HermanoCerdo 20
Por si no lo han notado, HermanoCerdo 20 está aquí.
Cito las palabras de un lector ocasional de HC:
Voy a tomar el riesgo de comentar sobre un articulo de la revista Hermanocerdo, ya que me llamó fuertemente la atencion, el culto exacerbado que le otorgan al culo, porque simplemente no entiendo la razón para exaltar esta singular parte del cuerpo, como objeto digno de un cuento, de una historia, de una realidad retorcida como esta, y asi llego a la pregunta, ¿ a donde nos va llevar esta nueva creatividad? y concluyo en que si nuestra vision de la vida es tan sucia y mezquina que un historia basada en el maloliente culo, termina mereciendo la victoria de la creatividad. y porque no hasta el siempre codiciado premio nobel, yo intentaré escribir la historia asombrosa y jamas contada de la apendice asesina.
Estimado Juan Camilo, como dice Martin Luther King: “Who loves not women, wine and song, remains a fool his whole life long!” Y evidentemente los editores de HC estamos en la primera etapa, las mujeres, y más epecíficamente en el apartado de los culos. Me extraña que siendo HermanoCerdo una revista electrónica, es decir, en internet, donde los culos abundan como peces en el mar tengas la indecencia (porque eso es, Juan Camilo, una indecencia), de alarmarte porque escribimos y publicamos cuentos con el culo como personaje. Y dices: “simplemente no entiendo la razón para exaltar esta singular parte del cuerpo”. Y yo te digo: Mal. Y agregas: “y así llego a la pregunta, ¿ a dónde nos va llevar esta nueva creatividad? y concluyo en que si nuestra vision de la vida es tan sucia y mezquina que un historia basada en el maloliente culo termina mereciendo la victoria de la creatividad […] yo intentaré escribir la historia asombrosa y jamas contada de la apéndice asesina.” Y yo digo: Si por acaso llegas a escribir la historia con un apéndice asesino como personaje, mándamela (y mándasela al editor de ficción bluelephant en gmail) porque de verdad nos interesaría. Al menos sería más interesante que una historia donde el verdadero personaje es, digamos, el lenguaje.
Saludos.
Y yo digo: Si hay
Uno de nuestros becarios, inspirándose antes de iniciar nueva historia.
En HC 20 (casi listo para salir de las prensas virtuales) publicaremos tres piezas breves de Leonard Michaels en traducción de José Luis Justes Amador. Ya antes habíamos publicado un cuento suyo, “Viva La Tropicana”, en traducción de un servidor. Aquí ofrecemos esta pieza tomada de la revista Harper´s.
Diario de un ex
Leonard Michaels
(traducción: José Luis Justes Amador)
La voz de ella es plana y fríamente distante y por eso me imagino que las cosas no han terminado entre nosotros. F. dijo que se encontró con su ex esposa en la calle, en Nueva York, que hablaron. Hablaron como si ninguno de los dos supiera como decir “encantado de verte, tengo una cita en otro sitio, adiós, adiós”. Fueron a un restaurante y comieron y siguieron hablando y fueron al apartamento de ella. Hicieron el amor. Después ella preguntó “¿por qué nos divorciamos?” F. me sonrió y encogió los hombros y me dijo “¿lo ves?” como si él mismo fuera un idiota de las circunstancias, inducido a la confusión y la pena por su pene. “¿Sabes cuanto paso antes de que casara de nuevo después de divorciarme?” me preguntó. “no tres días”, respondió. Lo sentía por el y por ella. Y también por mí y por ella y por ella y por ella. El sentimiento se ampliaba como los círculos que se forman alrededor de una hoja cuando cae a la superficie de un estanque.
Fuera lo que fuera que estuviese mal estuvo mal desde el instante en que nos conocimos, pero como niños de ojos bien abiertos no tuvimos más remedio. Después ella diría “Lo sabía por instinto. Sentía que estaba mal”. Incluso cuando decía eso, ella me llegaba, su voz que hablaba más allá de sus palabras. Debo haber tenido el corazón de perro. Yo vivo debajo del significado. La distancia entre ella y yo no era ni grande ni pequeña, simplemente insalvable, como el sentimiento de alguna vieja canción.
