, que cuando es necesario comparar  información, suelen hacer  varias visitas a la misma página, que saben  controlar el tiempo disponible y, lo más importante:<em> saben porqué están leyendo lo que leen y  qué es lo que busca</em>n.</span></p>
<p>Así, se mediría &#8220;la capacidad de un individuo para entender, emplear y reflexionar sobre textos escritos para alcanzar sus objetivos, desarrollar su conocimiento y potencial, y participar en la sociedad&#8221;, dice el informe PISA. Además de la decodificación y la compresión literal, la competencia lectora implica la lectura, la interpretación y la reflexión, y una capacidad de utilizar la lectura para alcanzar los propios objetivos en la vida.</p>
<p>Esto es lo que ha hecho la OECD en un estudio con alumnos de 15 años, es decir &#8220;nativos digitales&#8221;: chavales para los que la tecnología y los ordenadores han existido siempre.</p>
<p><span>Y bien, ahora vayamos con los resultados.</span></p>
<p><span>De entre los 19 países estudiados por la OECD, los estudiantes con mejores puntuaciones han sido los de Corea (568 puntos), Nueva Zelanda (537 puntos), Australia 537 puntos), Japón (519 puntos) e Islandia (512 puntos),  por encima de la media establecida por el informe en 499 puntos</span><span>.</span></p>
<p><span> De  entre los 19 países estudiados, solamente tres tienen como lengua oficial el español: España, Chile y Colombia.</span></p>
<p>Los datos son llamativos: de las tres, la que mejor puntúa es España, con 475 puntos, quedando 24 puntos por debajo de la media. Para los alumnos chilenos la puntuación media fue de 435 puntos y 368 puntos sacaron los colombianos, quedando a la cola.</p>
<p>En el caso chileno, uno de los factores que caracteriza el resultado sería que el nivel de  equipamiento informático es muy inferior al de los otros países (un 73,2 % de los alumnos tienen ordenador en casa), y así podría suceder otro tanto con Colombia, donde habría que añadir factores relativos al estatuto socieconómico de los participantes.</p>
<p>El 92,6 % de los alumnos españoles tienen ordenador en casa y, sin embargo, sus capacidades lectoras para textos digitales se sitúan igualmente por debajo de la media. Y lo más estragante: las competencias lectoras de textos impresos se sitúan (ligeramente) por encima de la competencia lectora digital.</p>
<p>En cuanto al sexo de los estudiantes evaluados, sin excepción, en todos los países, las chicas puntúan más alto en materia de comprensión lectora.</p>
<p>Estos resultados si no desmienten, al menos sí ponen en cuestión, la  creencia generalizada de que existe una generación de los así llamados <em>nativos digitales</em>, <span>también conocidos como <em>generación 2.0</em> cuyas supuestas competencias, no solo lectoras, sino de escritura,  deberían diferir sustancialmente (para mejor, se supone) de las de las  generaciones precedentes.</span></p>
<p>Síntesis de resultados (por países):</p>
<p style="text-align: center">Informe Pisa 2009 (Colombia) -<a href="http://www.icfes.gov.co/pisa/phocadownload/pisa2009/infome_pisa_2009.pdf">aquí</a>-.</p>
<p style="text-align: center">Informe Pisa 2009 (Chile) -<a href="http://www.simce.cl/fileadmin/Documentos_y_archivos_SIMCE/evaluaciones_inter/pisa_2009/Resumen_Resultados_PISA_2009_Chile.pdf">aquí</a>-.</p>
<p style="text-align: center">Informa Pisa 2009 (España) -<a href="http://www.educacion.gob.es/dctm/ministerio/horizontales/prensa/notas/2011/20110627-resumen-ejecutivo-informe-espanol-pisa-era-2009.pdf?documentId=0901e72b80d241d7">aquí</a>-.</p>
<p style="text-align: center">
<p style="text-align: center">
<h3 style="text-align: left">Nuevas Revistas</h3>
<p style="text-align: left">Este mismo mes de Junio se ha presentado en sociedad la revista digital <em>Mamajuana</em> -<a href="http://www.mamajuanadigital.com/index.php">aquí</a>- dirigida por Unai Velasco Quintela y Marc García García. Su idea es la de ser un continente no para  lo nuevo, sino para la voz de esos nuevos, esa así llamada <em>Generación 2.0.</em></p>
<p style="text-align: left">Según sus propias palabras:</p>
<blockquote>
<p style="text-align: left">&#8220;(Mamajuana) reúne las mejores voces del pensamiento crítico y la creación de la  generación de los 80 y 90 que han destacado durante la explosión  bloguera&#8221;</p>
</blockquote>
<p style="text-align: left">Esto, siendo cierto, se podría decir que es inexacto, pues de ella también forman parte un significativo cupo de escritores, críticos y profesores universitarios de la generación de los 70. Y no todos ellos forman parte de esa así autodenominada &#8220;explosión bloguera&#8221;.</p>
<p style="text-align: left">No obstante, si abrimos un poco el foco (dejémoslo en que la revista incluye jóvenes de menos de cuarenta años), desoyendo así su <em>statement</em> generacional y atendemos al hecho de que &#8220;[Mamajuana] asume que la explosión bloguera ha significado la entrega real  del ciberespacio al gran público&#8221;, podríamos  convenir que la revista, sin tomar en cuenta -de manera rigurosa- el hecho generacional, pretende &#8220;una nueva libertad para decir lo que uno quiera y como uno  quiera, con lo que eso comporta en el campo de la comunicación&#8221;.</p>
<p style="text-align: left">Y que ello lo hace a la manera del archipiélago.<br />
De momento, tal libertad se concreta en la inclusión de apartados generalmente desatendidos en este tipo de revistas como son los videojuegos o el cómic.</p>
<p style="text-align: left">
<h3>Pensamiento 2.0</h3>
<p>De esa misma definición generosa de la generación 2.0 (jóvenes menores de 35 años) participa la Editorial Legua, que acaba de lanzar a la red su concurso Pensamiento 2.0 -<a href="http://pensamientogeneraciondospuntocero.blogspot.com/2011/05/concurso-generacion-20.html">aquí</a>-.</p>
<p>Se trata según ellos mismos dicen &#8220;de un concurso cuyo fin es elaborar el libro cabecera de nuestra generación&#8221;.</p>
<p>Nada más y nada menos que al modo de <em>Nueve novísimos poetas españoles</em>, <em>Ellas tienen la palabra</em> o <em>Páginas Amarillas</em>, nos dicen, aunque no acaba de quedar claro qué tienen de pensamiento generacional las dos últimas antologías (la primera de mujeres que escribieron poesía en las décadas de los 80/90 publicada en 1997 y la segunda de escritores españoles de relato, publicada también en 1997).</p>
<p>Y digo esto porque, a pesar de que el llamamiento está abierto como concurso, los ideólogos del proyecto (cuyos nombres o intenciones no aparecen por ninguno sitio; qué ironía para una generación que se pretende transparente y clara, colaborativa y solidaria) ya han establecido un patrón de areas temáticas para lo que ha de ser el libro.</p>
<p>Es el siguiente:</p>
<ol>
<li>ESPAÑA</li>
<li>LA GLOBALIZACIÓN</li>
<li>LA ECONOMÍA</li>
<li>LA MUJER</li>
<li>EL CALENTAMIENTO GLOBAL</li>
<li>LA MOVILIZACIONES SOCIALES</li>
<li>LA EDUCACIÓN</li>
<li>EL HUMOR</li>
<li>LA SANIDAD</li>
<li>EL ARTE</li>
</ol>
<p>En fin, que se pretende &#8220;crear el libro que encabece el pensamiento de la nueva generación&#8221;. Lo cual, se mire cómo se mire, no puede ser una antología como las anteriormente referidas.</p>
<p>A la luz de los resultados del informe de lectura PISA, así como la constatable inexistencia específica de medios puramente digitales y/o de un pensamiento diferencial al respecto de generaciones precedentes o posteriores, parece bastante razonable poner en cuestión la existencia misma de la así llamada <em>Generación 2.0</em>.</p>
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		<title>Cuartos de Escritores (del Siglo XXI)</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jun 2011 04:55:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Ungar]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Augusto Jaramillo]]></category>
		<category><![CDATA[Christian Camilo Londoño]]></category>
		<category><![CDATA[Eduardo Berti]]></category>
		<category><![CDATA[Guillermo Martínez]]></category>
		<category><![CDATA[Samanta Schweblin]]></category>
		<category><![CDATA[Tomás David Rubio]]></category>

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		<description><![CDATA[

El Cuarto de Escritor de Antonio Ungar
Tomás David Rubio, Christian Camilo Londoño y Carlos Augusto Jaramillo son tres dependientes de la librería Libélula Libros -aquí- de Manizales (Colombia), que además se dedican a la traducción (Tomás y Christian) y la edición (Augusto).
A mitad de 2009, nos cuenta Tomás David Rubio (también colaborador de HC) que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><em><img class="alignnone" title="Cuarto Antonio Ungar" src="http://i1191.photobucket.com/albums/z473/elmago79/Hermano%20Cerdo/AntonioUngar1.jpg" alt="" width="443" height="332" /><br />
</em></p>
<p style="text-align: center;"><em>El Cuarto de Escritor de Antonio Ungar</em></p>
<p>Tomás David Rubio, Christian Camilo Londoño y Carlos Augusto Jaramillo son tres dependientes de la librería <em>Libélula Libros</em> -<a href="http://libelulalibros.blogspot.com/">aquí</a>- de Manizales (Colombia), que además se dedican a la traducción (Tomás y Christian) y la edición (Augusto).</p>
<p>A mitad de 2009, nos cuenta Tomás David Rubio (también colaborador de HC) que &#8220;estábamos tomando cerveza, viendo pasar  muchachas y charlando en un parque cuando se nos ocurrió hacer lo que  todo el mundo hace: abrir un blog&#8221; . Como no se les vino a la mente ningún nombre mejor, nos confiesa el dependiente colombiano, y siendo que trabajaban los tres en una librería, pues lo llamaron Tres Dependientes -<a href="http://tresdependientes.blogspot.com/">aquí</a>-.</p>
<p>Su idea era la de &#8220;ampliar nuestra conversación, hablar de lo que estábamos leyendo, recomendar autores, mostrar las novedades que llegaban a nuestra librería&#8221;.</p>
<p>Un día, uno de los &#8220;30 asiduos que nos visitan&#8221; en el blog, les propuso traducir las notas que aparecían en el periódico The Guardian (<em>Writer´s Rooms</em> -<a href="http://www.guardian.co.uk/books/series/writersrooms">aquí</a>-), lo que les pareció una idea excelente y comenzaron traduciendo a Adam Thirlwell. Luego, aprovechando el contacto con el escritor argentino Eduardo Berti &#8220;quien tuvo la amabilidad de incluirnos entre las páginas recomendadas  de su blog, Bertigo -<a href="http://eduardoberti.blogspot.com/">aquí</a>-, le pedimos una colaboración basada en los mismos  parámetros que establecía <em>The Guardian</em> -texto corto y una foto-&#8221;, nos dice Tomás.</p>
<p>Así nació el proyecto  <em>Cuartos de escritores</em> -<a href="http://tresdependientes.blogspot.com/search/label/Cuartos%20de%20escritores">aquí</a>-.</p>
<p>Tras Eduardo Berti, vinieron los escritores Guillermo Martínez, con cuyo libro<em> Borges y la matemática</em> (igual que muchos de los clientes de la librería <em>Libélula</em>) se quedaron fascinados, y Antonio Ungar, &#8220;no vamos a ocultar que cuando se ganó el  Premio Herralde de Novela, nos sentimos más tentados a escribirle&#8221;.</p>
<p>A los tres dependientes -también a nosotros- les gustaría poder ver los cuartos de muchos otros autores, entre ellos Juan Esteban Constaín, Iván Thays, Andrés Neuman o Fernando Vallejo; &#8220;qué habrá en el  cuarto de alguien a quien nada le gusta&#8221;, se pregunta Tomás David al respecto de este último escritor.</p>
<p>De momento, el próximo cuarto de escritor que podremos ver en el blog Tres Dependientes será el de la escritora argentina Samanta Schweblin, &#8220;quien prometió enviarnos pronto su texto y las fotos de su cuarto&#8221;.</p>
<p>Lo esperaremos con impaciencia, pues.</p>
<p>Y a Uds. queridos lectores, ¿qué Cuarto de Escritor (del siglo XXI) les gustaría ver?</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Sobre la naturaleza de los sueños, de Hugo Hiriart</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Jun 2011 16:02:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Stanislaus Bhor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>
		<category><![CDATA[Daniel Ferreira]]></category>
		<category><![CDATA[Hugo Hiriart]]></category>

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		<description><![CDATA[Todo el ensayo de Hiriart es una argumentación de la experiencia onírica para prepararnos a imaginar un sueño final. Si un científico inspirado tomara las premisas de Hiriart, podría tal vez fabricar una máquina de ensoñación al estilo de las máquinas Turing. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://www.edicionesera.com.mx/components/com_virtuemart/shop_image/product/hiriart-sobre.jpg" alt="" width="266" height="392" /></p>
<div>
<p class="parrafo_inicial" style="text-align: justify; "><span>Estoy en una estación</span> subterránea del metro de México. Quiero ir a San Lázaro. Pregunto. Una mujer gorda me da indicaciones, erradas. Las sigo. Subo cuatro pisos de escaleras automáticas y llego al mismo lugar. Pregunto a un vendedor de canasto (<em>tacos de canasto,</em> grita). Cuénteme joven. Le cuento: sobre la vuelta dada, mi extravío, la mujer gorda, el mismo punto de partida. El señor empieza a hablar. Le digo que voy a San Lázaro. Dice: <em>Déjeme hablar.</em> Disculpe. Me dice que no hay tal Estación. Que tome la ruta Fucsia, que suba la escalera derecha, y ahí la encuentro. Camino. Pero la escalera derecha desciende, no sube. Desciendo. Doy otra vuelta. Llego al mismo lugar. Entonces el sueño se convierte en pesadilla. Nunca saldré de ese subterráneo. Amanece, ¿o de dónde viene esa luz, la del sol?</p>
<p style="text-align: justify;">Lo soñé el 26 de mayo y fue angustioso, me levanté de mal genio, sin ganas de desayunar. Lo anoté en el diario, tal como lo recordaba. Aunque era monstruoso, la descripción somera no pudo reproducir la sensación original de laberinto del que no se puede salir. Se lo narré a mi dama y creo que la aburrí.  ¿Por qué no podía transmitir la sensación de extravío en un circuito perpetuo? Quince días después, empecé a leer <em>Sobre la naturaleza de los sueños</em>, de Hugo Hiriart. El primer postulado de este ensayo es que los sueños no tienen argumento, y por lo tanto no se pueden narrar. Para narrar algo necesitamos una estructura sinóptica (comienzo/nudo/final). Por eso todo lo que digamos en la vigilia de un sueño es un 1% memoria a corto plazo, y 99% invención. Es precisamente al vernos en la necesidad de fijar en la mente un sueño cuando trataremos de darle estructura y de convertirlo en un argumento. Lo hacemos para no olvidar (<em>sueño que no se cuenta, se olvida</em>). El que nos narra un sueño presupone muchas cosas que el auditor desconoce, por eso el otro suele aburrirse. Hiriart desarrolla en su ensayo un método de narración de sueños que conservará la floración espontánea de los incidentes tal como fueron soñados. Sostiene que para narrar un sueño acertadamente hay que copiar su amorfa espontaneidad, y que eso se logra eliminando los verbos pretéritos y adverbios de tiempo. Al hacerlo, desaparece la secuencia narrativa. Una saludable costumbre, cuando hacía teatro, consistía en distinguir lo que era <em>trama</em> de <em>argumento</em>. El argumento de Edipo: La historia de un hombre al que un hado le profetiza que matará a su padre sin saber, se casará con su madre sin saber, y al descubrirlo, muchos años después, ya convertido en rey, se sacará los ojos y acabará sus días vagando como un indigente. La trama, en <em>road movie</em>: Un hombre avanza por la carretera y mata a un mendigo. El mismo hombre que mató al hombre en la carretera besa a una mujer. El mismo hombre se inclina ante un oráculo. El mismo hombre se saca los ojos. La mujer se suicida. El mismo hombre, mendicante, avanza por una larga carretera. Una voz en off, como coro griego, narrará el argumento. Fin. Dice Hiriart que un sueño no comienza; aparece. No tiene inicio ni fin. Por ello no lo podemos narrar. Los aspectos para tener en cuenta al recordar un sueño, o para descubrir que nos cuentan un sueño falso, son:</p>
<p style="text-align: justify;"><span style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">-Dónde estamos situados. <em>¿Dónde estás tú en el sueño?</em> (No se puede soñar un sueño donde no estemos.)</span></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">-Sensaciones y emociones. ¿Qué sensación o sentimiento nos produjo? (Desesperación, alegría, miedo, sorpresa, angustia. Un sueño es una idea hecha sensación, un estado de ánimo.)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">-Todos los detalles, hasta los más mínimos, en un sueño, están exaltados. Describirlos pues. (Elementos, ropa, palabras, luz. Si podemos hacerlo, revelaremos una percepción especial que domina todos los aspectos de la vida mental.)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">-No se puede considerar un sueño cuando hay mirada sinóptica: (comienzo/nudo/desenlace), cuando hay detalles que se cohesionan en un todo (sueños como películas, eso no hay.)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">-No se puede soñar un sueño donde no seamos nosotros mismos (no podemos ser animales, o cosas.)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">El 1 de junio soñé que estaba sentado en medio de un cuadro abstracto. ¿O era un baño pintado a 360°? Podía caminar a cualquier parte, ir arriba, atrás, siempre en medio de una bruma ocre o marrón. La sensación era: que alguien me observaba. ¿Quién? ¿El pintor? ¿Cómo sabía que era un cuadro abstracto?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Hiriart, en una refutación de Jacobo Siruela (<em>El mundo bajo los párpados</em>) donde se sostiene que la materia de los sueños es visual, y Aristóteles (<em>todo pensamiento es imagen,</em> Metafísica), va al instituto nacional de ciegos de México para saber cómo sueña un invidente nato, alguien que nunca ha visto. La mujer que encuentra le dice que ella sueña como todo el mundo, y él le pide que le cuente entonces un sueño. Ella dice que debe ir a Los Ángeles. A visitar su hermana. Sube a un avión y se sienta junto a un pasajero que resulta ser japonés, por lo que ella entonces le habla en japonés (en la vigilia desconoce dicha lengua) y así. Ella sueña igual que todo mundo. Aquí no es necesario discernir lo que significa <em>avión,</em> o <em>japonés</em> para ella. Para un invidente un avión y un japonés es igual a lo que todo el mundo construye internamente con esos sustantivos: una idea, un significado construido con prejuicios (juicios <em>a priori</em>) de la experiencia. ¿Entonces por qué solemos creer que los sueños son imágenes? Por un abuso de la percepción: los videntes privilegiamos el sentido de la vista al narrar un sueño, pero no al soñarlo.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Al despertar, el 3 de junio le pregunto a mi dama qué ha soñado. Dice que soñó que encontraba a Elías Canetti en un paradero de bus. Caminaban, ella y Canetti, y era un pueblo donde sólo había gallinas. ¿Por qué no hay gente?, le preguntaba. <em>Porque a mediodía todos están durmiendo,</em> decía Canetti. Ella no conoce a Canetti. No lo ha leído. Nunca ha visto una foto del viejito con mostacho a cepillo y pelo flamígero. Pero soñó con él. ¿Cómo lo sabía? Los sueños no son visuales. Sí hay pensamiento sin imágenes, por tanto. Y los sueños son ideas, sensaciones de todo tipo, inferencias, silogismos fugaces, a los que llama Hiriart: <em>conjeturas.