Ensayo • Junio 2011

Yo lo soñé, Hiriart. Soñé que me iban a matar.

Sobre la naturaleza de los sueños, de Hugo Hiriart

Por Stanislaus Bhor

Estoy en una estación subterránea del metro de México. Quiero ir a San Lázaro. Pregunto. Una mujer gorda me da indicaciones, erradas. Las sigo. Subo cuatro pisos de escaleras automáticas y llego al mismo lugar. Pregunto a un vendedor de canasto (tacos de canasto, grita). Cuénteme joven. Le cuento: sobre la vuelta dada, mi extravío, la mujer gorda, el mismo punto de partida. El señor empieza a hablar. Le digo que voy a San Lázaro. Dice: Déjeme hablar. Disculpe. Me dice que no hay tal Estación. Que tome la ruta Fucsia, que suba la escalera derecha, y ahí la encuentro. Camino. Pero la escalera derecha desciende, no sube. Desciendo. Doy otra vuelta. Llego al mismo lugar. Entonces el sueño se convierte en pesadilla. Nunca saldré de ese subterráneo. Amanece, ¿o de dónde viene esa luz, la del sol?

Lo soñé el 26 de mayo y fue angustioso, me levanté de mal genio, sin ganas de desayunar. Lo anoté en el diario, tal como lo recordaba. Aunque era monstruoso, la descripción somera no pudo reproducir la sensación original de laberinto del que no se puede salir. Se lo narré a mi dama y creo que la aburrí.  ¿Por qué no podía transmitir la sensación de extravío en un circuito perpetuo? Quince días después, empecé a leer Sobre la naturaleza de los sueños, de Hugo Hiriart. El primer postulado de este ensayo es que los sueños no tienen argumento, y por lo tanto no se pueden narrar. Para narrar algo necesitamos una estructura sinóptica (comienzo/nudo/final). Por eso todo lo que digamos en la vigilia de un sueño es un 1% memoria a corto plazo, y 99% invención. Es precisamente al vernos en la necesidad de fijar en la mente un sueño cuando trataremos de darle estructura y de convertirlo en un argumento. Lo hacemos para no olvidar (sueño que no se cuenta, se olvida). El que nos narra un sueño presupone muchas cosas que el auditor desconoce, por eso el otro suele aburrirse. Hiriart desarrolla en su ensayo un método de narración de sueños que conservará la floración espontánea de los incidentes tal como fueron soñados. Sostiene que para narrar un sueño acertadamente hay que copiar su amorfa espontaneidad, y que eso se logra eliminando los verbos pretéritos y adverbios de tiempo. Al hacerlo, desaparece la secuencia narrativa. Una saludable costumbre, cuando hacía teatro, consistía en distinguir lo que era trama de argumento. El argumento de Edipo: La historia de un hombre al que un hado le profetiza que matará a su padre sin saber, se casará con su madre sin saber, y al descubrirlo, muchos años después, ya convertido en rey, se sacará los ojos y acabará sus días vagando como un indigente. La trama, en road movie: Un hombre avanza por la carretera y mata a un mendigo. El mismo hombre que mató al hombre en la carretera besa a una mujer. El mismo hombre se inclina ante un oráculo. El mismo hombre se saca los ojos. La mujer se suicida. El mismo hombre, mendicante, avanza por una larga carretera. Una voz en off, como coro griego, narrará el argumento. Fin. Dice Hiriart que un sueño no comienza; aparece. No tiene inicio ni fin. Por ello no lo podemos narrar. Los aspectos para tener en cuenta al recordar un sueño, o para descubrir que nos cuentan un sueño falso, son:

-Dónde estamos situados. ¿Dónde estás tú en el sueño? (No se puede soñar un sueño donde no estemos.)

-Sensaciones y emociones. ¿Qué sensación o sentimiento nos produjo? (Desesperación, alegría, miedo, sorpresa, angustia. Un sueño es una idea hecha sensación, un estado de ánimo.)

-Todos los detalles, hasta los más mínimos, en un sueño, están exaltados. Describirlos pues. (Elementos, ropa, palabras, luz. Si podemos hacerlo, revelaremos una percepción especial que domina todos los aspectos de la vida mental.)

-No se puede considerar un sueño cuando hay mirada sinóptica: (comienzo/nudo/desenlace), cuando hay detalles que se cohesionan en un todo (sueños como películas, eso no hay.)

-No se puede soñar un sueño donde no seamos nosotros mismos (no podemos ser animales, o cosas.)