J. invitó a cenar a su ex mujer y a su amante, un tipo agradable con dos niños, a su casa. Preparó un pavo y una ensalada verde y encendió la chimenea y se sentaron viendo el fuego después de cenar, hablando y bebiendo coñac. Su ex mujer y su amante se quedaron toda la noche. La casa de J. es grande, con un montón de habitaciones de sobra. Dice que estuvieron hablando horas pero algo estaba mal. Dice que no para de pensar en eso. “No sé”, dice. “Algo estaba mal”. Me río. Él se ríe también pero estoy seguro de que no entiende lo divertido de la situación.
Después ella me dice que una vez hizo el amor en esta cama y que se rompió y aplastó al gato que dormía debajo y le rompió la columna. Desde entonces, dice, el sexo ya no es igual. Después salta de la cama y va al fregadero, agarra un cuchillo y me mira con una sonrisa de loca, con sus dientes brillando, fríos como el acero, y me da la bienvenida a la jungla.
Cuando estás solo te oyes a ti mismo masticar y tragar. Suenas como un animal. En compañía todo el mundo come, la plática oscurece los ruidos dentro de tu cabeza y nadie mira lo que estás haciendo con tu boca, nadie lo escucha. En esta altísima ceguera y mudez es donde vive la libertad. ¿Pensaría así si no la hubiese dejado? Como apoyado sobre el fregadero.
Fui al supermercado y compré lechuga, pan, huevos, leche y muchas más cosas y cargué las bolsas y las puse en la cajuela del coche y conduje hasta el departamento y preparé la cena y me la comí y corregí unos cuantos exámenes, preparé los cheques para pagar las facturas del mes y escribí la dirección en los sobres y les puse los sellos y leí hasta medianoche cuando sonó el teléfono que no iba a contestar. Ya sabía quien era. No quería encantamientos. Lo púnico que quería era lavar los platos. Lavé los platos y los coloqué en su lugar y después limpié el fregadero hasta que no tuvo ni una sola mancha y ya no quedaba nada por hacer y lo único que faltaba era irme a la cama, masturbarme, dormir.
Me cepillo los dientes camino del trabajo porque soy invisible. Me encierro en mi oficina y en mi coche porque no existo.
Pierdo mi chequera y mis lentes de sol porque no hay nadie que las necesite.
Olvido mis citas porque no hay nadie que quiera quedar conmigo.
Estudiamos a los criminales como si robaran, asesinaran y violaran a causa de una necesidad de ser entendidos. Yo también quiero ser entendido hasta en el peor de mis estados de ánimo.

El sueño de nuestra juventud (fragmento)
Cómo Bolaño conquistó Estados Unidos
Por Scott Esposito
Traducción de María Pilar San Román
El público lector estadounidense, o lo que queda de él, nunca se cansa de oír hablar de nuevos autores de moda. Todos los años, al menos un par de novelistas se adelantan al pelotón y se ven alzados hasta el estrellato por un agradable y arrebatador revuelo mediático. Como es habitual que suceda en nuestra cada vez más descentralizada cultura, la fama que les es conferida tiende a desaparecer tan rápida y misteriosamente como llegó. Sin embargo, algunos escritores consiguen exprimir sus cinco minutos de gloria y ganarse una fascinación duradera: por cada varios Dale Peck (el provocador crítico, ya justamente olvidado, que logró una fama efímera gracias a sus zafios ataques contra Nabokov, Joyce y otros varios conocidos autores contemporáneos) aparece un Jonathan Franzen, cuya figura, y quizás también su obra, ha conseguido instalarse de manera permanente entre los lectores estadounidenses.