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Para entender cómo soñamos hay que imaginar cómo pensamos. Pensamos por yuxtaposición, por dos ideas (experiencias, sensaciones) que se juntan, y al relacionarse, arrojan una tercera: la conjetura. Supongamos que vamos a pasar la calle. Vemos un carro a una cuadra de distancia. Miramos la esquina del frente, al semáforo con un muñequito que tiene las manos en los bolsillos y reluce en rojo y significa: “paso prohibido a peatones”. Pero a lo lejos, en la torre de una iglesia, un reloj da la hora en campanadas: vamos diez minutos tarde para la entrevista de trabajo. Nuestro pensamiento hace un cálculo trigonométrico instantáneo, o aplica la Segunda Ley de Newton (a=f/m, aceleración igual a fuerza sobre masa). No importa que hayamos pasado la clase de Trigonometría y Física con la nota más baja. El pensamiento infiere, con el cálculo preciso, trigonométrico o físico, que alcanzaremos a pasar del otro lado sin que el carro nos destroce en el camino. La moral (la ley) nos dice que, si pasamos, violaremos una norma de tránsito. El sentido común anclado a la memoria nos recuerda que la semana pasada se aprobó en el congreso de Colombia una norma policiva para imponer multas a peatones imprudentes. En la otra esquina no hay policía que nos multe por la infracción. Si pasamos, violaremos una norma de tránsito. ¿Qué más da? Si el carro no nos atropella, no pasa nada. Es simple violar una norma de tránsito en un país donde no hay derechos humanos. Lo importante ahora es: llegar a tiempo a la cita de trabajo, o de lo contrario nos excluirán, por incumplidos. Y adiós a un salario de un millonete mensual con el que podríamos comprar esa <em>ipad</em> que vimos en la vitrina del aeropuerto el día que íbamos a… (pero antes de conjeturar las mil consecuencias de la infracción, o en la tragedia por imprudencia, ya estamos en el otro andén, y el carro pasa con un vientecito de gas tóxico y el conductor nos dedica una frase que captamos por sílabas: ¡HI-JUE-PU-TAAA-¡).</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Todo ocurre en fracciones de segundos. Hiriart lo llama El Magma. Y tiene ejemplos notables de cómo hacemos los pobres humanos para sobrevivir a cada miserable día de nuestras vidas usándolo. Lo llama El Magma, porque es incesante, porque no se detiene ni cuando estamos despiertos ni cuando dormimos. Tal vez en tratar de capturar una fracción de este magma interno, este pensamiento incesante como un músculo involuntario, se desquiciaron las obras maestras experimentales del siglo XX (Dos Passos, Joyce, Stein, Beckett). El sueño es el revés del magma interno que en la vigilia es latente, y en el ensueño se hace manifiesto. El magma no duerme. En el sueño, el magma interno, la conjetura, el micro-razonamiento, se apoderan del soñador, lo controlan y movilizan su sueño.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">El 5 de junio (porque empecé a llevar un diario exclusivo para sueños a luz de este libro inspirado) escribí: “Al borde de hacer el amor con X. Falta la luz. Abro el cortinaje. Me distraigo viendo fuera. X me riñe porque miro a “esas mujeres” y no vuelvo a la cama con ella. ¿Qué mujeres? Y aparecen al otro lado de la cortina: dos muchachas, gemelas, pelo rizado. Me miran. Cubro mis partes con la cortina, avergonzado. No las había visto nunca, pero no me puedo defender de la acusación.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Y más abajo:</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">(<em>El lugar era la habitación de mis siete años, en la cama donde dormía con mamá, y la cortina era la misma redecilla de tul de la época. No he olvidado esa cortina, al parecer. ¿Por qué sueño que tengo sexo en la cama donde dormía con mi madre a los siete años? Las muchachas no logro identificarlas. ¿Scarlett Johansson repetida?</em>)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Sí, anhelamos interpretar. Pero los sueños, según Hiriart, no se pueden interpretar: “Todo lo que ingresa al sueño es sueño, no recuerdo”. Aquí hace una precisión terminológica. Hiriart siempre precisa antes de ingresar un concepto que se sume a su retórica personal (<em>Microrazonamiento-dato de vinculación-aceptación de lo anómalo</em>). En los sueños nada es extraño y todo es posible porque hay <em>Aceptación de lo anómalo.</em> Podemos soñar que Picasso está en la silla de al lado mientras vemos una película en un teatro porno. ¿Por qué es Picasso? ¿No recordamos en sueños que Picasso está muerto? ¿Por qué es un teatro porno si en la pantalla se proyectan inofensivas sombras chinas creadas por unas graciosas manos a contraluz? En un sueño no hay sorpresa. Cuando la hay, cuando lo anómalo confiere una capa adicional, y se hipertrofia el sueño, empieza la pesadilla.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">(Esta es una pesadilla: Mi amiga Mercedes está en una fiesta doméstica. Todos bailan. Beben. Mercedes tiene ganas de orinar. Entra al baño. Por el desagüe sale una marea de cucarachas. Alguien ha fumigado el piso inferior del edificio. “Si no hago algo, las cucarachas se van a meter en toda mi casa.” Mercedes sale del baño. Busca papel y fósforos. Enciende una antorcha y vuelve a entrar al baño a incinerar un millón de cucarachas que le saltan a la cara.)</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Para Hiriart las pesadillas son sueños con sorpresas. Un descubrimiento. Saber que algo, la cucaracha que sube por la pared, saltará a nuestra cara, que actuará contra nosotros. La definición de Aristóteles: “El miedo es la espera de una desgracia”. Hiriart no explora muy a fondo esa hermana siamesa del sueño que es la pesadilla, pero su idea de la sorpresa corresponde con las pesadillas de mi amiga Mercedes y con mis pesadillas también.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Me pregunto si se puede hacer un análisis de la pesadilla motivada bajo efectos de alucinógenos que producen psicosis, visiones, alucinaciones. ¿Qué tal un análisis con el modelo Hiriart y aplicarlo a <em>Mezcalito </em>de Hunter Thompson, <em>Otra realidad aparte </em>de Castaneda, o <em>American Psycho</em> de Ellis? Alguna vez comí cacaos sabaneros (semillas de borrachero) y el efecto no fue de sueños benignos sino de pesadillas incesantes, hechas con fragmentos de cosas amadas que se volvían odiadas, sorpresas en cada esquina durante la noche infinita en que perduró el efecto. Creo hoy que eso debe ser el infierno: la encarnación de los terrores, el desfile incesante de los mayores horrores internos, y la ausencia del tiempo. Pregunta Hiriart (todo el libro es un diálogo socrático en el que el ensayista se dirige al lector) si los sueños de los dementes son también patológicos: “<em>¿Los sueños de los dementes son algo hiperdesordenado o sin salida?</em>” Creo, estimado Hiriart, que son reiteraciones, porque la locura es la fijación constante de una idea. Todos tenemos fijaciones constantes, porque todos, de un modo u otro, estamos locos, o propensos a serlo, en este mundo de superespecializaciones. Cuando tengo un tema que me persigue a todas partes, cuando escribo, por ejemplo, me acabo soñando con el tema. Es decir que lo sigo pensando en sueños. Leo durante dos semanas el ladrillo monográfico que Bioy llamó <em>Borges</em> y me termino soñando con Borges. En uno de esos sueños yo, Stanislaus Bhor, caminaba con Borges por la carrera octava, entre 24 y 23, ese callejón horrible, oloroso a pescado, del centro de Bogotá. Yo lo llevaba del brazo, a Borges. No veía su cara, pero sabía que era Borges. Entonces Borges decía que había soñado que en Londres hacía mucho calor. Yo le decía que fuera sensato, que hasta los que nunca habíamos ido a Londres sabíamos que en Londres hacía un frío que arrugaba cojones. Entonces Borges decía: “Sí, pero hay dos Londres.” En otro tiempo paranoico, ante un problema personal que afectaría a mi madre negativamente, empecé a soñar con ella todas las noches. Tal vez el sueño de un demente es la continuación de su demencia, de su fijación, porque la demencia es una percepción lateral que lleva siempre a lo mismo: la repetición. Nos creemos Napoleones, o Dios, o el Presidente de la república. A toda hora. Incluso en sueños.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Hiriart: <em>“Has soñado que alguien te persigue mientras estás volando? Parece que no se puede. ¿Me puedes decir por qué?”.</em></span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Yo lo soñé, Hiriart. Soñé que me iban a matar. Corría a toda prisa por calles y solares que se confundían con solares y calles de pueblo y de ciudades conocidas, pero el perseguidor no se iba, y la última salida que encontraba era dar un salto y echarme a volar. Por desgracia, mi perseguidor también podía volar. O esa fue la última sensación al verlo saltar a un tejado sin incomodarse con la fuerza de gravedad, dispuesto a perseguirme hasta el fin del mundo. Y no sé qué hubiera pasado después, porque aterrice del vuelo directo en el solar de mi abuela materna, a quien siempre odié, y sin embargo en su casa me sentí protegido. Tal vez no se puede soñar que el otro vuela porque volar es un situarse personal, desde una sola perspectiva, y para que el otro vuele necesitamos desdoblarnos y ser el otro y eso no se puede, porque va contra las reglas de la conjetura empírica, estimado Hiriart: no podemos soñar un sueño donde no seamos nosotros.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Todo el ensayo de Hiriart es una argumentación de la experiencia onírica para prepararnos a imaginar un sueño final. Si un científico inspirado tomara las premisas de Hiriart, podría tal vez fabricar una máquina de ensoñación al estilo de las máquinas Turing. Aunque no tendría mayor utilidad porque la máquina la traemos incorporada. Ese colofón final del ensayo, en el que Hiriart relaciona sin tiempo, en una secuencia incesante, sus propios sueños, es un soliloquio extraño, una totalidad hermética como los textos bíblicos, o como los mitos fundacionales de todos los pueblos. Hiriart demuestra con este ensayo que la experiencia del sueño es la experiencia primigenia del arte.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Y todos, hasta los seres más viles, experimentan esta obra conceptual noche tras noche.</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">¿Te gustaría fabricar un sueño despierto?</span></p>
<p style="text-align: justify;"><span style="font-family: Georgia; ">Ve a la página 68.</span></p>
</div>
]]></content:encoded>
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		<title>Sobre héroes y dandys</title>
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		<pubDate>Thu, 16 Jun 2011 16:58:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Tomás David Rubio</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ensayo]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>

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		<description><![CDATA[Desde que leí el extraordinario <em>Como la huella del pájaro en el aire</em> de Héctor Bianciotti, me he preguntado por qué precisamente él fue testigo, el 14 de junio de 1986, de la muerte de Jorge Luis Borges, en Ginebra, Suiza. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://ruadajudiaria.com/images/blog/borges_02_450Sw.jpg" alt="" width="450" height="234" /></p>
<div>
<p class="parrafo_inicial" style="text-align: justify; "><span>Desde que leí</span> el extraordinario <em>Como la huella del pájaro en el aire</em> de Héctor Bianciotti, me he preguntado por qué precisamente él fue testigo, el 14 de junio de 1986, de la muerte de Jorge Luis Borges, en Ginebra, Suiza. La respuesta, intuyo, es sencilla y me lleva a contar otras historias: Bianciotti (1930), que desde 1961 vivía en París y prácticamente adoptaba al francés como su lengua después de escribir algunos libros en español, en 1983 es elegido miembro del comité de lectura de la editorial Gallimard (casa que, como Anagrama o Adelphi, despierta fervores y lealtades similares), posición que ocuparía hasta 1989. Un Borges fastidiado por el asedio de los periodistas, conocedor de esa propensión del pueblo argentino por empapelar las calles de Buenos Aires ante cualquier gloria o tristeza nacional, y evitando finalmente ver su agonía convertida en show mediático, viaja a Ginebra acompañado de María Kodama en los primeros días de 1986: <em>cada vez que voy a Europa paso por Ginebra, allí nadie me conoce, yo camino por la calle y nadie me saluda</em>. No se despide de nadie, ni siquiera de Bioy Casares.</p>
<p style="text-align: justify;">Una vez en Suiza, la salud de Borges empezó a deteriorarse rápidamente; el Hospital Cantonal de Ginebra lo recibió en al menos dos ocasiones diferentes durante los pocos meses que vivió en esa, la ciudad que le reveló, por allá entre 1914 y 1918, entre otros, a Schopenhauer, Conrad y Lafcadio Hearn. Es en la última de estas hospitalizaciones, en abril de 1986, que un delegado de Gallimard lo visita en su habitación y se sorprende con un Borges activo y conversador: es Héctor Bianciotti que viene a revisar el prefacio que Borges viene preparando para la edición de sus<em> Oeuvres Completes</em>, en la Pléiade, la mítica colección de libros conocida con este nombre y que en contadas ocasiones -Julien Gracq, por dar algún otro ejemplo- publica autores vivos. Borges alcanza a terminar el escrito, lo entrega tres semanas antes de su muerte. En <em>Como la huella del pájaro en el aire</em> se lee:</p>
<p style="text-align: justify;">
<blockquote>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Si tuviera que describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es todavía y mañana, ya &#8230;&#8221;</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Naturalmente, la cacería de los periodistas no cesó sino que aumentó con estrépito y afán irrespetuosos (incluso hoy, ese torpe orgullo gaucho continúa molestando y agrediendo la herencia del escritor: el 10 de febrero de 2009 apareció la noticia de que la señora -¡peronista!- María Beatriz encabezaba el &#8220;proyecto de repatriación&#8221; de los restos de Borges, que descansan en el cementerio de Plainpalais, sobre la rue des Rois, allá en la tranquila orilla del Ródano; la idea, que no alcanzó a llegar oficialmente al Congreso argentino gracias a la oportuna -y supongo histérica- intervención de María Kodama, también se había discutido en 1999 y, no lo dudo, volverá a sonar en menos de diez años): Una carta, dirigida a la agencia Efe el 6 de mayo de 1986, expresa el cansancio por las muchas llamadas y las intromisiones groseras: &#8220;En Ginebra me siento misteriosamente feliz. [...] Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión&#8221;, escribe Borges.</p>
<p style="text-align: justify;">Mientras tanto, la función de Bianciotti no se limitó a la de simple mensajero editorial; como representante de Gallimard y en asocio con Alianza Editorial de España, que para ese momento publicaba a Borges en España, le alquilaron al escritor un apartamento en el segundo piso de la Grand Rue, esquina rue du Sautier, número 28; encuentro este cuidado entrañable. Los días en que Borges no estuvo internado en el hospital y antes de ocupar este apartamento, se hospedó en la habitación 308 del Hotel L&#8217;Arbalète y seguramente fue allí donde recibió a Marguerite Yourcenar, le entregó la llave del número 28 y le pidió que antes que nadie, fuera y le describiera el piso: la señora Yourcenar, cuenta Bianciotti, cumplió su tarea impecablemente, tanto así que omitió referir un gran espejo que amenazaba apenas abrir la puerta. Tres días, no más, fueron los que vivió allí Jorge Luis Borges. Y precisamente por esta corta estadía, cuando trece años después quisieron colocar una placa recordando la última habitación del escritor, el dueño del edificio se negó rotundo a alterar su fachada: la placa se encuentra en el edificio del frente y en ella se lee un fragmento del texto dedicado a Ginebra en<em> Atlas</em>, libro de viajes publicado en 1984 con fotografías de Kodama:</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="https://lh6.googleusercontent.com/-IiSu7r1C22U/Tfo1ISKmUKI/AAAAAAAABHc/gALm8TJIEm4/fachadaginebra.jpg" alt="" width="235" height="283" /></p>
<p>&#8220;De todas las ciudades del planeta,<br />
de las diversas e íntimas patrias<br />
que un hombre va buscando y mereciendo<br />
en el decurso de los viajes,<br />
Ginebra me parece<br />
la más propicia<br />
a la felicidad.&#8221;<br />
&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Dos enfermeras lo cuidaban ya en la Grand Rue, una alemana y una francesa; la primera le leía los Fragmentos de Novalis, la otra una selección de cartas de Voltaire, fueron los últimos libros que reposaron sobre la mesa de noche. Bianciotti:</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Hay en la espera de la muerte un no sé qué de fin del mundo. Próximo a la fuente de las lágrimas, el testigo tropieza con sus propios límites, y llega a tener la sensación de hallarse en el lugar del moribundo&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Borges murió a las siete y cuarenta y siete de la noche, simplemente la sangre no pasó más por su corazón.<br />
&#8230;</p>
<blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Mediante permiso excepcional, Jorge Luis Borges pudo ser enterrado en el cementerio Plainpalais, o de los Reyes; el Concejo de la ciudad no dudó la otorgación. Su lápida es la número 735, ubicación D-6; fue realizada por el escultor argentino Eduardo Longato y es una piedra brusca que, al frente, tiene grabados el nombre del escritor, siete guerreros medievales, la frase en anglosajón: <em>And ne forhtedon na</em> (Y que no temieran/No hay que tener miedo), una &#8220;pequeña cruz de Gales&#8221;, 1899, 1986; por detrás aparecen los versos de la saga noruega <em>Völsunga: Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert </em>(Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos), abajo una nave vikinga y finalmente la inscripción: <em>De Ulrica a Javier Otálora</em>. (Vale recordar que estos mismos versos nórdicos son el epígrafe del cuento &#8220;Ulrica&#8221;, que hace parte de <em>El libro de arena</em>, 1975).</p>
</div>
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		<title>Terry Pratchett y la responsabilidad del escritor</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2011 16:42:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[Terry Practchett]]></category>

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		<description><![CDATA[
Ayer, sábado 11 de Junio, el escritor inglés de ficción (y sir) Terry Pratchett, que fue diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer en 2008 a los 60 años de edad, manifestó a la prensa su deseo de comenzar el proceso formal que le podría llevar a un suicidio asistido en la clínica Dignitas de Suiza.