El 1 de junio soñé que estaba sentado en medio de un cuadro abstracto. ¿O era un baño pintado a 360°? Podía caminar a cualquier parte, ir arriba, atrás, siempre en medio de una bruma ocre o marrón. La sensación era: que alguien me observaba. ¿Quién? ¿El pintor? ¿Cómo sabía que era un cuadro abstracto?

Hiriart, en una refutación de Jacobo Siruela (El mundo bajo los párpados) donde se sostiene que la materia de los sueños es visual, y Aristóteles (todo pensamiento es imagen, Metafísica), va al instituto nacional de ciegos de México para saber cómo sueña un invidente nato, alguien que nunca ha visto. La mujer que encuentra le dice que ella sueña como todo el mundo, y él le pide que le cuente entonces un sueño. Ella dice que debe ir a Los Ángeles. A visitar su hermana. Sube a un avión y se sienta junto a un pasajero que resulta ser japonés, por lo que ella entonces le habla en japonés (en la vigilia desconoce dicha lengua) y así. Ella sueña igual que todo mundo. Aquí no es necesario discernir lo que significa avión,japonés para ella. Para un invidente un avión y un japonés es igual a lo que todo el mundo construye internamente con esos sustantivos: una idea, un significado construido con prejuicios (juicios a priori) de la experiencia. ¿Entonces por qué solemos creer que los sueños son imágenes? Por un abuso de la percepción: los videntes privilegiamos el sentido de la vista al narrar un sueño, pero no al soñarlo.

Al despertar, el 3 de junio le pregunto a mi dama qué ha soñado. Dice que soñó que encontraba a Elías Canetti en un paradero de bus. Caminaban, ella y Canetti, y era un pueblo donde sólo había gallinas. ¿Por qué no hay gente?, le preguntaba. Porque a mediodía todos están durmiendo, decía Canetti. Ella no conoce a Canetti. No lo ha leído. Nunca ha visto una foto del viejito con mostacho a cepillo y pelo flamígero. Pero soñó con él. ¿Cómo lo sabía? Los sueños no son visuales. Sí hay pensamiento sin imágenes, por tanto. Y los sueños son ideas, sensaciones de todo tipo, inferencias, silogismos fugaces, a los que llama Hiriart: conjeturas.

Para entender cómo soñamos hay que imaginar cómo pensamos. Pensamos por yuxtaposición, por dos ideas (experiencias, sensaciones) que se juntan, y al relacionarse, arrojan una tercera: la conjetura. Supongamos que vamos a pasar la calle. Vemos un carro a una cuadra de distancia. Miramos la esquina del frente, al semáforo con un muñequito que tiene las manos en los bolsillos y reluce en rojo y significa: “paso prohibido a peatones”. Pero a lo lejos, en la torre de una iglesia, un reloj da la hora en campanadas: vamos diez minutos tarde para la entrevista de trabajo. Nuestro pensamiento hace un cálculo trigonométrico instantáneo, o aplica la Segunda Ley de Newton (a=f/m, aceleración igual a fuerza sobre masa). No importa que hayamos pasado la clase de Trigonometría y Física con la nota más baja. El pensamiento infiere, con el cálculo preciso, trigonométrico o físico, que alcanzaremos a pasar del otro lado sin que el carro nos destroce en el camino. La moral (la ley) nos dice que, si pasamos, violaremos una norma de tránsito. El sentido común anclado a la memoria nos recuerda que la semana pasada se aprobó en el congreso de Colombia una norma policiva para imponer multas a peatones imprudentes. En la otra esquina no hay policía que nos multe por la infracción. Si pasamos, violaremos una norma de tránsito. ¿Qué más da? Si el carro no nos atropella, no pasa nada. Es simple violar una norma de tránsito en un país donde no hay derechos humanos. Lo importante ahora es: llegar a tiempo a la cita de trabajo, o de lo contrario nos excluirán, por incumplidos. Y adiós a un salario de un millonete mensual con el que podríamos comprar esa ipad que vimos en la vitrina del aeropuerto el día que íbamos a… (pero antes de conjeturar las mil consecuencias de la infracción, o en la tragedia por imprudencia, ya estamos en el otro andén, y el carro pasa con un vientecito de gas tóxico y el conductor nos dedica una frase que captamos por sílabas: ¡HI-JUE-PU-TAAA-¡).

