Ensayo • Junio 2011

A 25 años de su muerte

Sobre héroes y dandys

Por Tomás David Rubio

Desde que leí el extraordinario Como la huella del pájaro en el aire de Héctor Bianciotti, me he preguntado por qué precisamente él fue testigo, el 14 de junio de 1986, de la muerte de Jorge Luis Borges, en Ginebra, Suiza. La respuesta, intuyo, es sencilla y me lleva a contar otras historias: Bianciotti (1930), que desde 1961 vivía en París y prácticamente adoptaba al francés como su lengua después de escribir algunos libros en español, en 1983 es elegido miembro del comité de lectura de la editorial Gallimard (casa que, como Anagrama o Adelphi, despierta fervores y lealtades similares), posición que ocuparía hasta 1989. Un Borges fastidiado por el asedio de los periodistas, conocedor de esa propensión del pueblo argentino por empapelar las calles de Buenos Aires ante cualquier gloria o tristeza nacional, y evitando finalmente ver su agonía convertida en show mediático, viaja a Ginebra acompañado de María Kodama en los primeros días de 1986: cada vez que voy a Europa paso por Ginebra, allí nadie me conoce, yo camino por la calle y nadie me saluda. No se despide de nadie, ni siquiera de Bioy Casares.

Una vez en Suiza, la salud de Borges empezó a deteriorarse rápidamente; el Hospital Cantonal de Ginebra lo recibió en al menos dos ocasiones diferentes durante los pocos meses que vivió en esa, la ciudad que le reveló, por allá entre 1914 y 1918, entre otros, a Schopenhauer, Conrad y Lafcadio Hearn. Es en la última de estas hospitalizaciones, en abril de 1986, que un delegado de Gallimard lo visita en su habitación y se sorprende con un Borges activo y conversador: es Héctor Bianciotti que viene a revisar el prefacio que Borges viene preparando para la edición de sus Oeuvres Completes, en la Pléiade, la mítica colección de libros conocida con este nombre y que en contadas ocasiones -Julien Gracq, por dar algún otro ejemplo- publica autores vivos. Borges alcanza a terminar el escrito, lo entrega tres semanas antes de su muerte. En Como la huella del pájaro en el aire se lee:

“Si tuviera que describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es todavía y mañana, ya …”

Naturalmente, la cacería de los periodistas no cesó sino que aumentó con estrépito y afán irrespetuosos (incluso hoy, ese torpe orgullo gaucho continúa molestando y agrediendo la herencia del escritor: el 10 de febrero de 2009 apareció la noticia de que la señora -¡peronista!- María Beatriz encabezaba el “proyecto de repatriación” de los restos de Borges, que descansan en el cementerio de Plainpalais, sobre la rue des Rois, allá en la tranquila orilla del Ródano; la idea, que no alcanzó a llegar oficialmente al Congreso argentino gracias a la oportuna -y supongo histérica- intervención de María Kodama, también se había discutido en 1999 y, no lo dudo, volverá a sonar en menos de diez años): Una carta, dirigida a la agencia Efe el 6 de mayo de 1986, expresa el cansancio por las muchas llamadas y las intromisiones groseras: “En Ginebra me siento misteriosamente feliz. [...] Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión”, escribe Borges.

Mientras tanto, la función de Bianciotti no se limitó a la de simple mensajero editorial; como representante de Gallimard y en asocio con Alianza Editorial de España, que para ese momento publicaba a Borges en España, le alquilaron al escritor un apartamento en el segundo piso de la Grand Rue, esquina rue du Sautier, número 28; encuentro este cuidado entrañable. Los días en que Borges no estuvo internado en el hospital y antes de ocupar este apartamento, se hospedó en la habitación 308 del Hotel L’Arbalète y seguramente fue allí donde recibió a Marguerite Yourcenar, le entregó la llave del número 28 y le pidió que antes que nadie, fuera y le describiera el piso: la señora Yourcenar, cuenta Bianciotti, cumplió su tarea impecablemente, tanto así que omitió referir un gran espejo que amenazaba apenas abrir la puerta. Tres días, no más, fueron los que vivió allí Jorge Luis Borges. Y precisamente por esta corta estadía, cuando trece años después quisieron colocar una placa recordando la última habitación del escritor, el dueño del edificio se negó rotundo a alterar su fachada: la placa se encuentra en el edificio del frente y en ella se lee un fragmento del texto dedicado a Ginebra en Atlas, libro de viajes publicado en 1984 con fotografías de Kodama:

“De todas las ciudades del planeta,
de las diversas e íntimas patrias
que un hombre va buscando y mereciendo
en el decurso de los viajes,
Ginebra me parece
la más propicia
a la felicidad.”

Dos enfermeras lo cuidaban ya en la Grand Rue, una alemana y una francesa; la primera le leía los Fragmentos de Novalis, la otra una selección de cartas de Voltaire, fueron los últimos libros que reposaron sobre la mesa de noche. Bianciotti:

“Hay en la espera de la muerte un no sé qué de fin del mundo. Próximo a la fuente de las lágrimas, el testigo tropieza con sus propios límites, y llega a tener la sensación de hallarse en el lugar del moribundo”.

Borges murió a las siete y cuarenta y siete de la noche, simplemente la sangre no pasó más por su corazón.

Sé que volveré siempre a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo.

Mediante permiso excepcional, Jorge Luis Borges pudo ser enterrado en el cementerio Plainpalais, o de los Reyes; el Concejo de la ciudad no dudó la otorgación. Su lápida es la número 735, ubicación D-6; fue realizada por el escultor argentino Eduardo Longato y es una piedra brusca que, al frente, tiene grabados el nombre del escritor, siete guerreros medievales, la frase en anglosajón: And ne forhtedon na (Y que no temieran/No hay que tener miedo), una “pequeña cruz de Gales”, 1899, 1986; por detrás aparecen los versos de la saga noruega Völsunga: Hann tekr sverthit Gram okk / legger i methal theira bert (Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos), abajo una nave vikinga y finalmente la inscripción: De Ulrica a Javier Otálora. (Vale recordar que estos mismos versos nórdicos son el epígrafe del cuento “Ulrica”, que hace parte de El libro de arena, 1975).

Tomás David Rubio nació en Manizales, Colombia, donde trabaja como dependiente de la librería Libélula Libros. Hace parte del blog tresdependientes.blogspot.com

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