Al [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" title="Terry Pratchett" src="http://i1191.photobucket.com/albums/z473/elmago79/Hermano%20Cerdo/terry-pratchett-col-c-robin-matthews.jpg" alt="" width="470" height="418" /></p>
<p>Ayer, sábado 11 de Junio, el escritor inglés de ficción (y <em>sir</em>) Terry Pratchett, que fue diagnosticado con la enfermedad de Alzheimer en 2008 a los 60 años de edad, manifestó a la prensa su deseo de comenzar el proceso formal que le podría llevar a un suicidio asistido en la clínica Dignitas de Suiza.</p>
<p>Al parecer, Pratchett ha recibido ya los formularios de consentimiento para que el proceso quede cerrado. No obstante, algo frena de momento al escritor. Según manifestó en el turno de preguntas que siguió al visionado del documental sobre el suicidio asistido que el propio autor ha preparado para la BBC (que lleva por título <em>Terry Pratchett: Choosing to Die) </em>y que se pudo ver en primicia en el festival de documentales de Sheffield Doc/Fest, el autor siente que:</p>
<blockquote><p>&#8220;sólo hay una cosa que me impide firmar los papeles y es que tengo un maldito libro que terminar&#8221;.</p></blockquote>
<p>El escritor —a este respecto— ha dicho que aunque haya decidido comenzar con el proceso legar de la muerte asistida, ello no significa por fuerza que vaya finalmente a hacerlo.</p>
<p>Es lo que suele pasar, al parecer, pues según la propia clínica suiza Dignitas, el 70% de la gente que firma los acuerdos no suele culminar con el proceso y en algún momento decide echarse atrás.</p>
<p>Para quienes piensan que la literatura no sirve para nada, he aquí un ejemplo meridiano sobre la utilidad de la escritura de ficción; de momento, a Terry Practchett le ha salvado la vida.</p>
<p>Bendita sea, pues, la literatura (fantástica).</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Rosas, restos de alas, de Pablo Gutiérrez</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jun 2011 05:11:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>
		<category><![CDATA[La Fábrica]]></category>
		<category><![CDATA[Lengua de Trapo]]></category>
		<category><![CDATA[Pablo Gutiérrez]]></category>
		<category><![CDATA[restos de alas]]></category>
		<category><![CDATA[Rosas]]></category>

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		<description><![CDATA[Abierta y cerrada memorablemente, esta historia queda flotando como restos de alas, no tanto en la memoria como en el ánimo del lector.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"> <span style="color: #888888"><strong><img class="alignnone" title="Rosas, restos de alas" src="http://i1191.photobucket.com/albums/z473/elmago79/Hermano%20Cerdo/819234.gif" alt="" width="359" height="445" /><br />
</strong></span></span></p>
<p><span style="color: #ff0000;"><strong>Relación con el autor</strong>:</span> ninguna. A veces leo <a href="http://www.eladjetivomata.blogspot.com/">su blog,</a> nada más.</p>
<p><span style="color: #ff0000;"><strong>Relación con la editorial</strong>:</span> ninguna.</p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"> <span style="color: #888888"><strong>*<br />
</strong></span></span></p>
<p>El primer detalle de importancia que debe saber el lector al encontrarse con la ópera prima de Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978), es que ya la dicotomía que se desplegará en la misma, viene anunciada en su título, <em>Rosas, restos de alas</em>. Se trata de unos versos extraídos del poema en prosa <em>Espacios</em>, de Juan Ramón Jiménez, y que se refieren a la fuga (del yo poético) y que se cifrará, tanto en el poema del premio Nobel, como en la novela que nos ocupa, en presentimiento y olvido. En despojo de palabras, pues, y en la búsqueda de otras nuevas. Porque <em>Rosas, restos de alas</em> es una brava indagación en la naturaleza de las palabras, en su misterio, su condena y en su (potencial) salvación. En definitiva, una novela sobre la (de)construcción de la identidad (entendida en términos lingüísticos).</p>
<p>El protagonista de <em>Rosas, restos de alas</em> es un hombre en la treintena, un hombre que se dice bueno, un heredero anónimo de “miedos católicos y ralo cartesianismo” (p. 92) que “habita[n] dentro de [él] y no ha[n] dejado de murmurar” (p. 116). Todo comienza con una lista, que le pide su mujer, la de cosas que quiera llevarse del apartamento compartido, y el hombre acierta a escribir solo Elena, Elenita, el nombre de la mujer que le acaba de abandonar, el nombre de la mujer que lo engloba todo. Esa primera noche del abandono, antes de su huida definitiva, duerme solo, en un pasillo, con sus libros, doliéndose por el intento de su mujer de “hacer[le] pedazos, [de] fulminar cada vínculo, [de] orfanar[le], [de] desumbilicar]le]” (p. 103). Y así, por efecto de su jaculatoria nocturna, le cae encima “un goytisolo y lo demás” (p. 98), y lo demás es lo más importante: esos versos de Juan Ramón Jiménez, que se repetirán a modo de mantra, invocación y plegaria durante la novela. Y es que sucedió así, que “cayó un libro y del libro una página y de la página un salmo” (p. 19). Y ese salmo es lo que le desvela <em>La Idea</em>, y que “se [le] insertó como algo ajeno” (p. 20); una idea sencilla, pero osada: fabricar “poemas con los dedos” (p. 20), y así “no meditar, no regir, no tomar decisiones” (p. 16).  Un pasadizo para huir de la tiranía lingüística de Elena, Elenita, que lo engloba todo.</p>
<p>Su forma de evidenciarlo (la del propósito de ser solo cuerpo y evitar todas las palabras viejas asociadas a su mujer Elena, Elenita) será a través de un viaje suicida a Portugal. Allí, para ahuyentar las palabras viejas (y fugarse con el olvido) se confunde –e identifica- con el paisaje, y así fantasea con ser él mismo parte integrante de esa realidad que es sólo “el sol que rebota en el mar de plata, la transparencia verde, la fosforescencia de las praderas de posidonia” (p. 87). Y entretanto, “leía poemas [y] dormía al raso” (p. 93); es decir, iba desapareciendo. Pero el problema (el presentimiento) viene cuando de veras encuentra ese nuevo cuerpo que busca, que es el de Alice Frost (un trasunto de Madeleine McCann), una niña perdida que “tenía seis años y desde hacía un mes la buscaban por cada esquina del país” (p. 82).</p>
<p>Así, el protagonista, huérfano de su propia historia, y tratando de fabricar(se) “una historia memorable” (p. 78), tratando de fabricar(se) “con los dedos un cuento que sólo hable de [él]” (p. 31) indaga en esa otra vida perdida e inocente igual que la suya, la de Alice Frost, quien “desapareció en Praia Vermelha mientras sus padres dormían la siesta debajo de un toldo de alquiler” (p. 82). Saca fotografías de las fotografías de Alice Frost, recopila los recortes de prensa, arranca los anuncios de las paredes, toma notas sobre ella, y lo guarda todo en una carpeta en la guantera del coche. Hasta que unos <em>guardinhas</em>, tratando de buscar la documentación del vehículo, en un control rutinario (o no tanto) encuentran la carpeta y le obligan a que recurra de nuevo a las palabras, las palabras viejas que den cuenta de su identidad íntegra (la social), pero esta vez delante de un juez. Por eso, la llamada a su mujer, Elena, Elenita, quien bien sabe de ese yo suyo anterior, se hace inevitable.</p>
<p>Entretanto, y para olvidar(se), el hombre ha venido buceado en el incontaminado recuerdo de su infancia y primera adolescencia, en un intento de purificación. Dicha indagación, unida al periplo portugués, le ha servido como lucha simbólica entre el Viejoyó y el NuevoYó. El lenguaje literario que refleja esta lucha es uno que utiliza un registro fabril, de <em>homo faber</em>, estrategia que tratase de soliviantar “metáforas que hacían ovillos informes” y que “regresa[ban] […] a la argamasa de la memoria” (p. 76).</p>
<p>De ahí la razón por la que la novela esté escrita forzando una sintaxis heterodoxa, basada su estructura en dinamitar el verbo, a fuerza de escamotearle los complementos obligados por la gramática; entonces queda una morfología trunca del párrafo, como quien enfrentase entre sí las oraciones, obligándolas a exprimir su contenido poético. Una poética, ha de decirse, que encontraría cierta semejanza, de un lado, con la seca sordidez narrativa de Juan Carlos Onetti y, de otro, con la conjetura sintáctica, como de registro minucioso tomado al vuelo tan característico de Georges Perec. Asimismo, ese viaje suicida tiene algo pavesiano, de  “impávido gesto” (p. 84).</p>
<p>Pero, a mi modo de entender, lo genuinamente nuevo aquí es que la corporeidad del texto, fruto de su sintaxis orgánica, incompleta, y que va creando extrañas y caprichosas simetrías. Y ello, porque la narración se configura como una suerte de experimento de discurso en proceso, no es ya el flujo de conciencia modernista o el clásico monólogo interior, sino algo así como una “oralidad interna” del individuo, el individuo que trata de dialogar consigo mismo, pero que no sabe todavía y, por esta razón, balbucea, y es así impreciso, demostrando con ello que “ nadie deja nunca de estar solo” (p. 40).</p>
<p>La novela cierra con Elena, Elenita, que ha acudido a la llamada desesperada del protagonista, sentada ya junto a él en la confitería portuguesa de las rosas de azúcar. Elena, Elenita escucha silenciosa como el hombre habla, y habla, y se lo suelta -al fin- “todo junto y sin tregua” (p. 103). Elena, Elenita le acusa primero, y calla después, se acerca al mostrador. Elena, Elenita pide “un café y una rosa de azúcar” (p. 103). Es su gesto último, también impávido, el gesto silencioso que concede la posibilidad final del olvido. Esta muerte definitiva, y pactada, encuentra acomodo en la esquina de la página última de la novela, otra impar, la 103, igual que como comenzó la historia en la página nueve, “página impar, autodefinido (p. 9).</p>
<p>Abierta y cerrada memorablemente, esta historia queda flotando como restos de alas, no tanto en la memoria como en el ánimo del lector, y así le queda a éste el hermoso presentimiento de la posibilidad de nuevas rosas, con alas intactas, que vuelvan a volar tan alto en el cielo como la excelsa calidad literaria de esta novela.</p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"> &#8211; - &#8211; -  &#8211; - &#8211; - &#8211; - &#8211; </span></p>
<p><strong>Pablo Gutierrez. <em>Rosas, restos de alas</em>. La Fábrica. Madrid. 2008.</strong></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"> <span style="color: #888888"><strong>- &#8211; - -  &#8211; - &#8211; - &#8211; - &#8211; </strong></span></span></p>
<p>*Nota: La imposibilidad de encontrar la edición de 2008 de La Fábrica, descatalogada desde hace algún tiempo, ha venido a ser subsanada gracias a la (re)publicación -corregida- de la novela en la editorial Lengua de Trapo (2011),  en un volumen que incluye cinco relatos inéditos más.<strong><br />
</strong></p>
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		<title>La realidad poética</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jun 2011 16:32:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. S. de Montfort</dc:creator>
				<category><![CDATA[Blog]]></category>

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		<description><![CDATA[Salgo a realizar unas gestiones burocráticas por la ciudad y, camino de vuelta a casa, decido curiosear en la librería de oferta Torradas de la calle Calabria.