Todo ocurre en fracciones de segundos. Hiriart lo llama El Magma. Y tiene ejemplos notables de cómo hacemos los pobres humanos para sobrevivir a cada miserable día de nuestras vidas usándolo. Lo llama El Magma, porque es incesante, porque no se detiene ni cuando estamos despiertos ni cuando dormimos. Tal vez en tratar de capturar una fracción de este magma interno, este pensamiento incesante como un músculo involuntario, se desquiciaron las obras maestras experimentales del siglo XX (Dos Passos, Joyce, Stein, Beckett). El sueño es el revés del magma interno que en la vigilia es latente, y en el ensueño se hace manifiesto. El magma no duerme. En el sueño, el magma interno, la conjetura, el micro-razonamiento, se apoderan del soñador, lo controlan y movilizan su sueño.

El 5 de junio (porque empecé a llevar un diario exclusivo para sueños a luz de este libro inspirado) escribí: “Al borde de hacer el amor con X. Falta la luz. Abro el cortinaje. Me distraigo viendo fuera. X me riñe porque miro a “esas mujeres” y no vuelvo a la cama con ella. ¿Qué mujeres? Y aparecen al otro lado de la cortina: dos muchachas, gemelas, pelo rizado. Me miran. Cubro mis partes con la cortina, avergonzado. No las había visto nunca, pero no me puedo defender de la acusación.

Y más abajo:

(El lugar era la habitación de mis siete años, en la cama donde dormía con mamá, y la cortina era la misma redecilla de tul de la época. No he olvidado esa cortina, al parecer. ¿Por qué sueño que tengo sexo en la cama donde dormía con mi madre a los siete años? Las muchachas no logro identificarlas. ¿Scarlett Johansson repetida?)

Sí, anhelamos interpretar. Pero los sueños, según Hiriart, no se pueden interpretar: “Todo lo que ingresa al sueño es sueño, no recuerdo”. Aquí hace una precisión terminológica. Hiriart siempre precisa antes de ingresar un concepto que se sume a su retórica personal (Microrazonamiento-dato de vinculación-aceptación de lo anómalo). En los sueños nada es extraño y todo es posible porque hay Aceptación de lo anómalo. Podemos soñar que Picasso está en la silla de al lado mientras vemos una película en un teatro porno. ¿Por qué es Picasso? ¿No recordamos en sueños que Picasso está muerto? ¿Por qué es un teatro porno si en la pantalla se proyectan inofensivas sombras chinas creadas por unas graciosas manos a contraluz? En un sueño no hay sorpresa. Cuando la hay, cuando lo anómalo confiere una capa adicional, y se hipertrofia el sueño, empieza la pesadilla.

(Esta es una pesadilla: Mi amiga Mercedes está en una fiesta doméstica. Todos bailan. Beben. Mercedes tiene ganas de orinar. Entra al baño. Por el desagüe sale una marea de cucarachas. Alguien ha fumigado el piso inferior del edificio. “Si no hago algo, las cucarachas se van a meter en toda mi casa.” Mercedes sale del baño. Busca papel y fósforos. Enciende una antorcha y vuelve a entrar al baño a incinerar un millón de cucarachas que le saltan a la cara.)

Para Hiriart las pesadillas son sueños con sorpresas. Un descubrimiento. Saber que algo, la cucaracha que sube por la pared, saltará a nuestra cara, que actuará contra nosotros. La definición de Aristóteles: “El miedo es la espera de una desgracia”. Hiriart no explora muy a fondo esa hermana siamesa del sueño que es la pesadilla, pero su idea de la sorpresa corresponde con las pesadillas de mi amiga Mercedes y con mis pesadillas también.

Me pregunto si se puede hacer un análisis de la pesadilla motivada bajo efectos de alucinógenos que producen psicosis, visiones, alucinaciones. ¿Qué tal un análisis con el modelo Hiriart y aplicarlo a Mezcalito de Hunter Thompson, Otra realidad aparte de Castaneda, o American Psycho de Ellis? Alguna vez comí cacaos sabaneros (semillas de borrachero) y el efecto no fue de sueños benignos sino de pesadillas incesantes, hechas con fragmentos de cosas amadas que se volvían odiadas, sorpresas en cada esquina durante la noche infinita en que perduró el efecto. Creo hoy que eso debe ser el infierno: la encarnación de los terrores, el desfile incesante de los mayores horrores internos, y la ausencia del tiempo. Pregunta Hiriart (todo el libro es un diálogo socrático en el que el ensayista se dirige al lector) si los sueños de los dementes son también patológicos: “¿Los sueños de los dementes son algo hiperdesordenado o sin salida?” Creo, estimado Hiriart, que son reiteraciones, porque la locura es la fijación constante de una idea. Todos tenemos fijaciones constantes, porque todos, de un modo u otro, estamos locos, o propensos a serlo, en este mundo de superespecializaciones. Cuando tengo un tema que me persigue a todas partes, cuando escribo, por ejemplo, me acabo soñando con el tema. Es decir que lo sigo pensando en sueños. Leo durante dos semanas el ladrillo monográfico que Bioy llamó Borges y me termino soñando con Borges. En uno de esos sueños yo, Stanislaus Bhor, caminaba con Borges por la carrera octava, entre 24 y 23, ese callejón horrible, oloroso a pescado, del centro de Bogotá. Yo lo llevaba del brazo, a Borges. No veía su cara, pero sabía que era Borges. Entonces Borges decía que había soñado que en Londres hacía mucho calor. Yo le decía que fuera sensato, que hasta los que nunca habíamos ido a Londres sabíamos que en Londres hacía un frío que arrugaba cojones. Entonces Borges decía: “Sí, pero hay dos Londres.” En otro tiempo paranoico, ante un problema personal que afectaría a mi madre negativamente, empecé a soñar con ella todas las noches. Tal vez el sueño de un demente es la continuación de su demencia, de su fijación, porque la demencia es una percepción lateral que lleva siempre a lo mismo: la repetición. Nos creemos Napoleones, o Dios, o el Presidente de la república. A toda hora. Incluso en sueños.