Durante la primavera de 2007, Roberto Bolaño se convirtió en el niño mimado de la prensa literaria norteamericana. El motivo fue la publicación por primera vez en inglés de Los detectives salvajes, y durante varios meses resultó prácticamente imposible abrir un periódico o una revista sin encontrarse otra reseña o artículo eufórico dedicado a elogiar a este excelente autor.1 Para la mayor parte de los estadounidenses era la primera vez que veían su nombre.
El que un autor latinoamericano ya fallecido que escribía obras de ficción algo complejas haya conseguido convertirse en el último escritor de moda es, como poco, asombroso. Una característica bien conocida de los estadounidenses es el poco interés que sienten hacia las obras traducidas (se estima que apenas un 3 % de todos los libros que se publican cada año en los Estados Unidos son traducciones, frente al entre 10 y 25 % de la mayoría de los países de Europa occidental); y además, la inoportuna muerte de Bolaño le ha impedido realizar giras promocionales, ser entrevistado en las emisoras de radio o hacer algún comentario fuera de lugar para levantar una oportuna controversia. El último escritor extranjero que yo recuerde que fue objeto de casi tanta atención como la que recibió Bolaño la pasada primavera, fue Orham Pamuk, pero, en su caso, tan solo después de ganar el Nobel y de enfrentarse a un muy publicitado juicio incoado por el gobierno turco en un intento por censurarle.
Lo que todavía no está claro es si Bolaño llegará a ser un elemento permanente en el panorama literario estadounidense, tal como le correspondería con toda justicia, o si se convertirá en una de esas sensaciones que se quedan desvaídamente a mitad de camino cuando nuevos autores más de moda toman la delantera. Existen algunos síntomas esperanzadores. En primer lugar, Bolaño parece gozar de una sólida reputación en el mundillo literario. Los artículos sobre Los detectives salvajes se asemejaban más a ceremonias de coronación que a reseñas; fue como si los críticos, sobre todos los de las revistas y los periódicos de más peso, estuvieran aprovechando entusiasmados la oportunidad de destapar un secreto que se morían de ganas de revelar. Una reseña entusiasmada afirmaba: “No parece que Bolaño haya escrito ni una frase farragosa”. El título de otra ya dejaba claras sus intenciones: “El Gran Bolaño”. Fue casi conmovedor: durante varios meses, los críticos de los medios de comunicación estadounidenses se superaron y fueron más allá de la prosa estereotipada y de la alabanza superficial, y algunos de nuestros grandes declararon públicamente: “esto es algo verdaderamente importante”. Resultó estimulante.
Por Isami Romero
(fragmento)
Introduzco 120 yenes (12 pesos) a la máquina de refrescos y elijo té verde. Mientras me dispongo a recoger la lata, una voz varonil computarizada y sin chiste anuncia que ha llegado el convoy de las 11:09 con destino a Shinjuku. De súbito, una pregunta invade mi mente: ¿por qué tanta puntualidad? Algunos afirman que es una cuestión cultural, pero soy escéptico. Eso es pura japonofilia barata. Hace más de 140 años, cuando este archipiélago era regido por los Tokugawa, el japonés era todo menos sinónimo de puntualidad. Entonces, ¿qué explica esto? En lo que se me ocurre una respuesta convincente, se abre la puerta del tren. Ni hablar. En este país “ultramoderno” es difícil pensar tranquilamente.
Espero un momento que salgan los pasajeros y entro al vagón. Como siempre, nadie se percata de que no soy japonés. Es la magia de mi camuflaje genético. Empero, para mi mala fortuna, no hay dónde sentarse. Esto significa que estaré parado. Entonces, no me queda de otra cosa que tomarme el té que compré, ponerme los audífonos y prender mi reproductor de música digital, mientras me entretengo analizando a los pasajeros que están en el vagón. Veamos qué especimenes tenemos.
