Cuento • Abril 2011
El problema

© Despertar. Bernardita Bravo
***
Te despertarás por la mañana después de haber dormido mal porque la noche anterior ha hecho frío, bueno, no frío sino fresco pero lo bastante para hacerte encender el radiador eléctrico que casi no sirve para nada, las facturas que te llegan por utilizarlo son altas, y se te ocurre que son tan altas que acabarás en la calle por no poder pagarlas, te gusta pensar que podría ser así, te sometes a pretender ser el escritor ruso que no eres y entonces enciendes el radiador a eso de las tres de la madrugada después de haber tomado cerveza barata con tus colegas del trabajo aunque no era eso lo que querías, bueno, lo querías y entendiste aquella noche (anoche) que este hombre ya estaba single de nuevo, entonces te vas a casa y te acuestas con frío, no frío, fresco, no sientes la soledad pero piensas que un cuerpo a tu lado te daría calor y el tuyo a él, cuando te masturbas piensas que te hace falta una boca, y piensas en tu ex, piensas my mouth on your mouth then yours then yours e intentas dormirte pero no duermes bien.
Te despertarás por la mañana cansada tras una noche de mal sueño y sorprendida por haber soñado cosas ligera… bueno, no ligeramente eróticas, lo cual te consuela de alguna manera, ya que los sueños eróticos nunca hacen daño, y es raro que los tengas, cada seis meses como mucho. En el sueño te follaba un alumno tuyo, uno que siempre se sienta en clase de tal manera que logra distraerte y piensas que si fueras hombre o, mejor, si fueras un hombre gay, las cosas serían distintas. Pero luego te cansas de dicho pensamiento y te consuelas y llegas tarde a tu clase de danza.
La profesora es una mujer de aspecto quieto e inteligente que te impresiona por haber bailado con Merce Cunningham, os dice que bailen y te mueves imitando los movimientos de Merce. Últimamente te cuesta respirar bien aunque respirar es una operación involuntaria, o voluntaria, ya no recuerdas qué es, pero es una operación que no debería costarte nada, pues es como nacer, y le pides a la profesora que abra la puerta, le dices que falta oxígeno en el espacio y te pregunta “¿Oxigeno?” Luego os hablará en inglés preguntando si le entendéis y asentirás moviendo la cabeza vigorosamente, diciendo sí, sí, aunque no tiene sentido que lo digas porque el idioma en el cual os habla es tu lengua materna y la pregunta “¿Se entiende?” es para las personas que no entienden.
Acabarás la clase satisfecha, empapada de sudor y con hambre, y te irás a casa para comer más de lo que realmente necesitas, lo cual notarás al colocarte desnuda frente al espejo antes de ducharte, ese exceso de carne en las caderas y en el culo. Observarás que esto debe de ser lo que llaman envejecimiento, ya que a tus veinte y siete años te han salido por primera vez un par de pelos grises, tu piel en ciertos momentos te da unas cuantas pistas de lo que te espera dentro de muchos años más, y ahora esto: el cuerpo no es tan elástico como solía serlo.