Hiriart: “Has soñado que alguien te persigue mientras estás volando? Parece que no se puede. ¿Me puedes decir por qué?”.

Yo lo soñé, Hiriart. Soñé que me iban a matar. Corría a toda prisa por calles y solares que se confundían con solares y calles de pueblo y de ciudades conocidas, pero el perseguidor no se iba, y la última salida que encontraba era dar un salto y echarme a volar. Por desgracia, mi perseguidor también podía volar. O esa fue la última sensación al verlo saltar a un tejado sin incomodarse con la fuerza de gravedad, dispuesto a perseguirme hasta el fin del mundo. Y no sé qué hubiera pasado después, porque aterrice del vuelo directo en el solar de mi abuela materna, a quien siempre odié, y sin embargo en su casa me sentí protegido. Tal vez no se puede soñar que el otro vuela porque volar es un situarse personal, desde una sola perspectiva, y para que el otro vuele necesitamos desdoblarnos y ser el otro y eso no se puede, porque va contra las reglas de la conjetura empírica, estimado Hiriart: no podemos soñar un sueño donde no seamos nosotros.

Todo el ensayo de Hiriart es una argumentación de la experiencia onírica para prepararnos a imaginar un sueño final. Si un científico inspirado tomara las premisas de Hiriart, podría tal vez fabricar una máquina de ensoñación al estilo de las máquinas Turing. Aunque no tendría mayor utilidad porque la máquina la traemos incorporada. Ese colofón final del ensayo, en el que Hiriart relaciona sin tiempo, en una secuencia incesante, sus propios sueños, es un soliloquio extraño, una totalidad hermética como los textos bíblicos, o como los mitos fundacionales de todos los pueblos. Hiriart demuestra con este ensayo que la experiencia del sueño es la experiencia primigenia del arte.

Y todos, hasta los seres más viles, experimentan esta obra conceptual noche tras noche.

¿Te gustaría fabricar un sueño despierto?

Ve a la página 68.

Stanislaus Bhor es autor de La balada de los bandoleros baladíes (2011) y miembro del consejo editorial de esta piara. Escribe en http://unahogueraparaqueardagoya.blogspot.com

3 comentarios a “Sobre la naturaleza de los sueños, de Hugo Hiriart”

  1. Undarín dice:

    La verdad es que mal empieza, si empieza diciendo que un sueño no se puede narrar. Estoy de acuerdo en que algunos sueños no son nada fáciles de contar y que no tienen ni pies, ni cabeza. Pero los sueños, no son solo visuales (que se lo pregunten a los ciegos de nacimiento) ni todos son iguales. Algunos sí tienen argumento y son muy fáciles de contar y no por eso van a ser aburridos.

    No me he leído todo mmm bueno no sé si es un estracto de un libro o qué es esto pero la verdad es que el lo ha escrito sabe bien poquito de sueños, puede que sepa mucho de sus propios sueños pero de sueños en general… nada

    Y esto: “No se puede soñar un sueño donde no seamos nosotros mismos” es una tontería enorme. O eso o está mal explicado.

  2. Bhor dice:

    El pensamiento no comunica. Lo que comunica es la expresión física de ese pensamiento. Palabras. Imágenes. Argumentos. La verdad es que mal empezamos si leemos todo hasta la mitad.

  3. Ítaki dice:

    Me parece justa la emoción por el libro de Hiriart…

    Los sueños son la transformación progresiva de la realidad.

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