Cuento • Mayo 2011

La pausa limeña

Por Rodrigo Blanco Calderón

Para Luis Yslas Prado

Se bebe el desayuno…Húmeda tierra

de cementerio huele a sangre amada.

C.V.

No es fácil ser peruano. Menos aún si se nace con una inclinación natural por la poesía. Un peruano que lee o escribe poesía es un peruano al cuadrado.

A esta conclusión llegué hace un tiempo, cuando conocí a un escritor de origen peruano que estuvo de visita en Caracas. Se le hizo una recepción en casa de Boris, que para entonces era director de una revista cultural que tuvo corta vida y gran impacto. Recuerdo que asistí con una disposición confiada, casi familiar, aunque no conocía personalmente a este escritor ni había leído una sola página de su obra. El hecho de que ambos habíamos nacido en el Perú bastaba (pensaba yo) para hermanarnos. Nuestras situaciones se parecían también en sus derroteros. Por una entrevista que le hicieron esa semana me enteré de que había emigrado muy joven con su familia hacia México, país que se convirtió en su nuevo hogar. Yo, siendo un adolescente, había emigrado con mi familia hacia Venezuela.

En el camino a la casa de Boris, el encuentro adquirió los contornos de una reunión de exiliados. Al menos, de lo que imaginaba yo que debía ser una reunión de exiliados. Creo que eso fue lo que me animó a hablarle al escritor, aprovechando un momento de silencio en la conversación poco después de habernos presentado.

-Yo también nací en el Perú –le dije. -En Lima –precisé, con una sonrisa cómplice.

-¿En serio? Pobrecito. Lo lamento mucho –respondió riéndose, con un fuerte acento mexicano.

Estalló un coro de risas y me sonrojé. Hice el esfuerzo por reír y cuando la conversación se reanudó, me escabullí y recalé en un sillón que estaba junto al equipo de sonido. En aquel momento pensé en Octavia y un segundo después en el jefe de Octavia, un hombre macabro que a veces la obligaba a permanecer en las oficinas del periódico hasta bien entrada la noche. Anclado en el sillón volví a pensar en Octavia, esta vez sólo en ella, y lamenté mucho que no hubiera podido venir. Luego me dije que mejor así. Octavia no había sido testigo de la escena y sus ojos no guardarían nunca el eco de la reciente humillación.

El resto de la noche lo pasé en el sillón, sin atreverme a salir de su perímetro. Veía desde aquella trinchera cómo la gente se desenvolvía con una facilidad que me iba hundiendo cada vez más. Los grupos se formaban y se disolvían siguiendo un ritmo secreto que sólo se revelaba a plenitud ante mí, el verdadero exiliado de la fiesta. Para no desaparecer entre los cojines, me puse de pie y comencé a revisar las pilas de discos. Yo era un tonto. Eso resultaba evidente. Decidí, entonces, ser un tonto útil y me encargué en adelante de musicalizar la velada.

Comencé mi trabajo de DJ poniendo un disco de Caetano Veloso en español. Ese disco era (lo debe ser todavía) uno de los favoritos de Octavia. Por esa razón lo puse. Quería enviarle una invisible misiva musical a la única persona en el mundo que parecía entenderme. Era poco más de la medianoche y Octavia debía de estar dormida. Mi huachafería congénita me hacía imaginar que de alguna manera aquella música maravillosa llegaba hasta su cama y le hacía más llevadero el sueño.

Después de Caetano Veloso hice una transición hacia la otra gran región del cono sur e improvisé un coctel de rock argentino. Tomaba los discos que iba encontrando e intercalaba canciones de uno y otro, como si fueran chorros de distintas botellas que mezclaba en la copa negra de la sala. Cerré mi presentación con una selección de lo mejor (según Octavia y yo, por supuesto) de los Beatles, con lo que cumplí a cabalidad mi trabajo de esa noche: aceitar el mecanismo que conecta el alma de las personas con sus cuerpos, para que así estos cuerpos puedan engranarse con otros.

Al final de la reunión, cuando ya me retiraba, una mujer me observó desde el otro lado de la sala y me hizo una señal de agradecimiento. Luego volvió el torso hacia su pareja, un hombre alto y fuerte que se tambaleaba y que sin ningún reparo puso sus manos sobre las nalgas de la mujer mientras ésta le estampaba un largo beso.

Sí, yo había cumplido con mi trabajo. Fui una suerte de hada madrina que nadie había solicitado. Cuando llegó el ascensor y vi mi rostro en el espejo, tan sobrio, tan limpio de cualquier exceso, me descorazoné. Al llegar a mi casa, recuerdo haberme quitado la ropa como quien deshace telarañas y recuerdo también que me lancé sobre mi cama como un náufrago al llegar a una orilla. Estos eran los poéticos signos de lo que vino después. Y lo que vino después sólo puede describirse con un oxímoron. O con varios. Lo que vino después fue una tormenta seca, un desierto amable, una hipotermia abrigadora, el famoso ser y la famosa nada enfrascados en un abrazo de muerte. Lo que vino después con toda su fuerza fue lo que mi amigos llaman, en tono de burla, la pausa limeña.

Antes de explicar en qué consiste la pausa limeña y cuál fue la particularidad de la que correspondió al desayuno de la mañana siguiente, debo contar al detalle el sueño que tuve esa madrugada.