Hace unos meses no era más que un almacén con varias estanterías llenas de polvo (será porque llevan ahí desde 1932) y un montón de libros no viejos, ni [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Salgo a realizar unas gestiones burocráticas por la ciudad y, camino de vuelta a casa, decido curiosear en la librería de oferta Torradas de la calle Calabria.</p>
<p>Hace unos meses no era más que un almacén con varias estanterías llenas de polvo (será porque llevan ahí desde 1932) y un montón de libros no viejos, ni de saldo sino un amontonamiento de palets que siquiera nadie se había tomado la molestia de quitar el plástico.</p>
<p>Y adentro del plástico, cómo no, el polvo había hecho cuartel y guarida.<br />
Estar un rato en sus dependencias diáfanas era un billete seguro a la migraña.</p>
<p>No obstante, a mí me gustaba. Allí por ejemplo encontré un libro descatalogado de Aliocha Coll, hace cosa de un año. Un libro de relatos raros de Albert Camus, también. E incontables libros de poesía de premios menores que a nadie interesa, aunque a mí me fascinen.</p>
<p>Al parecer han contratado a un chico y una chica últimamente que se ocupan de mantener cierto orden y de que el polvo no se evidencie mortuorio por sobre las cubiertas de los libros.</p>
<p>Aunque no sé si eso ha redundado en una mayor clientela, pues esta mañana apenas estaba yo y dos o tres personas más.</p>
<p>Quizá los clientes como yo sigamos prefiriendo el polvo al desgaire, el desorden y esa sensación impune de buscar tesoros allá donde sus dueños no creen tener sino descartes. Quizá los clientes como yo prefiramos eso a la vulgaridad de la novedad más rampante, al brillo de los títulos nuevos o a la certidumbre de comprar libros sin historia.</p>
<p>En fin, el caso es que decidí demorarme unos minutos a la caza de algún libro, esta mañana. Y en las manos me cayó <em>La realidad poética (Un año alrededor del mundo).</em></p>
<p>Se trata de una miscelánea del profesor universitario, crítico y director del Observatorio de la Televisión Infantil Valentí Gómez i Oliver, editada por Empúries en el año 2000.</p>
<p>En el Proemio el propio autor explica que a partir del día 25 de agosto de 1998, se decidió a escoger una noticia del periódico cada día para hacerla convivir con “la necesidad de dibujar mediante palabras escogidas […] lo que la mencionada noticia sugiere a nuestra triste, desventurada y, sin embargo, a veces apropiada iluminación poética”.</p>
<p>Así, el libro consta de 365 noticias contrapunteadas por textos de aliento poético escritos originariamente en catalán y traducidos al castellano por Federio del Monte.</p>
<p>Noticias (aunque no solo) escogidas de manera preferente de periódicos españoles, catalanes, italianos y franceses, aunque también hay alguno inglés y alemán.</p>
<p>Los recortes (de muy diversa índole) se hallan pegados en cada una de las páginas (a la manera de los fanzines) y en las zonas inferiores de cada página se agazapan los apuntes en modo mecanográfico del propio Valentí Gómez i Oliver y que oscilan entre los dos o tres y los ocho versos.</p>
<p>Además de noticias, se incluyen otro tipo de textos como los anuncios de publicidad, las viñetas cómicas, las necrológicas o los gráficos.</p>
<p>Por ejemplo, en la página 34, la perteneciente al día 27 de septiembre de 1998, nos encontramos con un anuncio del Goethe Institut de Madrid, cuyo argumento de venta es:</p>
<p align="center"><em>“ALEMÁN / competir con calidad”</em></p>
<p>En su texto, Gómez i Oliver escribe el siguiente epigrama -no exento de ingeniosa sorna-:</p>
<p align="center"><strong><em>G</em></strong><em>enitura</em></p>
<p align="center"><strong><em>O</em></strong><em>bertura</em></p>
<p align="center"><strong><em>E</em></strong><em>nvergadura</em></p>
<p align="center"><strong><em>T</em></strong><em>extura</em></p>
<p align="center"><strong><em>H</em></strong><em>orticultura</em></p>
<p align="center"><strong><em>E</em></strong><em>scritura</em></p>
<p>Los recortes (es de suponer) muestran los intereses del autor y así nos encontramos con diferentes manifestaciones de la cultura catalana (<em>Dau al set</em>, <em>Colles Geganteres i de Grallers</em>, sardanas, el centenario de Josep Tarradellas, Ferran Adrià, los <em>panellets</em> i les<em> castanyes</em>, el Barça, los <em>castellers</em>), con muchos escritores e intelectuales (Sábato, Saramago, Borges, Joan Perucho, Rushdie, Márai, Günter Grass, Ismaïl Kadaré, Félix de Azúa, Carver, Shakespeare, Leonardo Sciascia, Joan Brossa, Julián Marías), pintores (Picasso, Miquel Barceló, Manet, Joan Miró, Leonardo da Vinci), músicos (Lou Reed, Bach, Cecil Taylor, Rosana Arbelo, Daniel Barenboim y Jacqueline du Pré), cineastas (Hitchcock, Roberto Benigni, Kubrick, Gutiérrez Aragón, Marc Recha) y todo un variopinto grupo de personajes del mundo de la sociedad y la política del momento que van desde Paulovski hasta el Papa, pasando por Clinton o Sara Baras.</p>
<p>De entre todos los recortes diarios, la que a mí me ha llamado más la atención es la referida al día 18 de Abril de 1998 y que dice así:</p>
<p align="center"><em>Los franceses se rebelan en “verlan”</em></p>
<p align="center"><em>Los jóvenes crean un idioma, con sílabas invertidas y nuevas palabras, que enloquece a los lingüistas.</em></p>
<p>La noticia está sacada del diario El País y se nos ha escamoteado el cuerpo del texto.</p>
<p>El aporte de Gómez i Oliver dice:</p>
<p align="center"><em>Las palabras nuevas</em></p>
<p align="center"><em>-el ternilunio pelido-</em></p>
<p align="center"><em>Con ellas te encuentras.</em></p>
<p>La noticia me deja pensando.</p>
<p>Y me acuerdo de algo que dice Rachel Adams [1], pues que la ficción normalmente se halla un paso delante de los estudios culturales, en particular cuando se trata de representar a aquellos que normalmente son solo perfilados como abstracciones demográficas.</p>
<p>Así, posicionándome yo mismo por delante de lo dicho por la sociología (y esto me resulta tan sencillo como obviar una búsqueda en google y darme de lleno a la imaginación) se me ocurre un relato en el que los jóvenes franceses de 1998, de tanto invertir las sílabas han acabado tragándoselas y, con ello, atragantado y muerto.</p>
<p>Pero no muerto en lo físico, sino en lo espiritual.</p>
<p>Jóvenes franceses larguiruchos, escuálidos, de tez pálida y brazos caídos, moviéndose al ritmo constante de una cinta transportadora que diese vueltas sobre sí misma. Jóvenes franceses &#8211; avanzando moribundos, como zombies- atrapados en una circularidad de la Nada.</p>
<p>Dice Norbert Elías (a quien cita Pierre Bergouniox [2]) que hay un tipo de racionalidad aristocrática emparentada a la racionalidad burguesa y que subordina el comportamiento presente, las reacciones afectivas inmediatas, a un objetivo lejano.</p>
<p>Así, miro a esos jóvenes franceses finiseculares en mi imaginación y los veo fantaseando en su lejana racionalidad aristocrática, demorándose en sus maneras gentiles y pausadas, pensadas para ese largo plazo que a mí me aborda hoy, en mi lectura de la miscelánea de Valentí Gómez i Oliver.</p>
<p>Y me pregunto sin saber qué responderme si es más práctico el juego de la supervivencia (la cultura zombie que se abstrae de un presente que deplora para buscar su posibilidad en un futuro más o menos lejano; así los jóvenes franceses de los 90 que encuentra su futuro hoy) o acaso la mecánica del vasallaje impuesto por las obligaciones del trabajo rutinario, que impide cualquier futuro más allá del puro presente.</p>
<p>En fin, la eterna disyuntiva entre el atemporal placer poético que está pensando <em>para</em> el tiempo o la inmediatez de la noticia del periódico que está circunscrita necesariamente <em>en </em>el tiempo.</p>
<p>Gómez i Oliver, por su parte, lo resuelve en su libro con el siguiente poema que lleva por clarificador título “Fin”:</p>
<p align="center"><em>esforzarse día tras otro</em></p>
<p align="center"><em>por acabar el trabajo</em></p>
<p align="center"><em>sea placer, sea castigo</em></p>
<p align="center"><em>al alba nos canta el gallo.</em></p>
<p style="text-align: center"><span style="color: #888888"><strong> &#8211; - -  &#8211; -  &#8211; - -  &#8211; - </strong></span></p>
<p>[1] Rachel Adams. “The ends of America, the Ends of Postmodernism”. Twentieth Century Literature. Vol 53. Nº 3. <em>After Postmodernism: Form and History in Contemporary American Fiction</em> (Fall, 2007). Hofstra University. [pág 248-272]</p>
<p>[2] Pierre Bergounioux. U<em>na habitación en Holanda</em>. Traducción de David Stacey. Ed. Minúscula. Barcelona, Mayo de 2011. [pág 24]</p>
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		<title>Constatación brutal del presente, de Javier Avilés</title>
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		<pubDate>Mon, 06 Jun 2011 07:54:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>René López Villamar</dc:creator>
				<category><![CDATA[Crítica]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>

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		<description><![CDATA[Escribir una novela sobre la imposibilidad de narrar es una paradoja. Es, también, una idea terrible. CBDP nunca aparta la mirada de su objetivo, sin importar lo dolorosas o terribles que resulten las verdades que revela.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" title="CBDP" src="http://i1191.photobucket.com/albums/z473/elmago79/Hermano%20Cerdo/Constatacion_100.jpg" alt="" width="308" height="462" /></p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Relación con el autor: </strong>Es mi amigo.</p>
<p style="text-align: justify;"><strong>Relación con la editorial:</strong> Libros del silencio tuvo la gentileza de enviarme un archivo electrónico de esta novela.</p>
<p style="text-align: justify;">
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: right;">A mi parecer, no hay nada más misericordioso en el mundo que la incapacidad del cerebro humano de correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de mares negros e infinitos, pero no fue concebido que debiéramos llegar muy lejos. Hasta el momento las ciencias, cada una orientada en su propia dirección, nos han causado poco daño; pero algún día, la reconstrucción de conocimientos dispersos nos dará a conocer tan terribles panorámicas de la realidad, y lo terrorífico del lugar que ocupamos en ella, que sólo podremos enloquecer como consecuencia de tal revelación, o huir de la mortífera luz hacia la paz y seguridad de una nueva era de tinieblas.</p>
</blockquote>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: right;">H.P. Lovecraft<em>, &#8220;La llamada de Cthulhu&#8221;</em></p>
</blockquote>
<div>
<p class="parrafo_inicial" style="text-align: justify;"><span>Escribir sobre</span> <em>Constatación brutal del presente</em> (<em>CBDP</em>), la primera novela de Javier Avilés, es muy difícil. Es difícil porque es una novela sobre el lenguaje, sobre el lenguaje escrito y sobre la narración. Aún más, es una novela sobre la imposibilidad de la narración. Abordar este tema es complicado, en primera porque todas novelas —al menos las grandes novelas— tienen en su esencia una lucha contra el lenguaje y de tanto hacerlo notar se ha vuelto un lugar común (el mencionarlo, no esa lucha contra el lenguaje que todavía es más bien rara aunque necesaria). En segunda, el tema amenaza en todo momento de salirse de las manos: hablar del los lenguajes humanos es hablar de su origen, sus funciones, sus posiblidades, sus carencias y sus complejidades. Se entrecruzan la filosofía, la lingüística, la semiótica, la filosofía, las matemáticas, la economía, entre tantas otras disciplinas y ciencias. Entre esas tantas cosas que se entrecruzan está, por supuesto, el arte.</p>
<p style="text-align: justify;">Si <em>CBDP</em> es un libro importante, y tratar de demostrar o al menos dar alguna noticia de por qué es un libro importante es el objeto de esta crítica, puede ser en primer lugar por esto, porque se atreve a hablar de lo humano, sin más adjetivos que ese, humano, y logra salir airoso. Cómo y por qué es la materia del siguiente texto.</p>
<p style="text-align: justify;">Hay otra razón para que sea difícil hablar honestamente de esta novela, y es que está diseñada para resistirse a la crítica. Que esta haya sido la intención del autor o un efecto secundario de su estructura es algo en lo que prefiero no ahondar. Por ejemplo, se puede discutir si <em>CBDP</em> es en realidad una novela o si en realidad un ensayo filosófico con una estructura narrativa, o si estamos ante un híbrido. Hay quién se ha tranquilizado colocándolo en el anaquel de los libros inclasificables. El problema es que <em>CBDP</em> no es un libro para tranquilizar, sino al contrario, para horrizar. Toda crítica de <em>CBDP</em> buscará de alguna u otra forma neutralizar el horror para poder hacerlo comunicable, para intentar hablar de lo inefable. Esta no va a ser la excepción. Intenta, solamente, que el lector decida o no si quiere internarse en la novela, el precio que va tener que pagar por ello y dar algún indicio de lo que puede obtener a cambio.</p>
<p style="text-align: justify;">He leído en varias reseñas que <em>CBDP</em> se divide en tres partes. La primera, “Sigma Fake”, iría sobre un documental ficticio que trata de probar la imposibilidad de un hecho al demostrar que el lugar en que ocurrió nunca existió. La segunda, “La cúpula”, sería como una suerte de purgatorio en el que se realizan experimentos terribles que traen como consecuencia el fin del mundo. La tercera, “Constatación brutal del presente”, sería un relato postapocalíptico a caballo entre Samuel Beckett y Park-chan Wook, en el cual un hombre en un traje de Koala es la personificación del mal. Pero en realidad no se divide en ninguna, porque no se puede dividir en partes la nada: la muerte del autor, la muerte del lector, la imposibilidad de narrar.</p>
<p style="text-align: justify;">No digo nada que no sea obvio, pero tengo que decirlo para seguir. Escribir una novela sobre la imposibilidad de narrar es una paradoja. Es, también, una idea terrible. Eso no ha impedido que los grandes escritores no hayan abordado la posibilidad antes, ni que no hayan logrado resultados admirables. Es una lucha que han emprendido Faulkner, Borges, Walser, Vila-Matas y muchos otros. Lo que hay de diferente en el libro de Avilés es parte también de lo que lo hace importante. La diferencia no es de grado —aunque quizá si haya algo de diferencia de grado, no es lo importante— sino es una diferencia ética. CBDP nunca aparta la mirada de su objetivo, sin importar lo dolorosas o terribles que resulten las verdades que revela.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;El texto demostró la imposibilidad de narrar, la imposibilidad del narrador. Luego lo intentó otra vez.&#8221;, dice el texto apenas en su primera página. Lo importante aquí no es la —cándida— declaración de intenciones, sino la repetición. El hecho de que la demostración se intentará de nuevo, una y otra vez, aunque fracase.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Será acaso que el Avilés, como los poetas futuristas, albergaban el deseo de una guerra que nos permitiera comenzar de nuevo desde cero? &#8220;Quizá sería mejor acabar con el lector para reinventar la narración. ¡Acabad con todos! ¡Lanzad la bomba!&#8221; No. La idea de la muerte del autor, de la crisis absoluta de la autoridad, al contrario, denuncia la imposibilidad de volvernos a un estado de inocencia —literal y literariamente premoderno—, a un mundo en el que Cervantes nunca escribió el <em>Quijote</em>, en el que Joyce nunca escribió el <em>Ulises</em>, en el que la certeza todavía no ha sido reemplazada por la duda. Vivimos una época en la que el postmodernismo y el post estructuralismo nos legaron el derrumbe de todas las grandes narrativas: la religión, el estado, el arte. Pero a su vez, es una época en la que nos cuestionamos sobre la propia veracidad de estos derrumbes o quizá simplemente su practicidad. Barthes puso en la mesa la muerte del autor, pero ahora nos cuestionamos sobre la muerte del lector. ¿Dónde deja eso entonces al arte?</p>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: justify;">Conclusión: La realidad nos mata. Adecuarnos a lo conveniente nos mata, nos anula, invalida la narración. La realidad es inaprensible. Por mucho que intentemos enfocarla desde distintos puntos de vista, por mucho que volvamos sobre ella reescribiéndola constantemente. Literariamente sólo es posible el suicidio ejemplar.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">No me extraña de ninguna forma que el cine tenga un peso muy importante en <em>CBDP</em>. El cine es la tecnología y la expresión artística más eminentemente moderna y, al mismo tiempo, no sangra de la misma llaga que la literatura. Una cámara no es un narrador —no está atada a las mismas leyes de verosimilitud— y el montaje no es un punto de vista, aunque compartan ciertas posibilidades éticas y estéticas con la literatura, su naturaleza es distinta. Mientras que para el pobre narrador intradiegético, ese que aparenta ser un presonaje dentro de la obra, una reja metálica es infranqueable, la cámara no duda en penetrarla y mostrarnos, por ejemplo, los últimos momentos del excéntrico dueño de Xanadú. Por otra parte, para el narrador extradiegético el acto de atravesar la reja no tiene valor alguno.</p>
<p style="text-align: justify;">Es por eso que en CBDP, para intentar llegar a la imposibilidad de la narración, Avilés se vale de técnicas cinematográficas para construir su libro, que por lo mismo depende de una gramática mucho más cercana a la del montaje que a la de la narrativa tradicional. No como una mera descripción de los momentos de un montaje sino como un verdadero trabajo de traducción sobre los elementos del lenguaje cinematográfico —y al decir lenguaje cinematográfico hablamos de Welles, Tarkosvsky o Kurosawa, hasta llegar a David Lynch o Kitano—.</p>
