Ensayo • Marzo 2011

Patricia Highsmith era una nube negra

Por Pablo Chul

1)

A veces nos ponemos mesiánicos, hablamos en primera persona del plural e increpamos a los autores de los libros que leemos. Tú corta este final, tú mata a la chica y tú no subrayes los indicios.

Eso hacemos. Ahora, por ejemplo, estamos hablando con Joan Schenkar, que ha pasado ocho años leyendo todo lo que Patricia Highsmith escribió y no publicó: ocho mil folios de diarios y cuadernos, y unas doscientas cincuenta obras rechazadas o dejadas a medias.

Joan, le decimos, ¿qué tal lo has pasado?

Pues mal.

Y se nota. La biografía que ha escrito Schenkar (Saint Martin’s Press y Picador la publican en inglés, Circe en castellano) tiene algo de tesis doctoral atragantada, de obra escrita como venganza contra uno mismo y contra el tema, de trabajo hecho de un tirón y en caliente. Casi se oye a Schenkar pensar: no puedo más, o me mata ella o la mato yo.

Highsmith era, si creemos a Schenkar, bruja por los cuatro puntos cardinales. Los camareros la evitaban y los vecinos no querían encender la luz por si se les plantaba en casa a beber sin límite y despotricar contra los judíos o el fisco. Sus amigos recuerdan que la hospitalidad “a la Highsmith” consistía en pasar hambre, frío y visitar un sótano, y sus agentes cuentan sin sonrisas que les escamoteaba comisiones. Si alguien se acercó a Schenkar con una historia amable, ésta la sepultó en una línea entre cientos de miles de líneas: que nadie diga que no está, pero que nadie la recuerde.

Joan, le decimos, tu trabajo es titánico. Se parece a la montaña que había delante de la casa de Highsmith en Tegna, Suiza, una mole magnética que tapa el sol y da miedo. Pero tenemos una sugerencia, sólo una pequeña sugerencia: cuando tengas un rato, toma las cien páginas del quinto capítulo de tu libro y conviértelas en un ensayo acerca de los escritores que, como putas y en silencio, trabajaban para la industria del cómic. Ahí está la joya, acepta nuestro consejo.

Y es que Highsmith escribió cientos de guiones para cómics entre 1942 y 1949, y después, ya en Europa, destruyó las pruebas una a una, papel a papel, tal vez en la hoguera, tal vez bajo la mirada de su gato Spider. De vieja, si se daba la ocasión, dejaba caer que durante unos meses –cositas de juventud- había escrito algo para comics como Superman o Batman.

Mentira. Black Terror, Fighting Yank, Jap Buster Johnson o The Destroyer, todos ellos de la peor calaña, hablaban con la voz de Highsmith.

Once again, the intrepid destroyer is called upon to find and destroy a new and terrible weapon hurled against the great allied supply base when…THE JAP SERPENT STRIKES!

Imaginémosla joven, sentada en una mesa en una oficina entre hombres, escribiendo al peso, y después avancemos cuarenta años. Highsmith está sola en una casa helada y teme que en cualquier momento suene el timbre y vuelva, cual Némesis, el pasado. Ding, dong, Patricia, ding, dong, ¿lo has destruido todo? ¿Todo?

Sí, o casi.

…Pero la valerosa Schenkar lucha contra la fatiga y rebusca entre pilas de papeles que llegan hasta el techo…¡No hay tiempo, Schenkar!…¡Corre, Schenkar!…Y entonces abre un libro que la maléfica Highsmith prestó a un amigo y encuentra…¡LA PRUEBA DEFINITIVA!

Un papelito. El esquema de una historieta para el superhéroe Golden Arrow y un fragmento de Ghost, un filler con el que se llenaban las páginas sueltas de lo comics. Schenkar siguió investigando y descubrió que el destino había trabajado mano a mano con Highsmith en la destrucción de la huella infame del colaboracionismo con el cómic y que, efectivamente, casi no quedaba nada. Toda la documentación de Richard E. Hughes, editor de la casa de comics que contrató a Highsmith, se había perdido, y el único ejemplar en el que tal vez aparezca una historia firmada por Highsmith está en un almacén en Carolina del Norte, en algún lugar entre otros veinte mil comics abandonados.

Patricia pudo respirar más o menos tranquila hasta su muerte.

2)

Y es que escribir guiones para comics era el insulto, el oprobio, la ignominia para una autora que pensaba en sí misma de la mano de los más grandes. Hasta su muerte citó a Proust y a Dostoievski como si fueran talismanes, pero, según parece, ni los leyó a fondo ni con frecuencia: la biblioteca de su última casa contenía los clásicos que compró en los años cuarenta, cuando estudiaba en Barnard College… y poco más.

“No parece que se añadieran muchos libros tras sus días de estudiante, y casi todos los volúmenes posteriores son obras de amigos y colegas (enviadas por las editoriales), ejemplares de libros que le pidieron que reseñara (también enviados por las editoriales) u obras de la propia Pat en distintas lenguas y ediciones”.

Pero Highsmith, que lo anotaba todo, borró las huellas de su trabajo de escritora de comic como quien se frota las manos en el escenario (Out, damned spot! Out, I say!), y se entregó durante varias décadas a explorar la culpa o su ausencia como motor del comportamiento criminal. Y podemos imaginarla con su Biblia debajo de la almohada, pensando que los pecados de la humanidad eran pequeños en comparación con haber escrito las aventuras del Jap Buster Johnson, el matajaponeses más terrible que quepa imaginar. Hagámoslo: tal vez sucediera.