Estaba otra vez en casa de Boris, en la misma reunión con el escritor peruano-mexicano. En el sueño yo llegaba con Octavia, que me tomaba del brazo mientras avanzábamos de grupo en grupo, saludando a una cantidad interminable de conocidos. Yo respondía con molestia fingida los múltiples piropos que le decían a mi Octavia, la más hermosa de todas las mujeres. La fiesta transcurría con un ritmo perfecto, sin amagos de tedio o desafuero. Aquella armonía se condensó con el paso del tiempo hasta el punto en que comenzó a ser demasiado evidente. La gente dejó de beber, luego dejó de moverse y de conversar, y al rato todos se veían las caras y veían después el suelo, como si estuvieran buscando una joya común.

Cuando ya empezaba a brotar la desesperación encontramos al responsable de nuestro intolerable ritmo perfecto. Era un hombre joven, de contextura menuda y aspecto silencioso, que estaba parado junto al equipo de sonido. Al instante, todos comprendimos que aquel hombre nos estaba controlando mediante la música. Por extraño que fuera, este descubrimiento no era lo que más nos sorprendía. Lo que de verdad llamaba nuestra atención era el atuendo del hombre. El tipo llevaba puestas unas zapatillas de ballet, unas medias pantys que alcanzaban sus flacos muslos y un tutú de tela brillante. El torso estaba forrado por una maya sintética que lo hacía lucir aún más delgado. Todas las prendas eran, por supuesto, de color rosa. Aquel disfraz venía coronado por unas alas de plástico y una varita mágica con la que pulsaba las teclas del aparato.

Al verse descubierto, el hombre no hizo sino redoblar sus esfuerzos. Ponía un disco, esperaba unos segundos y como la gente lo seguía mirando buscaba más discos e intentaba con nuevas canciones. Contra todo pronóstico, la estrategia funcionó. Los invitados se fueron acostumbrando de nuevo a la música y al poco tiempo se olvidaron del hombre disfrazado de hada madrina.

Yo, en cambio, no podía dejar de observarlo. Había caído en un éxtasis rabioso ante el espectáculo de aquel imbécil. Octavia, por su parte, me hablaba de su jefe. A pesar de lo amargado que podía ser en los días más fuertes del trabajo, era una persona muy culta e interesante.

-Deberías invitarlo al colegio para que hable con tus alumnas –decía Octavia. –Estoy segura de que él puede lograr que se entusiasmen por la literatura.

Yo no prestaba atención (eso creía) a las palabras de Octavia. Estaba embebido en la estupidez del hombre que ponía la música y no lograba comprender cómo el resto de la gente se había desentendido de él.

-Pero, míralo, Octavia –le decía yo a Octavia, interrumpiéndola. –Míralo bien. ¿Me puedes explicar eso?

-¿Qué cosa?

-El DJ.

-¿Qué hay con él?

-¿Qué hay con él? – le repetía yo, francamente indignado. -¿Qué hay con él, me dices?

Pero en ese momento, Octavia fue a buscar otro trago y me dejó solo, rumiando esa rabia que parecía aumentar con cada segundo. Y a medida que crecía la rabia me preguntaba por la razón de ese encono contra un tipo que, a fin de cuentas y a pesar del ridículo disfraz, no me había hecho absolutamente nada. Fue en ese segundo de ponderación que el hombre disfrazado de hada madrina volteó y me miró directamente a los ojos. Entonces comprendí el porqué de mi rabia: aquel hombre era yo. Y lo peor es que a la vez entendí que eso estaba claro desde el principio y que todos habían hecho el esfuerzo solidario por obviarlo.

Abrí los ojos y mientras asimilaba la realidad de mi cuarto dejé que una lenta vergüenza anegara cada centímetro de mi cuerpo.

Esa mañana la tormenta hizo su anuncio con el murmullo invisible de los cielos despejados. Sucedió durante el desayuno, cuando Octavia interrumpió la limpidez extática de la pausa limeña.

Trataré de explicarme.

Desde que tengo uso de razón, hay algo que me sucede tres veces al día, en cada una de las comidas. Mi madre lo recuerda así teniendo yo unos tres o cuatro años de edad. Cuando está de humor, llega a afirmar que cargo esa manía desde la lactancia y entonces yo no hago sino imaginar aquel pecho enorme, suspendido en el infinito, como un planeta. Lo cierto es que desde pequeño hay un momento del desayuno, el almuerzo y la cena en que depongo los cubiertos o las manos y dejo de comer. No se trata de inapetencia ni de hartazgo. Es simplemente una pausa, de unos diez minutos, después de la cual sigo comiendo con la misma tranquilidad. Lo de limeña es sólo porque nací en Lima. Una broma de mis amigos, que al final son tan venezolanos (o tan limeños) como yo.

Un día, mientras almorzábamos, Boris quiso saber qué pasaba por mi cabeza durante esas pausas.

-Boris…Yo no sé –le dije. Y me quedé en blanco tratando de encontrar una respuesta.