<p style="text-align: justify;">Curiosamente, quizá como efecto del <em>zeitgeist</em>, hay otra novela contemporánea que se sirve del lenguaje cinematográfico para su composición, <em>Los muertos</em>, de Jorge Carrión. Tienen tantas similitudes que tampoco debe extrañar la admiración de Avilés por la novela de Carrión, de cuya reseña extraigo la siguiente cita, que extrae la escencia, no de <em>Los muertos</em>, sino de CBDP:</p>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: justify;">Si imaginamos a una persona que no pueda recordar nada podríamos deducir que su vida se reduce a una continua constatación del presente. Sin referencias temporales cada instante sería un aluvión de sensaciones físicas carentes de antecedentes. Tal vez una persona sin memoria, o una especie carente de ella, no llegue a plantearse nunca el concepto-problema de la Realidad. La memoria nos permite controlar la acumulación de sensaciones que recibimos cada instante, nos permite eludir el bombardeo de la realidad a nuestros sentidos. Relegamos parte de la realidad, aquella que no tiene que ver directamente con nosotros, o no de manera determinante en cada momento, a un segundo plano. La Realidad sería el ruido de fondo de nuestra vida o el escenario vacío en el que se desarrolla.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">Que una novela se defina en la reseña a otra novela no es algo que pase todos los días. En lo que deseo hacer énfasis no es tanto en lo extraño de esta operación como en que su cercanía con <em>Los muertos</em> hace pensar que CBDP es una novela necesaria o al menos inevitable. Que la memoria de Avilés ha filtrado y controlado las sensaciones que le permitirían un día la posiblidad de negarse a sí misma, incubando sus planes en ese blog de apariencia inofensiva llamado<a href="http://ellamentodeportnoy.blogspot.com/"> El lamento de Portnoy </a>hasta que el momento fuese propicio.</p>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: right;">—No hay banda.</p>
<p class="quotations" style="text-align: right;">Mullholand Drive</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;"><em>CBDP</em> es un análisis sobre el efecto de la narración en el tiempo. Originalmente lo había escrito a la inversa, que es un análisis del efecto del tiempo en la narración, pero como pronto se verá, eso sería confundir las causas. Javier Avilés elimina sistemáticamente todos los caminos posibles. Nadie puede leer las páginas de este libro, porque se han escrito tras el fin del mundo. Pero no es posible tampoco que nadie las haya escrito, porque cuando el tiempo ha terminado es imposible referirse al pasado, ni queda un futuro que nos ofrezca la posiblidad de un fin. Sin memoria, como nos refiere en la cita anterior, lo único que queda es la constatación del presente. Sin memoria es imposible toda lectura, toda escritura, toda autoría. Sin embargo, la novela existe. Sin embargo, la leemos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero decir que es un análisis es pensar que es algo estático. Esta no es una novela, sino una máquina o más bien una anti-máquina. Según el filosofo Paul Ricoeur, existen dos sentidos elementales del tiempo. El primero, el tiempo cósmico, es decir, el tiempo del mundo en el que lo único que define el presente, es lo que vino antes y lo que vendrá después. El segundo es el tiempo vivido, en el que algunos momentos son más importantes que otros. &#8220;En una escala cósmica&#8221;, escribe Ricoeur, &#8220;nuestra vida es insignificante, sin embargo en este el breve periodo en el que aparecemos en este mundo es cuando aparecen todas las preguntas significativas&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Los seres humanos compaginan estos dos tiempos elementales en el tiempo histórico por medio de artefactos, por ejemplo, calendarios. Es en ese sentido que la novela se vuelve una anti-máquina. En <em>CBDP</em> lo que Avilés consigue es eliminar el tiempo histórico para de ahí erosionar directamente el tiempo vivido, de forma que consigue exponernos, directamente, al tiempo cósmico que es lo <em>brutal</em> en esa constatación brutal del presente. El presente histórico es el tiempo de la acción, pero para que tenga un significado debe estar enmarcado por el espacio de la experiencia —la memoria— y el horizonte de expectativas. Es decir, debe formar parte de una narración. Debe ser narrado. En <em>Tiempo y narración</em>, Ricoeur escribe que para que el tiempo histórico se transforme en tiempo humano, debe ser articulado de un modo narrativo y la narrativa alcanza su significado completo cuando se vuelve una condición de la experiencia temporal.</p>
<p style="text-align: justify;">Al dinamitar el tiempo narrativo, el universo de <em>CBDP</em> desciende al tiempo cósmico, donde formular todo significado es imposible. Es por ello que muchas de las estructuras narrativas de la novela aluden a un estado pre-lógico: a la multiplicidad, a los sueños, a la circularidad atemporal del mito y por supuesto, al vacío. Estos son los despojos de la destrucción que propone la novela, pero son también inevitablemente la semilla de algo nuevo.</p>
<p style="text-align: justify;">Escribe Paul Ricoeur que una identidad personal implica necesariamente una identidad narrativa. Nuestra propia identidad se construye de la misma forma en la que construimos la identidad de un personaje en una novela. Nos entendemos a nosotros mismos por medio de las relaciones que establecemos con otros por medio de acciones. Nuestra identidad no es fija, puesto que la narración cambia constantemente. Hasta que nuestra vida termine, nuestra identidad siempre estará dispuesta a ser descrita. Es quizá por esto que el narrador enjambre de <em>CBDP</em> nos recuerda a cada momento la naturaleza de su experimento.<a href="http://librosdelsilencio.com/prensa/ver/280"> A Vicente Luis Mora</a> este le parece uno de los puntos más débiles del libro. Yo me pregunto si el libro hubiese sido posible sin esa concesión, justo como en <em>Mulholland Drive</em> siempre hay un elemento que nos recuerda con frecuencia que todo lo que vemos no es más que una grabación.</p>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: right;">—I like to remember things my own way. How I remembered them. Not necessarily the way they happened.</p>
<p class="quotations" style="text-align: right;"><em>Lost Highway</em></p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">De acuerdo a Ricoeur, en toda narración hay una dimensión ética, porque el significado mismo de los eventos que narran y de los actores que llevan a cabo esos eventos exigen ser evaluados si es que hemos de extraer un significado de ellos. Así, el deseo de anular la narración, de demostrarla imposible, puede leerse como el deseo de eximirse de la dimensión ética de nuestra propia identidad. Puesto de otra forma, si la memoria es falible, ¿cómo podemos depender de ella para conocernos?</p>
<p style="text-align: justify;">Ricoeur plantea que, si bien no hay una sola historia (o Historia), es posible encontrar conocimiento que puede denominarse verdad, incluso dependiendo de un material tan falible como la memoria, para reconstruir, sino el pasado, una representación aceptable del pasado, que de la misma forma que nuestra identidad, puede reformarse o corregirse. Lo que no menciona Ricouer, pero que <em>CBDP</em> resuelve estupendamente, es que esta memoria verdadera también sobrevive dentro de la literatura o más bien que sobrevive eminentemente en la literatura y especialmente en la ficción, que si bien alude a eventos y actores que no son &#8220;reales&#8221;, su resultado resulta igualmente válido para la configuración de nuestra propia historia. Con relación a la memoria y a nuestra propia identidad, esto indica que si bien es posible reescribir o volver a narrar, no es posible escapar de la moralidad de nuestra historia.</p>
<p style="text-align: justify;">En este punto quiero destacar otra concesión de la novela, que al igual que su narrador nos ayuda a sortear su proyecto imposible, y es el lenguaje mismo:</p>
<blockquote>
<p class="quotations" style="text-align: justify;">Mis recuerdos están en blanco. El pasillo por el que avanzo asciende curvándose a la derecha como el recuerdo de una antigua novela. Dónde, cuándo, me pregunto sintiendo en la nuca el aliento de los heraldos negros como la noche, acechantes, apremiantes.</p>
</blockquote>
<p style="text-align: justify;">No busco hacer énfasis tanto en la alusión a Vallejo, como en el que el fraseo que Avilés elige para la novela es también, por fuerza, poético y por lo mismo está cargado de significado. No creo, tampoco, que esta haya sido una elección inconsciente o al menos que también era una imposición necesaria. Que de otra forma se habría creado un galimatías ilegible y no una máquina para destruir el tiempo. Mejor quizá: estos elementos, que parecen superfluos, implican una aceptación de la dimensión ética de <em>CBDP</em>. Tratar de evadirlos lo habría transformado en un libro deshonesto.</p>
<p style="text-align: justify;">Hasta aquí mis ideas, atisbos y reservas sobre <em>Constatación brutal del presente</em> Javier Avilés. En resumen, es una novela imposible que buscar dar cuenta la imposibilidad de narrar. Pero, como espero haber dado entender hasta el momento, es imposible concebir al tiempo y a nosotros mismos sin narración y es por ello que la novela estaba condenada al fracaso desde el inicio. Aunque tratemos de dinamitarlo todo, mientras haya un tratemos, mientras exista un nosotros, la empresa fracasará.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo que si consigue <em>CBDP</em> es detener el Tiempo durante un momento y exponernos a ese espantoso tiempo cósmico en el que todo deja de tener significado. Esa sensación no es agradable y afortunadamente para mí, no he tratado de transmitirla en esta reseña. Para sentirla no queda otra opción que leer esta novela. No es agradable, no me he cansado de repetirlo, pero es importante para comprender en dónde estamos y hacia dónde vamos. <em>CBDP</em> es una invitación abierta a buscar nuevas formas de narrarnos.</p>
</div>
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		<title>También eres feo</title>
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		<pubDate>Thu, 26 May 2011 18:51:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Lorrie Moore</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[featured]]></category>
		<category><![CDATA[Lorrie Moore]]></category>

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		<description><![CDATA[Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos... ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://farm1.static.flickr.com/123/381224504_38a2af50d4_o.jpg" alt="" width="397" height="298" /><em>Farewell. © </em><a href="http://www.flickr.com/photos/40573133@N00/sets/72157594520216603/">Roberta Vassallo</a></p>
</blockquote>
<div>
<p class="parrafo_inicial" style="text-align: justify; "><span>Había que salir</span> de vez en cuando de ellos, de esos pueblos de Illinois de nombres graciosos: Paris, Oblongo, Normal. Una vez, cuando el Dow Jones cayó doscientos puntos, un periódico local alardeó en el encabezado principal: “HOMBRE NORMAL SE CASA CON MUJER OBLONGA.” Sabían lo que era importante. ¡Lo sabían! Pero tendrías que salir de vez en cuando, siquiera para cruzar la frontera de Terre Haute y ver una película.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Fuera de París, a la mitad de un largo campo, había un conjunto de edificios de ladrillos, una pequeña universidad de artes con el improbable nombre de Hilldale-Versailles. Zoë Hendricks llevaba tres años enseñando Historia de los Estados Unidos. Enseñaba: “La Revolución y más allá” a estudiantes de primer y segundo año, y cada tercer semestre llevaba el seminario principal para estudiantes de maestría, y aunque las evaluaciones de sus estudiantes habían empeorado en el último año y medio —<em>La profesora Hendricks casi siempre llega tarde a clase y usualmente lo hace con una taza de chocolate caliente del que ofrece sorbitos a la clase—</em>, en general el departamento de nueve hombres se sentía agradecido de tenerla. Sentían que añadía el necesario toque femenino a los corredores –ese tenue rastro de Obsession y sudor, y el ligero, rápido cloqueo de los tacones. Además habían tenido una reputación de discriminación sexual y el decano había dicho que, bueno, ya era hora.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">La situación no era fácil para ella, lo sabían. Una vez, al comienzo del último semestre, había llegado al salón de lectura cantando: “Getting To Know You” de cabo a rabo. A pedido del decano, el presidente del consejo la llamó a su oficina, pero no le pidió ninguna explicación, en realidad. Le pregunto cómo se sentía y sonrió de una manera particular. Ella dijo: “Bien,” y el presidente estudió la manera en como lo dijo, con los dientes delanteros mordiendo el labio inferior. Casi era linda, pero su rostro mostraba la tensión y la ambición de siempre haber estado cerca pero no del todo. Se notaba mucho esmero con el delineador de ojos, y sus aretes, gastados, sin duda, porque carecía de drama, provocaban un poco de miedo al sobresalir de los lados de su cabeza como antenas.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; "><em>&#8220;</em>Estoy perdiendo el juicio,&#8221; dijo Zoë a su joven hermana, Evan, en Manhattan. <em>La profesora Hendricks parece conocer el soundtrack completo de ‘El rey y yo’ ¿Es esto Historia?</em> Zoë le telefoneaba cada jueves.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; "><em>&#8220;</em>Siempre dices eso,&#8221; dijo Evan, &#8220;pero entonces estás en tus viajes o tus vacaciones y todo vuelve a su lugar y te tranquilizas por un tiempo y entonces dices que estás bien, que estás ocupada, y entonces otra vez dices que te estás volviendo loca y otra vez a comenzar <em>—</em>Evan era diseñadora de comida a medio tiempo para tomas de fotos. Cocinaba verduras en tinte verde. Dejaba un guiso de bistec sobre una cama de canicas e iba de compras por diferentes y nuevos tipos de spray de silicona y cubos de hielo de plástico. Pensaba que su vida estaba bien. Vivía con su novio de hacía muchos años, que era independientemente rico y tenía un divertido y trabajo en el negocio de las publicaciones. Ya eran cinco años desde que dejaran la universidad, y vivían en un lujoso edificio del centro con balcón y acceso a la alberca. “No es lo mismo que tener tu propia alberca,” suspiraba Evan siempre, como para que Zoë supiera que había aún cosas que ella, Evan, tenía que tolerar.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Illinois. Estar aquí me pone sarcástica,” dijo Zoë al teléfono. En general, solía insistir en que era ironía, algo gentilmente depositado en capas, sofisticado, algo ajeno al medio oeste aunque sus estudiantes lo seguían llamando sarcasmo, una cosa que se sentían calificados para reconocer, y ahora ella no tenía más remedio que aceptar. No era ironía. “¿Cuál es su perfume?” le preguntó una vez un estudiante. “Aromatizante para cuartos” dijo ella. Sonrió pero él la miró, desconcertado.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Por mucho, sus estudiantes eran buenos representantes del medio oeste, embobados por el estrógeno que extraían de grandes cantidades de carne y huevo. Compartían los valores suburbanos de sus padres; y ellos, sus padres, les habían dado cosas, cosas, cosas. Eran complacientes. Los habían comprado. Y ahora estaban armados con una saludable vaguedad acerca de cualquier aspecto histórico o geográfico. En realidad, parecían saber demasiado poco sobre nada, aunque mostraban buen humor al respecto. “Todos esos estados del Este son tan pequeños y amontonados”, se quejaba uno de sus estudiantes la semana que Zoë leía <em>“El momento crucial de la Independencia: La batalla de Saratoga.”</em> “Profesora Hendricks, usted es de Delaware, ¿verdad?” le preguntó el estudiante. “Maryland” corrigió Zoë. “Ah” dijo él, despreciativamente, “Nueva Inglaterra.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Sus artículos —capítulos para un libro titulado <em>Escuchándolos: Usos del humor en la Presidencia de los Estados Unidos—</em> eran en general bien recibidos, aunque salieran lentamente de su cabeza. Le gustaba que sus artículos contemplaran todas las etapas del día —incluso desconfiaba de las cosas escritas solamente de mañana—, por lo que releía y rescribía laboriosamente. Ninguna faceta del día –su humor, su luz- podía predominar. A veces hasta durante un año pendía de un artículo, revisándolo a todas horas, hasta que el día, en su totalidad, quedaba registrado.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Su trabajo anterior al de Hilldale-Versailles lo tuvo en un pequeño colegio de New Geneva, en Minnesota, la Tierra de los Moribundos Centros Comerciales. Todos ahí eran tan rubios que en general a las castañas se les consideraba extranjeras. <em>Que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país.</em> Existía un marcado interés hacia la alegría. Quizá porque en New Geneva nadie esperaba que fueras crítica o quejosa. Y nadie esperaba, tampoco, que notaras que la ciudad había crecido demasiado y que sus centros comerciales lucían viejos y naufragaban. No debías decir que no estabas “bien, gracias ¿y usted?” Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo “Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Pero ahora, en su segundo trabajo, en su cuarto año de enseñanza en el Medio Oeste, Zoë estaba descubriendo algo que nunca sospechó tener: una veta de malhumor, crispada y aguda. Alguna vez consintió a sus alumnos, cantándoles canciones, permitiéndoles que la llamaran incluso a casa para hacerle preguntas personales, más ahora comenzaba a perder simpatía. Ya eran diferentes. Comenzaban a parecerle demandantes y malcriados.<br />