Abundan los trabajadores de cuello blanco. No por nada es la fuerza laboral mayoritaria de este país. 47 millones de japoneses trabaja en alguna oficina. Eso significa que el número de empresas es de… Dejémoslo ahí, sería un tema demasiado extenso para 30 minutos de viaje. En otra parte, están los estudiantes de preparatoria, su número no es tan amplio como los de cuello blanco, ya que en este país cada año se reduce la población juvenil. La gran mayoría esta vestida de uniforme escolar, muchos con el cabello pintado y peinados de manera exótica. Eso sí, siempre irreverentes. Es lo que caracteriza la adolescencia. Japón no tendría que ser la excepción.

Por Jorge Izquierdo
(fragmento)
En 1953 el Ecuador no era más ni menos de lo que es hoy. Velasco Ibarra era presidente y, a pesar de eso, su patria era un lugar bastante tranquilo. Las radios, ya viejas, emitían tangos argentinos o boleros mexicanos. Todo el mundo decía conocerse. Aficionados al fútbol se sentaban en el graderío tapándose del sol mientras los clubes del astillero se repartían casi todos los títulos. La gente se vestía como en fotos de los años 20. Bill Llegó por tierra. Cruzó la frontera norte cerca de Putumayo. Exploró la región amazónica y después se dirigió a Esmeraldas antes de bajar a Guayaquil. Recorrió la costa sur del país, estuvo en Manta, donde fue arrestado por un error policial (lo creyeron a él y a un “muchachito” que lo acompañaba inmigrantes ilegales provenientes del Perú). Hizo todo con apuro. El 5 de mayo, fecha mexicana por excelencia, escribió a Ginsberg diciéndole “Recorrí Ecuador lo más rápidamente posible. Qué lugar horrible es.” Y luego añade “Un complejo de inferioridad nacional de país pequeño en su estado más avanzado.” Pero nadie debe sentirse lastimado por estos comentarios. En parte porque son verdad, y en parte, porque el hombre no estaba del todo sano y hay que entender eso. El Bill de las Cartas del Yagué, a pesar de ser igual de profundo que el Bill de las novelas, carece de esa gran Visión. El Bill de las cartas es miope como lo es cualquier ser humano que no sabe cómo aprovechar del todo el instante.
Iba a escribir un post anunciando algo del material que publicaremos dentro de unos días en el número 20 de la revista de los campeones, el número de nuestro segundo aniversario, por cierto. No lo voy a hacer y lo único que les aseguro es que será un buen número. Por otra parte, en el número 20 reanudaremos la correspondencia con nuestros lectores, tal y como lo veníamos haciendo en la versión pdf. Por lo tanto, pueden escribir sus comentarios, ocurrencias, sugerencias e insultos al correo hermanocerdo@gmail.com o dejando un comentario en este post.
Los chicos de Dado Roto, Claudia Apablaza (que publicó un cuento en el cerdo pasado) e Iván Humanes, han anunciado la aparición del número 2 de su revista en pdf (gratis) o impreso si lo encargan en lulu.com En este número viene un cuento de otro de nuestros colaboradores habituales, Mauricio Salvador (yo), llamado “Brumas”, un lloroso cuento que en realidad no recomiendo. De Dado Roto dicen sus editores:
De la necesidad de una lectura actual, alejada del comercio, sus rarezas y demás intereses, situada al borde del precipicio, nace Dado Roto. En nuestra intención, por supuesto, habita la urgente necesidad de fagocitar al otro, absorber éstas y otras lecturas; y como criaturas del abismo, acudimos impetuosos hacia ellas.
También acaba de salir el último número de la revista de poesía Ping Pong dirigida por otro de nuestros colaboradores, el dominicano Frank Báez. Dice el editorial del último número:
¿Qué se pierde cuando se traduce un poema? Robert Frost respondía que la poesía. Charles Simic y Roberto Bolaño, como si parodiaran a Robert Frost, argumentaban que al traducir un poema lo que se salva es la poesía. Se trata de una discusión larga y tendida. Con respecto a esto, podemos decir que si hay algo interesante en el proceso de traducción es el encuentro de dos idiomas, es la copula de dos animales de diferentes especies y lo que resulta de esto. Con la revista Ping Pong, hemos tratado de presentar estas extrañas criaturas número tras número.