Cuando volví en mí y vi que Boris estaba comiendo tranquilo, me di cuenta de que le había respondido con una pausa. O que, por puro azar, su pregunta había coincidido con ella. Después de ese almuerzo, comencé a preguntarme qué es lo que sucedía conmigo en esos momentos. Traté de representar el contenido que inflaba esos minutos durante las comidas en los que, a decir de los demás, yo desaparecía.

Lo que encontré es tan difícil de describir que debo recurrir a metáforas y a imágenes prestadas, por lo que no puedo asegurar su autenticidad. Más que un manido espacio en blanco, se trataría de una transparencia que en algún punto adquiere espesor. O también, si quisiéramos atribuirle un sonido, podría decir que la pausa limeña suena como dicen (en algunos programas esotéricos que pasan por cable) que suena la tierra. O, mejor dicho, el sonido del origen de la tierra. Esos acordes primitivos del universo que algunos alucinados, armados de equipos de grabación ultrasensibles, creen encontrar en el roce del viento.

No tengo mayores esperanzas de que alguien pueda comprender la naturaleza de este fenómeno. De modo que tampoco aspiro a que alguna persona capte la magnitud de lo que sucedió esa mañana, cuando Octavia irrumpió durante el desayuno en la pausa limeña. Si fuese una persona fervorosa, describiría el asunto como una caída, un pecado original. Como tengo la cabeza llena de libros, series de televisión y clásicos del cine, prefiero relacionarlo con la primera escena de 2001: Odisea al espacio, de Stanley Kubrick. Octavia es el monolito, la pausa limeña es la vastedad orgánica de la tierra y yo, por supuesto, el primate que se asusta, que salta y que chilla ante el acontecimiento que viene, de forma irremediable, a perturbar la paz.

Mi relación con Octavia duró poco más de medio año y en menos de siete días ya todo se había terminado. Los problemas empezaron con la semana. Ese lunes almorzamos en Il Boticello, un pequeño restaurante italiano que queda en Altamira. Cuando daba clases en el colegio Cristo Rey era la opción perfecta, por la cercanía, para un fugaz encuentro con Octavia.

Fue cosa de verla entrar para darme cuenta de que algo había cambiado. En apariencia, todo estaba igual. Octavia seguía siendo la misma mezcla de amarillo, blanco y rojo. Su cabello, su piel y la sangre que a veces se detenía, como distraída, en sus mejillas, continuaban haciendo de ella una margarita tímida. Si no era en la disposición de los colores, entonces la diferencia podría encontrarla en el dibujo de sus rasgos. Aproveché la llegada de la comida para observarla con detenimiento. Lo que hice fue comparar el rostro de Octavia tal y como se presentó en la pausa limeña con el que tenía enfrente de mí, que en ese momento juntaba con delicadeza los labios, soplando, para enfriar unos espaguetis cuatro quesos.

El resultado de la pesquisa fue pobre y a la vez reveló todo lo que sucedería después. El almuerzo transcurrió para mí, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. A la 1 y 15 minutos de la tarde me encontré frente a unos intactos ravioles de carne y la cara de preocupación de Octavia, que sabía que nuestra conversación, o mejor dicho, el monólogo que ella sostuvo durante el almuerzo, había sido en vano. Su mirada traslucía un desencanto que no dejaba de ser maternal, como si aquellas palabras perdidas en mi cabeza fuesen hijos que, quizás, en algún momento extrañaría.

Al principio fui optimista y pensé que sólo se trataba de una pausa más prolongada que las otras. Una distracción sin duda provocada por la intromisión de Octavia en un espacio en el que nadie había entrado antes. No quiero detenerme en interpretaciones. Baste decir que antes de la irrupción de Octavia, la pausa era algo inseparable de mí, una cápsula de vacío en la que todo mi ser se refugiaba. Después de su aparición en el desayuno de aquel domingo, la pausa se transformó en una odiosa metáfora de mí mismo. Una alegoría del desierto que me esperaba una vez que Octavia desapareciera de mi vida.

Tuve la mala suerte de pensar en estas cosas ese mismo día, en mi apartamento, durante la cena. Al regreso de la pausa comer-cial (el otro apellido que mis amigos, con pausa incluida, le pusieron a la pausa), vi que apenas había tocado el plato. Guardé la comida ya fría en la nevera y me fui a ver televisión. Pasé la noche en vela, dando tumbos en la cama, por culpa del hambre. El vacío en el estómago era la prueba concreta de la ocupación y sitio que empezaba a padecer mi cuerpo.

En la mañana del martes me obligué a comer un poco de pan con mermelada y a beber unos sorbos de café. Experimenté un eco de energía que me dio el impulso necesario para salir a la calle. En el camino hacia el colegio estuve a punto de chocar en dos ocasiones. A cada cornetazo volví a recordar con rencor el magro desayuno. En mi mente aparecieron el pan y la taza de café humanizados, con brazos y piernas de plastilina, empujándome como crueles sparrings hacia el centro de un cuadrilátero. Al llegar al colegio, entré al aula y sobreviví al primer asalto haciéndoles caso, dejando que fluyera la impiedad. Les dije a mis alumnas que sacaran el diccionario de términos literarios y copiaran, textualmente, en una hoja de examen los siguientes conceptos: sujeto lírico, hemistiquio, cesura, ditirambo, encabalgamiento, verso libre, metonimia y sinécdoque. Las caras de hastío de las muchachas me hicieron regresar a mi esquina. Allí, mis asistentes de plastilina me masajearon los hombros y me secaron el sudor. Mientras la taza de café agitaba una toalla para darme aire, el pan me repetía que lo estaba haciendo bien, que no debía bajar la defensa y que, por si acaso, les pidiera además que colocaran un ejemplo de su propio cuño para cada término.