“Usted actúa,” le dijo uno de sus estudiantes de último curso durante una conferencia, “como si su opinión valiera más que la cualquiera en la clase.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Los ojos de Zoë se abrieron de par en par. “<em>Soy</em> la maestra,” dijo. “Me pagan para actuar así.” Miró atentamente a la estudiante, que llevaba un lazo en el cabello como si fuera una cowgirl en una serie campirana de TV. “Quiero decir, de otra manera <em>todos</em> en la clase tendrían pequeñas oficinas y horario de trabajo.” <em>Muchas veces la Profesora Hendricks toma el tiempo de la clase para hablar de las películas que ha visto.</em> Observó a la estudiante un poco más, y añadió: “Apuesto a que eso te gustaría.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“A lo mejor le sueno un tanto quejica,” dijo la chica, “pero lo único que quiero es que mi carrera de historia signifique algo.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Bueno, ése es tu problema,” dijo Zoë, y, con una sonrisa, le mostró la puerta. “Me gusta tu lazo,” dijo.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Zoë se desvivía por el correo, por el cartero —ese pájaro tan mozo—, y cuando recibía una carta real con un sello real de cualquier parte, se la llevaba a la cama y la leía una y otra vez. También veía televisión a todas horas y tenía el equipo en su habitación —mala señal. <em>La Profesora Hendricks ha hablado mal Fawn Hall, de la religión católica y de todo el estado de Illinois. Es increíble.</em> En época de Navidad daba veinte dólares de propina al cartero y a Jerry, el único taxista de la ciudad, a quien ella había llegado a conocer durante todos sus viajes de ida y vuelta al aeropuerto de Terre Haute, y quien, desde que se dio cuenta que tales viajes eran una extravagancia, le ofrecía tarifas especiales.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Voy a tomar un vuelo y visitarte este fin de semana,” anunció Zoë.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Esperaba que lo hicieras,” dijo Evan. “Charlie y yo vamos a tener una fiesta de Halloween. Va a ser muy divertido.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Ya tengo disfraz. Es un casco. De esos que parecen un hueso gigante que te atraviesa la cabeza.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Buenísimo,” dijo Evan.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Sí, muy bueno.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Todo lo que yo tengo es mi máscara de luna del año pasado y del antepasado. Probablemente terminaré casándome con ella.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Tú y Charlie se van a <em>casar</em>?” Zoë se sintió ligeramente alarmada.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Hmmmmmmmno, no inmediatamente.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“No se casen.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Por qué?”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“No ahora mismo. Eres muy joven.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Sólo dices eso porque eres cinco años mayor que yo y no te has casado.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿No me he casado? Ay, Dios mío,” dijo Zoë, “Olvidé casarme.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Zoë había salido con tres hombres desde su llegada a Hilldale-Versailles. Uno de ellos era un burócrata municipal que había arreglado una multa por mal estacionamiento que ella había llevado para protestar, y luego la invitó a tomar un café. Al principió, pensó que era maravilloso —¡al fin alguien que no quería a una Heidi! Pero pronto comprendió que todos los hombres, muy en el fondo, deseaban una Heidi. Heidis con escotes. Heidis con ropa de gimnasia. El burócrata de la multa por mal estacionamiento pronto se volvió cansado e intermitente. Un frío día de otoño, en su elegante e impráctico convertible, a la pregunta de ella de qué es lo que andaba mal, él dijo, “No te vendría nada mal un poco de ropa nueva, sabes.” Ella usaba un montón de pana verde grisácea. Tenía la impresión de que resaltaba sus ojos, esas dos estrellas tímidas. Sacudió una hormiga de su manga.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Tenías que hacerlo precisamente en el auto?” preguntó él, mientras manejaba. Observó sus pectorales, mirando primero el izquierdo, luego el derecho, en un vistazo general. Vestía una camiseta ajustada.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Perdón?”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Él disminuyó la velocidad en la luz ámbar, y frunció el ceño.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Acaso no podías levantarlo y arrojarlo fuera del auto?”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿La hormiga? Me pudo haber mordido. Quiero decir, ¿qué diferencia hay?”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¡Te pudo haber mordido! Já. Qué ridículo. Ahora va a dejar huevecillos en mi auto.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">El segundo tipo era más dulce, grandote, aunque no insensible a ciertas pinturas y canciones, pero con frecuencia, también, las cosas que hacía o decía terminaban por asustarla. Una vez, en un restaurante, robó las guarniciones de su plato y esperó a que ella lo notara. Cuando no lo hizo, finalmente extendió los puños sobre la mesa y dijo “Mira,” y al abrirlos ahí estaba su ramita de perejil y su rebanada de naranja arrugada y hecha bolita. En otra ocasión le describió su más reciente visita al Louvre. “Y ahí estaba yo, frente a <em>La barca de Dante</em>, de Delacroix, y todos se habían marchado por lo que tuve mi propia audiencia privada, con todas esas sombras agonizantes abriéndose en todas direcciones, y aquel movimiento de la pintura que comenzaba desde el fondo en remolinos, acumulándose más y más en la roja tela de la capucha de Dante, arremolinándose en la distancia, hacia donde podías ver las llamas anaranjadas.” Se quedó sin aliento en la descripción. Ella lo halló conmovedor y sonrió para animarlo. “Un cuadro así,” dijo él, meneando la cabeza. “Hace que uno se cague encima.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Tengo que preguntarte algo,” dijo Evan. “Sé que hay mujeres que se quejan de no conocer hombres pero, en serio, yo conozco muchos. Y no todos son homosexuales, te lo aseguro.” Hizo una pausa. “Ya no.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Qué me estás preguntando?”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">El tercer tipo era un profesor de ciencias políticas llamado Murray Peterson que gustaba salir en parejas con colegas por cuyas esposas se sentía atraído. Usualmente la esposas le permitían algo de coqueteo. No era raro que bajo la mesa se diera algo de toqueteo con los pies, o incluso con las rodillas. Entonces Zoë y el esposo se quedaban solos con la comida, mirando fijamente hacia los vasos, y masticando como chivos. “Oh, Murray,” dijo una esposa, que nunca terminó su master en terapia física y usaba ropas anchas. “Sabes, me sé todo acerca de ti: tu cumpleaños, el número de tu matrícula. Lo he memorizado todo. Pero sólo es por la clase de mente que tengo. Una vez, en una fiesta, sorprendí a los anfitriones cuando me levanté y me despedí de todos los que estaban ahí, por nombre y apellido.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Yo conocí a un perro que podía hacer eso,” dijo Zoë, con la boca llena. Murray y la esposa la miraron con gesto de enfado y reproche, pese a que el esposo parecía de pronto muy divertido. Zoë pasó el bocado. “Era un labrador parlante, y tras diez minutos de escuchar la conversación de la cena este perro sabía los nombres de cada persona. Podías decirle, ‘Lleva este cuchillo a Murray Peterson’, y lo hacía.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“En serio,” dijo la esposa, frunciendo el ceño, y Murray Peterson nunca más la volvió a llamar.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“¿Estás viendo a alguien?” preguntó Evan. “Lo pregunto por un motivo particular. No es que me esté portando como mamá.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Estoy viendo mi casa. La atiendo cuando se pone húmeda, cuando llora, cuando vomita.” Zoë había adquirido una casa de campo cerca del campus, aunque justo ahora pensaba que no debió hacerlo. Era difícil vivir en una casa. Se la pasaba entrando y saliendo de las habitaciones, buscando dónde había dejado las cosas. Iba al sótano sin razón alguna excepto porque le divertía poseer una sótano. También le divertía poseer un árbol.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Sus padres, en Maryland, estaban muy contentos de que al fin una de sus hijas fuera capaz de permitirse una propiedad, y cuando cerró el contrato le enviaron flores con una carta de felicitaciones. Su madre, incluso, le había enviado una caja de viejas revistas de decoración guardadas durante años –fotografías de hermosas habitaciones con las que su madre fantaseaba, puesto que nunca, en realidad, había habido dinero para redecorar. Era más como poseer la pornografía de mamá, esa caja, heredar sus fantasías más profundas, el deseo y la coquetería ilimitados que habían sido su vida. Aunque para su madre se trataba de un pasaje ritual que le encantaba. “Quizá puedas sacar algunas ideas de esto,” le escribió. Así que cuando Zoë miró las fotografías, las audaces y hermosas habitaciones, se sintió llena de nostalgia. Ideas e ideas de nostalgia.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Justo ahora la casa de Zoë se encontraba casi vacía. Los dueños anteriores habían empapelado alrededor de los muebles dejando siluetas y huecos extraños en las paredes, y no es que Zoë se hubiera aplicado ya a remediarlo. Compró muebles, luego los quitó, amueblando y desamueblando, preparando y cuidando, como a un útero. Había comprado muchos arcones de madera de pino para usarlos como sofá o cajas de zapatos, pero pronto comenzó a verlos más y más como ataúdes de niños, y los devolvió. Y recientemente también había comprado una alfombra oriental para la sala, con símbolos chinos que no entendía. La vendedora insistió en que significaban “Paz” y “Vida eterna”, y la verdad es que Zoë se mostró un tanto preocupada el día que trajo la alfombra a casa. ¿Qué tal si los símbolos no significaban “Paz” y “Vida eterna”? ¿Qué tal si querían decir, digamos, “Bruce Springsteen”? Y mientras más lo pensaba, más se convencía de poseer una alfombra que decía “Bruce Springsteen.” Así que esa también la devolvió.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Llegó a comprar, también, un pequeño espejo barroco para la entrada que, según le dijo Murray Peterson, alejaba a los malos espíritus. Como fuera, el espejo le llenaba de miedo, asustándola con el reflejo de una mujer que ella nunca reconocía. En ocasiones lucía más hinchada y simplona de lo que recordaba. Otras veces oscura y cambiante. Pero la mayor parte del tiempo, simplemente, lucía vaga. “Te pareces a alguien que conozco” le habían dicho dos extraños el año pasado en Terre Haute. De hecho, y por momentos, no parecía poseer un aspecto propio, o cualquier aspecto, pero luego la divertía saber que los colegas y los estudiantes la reconocían del todo. ¿Cómo lo sabían? Cuando entraba a un salón, ¿cómo luciría para que ellos la reconocieran? ¿Como así?</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">¿Es que ella se veía así? Y entonces devolvió el espejo.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“La razón por la que te pregunto esto es porque conozco a un hombre que quizá deberías conocer,” dijo Evan. “Es divertido. Es heterosexual. Es soltero. Es todo lo que voy a decir.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Creo que estoy muy vieja para la diversión,” dijo Zoë. Tenía un oscuro y erizado pelo en la barbilla, y justo ahora podía sentirlo con el dedo. Quizá es que cuando has pasado demasiado tiempo sin el sexo opuesto, comienzas a parecértele. En un acto de invención desesperada, comienzas a desarrollar el tuyo propio. “Lo único que quiero es ir a la fiesta, usar mi casco, hacerle una visita al pez tropical de Charlie y preguntarte sobre tus plantas.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Estaba pensando en todas las páginas de <em>“Nuestra Constitución: Cómo Nos Afecta”,</em> que tenía que corregir. Pensó en las pruebas de ultrasonido que iba a hacerse el viernes, porque según su doctor, y el asistente de su doctor, tenía un grande y misterioso crecimiento en su abdomen. Vesícula biliar, era lo que decían. U ovarios, o colon. “¿De verdad practican medicina?” preguntó Zoë en voz alta, después que ellos salieran de la habitación. Una vez, de niña, llevó a su perro al veterinario, que le dijo: “Bueno, tu perro tiene parásitos, o cáncer o un auto lo golpeó.”</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Deseaba llegar a Nueva York.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Bueno, como sea. Nos la pasaremos bien. No puedo esperar a verte, chica. Y no olvides tu hueso en la cabeza,” dijo Evan.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“No es algo que se olvide,” dijo Zoë.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">“Supongo,” dijo Evan.</p>
<p class="style=&quot;text-align:" style="text-align: justify; ">Lo del ultrasonido lo mantenía en secreto, incluso para Evan. “Siento que me estoy muriendo,” le había insinuado una vez a Evan, por teléfono. “No te estás muriendo,” le dijo Evan, “sólo estás disgustada.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Ultrasonido,” decía Zoë ahora, medio en broma, al técnico que le ponía el gel sobre su abdomen desnudo. “¿No le suena como a un gran sistema de sonido?</p>
<p style="text-align: justify;">No había tenido nadie que armara tanto lío sobre su estómago desnudo desde que su novio de posgrado, que revoloteaba sobre ella cada vez que se sentía mal, movía los brazos, presionaba las manos contra su ombligo, y cantaba, evangélicamente, “Sana! Sana! Por el amor del Bebé Jesús!” Y Zoë reía y hacían el amor, ambos con la esperanza secreta de que ella quedara embarazada. Luego se preocupaban, y él, hundiendo la mejilla sobre su vientre le preguntaba si tenía retraso, ¿lo tenía? ¿estaba segura?, debería tener retraso, pero cuando pasaron dos años sin lograr el embarazo comenzaron a pelearse y finalmente se separaron.</p>
<p style="text-align: justify;">“Okey,” dijo el técnico, distraídamente.</p>
<p style="text-align: justify;">El monitor estaba en marcha, y las entrañas de Zoë aparecieron en la pantalla en toda su gris y jironeada vaciedad. Lucían como el mármol en las más finas gradaciones, desde el negro hasta el blanco, como la piedra de una vieja iglesia o la foto de la luna. “No le parece,” balbuceó al técnico, “que el aumento de la infertilidad entre tantas parejas de este país se debe a que son dos razas completamente diferentes que intentan reproducirse?” El técnico movió el escáner en giros y tomó más fotos. Por una en particular, de la parte derecha de Zoë, el técnico se mostró súbitamente alerta, y la máquina emitió un chasquido.</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë observó la pantalla. “Eso que encontró ahí debe de ser el crecimiento,” sugirió Zoë.</p>
<p style="text-align: justify;">“No le puedo decir nada,” dijo el técnico, un tanto rígido. “Su doctor tendrá el reporte del radiólogo esta tarde y le telefoneará.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Estaré fuera de la ciudad,” dijo Zoë.</p>
<p style="text-align: justify;">“Lo siento,” dijo el técnico.</p>
<p style="text-align: justify;">Conduciendo a casa, Zoë miró por el retrovisor y decidió que lucía&#8230; bueno, ¿cómo podría uno describirlo? Un poco pálida. Recordó la broma del tipo que visita a su doctor y el doctor le dice: “Siento decirlo, pero usted sólo tiene seis semanas de vida.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Quiero una segunda opinión,” dice el tipo. <em>Usted actúa como si fuera superior a todos en la clase.</em></p>
<p style="text-align: justify;">“¿Quiere una segunda opinión? Muy bien,” dice el doctor, “También es feo.” Le gustaba esa broma. Creía que era terrible, terriblemente divertida.</p>
<p style="text-align: justify;">Tomó un taxi al aeropuerto. Jerry, el conductor, se mostró feliz de verla.</p>
<p style="text-align: justify;">“Diviértase en Nueva York,” dijo, sacando la maleta del portaequipaje. Ella le gustaba. O al menos siempre actuaba como si así fuera. Ella lo llamaba Jare.</p>
<p style="text-align: justify;">“Gracias, Jare.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Sabe? Le diré un secreto. Nunca he estado en Nueva York. Le diré dos secretos. Nunca he estado en un avión.” La despidió con un movimiento triste mientras ella empujaba la puerta para entrar a la terminal. “O en un ascensor!” gritó.</p>
<p style="text-align: justify;">La clave para volar seguro, pensaba Zoë, era nunca comprar un boleto de descuento y decirse uno mismo que de cualquier manera no tenías nada por qué vivir, de modo que no habría ningún problema en caso de accidente. Pero entonces, cuando no sucedía nada, cuando lograbas mantenerte en lo alto junto con tu propia inutilidad, todo lo que debías hacer era salir a tropezones, buscar tu equipaje, y, mientras llegaba el taxi, buscarse una razón persuasiva para seguir viviendo.</p>
<p style="text-align: justify;">“Llegaste!” gritó Evan al timbre, antes incluso de abrir la puerta. Luego la abrió ampliamente. Zoë dejó las maletas sobre el piso y abrazó fuertemente a Evan. De pequeña, Evan siempre fue cariñosa y devota. Zoë siempre cuidó de ella –aconsejándola, tranquilizándola- hasta tiempos recientes, en que Evan comenzó a aconsejarla y tranquilizarla a ella. Eso asustaba a Zoë. Sospechaba que tenía algo que ver con el hecho de estar sola. Algo que incomodaba a la gente.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Cómo estás?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Vomité en el avión. Además de eso, estoy bien.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Te ofrezco algo? A ver, déjame las maletas. Con que malita en el avión, eh. Uy.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Fue en una de esas bolsitas,” dijo Zoë, por si a Evan se ocurría que había sido en el pasillo. “Casi en silencio.”</p>
<p style="text-align: justify;">El apartamento era espacioso e iluminado, con una vista de toda la ciudad a lo largo del lado este. Había un balcón y puertas de vidrio corredizas. “Siempre me olvido que este departamento es tan bonito. Piso veinte. Portero…” Zoë podía trabajar toda su vida y nunca tener un apartamento como éste. Y tampoco Evan. Era el departamento de Charlie. Él y Evan vivían ahí como dos niños en un dormitorio, latas de cerveza y ropa regadas por todos lados.</p>