Te ibas a duchar pero ahora no te da tiempo, tienes otra clase de danza y hoy estás poniendo a prueba el hecho de que muchas veces piensas que bailar es lo que te hace más feliz pero que en otros momentos preferirías dormir o ver tele que no te gusta. Entonces te cambias las bragas y coges el metro y esperas mucho más de lo normal y llegas a la otra clase. Tiene lugar en una sala que no conocías, llamada Chekov, con un profesor que no conocías, que sonríe mucho y que a pesar de ser suizo te recuerda a un televangelista norteamericano. El espacio no tiene luz natural ni ventanas, es una caja negra cargada de unas diez personas con suelo de madera desnuda y sin cera, y al bailar ahí el profesor canta como un loco feliz y el suelo te envuelve con serrín, una palabra que no conocías así que lo llamas polvo y luego irás a buscarlo en el diccionario en el momento de escribir. El serrín te llega hasta los ojos y la nariz, casi no puedes respirar, y no aguantas la idea de pasar las ocho horas que dura el taller en este lugar, entonces te marchas y te sientes más libre pero más rara también. Pasas por una frutería barata en la que compras dos kilos de fresas y al recibir tu cambio lo pones en el monedero pero no tienes tiempo para guardar bien los diez euros en la cartera, y entonces, ya en el metro rumbo a casa tu billete de diez euros se te cae al suelo y una mujer de edad, medio española y con pinta de pija, bueno, no pija pero lo bastante pija por estar en Tetuán, lo recoge sin mirar atrás, y te das cuenta de lo que ha pasado sólo hasta que ella está por subir las escaleras de la salida, y ya con tu boleto junto al torniquete, a punto de cruzar, dices al chico a tu lado, no al chico sino a nadie, esos diez euros se me han caído a mí y te das cuenta que suenas un poco a loca y te sientes un poco molesta, bueno, no tan molesta sino aún más rara y entonces pasas por el torniquete y esperas el tren.
Subes al tren con tu fruta y te topas con la gente de pinta medio triste, esas lineas del metro que van hacia los barrios más pobres te deprimen por la cantidad de gente necesitada que las coge y por lo poco que les viene en cambio por sus gritos, y sube al tren un hombre que toca el violín y no es bueno pero no es tan malo como los que tocan en la estación del metro Legazpi, los indígenas que se ponen gafas de sol y tienen un cassette con la misma pésima canción de Dire Straits siempre y al verlos piensas que a Dante se le olvidaron unos cuantos círculos del Infierno, que serían las varias estaciones de metro por el mundo, al sentarte experimentas una sensación rara, no tienes ganas de morir ni leer ni respirar, se te ha muerto tu ipod y no hay nada con lo cual puedas construirte una burbuja de ignorancia, y sube un chico con una funda en la que se supone hay una guitarra aunque por la pinta bien podría ser una funda para guitarras con fresas adentro, sube y dice algo como que no va a tocar sino contar chistes, y la sensación se vuelve más intensa ya que la gente finge no verlo ni escucharlo bien, al menos tienes la suerte de que la gente aquí te vea como una guiri, puedes fingir no entender porque no deberías de entender, y por eso no se te cambia la cara de estoica desesperada. Tras los chistes pésimos que cuenta, os dice que un día un niño le dice a su madre que en la escuela le pegaron y mucho, pero ella le dice que no se preocupe porque ya vio el video en YouTube. Nadie ríe. Os llama un público redifícil y se baja del coche sin coleccionar un céntimo. Sube un hombre de nacionalidad desconocida con la cara quemada y las manos destrozadas que grita Ayúdenme signori per favore, ayúdenme, y de los cinco euros en tu monedero le das un euro y medio, y en el momento que se caen los céntimos su mano tocará la tuya, es como acariciar un puño, te da pena y miedo y a la vez te arrepientes por no darle más dinero, habías hecho un calculo y este hombre merecía sólo un euro y medio de tu vida y nada más, te sientes avara y él te dice grazie, no sabes por qué escoge la palabra italiana que bien italiano no parece ser, luego otra mujer le da una moneda y él baja en la misma estación que bajas tú y te parece extraño tenerle como compañero de la estación Sol después de haberle visto interpretar su papel de lástima, y te preguntas qué vida llevará y qué vida habrá tenido para acabar así y qué hace con el dinero