Llegué a mi apartamento al mediodía, casi corriendo, a calentar la cena de la noche anterior. Más que las alucinaciones con el pan y el café, me preocupaba la maldad pueril con que había actuado durante la clase. No hay justificación alguna para que un profesor de literatura le cierre la puerta de la poesía a sus alumnos indicándoles que abran otras que sabe falsas. Sonó el timbre del microondas, me senté a la mesa dispuesto a devorar la comida y después de un par de minutos, cuando apenas empezaba a calmar el hambre, tuve aquel desafortunado pensamiento. Recordé lo que Octavia me había dicho durante el sueño y pensé que de haber estado en mi lugar, su jefe jamás habría hecho lo que yo hice esa mañana con mis alumnas.

A las seis en punto de la tarde, como acordamos la noche anterior, me encontraba frente a la taquilla del cine. Octavia había leído la reseña en el periódico y tuvo la corazonada de que a mí, particularmente, podría gustarme esa película. Se trataba de Eternal sunshine of the spotless mind, un título que sólo memoricé tiempo después cuando logré ver el film. A los pocos minutos llegó Octavia y por su expresión comprendí que mi aspecto era de espanto. Al insomnio y al hambre había sumado el maquillaje crispado de los celos.

-César, ¿estás enfermo? –fue lo primero que dijo, incluso antes de darme un beso.

-No. Sólo un poco cansado –le respondí. –Vamos entrando que después no conseguimos buenos puestos.

Octavia quiso hacer la cola de las cotufas y yo entré en la sala para apartar nuestros asientos. La pausa de aquella tarde había sido la más extensa hasta el momento. Comenzó con el almuerzo y se desvaneció minutos antes de las cinco, cuando por suerte volví en mí y así pude estar a tiempo en la taquilla del cine. Allí, en la oscuridad de la sala, mientras pasaban los avances de los próximos estrenos, vi de nuevo el rostro de Octavia y el de su jefe, uno frente al otro, colgados indefinidamente sobre el fondo terroso del desierto.

Cuando aparecieron los créditos y encendieron las luces de la sala, entendí que estaba en un aprieto. A Octavia le había encantado la película y salió de la sala experimentando un rejuvenecimiento del amor que sentía por mí. Esto, por supuesto, no duraría mucho. Ella propuso ir a tomar algo. La sentí alegre, como si quisiera celebrar que la película, de alguna lejana manera, hablara de nosotros. Yo, de más está decirlo, apenas recordaba dos o tres cosas. Una bufanda y un pasamontañas de vivos colores, un cuaderno donde alguien dibujaba y una hermosa pareja de jóvenes bailando en ropa interior encima de una cama.

Al rato de estar sentados, una vez que mi silencio se asentaba como polvo sobre el entusiasmo de Octavia, ella quiso saber, con esas exactas palabras, qué carajo era lo que estaba pasando.

-Octavia…Yo no sé –le dije, y esa respuesta empezaba a convertirse en una letanía familiar.

-Tú no sabes –repitió Octavia, con un tono descreído.

Luego barajó las opciones del temor al compromiso y el engaño, santo y seña que utiliza el instinto femenino para abrir de un empujón la puerta entornada de la masculinidad. Yo cometí el peor error que un hombre puede cometer cuando una mujer lo acusa de cobarde o infiel: permanecí callado. Por más absurdo que parezca todo ahora, en aquel momento era yo quien estaba de verdad indignado. Todavía podía ver a través de la pantalla del cine el rostro de Octavia y el de su jefe, acercándose lentamente mientras transcurría la película, como dos placas tectónicas que buscan fundirse en un roce milenario.

Cuando Octavia volvió al ataque, ya estaba convencida. Fue entonces que mencionó a Manuela.

-Es ella, ¿verdad?

-¿Manuela? ¿Quién es Manuela?

-No te hagas el pendejo, César. Tu alumna. Ésa de la que siempre hablas.

Aún debió transcurrir un tiempo (segundos “culposos” que Octavia nunca me perdonó) para que yo pudiera relacionar un rostro, una voz y un cuerpo uniformado de azul marino y beige con ese nombre. Al delito perpetuo de callar sumé la pena de muerte de sonreír. La sospecha de Octavia me pareció un inmerecido voto de confianza. Y sobre todo tratándose de Manuela.

Quise, muy tarde, decir algo. Ya Octavia se levantaba de su silla y me dejaba solo en la mesa de aquel bar al que ella había querido ir para celebrar la vitalidad de nuestra relación.

Lo que siguió fue tan confuso que mejor sería decir que no recuerdo nada. Apenas unas cuantas imágenes rescatadas de la vorágine. Sólo sé que esa noche llegué a mi apartamento, me quité los zapatos y destapé una botella de cerveza que no bebí.

Luego la pausa limeña, con su hambre de años, vino y me devoró.