3)

Y pensemos en un mundo que ya ha muerto, en el que la “alta cultura” estadounidense –universitaria, elitista, sesuda, experimental y jerárquica- se blindaba contra el gusto popular. En lo alto de la montaña estaban, por ejemplo, William Carlos Williams o Marianne Moore; en el centro el cine, que a todos gustaba; y en la base, el entertainment vergonzoso con el que mataban el tiempo las masas brutas: comics, novelas pulp y, under the counter, un poco de porno. Si los de la cima miraban hacia abajo, era con cierto paternalismo, como a un sujeto exótico. Marianne Moore fue a ver una obra de teatro de Lillian Hellman y volvió fascinada por el habla popular, como si hubiera visitado un planeta nuevo:

“The accuracy of the vernacular! That’s the kind of thing I am interested in, am always taking down little local expressions and accents”.

Si bien los escritores que trabajaban para el cine podían salvar el pellejo hasta cierto punto, el comic, el pulp y el porno dejaban cicatriz en el currículum. Highsmith, como todos, firmó sus comics con pseudónimo y siguió escribiendo borradores que, según parece, eran malos, muy malos o peores, hasta que publicó su primer relato en 1943, en la revista “Home and Food” (repetimos: “Home and Food”). Y es que al libro de Schenkar le falta el anexo que cualquier escritor en ciernes querría leer cuando el ánimo le falle: el de la historia del rechazo editorial de la obra de Highsmith.

4)

Schenkar, has conseguido algo con tu libro: ahora vemos el mapamundi lleno de flechas. Una se llama “miedo” y lleva a Highsmith de Fort Worth, Texas, a Nueva York, y de allí a Europa. Otra va de Inglaterra a Francia, y de allí a Alemania y Suiza, gira sobre sí misma y termina convirtiéndose en una espiral que no puede salir de Europa; también se llama “miedo”. Y además hay decenas de flechas más pequeñas que van de Francia a Estados Unidos: son los “intercambios culturales” de los años sesenta.

5)

Y otra cosa, Schenkar: de pronto vemos a Highsmith como una autora indigna de su fama, y a ti como la cronista vencida por el cansancio. ¿Te gusta leer? ¿De verdad?

6)

A veces miramos las fotos de Highsmith vieja y detectamos sorna y duda. ¿Es posible –parece preguntarse- que yo haya sido capaz de subir la montaña desde el cómic hasta la escritura de suspense y de allí, de un salto, hasta la alta cultura? ¿Cómo se explica que la editorial Diogenes Verlag (suiza, no less), esté vendiendo mi obra a las editoriales más pijas de Europa? ¿Terminaré recibiendo la Orden de las Artes y las Letras de Francia? ¿Es esto el mundo al revés?

Lo era. En los años sesenta la crítica francesa miró el panorama desde muy arriba y eligió como objeto de sus escritos las manifestaciones culturales más populares. De pronto resultó fresco y transgresor (o esnob y paternalista, según se mire) perorar sobre el cine de suspense o el mal gusto, y la tendencia se hizo tan mainstream que se enteró hasta la divulgadora Susan Sontag: “Contra la interpretación”, de 1964, se lee como el resumen para dummies de los que hacía la revista Cahiers du Cinéma.

Escuchemos a Truffaut:

En 1962, presentando “Jules et Jim” en Nueva York, todos los periodistas me preguntaban lo mismo: ¿Por qué los críticos de “Cahiers du Cinéma” toman en serio a Hitchcock? Es rico, tiene éxito, pero sus películas carecen de sustancia.

Pensemos en André Bazin y sus secuaces como unos críticos que elaboraron una plantilla teórica antes de encontrar el objeto en el que superponerla, y pensemos en su fascinación por los subgéneros narrativos populares como el resultado de esa búsqueda.

Y pensemos también en Highsmith, que en 1966 publica su manual para escribir novelas de crimen y misterio: se llama “Plotting and Writing Suspense Fiction” y resulta al mismo tiempo una afirmación (“la narración de suspense proporciona una distracción llena de vitalidad y normalmente superficial”) y una refutación (“la etiqueta de suspense que tanto gusta a los libreros y críticos norteamericanos no es más que un obstáculo para la imaginación de los escritores jóvenes…Todos mis libros han sido reeditados en la distinguida colección “Livres de Poche” de la editorial Hachette, colección en la que se incluyen clásicos de la literatura mundial).

Y en este equilibrio dudoso entre la autoafirmación y la incredulidad pasa Highsmith sus últimos treinta años. Estira la serie de Ripley hasta la asfixia y vuelve a los dos o tres temas en los que sustenta su gloria como si de verdad los hubiera inventado. Para ella, como para cualquier escritor de suspense, la literatura es trama, y el lenguaje, casi un mal necesario.

7)

Schenkar, te has vengado. Sacas a Highsmith fea y pequeña, a la sombra de Ripley, que no es más que un personaje de cómic plano y brillante. Highsmith no sonríe. Está fuera de los ambientes y los círculos donde se cocina la cultura del siglo XX, escribiendo novelas que sólo valen lo que vale la historia que narran: mucho en ocasiones, nada en otras. Mira con pánico, como queriendo cerrar los oídos a las voces del pasado, pero escucha a su madre, a sus compañeras de colegio y a sus conocidos estadounidenses de los años cuarenta:

“Aquí jamás podría haber triunfado –dice el fotógrafo Karl Bissinger, que sabía cómo funcionaban las cosas en Nueva York-. Como en Europa era exótica, le dio buen resultado”.

Pablo Chul nació en Valladolid, España, hace treinta y cinco años. Historiador del Arte y la Cinematografía por formación, habla cinco idiomas y ha cursado estudios en Corfú, donde enseñó español y se especializó en cultura clásica y arte bizantino. Vive y escribe en Madrid, donde colabora como asesor free-lance en empresas de tendencias de ocio y turismo. LLeva el blog Como una metáfora

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