Para este, Lilian Fernández desde Estocolmo realiza un interesante análisis de la poesía sueca contemporánea, descifrando las virtudes y los desatinos del Slam Poetry y traduciendo a varios de los poetas más trascendentes de la escena poética sueca actual. Felipe Lázaro nos cuenta desde Madrid acerca de los retos de un editor de poesía y los rumbos de la literatura cubana contemporánea. Mónica Melo nos enseña a leer con devoción a Vallejo desde una provincia China.
Además, presentamos un valioso muestrario de poesía recogida de Colombia, El Salvador, Ecuador, México, Cuba, Perú y Puerto Rico. Así como una breve antología del Río Ozama.
Esto y más. Agradecemos el entusiasmo de nuestros colaboradores y lectores. Lectores y colaboradores que no se quedan de brazos cruzados y como Ferlinghetti en La Poesía como Arte Insurgente, se cuestionan:
¿Para qué sirven los poetas en este tiempo?
¿Para qué se usa la Poesía?

La edición en papel de la revista bonaerense Golpes y Patadas, cuyo material reproduce exclusivamente HC, dejará de publicarse. Al respecto dice su editor y colaborador de HC, Javier G. Cozzolino:
Sí. No nos seguiremos arrodillando. La edición en papel de Golpes y Patadas ha quedado suspendida. Y eso no es todo, también nos han quitado el servicio de internet de nuestra redacción, motivo por el cual este post es redactado desde una vieja computadora de uso público.
La culpa la tienen ustedes. Son unos lectores de mierda. Les hemos rogado dinero para solventar nuestros gastos. Pero no, están más interesados por consumir pornografía. Gracias por habernos dejados solos. Somos de todos modos artistas marciales y sabemos enfrentar este tipo de situaciones.
PD: Quienes deben cuotas de la suscripción a la revista, pronto recibirán a uno de nuestros cobradores en sus domicilios declarados. Quedan avisados.
Es una historia triste. Y fue patético ver sus últimos intentos por sobrevivir. De cualquier manera desde el blog de HC les enviamos ánimos y les reiteramos nuestro apoyo. Su material siempre será parte de HermanoCerdo, que no por no nada es “la revista de los campeones”.
El otro día estaba leyendo un post de nuestro amigo y colaborador René López Villamar titulado “Leer es malo para tu vida sexual” en el que comentaba otro post llamado “Tres libros que no debes leer si quieres conseguir novia en la adolescencia”. No es que el tópico me interese (porque en la adolescencia tuve una cantidad respetable de novias, y no era lector ni de lejos), pero el mito del escritor enfrentado a la realidad (de qué otra manera podemos llamarlo) siempre permite comentarios del tipo:
No sé leer, pero dejarse ver con Alicia en el país de las maravillas causa “Quéliindo!” en ciertos círculos.
Al respecto, Rachel Donadio escribió un articulito titulado “No eres tú, son tus libros”, que reproducimos ahora en traducción de nuestro colaborador José Luis Justes Amador:
No eres tú, son tus libros
Hace unos años, me despertó una llamada de una amiga. Acababa de cortar con un novio al que aún amaba y estaba desesperada por justificar su decisión. “¿Puedes creerlo?”, me gritaba al teléfono, “Ni siquiera ha oído hablar de Pushkin”.