El timbre del teléfono me localizó en el sofá de la sala. Vi la hora y comencé a sudar frío. Eran las 10 de la mañana. La voz de la hermana Urrutia, coordinadora de cuarto y quinto año de bachillerato, sonaba preocupada. Quería saber por qué había faltado a las clases.

-Manuela –susurré.

-¿Cómo dice? –preguntó la hermana Urrutia.

-Que menos mal que llama, hermana. Amanecí con fiebre, vómitos y dolor de cabeza. Creo que es una virosis.

-Ah, caramba –dijo la monja. No sonaba muy convencida.

-Sí. Estoy muy débil. Apenas he podido pararme de la cama y se me olvidó llamar.

-No se preocupe. Yo aviso a las muchachas. Lo vemos la semana que viene.

Colgué y pensé en Manuela. En sus senos y en sus piernas. Pensé también en algunos poemas y relatos leídos en clase que le habían gustado y que ahora formaban parte de su cuerpo. Cierta sensación de propiedad sobre esas imágenes me permitió separar algunos hilos del estambre de personas, lugares y posiciones que había crecido a mi alrededor durante las últimas horas. Fue como si la pausa limeña se hubiera transformado en una versión pornográfica (estrictamente pornográfica) de El Aleph de Borges. Puede que el universo sea infinito, pero se ordena según nuestras obsesiones.

Lo que me desagradó no fue leer los correos obscenos que Octavia y su jefe se enviaban, ni observar al detalle las posturas fatigosas de sus cuerpos que cumplían las promesas de aquellos correos. No tuvo que ver con reencontrarme con esa muchacha que lucía tan joven, plana y virgen como yo, ni, por supuesto, con Manuela desnuda, pulida de sudor. Lo que me parecía intolerable, hasta el punto de la náusea, era que esas imágenes (¿recuerdos, anhelos, pesadillas?) fuesen posibles. Que todo en la vida, más allá de la miseria, el aburrimiento o la felicidad, siempre pudiera ser de otra manera.

En algún momento de la tarde volvió a sonar el teléfono.

-Ya veo, César, que no pensabas llamarme.

-Hermana Urrutia, cuánto lo lamento. Vómitos, mareos, dolor de cabeza. No pude llamarla.

-César, ¿se puede saber qué mierda es lo que está sucediendo? ¿Estás borracho acaso?

-Ah, eres tú, Octavia.

-Claro que soy yo. ¿Quién más podría ser?

-La hermana Urrutia.

-César, no estoy de humor.

-O Manuela. También pudiera ser Manuela que llama para pedirme la dirección de mi correo electrónico.

-De verdad no sé por qué me estás haciendo esto, César.

-Porque es posible hacerlo, Octavia. Por eso. Tú lo sabes mejor que yo.

-¿De qué hablas?

-Ya vi tus correos, Octavia.

-¿Has estado revisando mis correos?

-Podría decirse, sí.

-No puedo creer, César, que estés tan mal, que hayas caído tan bajo.

-Nada comparado con las porquerías que tú y tu jefe se escriben. Lo mío es nada comparado con todas las cochinadas que ustedes hacen.

-No entiendo, César –dijo Octavia, ya sin poder contener las lágrimas. -¿De dónde sacas todo esto? Tú sabes que nada de lo que estás diciendo es cierto.

-Quizás no sea cierto, Octavia, pero ya eso es lo de menos –dije y colgué.

En los días que siguieron el timbre del teléfono siguió sonando. El del celular dejó de hacerlo cuando se le acabó la batería. Sólo hice caso a los golpes enfurecidos que Boris dio a mi puerta porque amenazó con derribarla si yo no abría. Octavia lo había llamado para que pasara por mi apartamento a ver si yo todavía estaba vivo. Boris se encargó de recoger las huellas que la desidia comenzaba a dejar. Me obligó a bañarme y a preparar una pequeña maleta pues iba a pasar el fin de semana en su casa. Así supe que apenas era sábado.

Boris y su esposa lograron que comiera completo en la cena. Luego me prepararon un té llamado Dulces sueños y pusieron junto a la taza una pastilla de Lexotanil. Bebí el té y tomé la pastilla, obediente, aunque sin muchas esperanzas de que surtiera efecto. Sin embargo, esa noche pude dormir.

Aquel fue mi domingo de resurrección. Desperté con las energías repuestas para recorrer los campos destruidos. En el desayuno y el almuerzo, a pesar de la vigilancia de mis anfitriones, pude entrever en breves pausas parte del paisaje. Luego dediqué la tarde a repasar las imágenes con curiosidad de arqueólogo. Casqué piedras, removí fósiles, medí el horizonte y en todo encontré los rastros finales de la inercia.

A eso de las diez de la noche salí del cuarto de invitados dispuesto a marcharme y vi en la sala a un grupo de personas. Boris estaba con algunos colaboradores de la revista. A juzgar por los pies que descansaban sobre la mesa ratona y los vasos de whisky que cada uno sostenía, la reunión de trabajo había concluido. Me invitaron a que los acompañara. Al rato de estar con ellos, después de paladear el primer trago de whisky, descubrí que estaba sentado en el mismo sillón en el que pasé toda la fiesta. Una semana después volvía a encontrarme en la trinchera de la que no debí haber salido nunca. Empecé, con un miedo sereno, a imaginar la segunda guerra que me esperaba.

