Por Javier G. Cozzolino
En la publicación de abajo cometí un par de errores involuntarios:
Donde se leyó “Begonia” (el nombre de la traductora del cuento que refiero), debió leerse “Begoña”, con eñe. Ella es Begoña Mansilla.
Por otra parte, el cuento “Quiet men”, de Leslie Jamison, fue traducido en su título por “Hombres callados” y no, como yo puse, por “Hombres silenciosos”. Les aseguro que es mucho más acertado el rústico “callados” que el “silenciosos”, más lleno de eses, más amanerado.
Que el gran Michael descanse en paz.
Publicado en Junio 26, 2009 | No hay comentarios »
Por Javier G. Cozzolino
“Los mil y un novios de la chica”. Así podría llamarse “Hombres silenciosos” (”Quiet men”), el cuento largo o novela corta de Leslie Jamison que aparecerá en el próximo número de HermanoCerdo. “Quiet men” —que, traducido por Begonia Mansilla, resulta perfecto— es una sucesión de historias más o menos parecidas, con sus estribillos tristes y gritones, como si escucharas una canción del finado Cobain.
Me llevó un par de días leerlo, pero por taras personales y obligaciones también de esa índole. Luego, traté de buscar una foto de Leslie en Google. Naturalmente, hay varias chicas con ese nombre, varias derivaciones y asimismo sugerencias de cómo debería llamarse Leslie; al menos recuerdo la más persistente de Google, que me indica que escriba “Jameson” y no “Jamison”, pues seguramente tendré más suerte.
Me ilusiono con que sea una chica que aparece retratada en su facebook; está delante de dos jeeps o dos camionetas, su pelo parece tener un poco de tierra, de la tierra que levanta el viento. No la asocio necesariamente con su texto, pero necesariamente alguien como Leslie ha de tener una mirada particular de las cosas para escribir así, una mirada particular acerca de lo que llaman sexo, romance y aledáneos, una mirada, voy a ser más breve, que tiene que ver con la sinceridad y que muy poca relación guarda con estas épocas donde el desdén y la muerte del humanismo se alternan.
En fin, googléenla, persíganla, aguarden el próximo HC y no se olviden de agradecer al Señor por este nuevo día. ¿O acaso creen que las sístoles y diástoles de sus corazones sanguinolentos son voluntarias?
Tags: Cuento, HermanoCerdo, Leslie Jamison
Publicado en Junio 26, 2009 | No hay comentarios »
Por Mauricio Salvador
Nuestro amigo y colaborador José Luis Justes Amador ha puesto en marcha un proyecto abierto de traducción. Se trata de traducir los quince capítulos que componen la novela The Fifth Column que escribieron quince escritores jóvenes (en su momento) a raíz de una propuesta de la revista Village Voice. Cada aporte, hay que decir, está compuesta por una breve columna, lo que implicaba un interesante ejercicio de síntesis e imaginación.
Dice Justes:
A finales de 1995 y principios de 1996, The Village Voice propuso (y publicó, claro) una novela en quince capítulos que reuniera como autores a quince nuevas voces. En el número del 26 de marzo, publicó una versión resumida de la novela. En la lista de obras no recopiladas de David Foster Wallace (que se puede encontrar
aquí) está el pdf de la novela completa tal como apareció a lo largo de las quince semanas (aunque algún error en algún lugar hace que baje lentísimo; por eso también lo puse
aquí).
Los autores, en el orden en el que fueron publicando, son Jonathan Frazen, Rick Moody, A. M. Homes, Randall Kenan, Jim Lewis, Susan Daitch, Matthew Stadler, Claire Messud, Dale Peck, Iva Pekarkova, David Foster Wallace, Carol Anshaw, Irvine Welsh, Gary Indiana y Neil Gordon.
Mi propuesta es sencilla: quince autores, quince traductores.
Si alguien se anima que deje un comentario.
Jonathan Frazen, Rick Moody, A. M. Homes, Randall Kenan, Jim Lewis, Susan Daitch, Matthew Stadler, Claire Messud, Dale Peck, Iva Pekarkova, David Foster Wallace, Carol Anshaw, Irvine Welsh, Gary Indiana y Neil Gordon.
Publicado en Junio 22, 2009 | Un comentario »
Por Hermano Cerdo

Patricio muestra media cara
No hace falta asistir a muchas presentaciones de libros para saber que lo que prima en ellas es el tedio, la complacencia y la bobería, por eso nos sorprende, por decir lo menos, esa crónica de Patricio Pron para Etiqueta Negra comentando la gira de lanzamiento de la antología La Joven Guardia en España. Quiero decir: ¿Qué diablos esperaba Patricio Pron? Y, todavía más importante: ¿Qué diablos pretendía con esa crónica donde presenta a sus coleguitas como una partida de oligofrénicos hambrientos de dinero, fama y nombre que rodean y pervierten al escritor puro y entregado a la literatura que él, naturalmente, representa?