<p style="text-align: justify;">Evan llevó las maletas lejos del revoltijo, junto a las peceras. “Estoy tan contenta de que estés aquí,” dijo. “Y ahora, ¿qué te sirvo?”</p>
<p style="text-align: justify;">Preparó el almuerzo –sopa de lata y galletita saladas.</p>
<p style="text-align: justify;">“Respecto de Charlie, no lo sé,” dijo, cuando terminaron. “Nos veo ya como unos cuarentones alejados del sexo.”<br />
“Hmmm,” dijo Zoë. Se reclinó sobre el sofá de Evan y miró por la ventana hacia las oscuras cimas de los edificios. Parecía un poco antinatural vivir en el cielo de ese modo, como pájaros que por una hazaña errónea anidaran muy alto. Asintió con la cabeza hacia las peceras y soltó una risita. “Me siento como un pájaro,” dijo. “Con mi propia ración de peces.”</p>
<p style="text-align: justify;">Evan suspiró. “Llega a casa y se echa en el sofá, mira fútbol borroso. Usa el color crema psicodélico y el aparato de los rizos, si sabes a lo que me refiero.”</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë se levantó y acomodó los cojines del sofá. “¿Qué es futbol borroso?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Aún no tenemos cable. Todo nos llega borroso. Así que Charlie lo mira así.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Hmm, ya veo. Sí, es un poco depresivo,” dijo Zoë. Miró sus manos. “Especialmente lo de no tener cable.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Así es como se mete a la cama.” Evan se levantó para hacer una demostración. “Se quita toda la ropa pero cuando toca al turno de los calzoncillos simplemente los deja caer hasta un tobillo. Luego levanta una pierna, los avienta al aire y los atrapa. Yo, por supuesto, lo miro desde la cama. Y nada más. Sólo eso.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Quizá deberían pasar por alto esas cosas y casarse.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Te parece?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Claro. Quiero decir, ustedes probablemente piensen que vivir juntos de esta manera es lo mejor de todo, pero…” Zoë trató de sonar como la hermana mayor; la hermana mayor es lo que se supone que sería la madre que nunca tendrías, la mamá buena onda, tranquila. “Pero yo descubrí que tan pronto como crees tener de todo…” –pensó en ella misma, sola en su casa, en las cigarras cara de sapo que volaban alrededor como hombrecitos nocturnos y aterrizaban sobre sus cortinas, mirando; en los zapatos número treinta que había colocado en la puerta para alejar a los intrusos; en la ridícula, muñeca inflable que alguien le había dicho que sentara a la mesa del desayuno- “entonces repentinamente todo cambia y se vuelve lo peor de todo.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿De verdad?” Evan irradiaba felicidad. “Ay, Zoë. Tengo que decirte algo. Charlie y yo nos vamos a casar.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿De verdad?” Zoë se sintió confundida.</p>
<p style="text-align: justify;">“No sabía cómo decírtelo.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Sí, bueno. Supongo que todo eso sobre el futbol borroso me confundió un poco.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Esperaba que fueras mi dama de honor,” dijo Evan, ansiosa. “¿No te sientes feliz por mí?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Sí” dijo Zoë, y comenzó a contarle a Evan la historia de un violinista premiada de Hilldale-Versailles —cómo la violinista había llegado de una competencia en Europa y se había liado con un tipo del pueblo que la obligaba a ir a todos los partidos de softball de verano y la hacía brindar por él desde las gradas junto con las otras esposas, hasta que ella se mató. Pero cuando Zoë iba a la mitad del cuento, en la parte de los brindis desde las gradas, se detuvo.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Entonces qué?” dijo Evan. “¿Qué pasó?”</p>
<p style="text-align: justify;">“La verdad es que nada,” dijo Zoë, tranquilamente. “A ella comenzó a gustarle el softball. Tendrías que haberla visto.”</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë decidió ir a la función vespertina de cine, dejando a Evan las faenas de preparar lo necesario para la fiesta.</p>
<p style="text-align: justify;">“Debo hacerlo sola, de verdad,” le había dicho, un poco tensa tras la historia de la violinista. Zoë pensó a ir a un museo de arte pero las mujeres que iban a los museos tenían que lucir muy bien. Siempre lo hacían. Elegantes y serias, moviéndose lánguidamente, con un gran bolso de mano. En vez de eso, camino por Kips Bay, pasando frente a una boutique de aretes llamada Póntelo en las orejas, luego pasó por un salón de belleza llamado Dorian Gray. Eso era lo divertido respecto de la “belleza,” pensó Zoë. Busca entre las páginas de la sección amarilla y encontrarás cientos de entradas, todas agresivas en su inteligencia, cortesía y consejos. Pero busca “verdad,” –Já! Absolutamente nada. Nada de nada.</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë pensó en el matrimonio de Evan. ¿Se convertiría Evan en la esposa de Pedro Comecalabazas? ¿Señora Comecalabazas? ¿Y en la boda, obligaría a Zoë a vestirse con un vestido color lavanda lleno de volados, idéntica a las otras damas? Zoë odiaba los uniformes, e incluso, en primer grado, se había rehusado a unirse al club de las Chicas Duendes porque no deseaba usar el mismo disfraz que todas. Y ahora tendría que hacerlo. Y quizá podría distinguirlo. Levantarlo por un lado con una pinza, por ejemplo. O colocar una gasa de cirugía en la cintura. Abrocharse en el pecho uno de esos pins que dicen, en letras grandes, “Shit Happens.”</p>
<p style="text-align: justify;">En la película –<em>Death by Number</em>- compró palitos de regaliz para masticar. Tomó asiento junto a la salida. La poseyó la extraña autoconciencia de hallarse sola, y esperaba que el cine oscureciera pronto. Cuando oscureció y comenzaron los comerciales, buscó en su bolso los lentes. Los tenía en un estuche. Los Kleenex también estaban en un estuche. Lo mismo los bolígrafos, las aspirinas y las mentas. Todo se encontraba en un estuche. Y eso es en lo que se había convertido: en una mujer sola en el cine con todo en estuches.</p>
<p style="text-align: justify;">En la fiesta de Halloween había como dos docenas de personas. Había gente con cabezas de mono y largo vello en las manos. Alguien se había disfrazado de duende. Alguien se había disfrazado de cena congelada. Un hombre había traído a sus dos hijas pequeñas: una bailarina, y la hermana de la bailarina, también vestida de bailarina. Había un grupillo de brujas muy sensuales –mujeres vestidas enteramente de negro, muy maquilladas y enjoyadas. “Odio a esas brujas tan atractivas. No va con el espíritu de la noche de Halloween,” dijo Evan que, por su parte, había abandonado la máscara de luna para disfrazarse de muñeca alemana de rizos y delantal, decisión que ahora lamentaba. Charlie, y porque le gustaban los peces, porque era dueño de muchos peces y porque los coleccionaba, había decidido vestirse como pez. Tenía aletas y ojos a los lados de la cabeza. “¡Zoë! ¿Cómo estás? ¡Siento no haber estado aquí cuando llegaste!” Pasó el resto del tiempo charlando con las brujas sensuales.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?” preguntó Zoë a su hermana. “Luces agotada.” Acarició el brazo de su hermana dulcemente, como si deseara que estuvieran solas.</p>
<p style="text-align: justify;">“Ay, no, nada de eso,” dijo Evan, mientras arreglaba los hongos rellenos sobre una bandeja. El cronómetro sonó y sacó otra bandeja del horno. “En realidad, ¿sabes qué puedes hacer?”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Qué?” Zoë se puso el hueso en la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">“Conocer a Earl. Él es el tipo que tenía en mente para ti. Cuando llegue sólo háblale un poco. Es lindo. Es divertido. Se acaba de divorciar.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Lo intentaré,” gruñó Zoë. “¿Está bien? Lo intentaré.” Miró el reloj.</p>
<p style="text-align: justify;">Earl llegó vestido como una mujer desnuda, con lana de acero pegado estratégicamente al cuerpo, y pechos de goma que le brotaban como jamones.</p>
<p style="text-align: justify;">“Zoë, él es Earl,” dijo Evan.</p>
<p style="text-align: justify;">“Gusto en conocerte,” dijo Earl, esquivando a Evan para estrechar la mano de Zoë. Observó en detalle la cabeza de Zoë. “Bonito hueso.”</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë asintió. “Bonitas tetas,” dijo. Miró más allá de él hacia la ciudad que tras la ventana centelleaba contra el cielo; la gente decía lo de siempre: cómo parecía un montón de joyas, o brazaletes y collares sueltos. Podías ver el reloj del edificio Con Ed, el copete dorado y naranja del Empire State, el Chrysler como el cohete espacial soñado durante la depresión. Más lejos podías vislumbrar el Astor Plaza, y su tejado blanco y volante como la cofia de una monja. “Hay cerveza allá en el balcón, Earl. ¿Te traigo una?” preguntó Zoë.</p>
<p style="text-align: justify;">“Hm, claro. Voy contigo. Hey, Charlie, ¿cómo va?”</p>
<p style="text-align: justify;">Charlie dibujó una amplia sonrisa y silbó. La gente se giró para ver. “Hey, Earl,” le llamó alguien desde el fondo del salón. “¡Fiuu, fiuuuu!”</p>
<p style="text-align: justify;">Se apretujaron entre los demás invitados, pasaron a los monos, a las brujas sensuales. La succión de las puertas corredizas cedió en un silbido, y Zoë y Earl salieron al balcón, una mujer con un hueso en la cabeza y otra desnuda, el aire de la noche rugiendo y pleno de humo fresco. Había otra pareja ahí afuera murmurando en privado. No llevaban disfraz. Sonrieron a Earl y a Zoë. “Hola,” dijo Zoë. Encontró la hielera de hule espuma y sacó dos cervezas.</p>
<p style="text-align: justify;">“Gracias,” dijo Earl. Sus pechos de goma se doblaron hacia dentro, estropeándose, mientras abría la botella.</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno,” suspiró Zoë, ansiosamente. Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos. Con frecuencia, al conversar con un hombre en una fiesta, mil cosas le atravesaban la mente. Y mientras el hombre decía cualquier disparate, con mucha amabilidad, ella se enamoraba, casaba, y se enfrascaba en una amarga lucha por la custodia de los hijos y esperaba la reconciliación de modo que pese a todas sus traiciones ella no podría jamás despreciarlo, en tanto que en los minutos restantes conocería, quizá, su apellido y a qué se dedicaba, aunque hubiera ya mucha historia entre ambos. Movía la cabeza arriba abajo, enrojecía y se iba de ahí.</p>
<p style="text-align: justify;">“Evan me dice que eres profesora de Historia. ¿Dónde trabajas?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Justo en la frontera entre Indiana e Illinois.”</p>
<p style="text-align: justify;">Earl pareció un poquito desconcertado. “Creo que Evan no me contó esa parte.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿No lo hizo?”</p>
<p style="text-align: justify;">“No.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno, así es Evan algunas veces. Cuando éramos niñas ambas teníamos problemas para hablar.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Eso puede ser duro,” dijo Earl. Uno de sus pechos estaba escondido detrás del brazo que sostenía la bebida, pero el otro brillaba rosa y tranquilo, lleno como una luna de cereza.</p>
<p style="text-align: justify;">“Sí, bueno. No era una pérdida total. Íbamos a lo que entonces llamábamos derapia de durazno.[1] Durante casi diez años de mi vida tenía que construir en mi mente cada frase por adelantado antes de decirla. Era la única manera en que podía crear una frase coherente.”</p>
<p style="text-align: justify;">Earl tomó de su cerveza. “¿Y cómo lo hiciste? Quiero decir, ¿cómo lo superaste?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Contaba un montón de bromas. Bromas de las que ya me sabía cada línea. Sólo tenías que decirlas. Me gustan las bromas. Las bromas y las canciones.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Earl sonrió. Tenía lápiz labial, una profunda mancha roja, pero se le había resbalado por la cerveza. “¿Cuál es tu broma favorita?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Uh, mi broma favorita es…OK, ésta: Un hombre va al consultorio de su doctor y…”</p>
<p style="text-align: justify;">“Creo que conozco esa broma” interrumpió Earl, ansiosamente. Deseaba contar la historia él mismo. “Un hombre va al consultorio de su doctor, y el doctor le dice: ‘Mire, tengo una noticia buena y una noticia mala.´ Es ése, ¿verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">“No estoy segura” dijo Zoë, “Podría ser una versión diferente.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno, entonces el tipo dice: ‘Deme la mala noticia primero, doctor’, y el doctor dice: ‘Muy bien. Usted tiene tres semanas de vida.’ Y el tipo grita: ‘¡Tres semanas de vida! Doctor, por favor dígame cuál es la buena noticia.’ Y el doctor dice: ‘¿Vio a la secretaria de allá enfrente? Pues finalmente me la cogí.”</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë arrugó el ceño.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿No es ése en el que estabas pensando?”</p>
<p style="text-align: justify;">“No”. Había acusación en su voz. “El mío era diferente.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Oh,” dijo Earl. Desvió la mirada y luego la regresó: “¿Qué tipo de historia enseñas?”</p>
<p style="text-align: justify;">“La mayoría de las veces Historia americana –siglos dieciocho y diecinueve.”</p>
<p style="text-align: justify;">En los cursos de posgrado, en el bar, la frase para comenzar a ligar siempre era: <em>“Así que, ¿cuál es tu siglo?”</em></p>
<p style="text-align: justify;">“A veces doy un curso sobre algún tema en específico,” añadió. “Digamos, ‘Humor y Personalidad en la Casa Blanca’. De eso es de lo que se trata mi libro.” Recordó lo que una vez alguien le había comentado sobre cierta clase de gorriones, cómo crean elaboradas estructuras antes de juntarse.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Tu libro es sobre el <em>humor</em>?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Claro, y bueno, cuando enseño un curso cómo ése doy todos los siglos.” “Así que, ¿cuál es tu siglo?”</p>
<p style="text-align: justify;">“O sea que los tres.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Perdón?” La brisa le hizo brillar los ojos. El tráfico revolucionaba bajo ellos. Ella se sintió alta y endeble, como alguien elevada al cielo por error y luego desdeñada.</p>
<p style="text-align: justify;">“Tres. Solamente hay tres.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno, en realidad son cuatro.” Ella pensaba en Jamestown[2], y en los peregrinos con hebillas y sombreros de brujas que llegaban a decir sus rezos.</p>
<p style="text-align: justify;">“Yo soy fotógrafo,” dijo Earl. Su rostro comenzaba a brillar y el rojo comenzaba a mancharlo como un atardecer bajo sus ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Y te gusta eso?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno, la verdad es que estoy comenzando a sentir que es un poquito peligroso.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿En serio?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Pasar todo el tiempo en un cuarto oscuro bajo esa luz roja y entre todos esos químicos. Se le relaciona con el Parkinson, ¿lo sabías?”</p>
<p style="text-align: justify;">“No, no lo sabía.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Se supone que debo usar guantes de goma, pero no me gusta. A menos de que lo esté tocando directamente, no puedo pensar que algo es real.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Hmm,” dijo Zoë. La alarma vibró a través de toda ella.</p>
<p style="text-align: justify;">“Algunas veces, cuando me corto o algo así, siento la punzada y pienso, <em>Mierda</em>. Me lavo constantemente y espero que no pase nada. No me gusta sentir la goma sobre la piel de esa manera.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿En serio?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Quiero decir, el contacto físico. Eso es lo que uno quiere, si no para qué molestarse?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Supongo,” dijo Zoë. Deseaba recordar alguna broma, algo lento y deliberado, con el final a la vista. Pensó en gorilas, en cómo cuando pasan demasiado tiempo encerrados en una jaula comienzan a golpearse en la cabeza en vez de aparearse.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Tienes… alguna relación?” soltó Earl, de pronto.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Ahora? ¿Mientras hablamos?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Bueno, quiero decir, estoy seguro que tienes una relación con tu<em> trabajo</em>.” Una sonrisa, pequeña, anidada en su boca como un huevo. Pensó en los zoológicos de los parques, en cómo, cuando las ciudades caen bajo un asedio, la gente se come a los animales. “Pero quiero decir, con un <em>hombre</em>.”</p>
<p style="text-align: justify;">“No, no estoy en ninguna relación con ningún hombre.” Se acarició la barbilla con la mano y pudo sentir el cabello cerdoso ahí. “Pero mi última relación fue con un hombre muy cariñoso,” dijo. Se inventó algo. “De Suiza. Era un botánico, experto en plagas, malas hierbas. Se llamaba Jerry. Yo lo llamaba Jare. Era muy divertido. Ibas a ver una película con él y lo único en que se fijaba era en las plantas. Nunca ponía atención a la trama. Una vez, en una película sobre la jungla, comenzó a parlotearme todos esos nombres en latín, en voz alta. Fue muy emocionante para él.” Hizo una pausa, contuvo el aliento. “Eventualmente regresó a Europa a, eh, estudiar el edelweiss[3].” Miró a Earl. “¿Tienes una relación? Digo, ¿con una <em>mujer</em>?”</p>
<p style="text-align: justify;">Earl cambió el peso y las arrugas de su disfraz cambiaron, ensanchándose hacia fuera, como algo roto. Su vello púbico se deslizó hacia una cadera, como el corsé de una chica del oeste. “No,” dijo, limpiándose la garganta. La lana de acero de sus brazos se movía hacia los bíceps. “Acabo de salir de un matrimonio que estaba lleno de malos diálogos como ‘¿Quieres más espacio? ¡Pues te daré más espacio!’ Puaf, típico de los tres chiflados.</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë lo miró comprensivamente. “Supongo que es difícil recobrar el amor después de eso.”</p>