-César, pon algo de música –dijo Boris.

-¿Qué pongo? –le respondí, resignado.

-No sé. Chet Baker. Algo.

Revisé el delgado lomo de los discos hasta dar con los de Chet Baker. Escogí uno al azar. No conozco mucho de jazz. Entonces vi la carátula.

-¿Qué pasa? –preguntó Boris.

-Nada –le contesté después de unos segundos. –Sólo que yo juraba que Chet Baker era negro.

Todos soltaron la carcajada.

-No, vale –dijo Oscar, que tenía una columna de música en la revista. –Si incluso le decían “el James Dean del jazz”. Fue mucho después que unos dealers le destrozaron la mandíbula. Al final de su vida parecía una pasa.

A partir de ese instante la conversación fluyó sin parar. A la medianoche Boris se levantó y se despidió.

-Señores, están en su casa.

Así lo entendimos Oscar y yo porque, a pesar de las progresivas deserciones, estuvimos conversando hasta las cinco de la mañana. Cuando se acabó la botella nos dimos cuenta de la hora y Oscar se ofreció a llevarme hasta mi casa. Hablamos poco en el camino. Yo sólo pensaba, con el cerebro y la lengua transformados en un trapo, en cómo iba a poder dar clases en ese estado.

Apenas tuve tiempo de realizar unas cuantas acciones simbólicas. Bebí una taza de café negro, me eché un poco de agua fría en el rostro y me cambié la camisa. Agarré las llaves del carro y enfilé, con la convicción de un kamikaze, hacia el colegio.

Conduje el carro como quien sueña que conduce un carro. Desde el patio central un coro de voces femeninas atravesaba el aire frío de la mañana, subiendo o bajando según los baches sonoros que a esa hora todavía impone el sueño. Cantaban el himno nacional y cuando terminaron, las voces se desbandaron en numerosas conversaciones simultáneas. Entonces caí en cuenta de mi situación. Empecé a temblar. Sentí la ola acompasada del sudor mojando mi cuerpo. Me preguntaba una y otra vez qué hacer, mientras apretaba con fuerza el volante. Había dejado en casa la carpeta con los temarios de mis cursos y usar de nuevo el diccionario de términos literarios hubiese sido una forma de eutanasia por linchamiento. Volteé y removí la biblioteca improvisada que siempre cargo en el asiento trasero. De aquella veintena de libros resurgió, como una vieja piedra de río, el tomo de la poesía completa de César Vallejo. Lo tomé por superstición, quizás por patriotismo. Lo cierto es que bajé del carro y me encaminé hacia las aulas con el semblante eterno, color verde Alianza, del gran cholo contra el pecho.

Atravesé pasillos y escaleras a toda velocidad, sin saludar ni mirar hacia los lados. Al llegar a la puerta del salón me detuve.

-Puede que, después de todo, Chet Baker no sea negro –me dije. Tomé aire y entré.

Fue después de ocupar mi puesto detrás del escritorio que me atreví a observar a mis alumnas. El silencio unánime lo decía todo. Por un momento me pareció ver en el rostro de Manuela la expresión preocupada de Octavia. Me pasé una mano por la cara, enjugando ambos rostros con mi sudor y comencé a hablar.