Pron se queja de las dudas profesionales de sus compañeros de gira: ¿cuál es la mejor editorial? ¿cómo distribuir mis libros en España? ¿cuánto cuesta un buen agente? ¿cuánto dinero puedo ganar por traducciones? Por supuesto, él es diferente a los demás: los demás viven en Argentina, él es un literato exiliado académico ilustrado intelectual políglota con créditos asentado en Europa que publica sus libros por fuera del sucio mercado (en editoriales como Mondadori). Él es él y los demás no dejan, los pobres provincianos, de preguntar tonterías, y eso con toda razón jode al pobre de Patricio que nada de eso nunca le ha interesado porque él es cuerpo glorioso o vive de alguna otra cosa, más digna, menos mundana, más comprometida, más correcta, por eso es que desde su trono condena y acusa a los simples que se atreven a pensar en el dinero y en la posibilidad de vender sus obras a públicos más amplios. Es su obligación moral, si quieren. Por eso cuando les preguntan por su opinión sobre la nueva literatura argentina y nadie responde (todos están pensando en la tortilla de papas que se comerán luego del show) él, que sí piensa, dice la respuesta de cajón que pretende vendernos de ingenua y por la que incluso, en un arrebato de humildad impostada, se disculpa: la única palabra que le importa de esas tres es la segunda.
Y sin embargo ahí está, en una gira de jóvenes escritores argentinos, rumiando la crónica para Etiqueta Negra que desde ya redacta en su cabeza porque sabe que le otorgará visibilidad y lo pondrá en boca de todos por un par de meses. El juego es ese y Patricio gana porque es más listo que el resto, más experimentado en las mañas que denuncia. Patricio sabe que nada atrae fama y buen nombre como una crónica intencionalmente escandalosa, presumida y pedante ridiculizando los sueños de fama y ventas de unos jóvenes escritores que apenas están arrancando y tuvieron la desgracia de cruzarse al buenazo de Patricio en su camino.
Menos mal que a él sólo le interesa la literatura.
Adenda: Ojo a este intercambio epistolar que Patricio publica en su “dossier” (porque él no tiene blog aunque eso esté montado en blogspot) con la crítica argentina Elsa Drucaroff. Allí Patricio dice que la crónica es todo humor (no entendieron mis bromas, se disculpa). El intercambio, por cierto, está publicado ahí sin el permiso de Elsa (de hecho Elsa le pide explícitamente que no lo haga) porque en el mundo de Patricio las cartas son de quien las recibe. En el mundo real, por fortuna, no es así.
Publicado en Junio 19, 2009 | 19 comentarios »
Por Hermano Cerdo
Hace unos meses anunciamos el lanzamiento de 60 Watts, una revista cultural en línea montada desde Chile por Diego Zuñiga. En su momento señalamos algunos problemas de diseño y nos dio gusto notar que Diego acogió las sugerencias que le hicimos.
Ahora mismo está disponible en línea el tercer número de la revista. Contiene muchísimo material. Luce particularmente fuerte en reseñas de todo tipo, pero con especial atención a la literatura en español de proveniencia variada. Esta edición, por ejemplo, incluye críticas a: Diagonales, de Maori Pérez; La Deuda, de Rafael Gumucio; Bagual, de Felipe Becerra; Por gracia de hombre, de Verónica Zondek; y Diario de las Especies, de Claudia Apablaza.
Da gusto ver crecer a 60 Watts. Seguiremos leyéndola.
Publicado en Junio 17, 2009 | No hay comentarios »
Por Hermano Cerdo
Y Javier Avilés, el misterioso editor del blog El Lamento de Portnoy y colaborador frecuente de nuestra revista, ha decidido celebrarlo con una convocatoria internacional a relatar pequeños bloomsdays en los blogs. Camaradas en España, Colombia, México, Francia, Estados Unidos y Argentina ya han expresado interés en participar. Desde HermanoCerdo seguiremos con interés esta jornada de historias sobre personas comunes y corrientes como el caminante Leopold Bloom.
Publicado en Junio 14, 2009 | Un comentario »
Por Mauricio Salvador
José Luis Justes Amador no envía otra breve traducción acerca del cuento corto corto, también llamado minificción o microficción.
UNA TEORÍA SOBRE EL CUENTO CORTO CORTO
Robert Olen Butler
Aparecido en Narrative, Spring 2009. Traducción: José Luis Justes Amador.