A todos nos ha pasado. O a algunos. A cualquiera que le interesen los libros se ha enfrentado con el problema Pushkin: una referencia literaria perdida –o, simplemente, mal- que fríamente deja claro que esa historia no va a ningún lado. Al menos, desde el Paolo y la Francesca de dante que se enamoraron leyendo las aventuras de Lancelot, el gusto literario es un buen indicio de compatibilidad. Actualmente, gracias a redes sociales como Facebook y MySpace, hacer una lista de libros predilectos es una parte crucial, aunque arriesgada, de la descripción que hacemos de nosotros mismos. Cuando se trata de citas establecidas por Internet hasta las referencias de paso pueden convertirse en negaciones. Revisar el gusto literario de una persona en libros es “de hecho, un buen medio –una especie de primer examen- para hacerse una idea de alguien”, dice Anna Fels, un psiquiatra de Manhattan y autora de Necessary Dreams: Ambition in Women’s Changing Lives. “Es como una especie de test de Roschach”. Para Fels (que está casada con el autor y editor James Atlas), los hábitos de lectura pueden ser un indicador de otras cualidades. “Dicen algo sobre… el nivel de curiosidad intelectual, sobre el estilo”, dice Fels. “Hablan de clase, de nivel de educación”.
Pobre del posible Romeo que confiesa con honestidad sus gustos mediocres: a veces es el problema Howard Roark en lugar del Pushkin. “Yo tuve que cortar con un tipo porque estaba muy metido en Ayn Rand”, dice Laura Miller, una reseñista en Salon. “Era dulce e increíblemente decente a pesar de toda esa grandiosa ‘filosofía’ descorazonada con la que estaba casado, pero ni siquiera fue la ideología lo que hizo que cortara. Fue simplemente que a mí Rand me parece un escritor hilarantemente malo y, pasado cierto punto, no podía ocultar mi diversión”. (Los miembros de theatlasphere.com, un sitio para citas dedicado a los seguidores de Atlas Shrugged y The Fountainhead, no estarían de acuerdo con esta declaración).
Judy Heiblum, una agente literaria en Sterling Lord Literistic, tiembla al recordar algunas citas en las que ellos comenzaban a hablar del clásico de culto del 74 de Robert Pirsig Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta, amado por los jóvenes a la caza de pareja. “Cuando un tipo me dice que ha cambiado su vida, desearía que nos hubiera ahorrado a ambos la vergüenza”, dice Heiblum y añade que “las experiencias de cambio de vida” son “el mejor tema para tener una conversación tediosa”.
Encarémoslo. Esto puede que sea un asunto de género. Las mujeres inteligentes es más probable que sean sensibles a un libro que puede romper una historia que los hombres. (Es raro el tipo que dejaría de llevarse a una mujer a la cama aunque revele su mal gusto literario). Después de todo, las mujeres lees más, especialmente ficción. “Es maravilloso encontrar un tipo que lee. Punto”, dice Beverly West, la autora de Bibliotherapy: The Girl’s Guide to Books for Every Phase of Our Lives. Jessa Crispin, una bloguera en Bookslut.com, está de acuerdo. “La mayoría de mis amigos y los hombres de mi vida no son lectores”, dice, aunque “ahora que lo mencionas, si fuera a la casa de un hombre y estuvieran todos esos libros sobre las lecciones sobre la vida que uno puede aprender sobre los perros, probablemente no me quitaría la ropa”.
Aún así, para alguno de los hombres que leen, el gusto literario sí importa. “He terminado con chicas diciendo ‘no lee, así que no tenemos nada de que hablar’”, dice Christian Lorentzen, un editor de Harper’s. Lorentzen recuerda que una vez le dio a una novia Ada, de Nabokov porque es “divertida y larga y muy heterosexual aunque con el incesto como telón de fondo”. La relación no duró mucho pero ahora, añade, “creo que está en su perfil de Friendster como su libro favorito”.
James Collins, cuya nueva novela, Beginner’s Greek, trata de un hombre que se enamora de una mujer a la que ve leyendo La Montaña Mágica en el avión, recuerda que, después de la universidad, estaba “infatuado” con una mujer que tenía una copia de La insoportable levedad del ser en su mesita de noche. “Yo no sabía nada de Kundera, pero recuerdo que pensé ‘Uhm. Trendy, metafísica barata, sexo involucrando un sombrero hongo’ y nunca volví a pensar lo mismo sobre ella (y no pasó nada)”, escribió en un e-mail. “Hay ocasiones las que ya había juzgado a la persona por lo que estaba leyendo antes de enamorarme o desenamorarme de ella: Braudillard (demasiado pretencioso), John Irving (demasiado normal), Virginia Woolf (demasiado Virginia Woolf)”. Pensándolo bien, Collins añade, “Conozco a gente que casi termina su relación” por Las Correcciones, de Jonathan Franzen: “‘Sobrevalorada’, ‘Brillante’, ‘Sobrevalorada’, Brillante’”.