Existe, mis estimadas alumnas, un poeta peruano muy grande, lejano y otra vez grande llamado César Vallejo. Nació como nacen todos los bebés: llorando y con hambre. Y murió como si volviera a nacer, esta vez para la eternidad: con un llanto y un hambre infinitas. Si hubiera nacido en el seno de una familia acomodada de Lima y no en una discretísima casa de un pueblo llamado Santiago de Chuco, las cosas no hubiesen sido muy distintas. El hambre de Vallejo era, cómo decirlo, un hambre metafísica. Un hambre que lo esperaba mucho antes de nacer y que después, poco a poco, bocado a bocado, lo fue consumiendo. Juan Manuel Roca dice que la sombra de Vallejo llegaba a los lugares, después de los viajes, mucho antes que su cuerpo. Y yo les digo que antes de la sombra de su cuerpo llegaba el hambre de Vallejo. Yo sé, muchachas, que ustedes no conocen al poeta Roca, que jamás han leído un poema suyo. Tienen que leer al poeta Roca así como tienen que leer a Vallejo. Y más a Roca que a Vallejo, aunque parezca un escándalo esto que digo, pero no lo es porque los grandes poetas, los verdaderamente grandes, nos leen a nosotros primero, a nuestras más míseras y recónditas pasiones, de modo que leerlos es siempre releerlos y una primera lectura con ellos es siempre un reencuentro. De la vida y obra de Vallejo se han dicho muchas cosas. Algunas ciertas, otras falsas y otras literarias, es decir, ni ciertas ni falsas. Es cierto, por ejemplo, que pasó el hambre hereje buena parte de su vida y es falso que siempre, entendiendo por siempre cada bendito día, pasó hambre el pobre Vallejo. Es falso también aquello de que Vallejo se marchó a París para convertirse en artista. Al pisar la capital francesa, en julio de 1923, señoritas, ya Vallejo estaba convertido en el poeta que después todo el mundo conoció. Si no me creen lean el estudio del afamado crítico Wilhem M. Lira, Mil mesetas, mil sierras: una lectura deleuzeguattariana de César Vallejo, publicada por la Hofstra University. Pero no sé para qué les digo esto si ustedes no saben qué es la Hofstra University ni mucho menos quiénes son Deleuze y Guattari. Aunque sí saben quién es César Vallejo. Y si a pesar de todo insisten en que no saben, eso no importa, porque el gran Cholo sí las conoce a ustedes y sí me conoce a mí, sobre todo a mí que soy peruano, que sigo siendo peruano, o así lo espero, como él. Lo cierto es que Vallejo, antes de conocer París, ya había publicado Los heraldos negros y Trilce, los únicos poemarios que a decir verdad publicó como tales pues todo lo demás apareció de forma desperdigada en revistas, folletines y periódicos. O agrupado en las recopilaciones póstumas de sus poemas cuando Picasso lo buscaba en vano, sin nunca haberle hablado o estrechado la mano, entre los latinoamericanos que junto a los españoles exiliados se dividían las parcelas del café Montparnasse. Aunque esto también es falso pues Vallejo sí que conoció a Picasso, en abril de 1927, a la salida de la galería Rosemberg donde éste exponía en aquel momento sus cuadros. Es falso decir que Vallejo viajó a París, o a Europa, para convertirse en artista. En todo caso, en París llegó a convertirse en un artista del hambre, pero esa condición la tenía desde pequeño, incluso desde la lactancia. No por nada se definía a sí mismo como un “enamorado de tanto enorme seno girador”, porque desde la más tierna edad tenía la extraña costumbre de realizar una pausa durante las comidas. Las pausas duraban unos diez minutos después de los cuales Vallejo seguía comiendo como si nada hubiera pasado. Sus amigos, según testimonios de la época, le pusieron a su particular manía el mote de la “pausa santiagueña”, por haber nacido Vallejo en Santiago de Chuco. Primero fue el seno de la madre, luego el hastío dionisíaco del café de la madrugada, luego el pan matutino, luego las comidas diarias. ¿Por qué le sucedía esto al poeta? Ustedes me preguntan esto y yo les digo yo no sé. O puede que sí sepa. Puede ser que para Vallejo comer fuese una forma instintiva de la resignación. Al regresar de la pausa y dar el bocado, Vallejo era como aquel que al borde del abismo opta por la vida. Pero la verdad sea dicha: eso sólo podemos tratar de entenderlo acudiendo a su poesía, si bien es cierto que sus poemas parecen respuestas a preguntas que nunca podrán ser formuladas. Otros dicen que la pausa santiagueña de Vallejo era la consecuencia de un marxismo místico, si es que eso existe, que le impedía en ocasiones disfrutar del simple placer de una taza humeante de café. Vallejo se sabía pobre como una rata y sin embargo tenía conciencia de que su pobreza, por más cruda que fuera, era siempre la usurpación que provocaba, en algún lugar del mundo o del tiempo, una pobreza más extrema. Lean, muchachas, se los ruego, como una oración, el poema titulado El pan nuestro. O lo leo yo, aquí mismo, para asegurarme de que lo lean. Dice el poema: “Todos mis huesos son ajenos;/ yo talvez los robé!/ Yo vine a darme lo que acaso estuvo/ asignado para otro;/ y pienso que, si no hubiera nacido,/ otro pobre tomara este café!”. ¿Se dan cuenta de lo que digo? ¿Se dan cuenta de lo que Vallejo está diciendo? Seguro no se dan cuenta de nada, aunque Vallejo, repito, sí se da cuenta de ustedes, muchachas. El pan. Podría hacerse una lectura completa de la poesía de César Vallejo únicamente enfocándose en la presencia numerosa del pan en sus poemas. Para un pobre el pan es sagrado y por ello, porque multiplicó los panes y los vinos, y no por otra cosa, es que Jesucristo también es sagrado. Ese mismo Cristo Rey cuyo cuerpo estamos ahora ocupando es la principal figura, el protagonista si queremos verlos como relatos, de los poemas de Los heraldos negros. Sólo así se puede entender que para Vallejo los golpes más jodidamente dolorosos de la vida, y perdónenme la grosería, muchachas, sean comparables a las crepitaciones que produce algún pan que en la puerta del horno se nos quema. Sólo así se entiende que para Vallejo, detrás de toda pasión está la Pasión, la otra, la de Cristo, con mayúscula. Y por eso los brazos y los labios de las mujeres siempre son vistos en sus poemas como los palos curvados donde se crucifica el amor. El pan, ancestro con levadura de la hostia, es el cuerpo de Cristo y por eso es sagrado, y es también el cuerpo de la amada, y por eso es aún más sagrado. Yo sé que no me están entendiendo ni papa, o ni pan, pero yo sí me entiendo y ya les explico. Si leen las memorias de Raúl de Vernuil, un músico peruano que fue amigo de Vallejo, entenderán claramente lo que digo. El libro se titula A veces te quiero siempre, publicado por Romaña Editores, y allí de Vernuil, además de brindar una improbable versión épica de su propia vida, cuenta las andanzas de los primeros jóvenes artistas latinoamericanos que fueron a morirse de hambre en París. En un capítulo titulado, sin ironía, “Vallejo alegre”, de Vernuil cuenta cómo acompañó a Vallejo cuando éste le hizo la corte, con éxito, a la guapa hija de una panadera de Montparnasse. Gracias a ello, al menos mientras duró aquel romance, el poeta tuvo cada mañana su baguette bien calentita al lado de su café con leche. Las malas lenguas, agrega de Vernuil, afirmaban que Vallejo, de tan muerto de hambre que era, sólo estaba interesado en el pan que le daba la hija de la panadera. Sin embargo, de Vernuil da fe de la dolorosa fidelidad que Vallejo, una vez terminado el romance, le guardó para siempre a aquella mujer. A de Vernuil le sorprendía ver que cada mañana, a pesar de la hambruna que los arrojaba a todos sobre el magro desayuno, Vallejo realizaba una especie de pausa en la ingesta. Mordía el pan hasta la mitad y por los costados, dibujando con sus dientes una cintura de harina horneada donde de pronto se detenía. Es evidente, chicas, que de Vernuil no estaba al tanto del fenómeno de la “pausa santiagueña”. Sin embargo, hay que admitir que la intromisión de la hija de la panadera en ese espacio vacío que era la pausa cambió para siempre la vida del poeta. Si hacemos una lectura profética de unos poemas anteriores a su viaje definitivo a París, veremos cómo Vallejo intuyó lo que después le sucedería. Cómo entender, si no, los versos finales del poema El pan nuestro, que dicen así: “Y en esta hora fría, en que la tierra/ trasciende a polvo humano y es tan triste/ quisiera yo tocar todas las puertas,/ suplicar a no sé quién, perdón,/ y hacerle pedacitos de pan fresco/ aquí, en el horno de mi corazón”. ¿De qué otra manera podemos interpretar esto? ¿No sería injusto atribuirlo únicamente al marxismo cristiano de Vallejo? ¿No es evidente que en ese poema Vallejo intuyó que conocería, amaría y perdería a la hija de la panadera? No se trata de que Vallejo fuese una especie de mago que podía predecir el futuro. Yo creo que Vallejo descubrió con pesar que todo en la vida, más allá de la miseria, el aburrimiento o la felicidad, siempre podía ser de otra manera.