<p style="text-align: justify;">Los ojos de él destellaron. Quería hablar del amor. “Pero sigo pensando que el amor debe ser como un árbol. Mira a un árbol y verás que tiene chichones y cicatrices de tumores, infestaciones, lo que quieras, pero aún así siguen creciendo. A pesar de los chichones y de las magulladuras siguen… derechos.”</p>
<p style="text-align: justify;">“Sí, bueno,” dijo Zoë, “de donde yo vengo todos son casados o gays. ¿Viste esa película, <em>Death by Number</em>?&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Earl la miró, un poco perdido. Se estaba alejando de él. “No,” dijo.</p>
<p style="text-align: justify;">Uno de sus pechos se había deslizado bajo su brazo, apeñuscado ahí como una baguette. Ella seguía pensando en árboles, parques, gente que en tiempos de guerra se comía a las cebras. Sintió un dolor punzante en el abdomen.<br />
“¿Quieren algunos bocadillos?” Evan llegó empujando la puerta corrediza. Sonreía pese a que los rizos se le comenzaban a caer, colgando desganadamente de las puntas del cabello como decoraciones de Navidad, como alimento dejado para las aves. Les ofreció un plato de hongos rellenos.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Estás pidiendo donaciones u ofreciéndolas?” preguntó Earl, ingeniosamente. Le gustaba Evan; puso una mano sobre su brazo.</p>
<p style="text-align: justify;">“Saben, vuelvo en un minuto,” dijo Zoë.</p>
<p style="text-align: justify;">“Uh,“ dijo Evan, algo preocupada.</p>
<p style="text-align: justify;">“Ya vuelvo. Lo prometo.”</p>
<p style="text-align: justify;">Zoë atravesó apresurada la sala en dirección al dormitorio, al baño. Estaba vacío; la mayoría de los invitados usaba el medio baño de junto a la cocina. Prendió la luz y cerró la puerta. El miedo se había detenido, y la verdad es que no tenía necesidad de ir al baño, pero permaneció ahí de todas maneras, descansando. En el espejo encima del lavabo, se encontró algo demacrada debajo de su hueso en la cabeza, con un gris violáceo mostrándose bajo la piel como la de un pajarito desplumado y repleto de ampollas. Se inclinó un poco más, alzando la barbilla para mirar el pelo erizado. Ahí estaba, al final de la quijada, puntiagudo y oscuro como un cable. Abrió el gabinete de las medicinas y manoseó hasta encontrar las pincitas. Alzó la cabeza una vez más y se atacó la cara con las pinzas, agarrando, apretando y fallando. Puedo escuchar que al otro lado de la puerta conversaban dos personas en voz baja. Habían entrado al dormitorio y discutían sobre algo. Estaban sentados en la cama. Uno de ellos soltó una risita falsa. Zoë acometió de nuevo contra la barbilla, pero esta vez comenzó a sangrar un poquito. Se estiró con fuerza la piel de la quijada, apretó las pinzas duro contra lo que esperaba que fuera el pelo, y jaló. Un diminuto pedazo de piel salió disparado, pero el pelo se mantuvo en pie, con sangre brillando en su raíz. Zoë apretó los dientes. “Ay, vamos,” susurró. Las personas del dormitorio estaban ahora contándose historias, suavemente, divirtiéndose. Se escuchó el rebote y el chirrido del colchón y el sonido de una silla siendo apartada. Zoë apuntó con la pinzas cuidadosamente, apretó, jaló cuidadosamente, y esta vez el pelo salió, con una ligera punzada de dolor, y luego una tonelada de alivio. “¡Sí!” suspiró Zoë. Arrancó un poco de papel sanitario y lo aplicó contra la barbilla. El papel se manchó de sangre, y entonces arrancó un poco más y lo aplicó sobre la barbilla, ejerciendo presión hasta que se detuvo. Entonces apagó la luz, abrió la puerta y se reintegró a la fiesta. “Perdón,” dijo a la pareja del dormitorio. Era la misma pareja del balcón, y la miraron un poco sorprendidos. Se habían abrazado y comían barritas de caramelo.</p>
<p style="text-align: justify;">Earl seguía en el balcón, solo, y Zoë se le reunió.</p>
<p style="text-align: justify;">“Hola,” dijo.</p>
<p style="text-align: justify;">Él se volvió y sonrió. Se había arreglado el disfraz un poquito aunque todas las características sexuales secundarias lucían ligeramente estropeados, destinados a moverse, voltearse y huir a la primera oportunidad.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Estás bien?” preguntó. Se había abierto otra cerveza y estaba resoplando.</p>
<p style="text-align: justify;">“Sí, claro. Sólo tenía que ir al baño.” Hizo una pausa. “En realidad, he visitado a un montón de doctores últimamente.”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Algún problema?” preguntó Earl.</p>
<p style="text-align: justify;">“Oh, probablemente no es nada. Pero me están haciendo pruebas.” Suspiró. “Me hice sonogramas, mamogramas. La semana que viene me haré un caramelograma.” Él la miró, preocupado. “He tenido demasiadas palabras terminadas en grama,” dijo.</p>
<p style="text-align: justify;">“Toma, te guardé estos.” Le pasó un pañuelo con dos hongos rellenos. Estaban fríos y el aceite había dejado manchas sobre el pañuelo.</p>
<p style="text-align: justify;">“Gracias,” dijo Zoë, y se los metió en la boca juntos. “Mira,” dijo con la boca llena. “Con mi suerte seguro me operan de la vesícula.”</p>
<p style="text-align: justify;">Earl hizo una mueca. “Así que tu hermana se va a casar,” dijo, cambiando el tema. “Dime, ¿qué piensas realmente sobre el amor?”</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Amor?” ¿Que no habían pasado ya por esto? “No lo sé.” Masticó pensativamente y tragó. “Vale. Te diré qué es lo que pienso sobre el amor. Esta es una historia. De una amiga mía…”</p>
<p style="text-align: justify;">“Tienes algo en la barbilla,” dijo Earl, estirando la mano para tocarla.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Qué?” dijo Zoë, dando un pasito atrás. Volteó la cara y se manoseó la barbilla. Un pedazo de papel sanitario se desprendió de la piel, como cinta adhesiva. “No es nada,” dijo. “No… no es nada.”</p>
<p style="text-align: justify;">Earl la observaba.</p>
<p style="text-align: justify;">“Como sea,” continuó ella, “esta amiga mía era violinista y había ganado varios premios. Viajó por toda Europa ganando competencias; impuso récords, dio conciertos, se volvió famosa. Pero no tenía vida social. Así que un día se tiró a los pies de un director por el que ella estaba loca. Él la levantó, la regañó cariñosamente, y la mandó de vuelta a su habitación de hotel. Después de eso abandonó Europa y volvió a casa, dejó de tocar el violín y se lió con un chico local. Esto sucedió en Illinois. El la llevaba cada noche a un bar a beber con sus amigotes del equipo. Él decía cosas como: ‘Sí, a Katrina le gusta tocar el violín,’ y le apretaba una mejilla. Una vez que ella le propuso volver a casa, él le dijo: ‘Qué. ¿Crees que eres muy famosa para un lugar como este? Bueno, déjame decirte algo. Puedes pensar que eres muy famosa, pero no eres <em>famosa</em> famosa.’ Dos famosas. ‘Aquí nadie ha oído hablar de ti.’ Luego él se levantó y pidió otra ronda de tragos para todos excepto para ella. Ella tomó su abrigo, se fue a casa, y se pegó un tiro en la cabeza.&#8221;</p>
<p style="text-align: justify;">Earl callaba.</p>
<p style="text-align: justify;">“Ese es el final de mi historia de amor,” dijo Zoë.</p>
<p style="text-align: justify;">“No eres muy parecida a tu hermana,” dijo Earl.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿No, de verdad?” dijo Zoë. El aire se había vuelto más frío, y el viento cantaba en un grueso tono menor, como un himno.</p>
<p style="text-align: justify;">“No.” Él ya no quería hablar más del amor. “Sabes, quizá deberías usar mucho azul, azul y blanco, en la cara. Eso te daría un poco de color.” Alzó la mano con el brazalete azul para mostrarle cómo es que contrastaba contra su piel, pero ella lo hizo a un lado.</p>
<p style="text-align: justify;">“Dime, Earl, ¿la palabra <em>marica</em> significa algo para ti?”</p>
<p style="text-align: justify;">Él dio un paso atrás, alejándose. Movió la cabeza como para no dar crédito. “Sabes, simplemente no debería intentar salir con profesionistas. Todas ustedes están dañadas. Cualquiera puede saber lo que les ha hecho la vida. Me va mejor con las mujeres de trabajos sencillos, de medio tiempo.</p>
<p style="text-align: justify;">“¿Ah, sí?” Ella había leído una vez un artículo titulado &#8220;Las Mujeres Profesionistas y la Demografía de la Pena.” O no, era un poema, <em>Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato</em>. Recordaba ese verso. Pero quizá el título era: “La Casa Vacía: Estética de lo Inhóspito.” O quizá: “Gitanas en el Espacio: Mujeres en la Academia.” Lo había olvidado.</p>
<p style="text-align: justify;">Earl se volvió y se inclinó sobre la barandilla del balcón. Se hacía tarde. Dentro, los invitados comenzaban a irse. Las brujas sensuales se habían marchado. “Vive y aprende,” murmuró Earl.</p>
<p style="text-align: justify;">“Vive y vuélvete un imbécil,” replicó Zoë. Bajo ellos, en Lexington, no había autos, sólo la dorada de un taxi ocasional. Él se recargó sobre los codos, melancólicamente.</p>
<p style="text-align: justify;">“Mira a todas esas personas allá abajo,” dijo. “Parecen insectos. ¿Sabes cómo se controla a los insectos? Se les rocía hormonas de insecto, de insectos hembra. Los machos se vuelven tan locos por esta hormona que comienzan a cogerse todo lo que esté a su alcance –árboles, piedras, todo excepto insectos hembra. Control poblacional. Eso es lo que pasa en este país,” dijo, con voz de borracho. “Las hormonas han sido rociadas y los hombres se están cogiendo a las piedras. ¡A las piedras!”</p>
<p style="text-align: justify;">Por detrás, la línea de marcador que le dibujaba el trasero se ensanchaba, negro sobre rosa, como una página de tiras cómicas. Zoë se acercó por atrás, lento, y le dio un empujón. Sus manos resbalaron hacia delante, más allá de la barandilla, sobre la avenida. La cerveza escapó de la botella, cayendo veinte pisos hasta el asfalto.</p>
<p style="text-align: justify;">“¡Hey! ¿Qué estás haciendo?” dijo él, volviéndose rápidamente. Se puso derecho, listo, y se alejó de la verja, esquivando a Zoë. “¿Qué mierda estás haciendo?”</p>
<p style="text-align: justify;">“Sólo bromeaba,” dijo ella. “Sólo estaba bromeando.” Pero él la contempló, atónito, aterrorizado, con el trasero dibujado por marcador vuelto por completo hacia la ciudad, una supuesta mujer desnuda con un brazalete azul en la muñeca, atrapado en un balcón con… ¿con qué? “En serio, sólo fue una broma!” gritó Zoë. El viento le levantó el cabello hacia el cielo, como espinas detrás del hueso. Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Ella le sonrió y se preguntó qué aspecto tendría.</p>
<p style="text-align: justify;">
<p style="text-align: right;"><em>Traducción de Mauricio Salvador</em></p>
<p style="text-align: right;"><em><br />
</em></p>
<p style="text-align: justify;">[1] Peach pearapy: Juego de palabras, debido a la pronunciación: Teach Therapy: Terapia de aprendizaje.<br />
[2] Jamestown era una aldea en una isla del río James, en Virginia, localizado a 70 kilómetros al sureste de donde hoy es Richmond, Virginia. El río y el asentamiento de 1607 fueron nombrados así por motivo de James I, que había ascendido recientemente al trono inglés. El asentamiento de Jamestown fue la primera colonia inglesa permanente en el nuevo mundo que logró sobrevivir.<br />
[3] Edelweiss (Leontopodium alpinum): es una de las flores montañosas más conocidas de Europa.</p>
</div>
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		<title>Por qué me retiré del jurado del Booker Internacional</title>
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		<pubDate>Tue, 24 May 2011 17:46:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Hermano Cerdo</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Para agregarle más leña al fuego, aquí reproducimos las razones de Carmen Callil para retirarse del jurado que recientemente premió a Phlip Roth. En traducción de nuestro colaborador José Luis Justes Amador.

Por qué me retiré del jurado del Booker Internacional
Carmen Callil
Como una de los tres jueces del Premio Man Booker Internacional para Ficción 2011, anunciado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para agregarle más leña al fuego, aquí reproducimos las razones de Carmen Callil para retirarse del jurado que recientemente premió a Phlip Roth. En traducción de nuestro colaborador José Luis Justes Amador.</p>
<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" src="http://4.bp.blogspot.com/_hvWrVRmqxvg/TM-l8tXUpqI/AAAAAAAAGEI/SsbWZRWYsRc/s1600/Philip_Roth_novelista_estadounidense.jpg" alt="" width="502" height="336" /></p>
<p style="text-align: center;"><strong>Por qué me retiré del jurado del Booker Internacional<br />
Carmen Callil</strong></p>
<p style="text-align: justify; ">Como una de los tres jueces del Premio Man Booker Internacional para Ficción 2011, anunciado el pasado 18 de mayo, he pasado los últimos dieciocho meses siguiéndole la pista a escritores de todo el mundo. Los requisitos para el premio eran que el ganador estuviese vivo, y que su obra estuviese publicada originalmente, o en traducción, en inglés. El premio no se otorga a una novela en particular sino al logro del escritor en la ficción. Esos sencillos puntos me dieron la oportunidad de leer cientos de novelas, de descubrir a escritores de los que no había oído hablar antes, y pasarme meses contemplando otras culturas, otras historias, otras historias de amor, otras vidas, las lecturas más excitantes que he hecho durante todo un año. El ganador del premio 2011, de 60,000 libras, fue anunciado en Sídney el miércoles: Philip Roth.<br />
Mis objeciones a este resultado son muchas. El aspecto internacional del premio es lo que hace que sea diferente: buscar y valorar otras voces. Este aspecto me resultaba especialmente importante porque creo que vivimos en un tiempo en el que el lector angloparlante necesita –y quiere- el acceso que lectores de otras lenguas tienen a determinados libros: se traducen al inglés menos libros que a cualquier otro idioma.<br />
Imagino que el premio podría, aún incluyendo a escritores en lengua inglesa, por supuesto, celebrar el trabajo de la traducción y de los traductores que con su labor ensanchan nuestro entendimiento de otros países, de otras culturas.<br />
El premio Man Booker Internacional permite un premio aparte para la traducción. Si se aplica, el ganador puede elegir a un traductor de su obra al inglés para que reciba un premio de 15,000 libras. De los cuatro reconocimientos otorgados hasta ahora, sólo uno ha recaído en un autor que no escribiera en inglés, el novelista albano Ismail Kadaré. Y ahora, con la elección de Roth, ese dinero sigue sin utilizarse. Espero que la suma se esté acumulando.<br />
Investigue bastante sobre escritores de China, África, India, Pakistán, el mundo árabe, Sri Lanka, el Caribe y otros lugares. Leímos novelistas que estaban entre los conocidos y los menos conocidos escritores de Europa, Sudamérica, los Estados Unidos, Asia, Israel, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda y Canadá.<br />
Por eso otorgar el premio a otro escritor norteamericano, cuando hay tantos grandes escritores de entre los que elegir (el ganador anterior era la verdaderamente grande escritora canadiense, Alice Munro) sugiere, por decir algo, una visión limitada.<br />
Esto no es un asunto de nacionalidad. No puedes agrupar a los escritores en equipos o hacer que los premios sean competiciones como la Copa del Mundo o un campeonato de criquet. Lo importante es la calidad del escritor, el trabajo realizado y su valor para el resto del mundo.<br />
Hay grandes momentos en la obra de Roth. Es inteligente, dura, cómica pero su alcance es estrecho. No en el sentido de Austen, de Bellow o de Updike porque ellos usaron un lienzo estrecho para reflejar los conceptos y las ideas más amplios. Roth se explora brillantemente a sí mismo pero da poco más. Ese hablar sólo de sí mismo y regodearse lo restringen como novelista. Y por uso utiliza un lienzo enorme para hacer cosas pequeñas y aún así sus menudencias toman el aspecto de un océano. Cuanto más lo leo, más tediosa encuentro su obra, más escucho el ruido del traje nuevo del emperador.<br />
Es difícil admitirlo, difícil verlo en la lista, difícil premiarlo en este premio internacional. Yo podría haberlo hecho –acostumbrada como estoy a los misterios de los gustos de otra gente- si no hubiera sido por lo siguiente: durante los últimos dieciocho meses los escritores favoritos de cada uno de nosotros mordía el polvo porque a uno u a otro de los tres jueces no le importaba lo más mínimo, no creía que fuera un gran novelista. Cada jurado se mantenía en su misma postura, por supuesto, en un cara a cara sobre alguno de los finalistas.<br />
Había trece finalistas en nuestra lista última. Cualquiera de los otros trece podría haber sido una elección excitante para los lectores para los que los jueces trabajan. Cualquiera de los otros trece hubiera sido aceptable para mí. He sido jurado de muchos premios y el consenso siempre ha sido algo necesario. Hay una forma de consenso cuando una segunda opción, aceptable para todos los jueces, es en la que se ponen de acuerdo. Ese no fue el procedimiento que se siguió y bajo esas circunstancias yo no podía prestar mi nombre a la elección de Roth, por eso me retiré del panel de jurados.<br />
En retrospectiva, me doy cuenta de que no debería haber capitulado y debí haber pedido que se reevaluara y se discutiera a cada uno de los otros finalistas. La profundidad humana, todas esas cualidades que se buscan en la gran escritura están representadas en ellos. Este indignado desahogo es para ellos y para los traductores que trabajan en la viña en beneficio de muchos de los que estaban en la lista, no siempre con éxito, y para todos aquellos que leen en inglés. Leer tantos trabajos ha sido un gran regalo para mi (y puede que para otros) y por eso siempre le estaré agradecida al Man Booker.</p>
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