Nombrar un autor o un libro favorito puede resultar un problema. Muy abajo y te arriesgas a parecer estúpido. Demasiado alto y te arriesgas a parecer aburrido o falso. “Las citas en Manhattan son un deporte bastante competitivo y selectivo, sin piedad”, dice Augusten Burroughs, el autor de Running with Scissors” y otros libros de memorias. “En general, si un tipo ha leído algo así como u libro en un año, ya es lo suficientemente bueno”. El autor recuerda una cita con un tal Michael, un “fornido alemán rubio”. Mientras caminaba para encontrarse con él en la puerta de Dean & DeLuca, “descubrí, para terror mío, una copia, más vieja que yo, artísticamente desgastada del Proust de Samuel Beckett”. Eso, apunta Burroughs, era el fin de la cita. “Si existe un método más trillado y obvio de telegrafiar la inteligencia, los estudios y los gustos literarios no me lo puedo imaginar”.
Pero, ¿cuánto hay de libros en esto? Con frecuencia, un gusto literario diferente es una señal de otros problemas o defensas. “Tuve un novio del que estaba locamente enamorada y no funcionó, dice Nora Ephron. “Veinticinco años después me acusó de no haberme reído mientras leía Candy, de Terry Southern. Esa no fue, lo prometo, la razón por la que no funcionó”. Sloane Crosley, un publicista en Vintage/Anchor Books y el autor de I was told there’d be cake, un libro de ensayos sobre la vida de soltero en Nueva York, lo formula así: “Si eres alguien a quien le gusta Alice Munro y sales con alguien cuyo libro favorito es El código DaVinci quizá ya estaban las banderas de la incompatibilidad izadas desde antes”.
Algunos prefieren compartimentalizar. “Como escritor, lo último que quiero en mi vida privada es alguien que esté abiertamente dedicado al mundo literario en general”, dice Ariel Levy, el autor de Female Chauvinist Pigs y un colaborador habitual del New Yorker. A su pareja, una asesora para edificios ecológicos, “no le gusta leer”, afirma Levy. Cuando quiere hablar de libros, ella va a su grupo de lectura. La compatibilidad en lecturas es un “lujo” y bastante irrelevante, continúa Levy. La meta, añade, es “encontrar a alguien con quien encajen tus perversiones y a quien puedas soportar”.
Marco Roth, un editor de n+1, dice: “Creo que a veces es mejor que los libros se queden como libros. Es parte de la tragedia romántica de nuestro tiempo que tengamos que ver a nuestras parejas como compatibles a todos los niveles”. Además, añadió, “a veces a la gente le puede gustar las mismas cosas por razones diferentes y esas se construyen sobre fantasías privadas de los libros supuestamente compartidos, sólo para descubrir, demasiado tarde, que la otra persona tiene una fantasía completamente diferente”. Después de todo, a una pareja puede gustarle El retrato de una dama pero una mitad de la pareja se identifica con Gilbert Osmond y la otra mitad con Isabel Archer, teniendo ideas radicalmente diferentes sobre lo que es una relación.
Para muchos, el amor es más fuerte que el gusto literario. “Mis amigos son bastante superficiales pero no tanto como para romper con alguien por una diferencia literaria”, dice Ben Karlin, productor de The Daily Show y editor de la antología Things I’ve Learned from Women Who’ve Dumped Me”. “Mucho más que ‘No me gusta Don DeLillo y por eso tenemos que cortar’, lo que me haría romper con alguien sería que se hubiera acostado con el escritor”.