No sé qué más habré dicho en esa clase sobre Vallejo y, en especial, sobre César. Lo cierto es que habría podido continuar hasta la noche de no ser por una interrupción que hubo cuando culminaba la hora.

- Profe, ¿y cómo murió Vallejo?

La voz provino del único lugar del salón de donde podía venir.

-No se sabe la causa precisa de su muerte, Manuela –dije, mientras sus compañeras empezaban a guardar los cuadernos. -Algunos dicen que fue de tuberculosis, otros dicen que de malaria o por alguna infección intestinal. Otros dicen que fue por hambre. Lo extraño es que durante sus últimas semanas, uno de los peores sufrimientos que tuvo que padecer Vallejo fue un incurable hipo. Un hipo de horas y días que fue marcando a trompicones el ritmo de su agonía. Como si el hambre acumulada durante toda una vida, esa hambre de penurias y amores perdidos, revelase al final el tic tac de su secreto mecanismo. Sin embargo, la noche previa a su muerte un médico pudo curarle el hipo. No era en realidad un médico, sino uno de estos sujetos que practicaba el hipnotismo. Le decían, ése era su nombre, Monsieur Pain. Es curioso, ¿no? El señor Pan, el señor Dolor, según como se quiera traducir. Aunque para Vallejo era lo mismo.

Sonó el timbre que marcaba el final del primer bloque de clases. Las muchachas comenzaron a dispersarse entre los pupitres. Yo aproveché de tomar el libro de Vallejo y salí. El día anterior había sido mi domingo de resurrección y esa mañana era mi mañana de los dones. Aquella fue la mejor clase que he dado en mi vida y también la última que di en ese colegio.

Ocurrió cuando acababa de trasponer el umbral del salón. A pocos metros, al final del pasillo, vi a la hermana Urrutia. Esta me reconoció y mientras terminaba de conversar con una alumna dirigió sus pasos hacia donde yo me encontraba. En ese instante, Manuela salió del salón, apresurada, quizás pensando que ya me había alejado. Tenía los ojos bañados en lágrimas. Recuerdo haber volteado una última vez hacia el final del pasillo. La hermana Urrutia ahora estaba sola y se acercaba con pasos abiertos. Le di la espalda y quedé justo en frente de Manuela, muy cerca de su boca. Sentí su aliento y reconocí el olor cómplice de una larga noche de tragos. Era el efluvio de una nueva inercia. Una señal mutua que nos incitó a acercarnos con un qué más da que borraba todo temor. Entonces abracé a Manuela y ella me abrazó a mí. Nos abrazamos fuertemente, quiero decir. Emocionados. Emocionados.

(La imagen de portada es de Carlos Adampol, bajo una licencia CC-BY-SA)

Rodrigo Blanco Calderón (Caracas, 1981) es fanático del Real Madrid. Ha publicado los libros de cuentos Una larga fila de hombres y Los invencibles. "La pausa limeña" es parte de su nuevo libro, Las rayas, que ganó en México el Premio Letras del Bicentenario.

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