PARA DECIRLO EN BREVE, es un cuento corto corto y no un poema en prosa porque tiene en su centro un personaje que anhela algo.
La ficción es una forma de arte temporal. La poesía puede ignorar el paso del tiempo porque hay un sentido definido del poema como un objeto, compuesto densamente de palabras, que existe en el espacio. Esto es verdad, incluso aunque la longitud de la línea no se una parte objetiva de la forma como ocurre, por ejemplo, en el poema en prosa. Y un poema no necesita trata abiertamente de un sujeto humano. Pero cuando tienes a un ser humano ocupando un lugar central en una obra literaria y dejas que la línea corra y continúe y le das la vuelta a la página, estás, como dicen en la tradición de los cuentistas, en el “había una vez”. Como diría cualquier budista, un ser humano (o un personaje) no puede existir ni siquiera unos segundos en el planeta tierra sin desear algo. Anhelar algo, una palabra que prefiero porque sugiere el nivel más profundo de deseo, al que aspira la literatura. La ficción es la forma de arte del anhelo humano sin importar la longitud de la obra de ficción.
James Joyce hablaba de una característica crucial de la forma de arte literaria, algo que él llamaba epifanía, un término que tomó de la Iglesia Católica que significa “un resplandor poderoso”. La Iglesia lo utiliza para describir el resplandor de la divinidad del niño Jesús. La palabra hecha carne. La literatura es la carne hecha palabra. Y Joyce sugiere que una obra de ficción se mueve hasta un momento al final en que algo sobre la condición humana brilla en su esencia.
Estoy de acuerdo. Pero creo que las buenas historias de ficción tienen dos epifanías. Está la que Joyce describe y hay una epifanía más temprana, muy cerca del principio de la historia (o de la novela) cuando es el anhelo del personaje lo que brilla. Esto no ocurre con explicaciones sino que es el resultado de la presencia de ese anhelo en todos los pequeños momentos, orgánicos, resonantes, sensuales en la ficción cuya acumulación alcanza una masa crítica que produce, entonces, esa epifanía joyceana.
Y por la brevedad extrema del cuento corto corto, esas dos epifanías, con frecuencia, incluso típicamente, ocurren al mismo tiempo. La epifanía final es también el resplandor del anhelo del personaje.
Se ha pensado tradicionalmente que la historia tenía “argumento” mientras que el poema no. Un cuento corto corto, en su brevedad, puede que no tenga un argumento toalmente desarrollado pero debe tener la esencia de toda trama: el anhelo.
Publicado en Junio 12, 2009 | No hay comentarios »
Por Hermano Cerdo

Llamar a un escritor estaodunidense un maestro del cuento corto puede tomarse, en el mejor de los casos, como un elogio tibio o, en el peor, un insulto semejante a enaltecer el periodismo (o, Dios nos libre, la crítica de un novelista como su mejor logro). El cuento corto suele ser admirado como una forma menor o como un vestigio, producto de las licenciaturas de escritura creativa y de la cautela artística. Un buen cuento puede sobrevivir en un salón o ser apreciado como un ejercicio interesante, un estudio antes que una sonata o una sinfonía.
Un joven escritor que aparezca en la oficina de un editor o de un agente literario con un volumen de cuentos tiene garantizada una bienvenida fría y compasiva. Ese tipo de cosas no es comercial. Los ejemplos contrarios, como el Raymond Carver que casi no escribió nada que fuera mayor a las doce páginas, confirman la regla. A Carver, que murió demasiado joven en 1988, se le elogiaba por su continencia verbal. Era un gran miniaturista cuyo trabajo se dio en una era ansiosa y estrecha en la que las virtudes eran lo pequeño y aplicarse a lo que se sabía hacer. Pero la idea central en las letras estadounidenses siempre ha sido que el tamaño sí importa, que los cazadores de presas grandes y los boxeadores de pesos pesados (elijan la metáfora favorita de los deportes de Hemingway y Mailer) son los que buscan la Gran Novela Americana.
Pero esta ideología maximalista puede estar equivocada o, al menos, necesitar una revisión. Los grandes escritores usamericanos dl siglo XIX, esos cuyas novelas son ahora parte del corpus, fueron excelsos en la forma corta. Los “Piazza Tales” de Herman Melville son tan vivos y extraños como “Moby Dick”, los cuentos y los apuntes de Nathaniel Hawthorne son más directos que “The Scarlet Letter”, las historias de Henry James, las sobrenaturales y las otras, muestran un talento de la concisión que va parejo con la exactitud psicológica del maestro. Y el primer gran escritor usamericano, Edgar Allan Poe, aseguró su inmortalidad comprimiendo más sensaciones en unas pocas páginas que las que sus contemporáneos en un volumen.