que alcanza conseguir con sus gritos en el transporte público, si será que lo gasta en medicina o cerveza o kilos de fresas, y esperas el siguiente tren que por fin llega y bajas en tu parada y sales del Metro y ves cuatro ambulancias y dos coches de policía y piensas en el borracho que viste el otro día en la misma plaza, se cagó en los pantalones y siguió bebiendo, no hubo problema, y caminas por la calle que te lleva a tu casa cuando un compañero de trabajo te llama y piensas que habrás tenido cara de odiar al mundo cuando te vio y estás sin maquillaje y vestida con un suéter sucio y mal puesto pero la pinta que tienes no te da tanta vergüenza como hubieras pensado, lo que te da vergüenza es la cara de misericordia que él te habrá visto hacer, bien, es guapo y bien arreglado con un suéter medio náutico y unos jeans que te hacen pensar en cuán dotado estará, aunque bien lo sabes porque hace meses os emborrachasteis tanto que acabasteis en tu cama pero no follasteis porque él tenía novia aunque eso no parecía importarle demasiado, ahora ya no tiene y por eso anoche te sentiste tonta porque creías que él quería quedar contigo y le despediste como os despedís siempre, un beso en cada mejilla y Qué tengas un buen fin de y ya, aunque no estás tan segura de la cosas en este momento os encontráis aquí en la plaza Lavapiés. Habláis unos minutos y le cuentas historias de las clases de danza y le dices que no lo quieres aburrir y él dice que no se aburre y le propones que vayáis a tomar algo pero primero necesitas ducharte, dices Por qué no vamos al bar éste, que hace buen día pero él no lo conoce y necesita hacer las compras entonces le dices que pase por tu casa cuando acabe lo cual es un poco raro porque lo dices como si supiera ya dónde vives y bien lo sabe porque hace unos meses estuvo en tu casa y te quería follar pero estabais tan borrachos y fingís ahora que esto nunca pasó, él te pregunta el número de tu casa y le dices y se marcha. Es sólo al acercarte a tu puerta que te das cuenta que el número que le diste estaba mal, subes a tu estudio y buscas señales en la casa y en tus documentos de haber creído siempre que vivías en el número 84 y no 68, pero todo te dice 68, y te preguntas cuánto sentido tiene la casualidad si ayer lamentabas no tener una oportunidad de tomar algo con este tipo y ahora le das una dirección que no es tuya. No tienes otra manera de pillarle ya que no tienes su número de teléfono, entonces después de ducharte y arreglarte bajas a la calle a buscarlo, vas hasta la calle Amparo 84, y no es una tienda de móviles ni una frutería sino un edificio igual al tuyo, con un piso primero igual al tuyo. Vas otra vez a la esquina de tu calle pero ahora llueve y con tu maquillaje y tus pantalones estrechos y tu cigarro y tu paraguas te sientes incomoda, la pinta que tienes por esperarle ahí te da vergüenza, no será tan distinta a la de las mujeres en la calle Montera, y lo que buscas no será tan distinto tampoco, sólo menos exitoso aún. Entonces te vas a casa y chequeas tu correo electrónico, no hay ninguna novedad, entonces bajas otra vez a buscar este hombre. No está, entonces subes otra vez y ves tele por internet que no te gusta y escuchas el ruido de la lluvia que te gusta y te pones a leer. Lees un cuento de un escritor argentino en el que se utiliza, como diría P., lo que se llama vulgarmente la segunda persona, y piensas que ha sido un buen rato que no escribías, como dirías tú, no has hecho un cazzo, entonces te pones a escribir. Escribes sin saber qué fin tiene todo esto, si es que las cosas tienen un fin o será que cuando pensamos que las cosas se acaban es justo -no algo que diría el cliché-, un comienzo, o simplemente una continuación o transformación que no vemos pero aun así existe, como las estaciones de metro o una nube de cenizas. No te parece imposible esto ya que cuando pensamos que las cosas siguen como son se acaban rápidamente, los ríos suelen terminar en cataratas y los pollos siempre pierden las cabezas pero quizá cuando acabe todo esto las personas tendrán otras vidas menos necesitadas y más felices en otros edificios parecidos a los suyos pero de un número distinto, where they fuck without being fucked and love without being lost.


Mayo 13, 2011 a las 8:04 pm
La liga del blog no lleva a ninguna parte.
Mayo 13, 2011 a las 8:22 pm
Corregido. Gracias.