La aparición casi simultánea de tres nuevas biografías ofrece un reto poderoso y concentrado al hábito de infravalorar el cuento corto. Los protagonistas de esas biografías, Flannery O’Connor, John Cheever y Donald Barthelme, produjeron obras largas pero sus reputaciones se basan en su obra más breve. Y ese trabajo, en lugar de ser menor, está entre lo mejor producido en las letras usamericanas en las segunda kmi8tad del siglo veinte.
De hecho, gran parte de esa obra hace a las novelas superfluas. El paisaje literario de los cincuenta y los sesenta estaba plagado de escritores sureños, escritores católicos y romanos, escritores que trataban de lo gótico y lo absurdo, pero ninguno llego a acercarse a la mezcla de comedia grotesca, seriedad moral y rigor intelectual que atraviesa los cuentos del sur profundo de O’Connor. Y ninguna épica angustiada y extensa de infelicidad matrimonial o de aburrimiento en los suburbios puede equipararse con la elegancia y claridad de, por ejemplo, “El nadador”, la parábola perfecta de Cheever.
Barthelme no solo llevo la energía de la vanguardia autóctona a las páginas del New Yorker sino que también casó el experimentalismo de alto octanaje con el entrenamiento de clase media sin traicionar a ninguno. Si las grandes novelas anti-realistas de John Barth o Thomas Pynchon son máquinas enormes (algo más que impositivas, quizá peligrosas), los apuntes de Barthelme son aparatos de ingenio que descansan como9damente en la mano sin que salten chispas ni descargas.
Leyendo sus cuentos completos, uno se pregunta si las novelas son necesarias. Las ambiciones imperiales de un cierta novela usamericana arrogante y que se da demasiado aires de importancia (al comprehender la totalidad de la vida mode3rna, al relatar los deseos sociales, existenciales, sexuales y políticos de sus ciudadanos) comienzan a parecer mal encaminadas y bufonadas. Se ve más vida, y se ve con más claridad, en los fragmentos de Barthelme, en la lente perfectamente ajustada de Cheever o en la cámara estenopeica de la prosa cristalina de O’Connor.
Barthelme, Cheever y O’Connor no eran exactamente contemporáneos. Cheever nació antes de la primera guerra mundial, O’Connor en 1925 y Barthelme en 1931, un año antes de JohnUpdike y dos años antes de Philip Roth. Venían de diferentes entornos sociales y no tenían afinidades de estilo ni de influencia. Sus biógrafos (Blake Bailey de Cheever, Brad Gooch de O’Connor y Tracy Daugherty de Barthelme) se sumergen en el retrato psicológico mientras que atienden los logros de las tres distintas carreras literarias.
Lo que estos tres sujetos tienen en común es la buena fortuna de escribir a mitad de siglo, cuando las instituciones de la imprenta apoyaban el florecimiento del cuento corto como nunca antes ni después. Había revistas de amplia circulación y revistas exclusivas que podían pagarles a los escritores por historias en las que los lectores gastarían dinero por leer. Además del New Yorker, estaba Squire y, un poco después, Playboy y un montón de publicaciones con la palabra Review en el nombre: Saturday, Partisan, Keynon, American, Evergreen, de las cuales algunas aún se publican. Todas ellas alimentaron una expansión en la ficción corta que puede que no haya sido debidamente apreciado en aquella época.
Es fácil, quizá irresistible, convertir nostálgicamente aquella época en algo brillante. Pero si la edad de oro de las revistas usamericanas pasó hace tiempo, el cuento corto ha mostrado una durabilidad remarcable y quizá esté a punto de resurgir. “Everything Ravaged, Everything Burned” de Wells Tower ofrece el más reciente y vivido ejemplo de cómo un buen cuento, o una buena colección, puede hacer más que una novela para iluminar las texturas de la vida cotidiana y la posibilidades del lenguaje. Y el cuento corto puede proveernos con un antídoto actual a la burbuja de la década pasada en la que parecía que cada novela debía tener quinientas páginas y cada película tres horas, o cuatro años si era una serie de televisión.
Los nuevos medios, la literatura de la post-imprenta son más cercanos a la brevedad. El blog y el tweet puede que sean efímeros más que lapidarios, pero la cultura en la que se desarrollan está alimentada por un deseo de más narrativa y una demanda de brevedad. Y, al igual que el iPod ha terminado con el álbum, así Kindle podría, con tiempo, desatar un renacimiento del cuento corto. Si se puede comprar una sola canción por un dólar, ¿por qué no gastarías lo mismo en una unidad compacta de personaje, incidente e invención lingüística? ¿Por qué no coleccionar docenas, o cientos, en una antología personal, una playlist de humor, pathos, misterio y sorpresa?
La muerte de la novela era un titular ayer. La muerte de los medios impresos puede ser un titular mañana. Pero el gran cuento norteamericano todavía se escribe y espera a sus lectores.
Publicado en Junio 11, 2009 | Un comentario »
Por Mauricio Salvador
En HC recibimos gustosos esos correos de apoyo y entusiasmo. No faltan las groupies ni tampoco las propuestas indecorosas, pero qué se le va a hacer. Si tienes algo que decir acerca de nuestra página, no dudes en escribir a hermanocerdo en gmail. Aquí algunas de las cartas que suelen llegar a nuestro buzón:
Hello
My name is Happiness. i saw your profile today at fortegaverso.blogspot.com and became intrested in you,i will also like to know you more,and if you can send an email to my email address,i will give you my pictures here is my email address (Happiness_h@yahoo.com) I believe we can move from here! Am waiting for your mail to my email address above because i have alot to tell you,
Lot’s of love,Miss Happiness.
–
Hi,
My name is Maria. I am looking for a friend to chat.
I have a picture if you want. No need to reply here as
this is not my email. Write me at :
foran.bm@
gmail.com
Maria.
—
Tú también puedes escribirnos. O simplemente deja un comentario.
Publicado en Junio 10, 2009 | No hay comentarios »
Por Mauricio Salvador
Se trata de la antología de ensayos de Edmund Wilson recopilada y prologada por el crítico mexicano Aurelio Major y la de Cyril Connolly, ambas publicadas por Lumen. Aunque querría que no fuera así, en este post sólo puedo escribir una especie de lamento o nostalgia por los libros que no poseo y los cuales, pienso, devoraría en caso de tenerlos en mi mesita de libros por leer.
Ahora, si soy honesto, la verdad es que mi deseo dista mucho de mi circunstancia, por así decir. !Cuántas veces el cartero no ha llamado a mi puerta con un hermoso paquete de Amazon en cuyos cuatro kilos, puedo decir, se cifran mis esperanzas más tiernas y esclarecedoras, como esi esos cientos de páginas fueran a hacer de mí una mejor persona! Lo que sucede es lo siguiente, y nos los culpo si se sienten retratados en esta imagen del hipócrita lector:
Con manos temblorosas abro el paquete (cualquier diría que estoy recibiendo una especie de muñeca inflable última generación); el primer olor que me embarga es el del cartón, pero para mí es como ambrosía, algo así; luego comienzo a hojear los libros, mis dedos rozan la carne trémula de las portadas, mis ojitos inquisitivos se internan en las lobregueces, y luego leo y releeo el índice como pensando: qué listo me voy a ver repitiendo todas estas cosas en una fiesta casual!. Esperanzado, contento, con una imagen más sólida de mí mismo, dejo los libros encima de los otros libros que tengo para leer y salgo a dar un paseo con uno de ellos, leyendo las primeras frases en una especie de éxtasis metatástico (si es que esa imagen sirve) y como comenzando a creer que el mundo es en sí bondadoso con sus hijos predilectos.
Al llegar a casa resulta que tengo cuatro llamadas perdidas, el fregadero lleno de trastes sin lavas, los pisos sucios, poca ropa limpia, nada de comida en el refrigerador, y nada de dinero porque en el puto trabajo no me han pagado desde meses atrás. Estresado, me olvido de los libros y siento como que todo se va al carajo. A veces solamente encuentro el baño sin lavar pero eso es suficiente para activar ese mecanismo llamado falta de voluntad, mi oblomovismo. Total, que tengo en mi librero libros soñados un día que no me he puesto a leer simplemente porque se me ha olvidado. Entre los que me vienen a la mente puedo mencionar Underworld, de DeLillo y las Complete Novels de Carson McCullers en la edición de la LOA. Pero podría enumerar otros veinte más que duermen el sueño de los justos.
Como sea, una breve lista de las reseñas que encontré sobre Obra selecta, de Edmund Wilson, y algo sobre Connolly:
Domínguez Michael en Letras Libres
En El Boomerang
Juan Malpartida sobre Connolly
Un textito que escribí en mi blog hace rato
Alejandro Gándara sobre Wilson
Hay más pero todo está a un click de distancia.
Tags: Crítica, Cyril Connolly, Edmund Wilson
Publicado en Junio 4, 2009 | Un comentario »