Crítica • Marzo 2011

Lenta Turbulencia

Por Rogelio Pineda Rojas

Relación con los autores: No conozco a Luis Miguel Estrada ni a Alfredo Carrera. Conocí a Atahualpa Espinosa Magaña en una tertulia con el editor de esta cerda publicación. A Édgar Omar Avilés lo ubico como escritor invitado en un taller literario al que yo asistía en tiempos de juventud.

Relación con la editorial: Este es el primer libro que leo de su catálogo. Conozco a Antonio Ramos, editor de Jus, por un amigo en común y porque fue colaborador cerdo.

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La soledad es la marca registrada de nuestros tiempos. Rutinas inacabables dentro de un cubículo de iluminación mortuoria, al ritmo mecánico del clac-clac en el teclado de la computadora, y la falta de tiempo y energía para actividades más reconfortantes —como hacer ejercicio o el amor— son hábitos del ciudadano estándar que despierta día con día en medio de su aislamiento. Estado psíquico que en El túnel (1948) Ernesto Sábato define como soledad metafísica: los tentáculos dominantes de la tristeza asfixian más allá del cuerpo sólido; se refundan diariamente en la aspiración abstracta e insatisfecha de felicidad.

Llama la atención que los cuatro autores incluidos en Lenta Turbulencia (Jus 2010), originarios de Michoacán, narren muy a su manera la soledad metafísica que persiste en una sociedad rica en tecnología pero desafecta para con el individuo. Giro que perfila hacia el William Gibson de Burning Chrome (1982) o al Huxley más recalcitrante. Así, síntesis de una sociedad que ahoga, que empuja a la evasión, la vida de los personajes que pueblan las páginas de Lenta Turbulencia se cifra en la lucha interminable por conquistar cimas profesionales, en sobrevivir al aburrimiento o en jalar aire entre la espera infinita de la mujer amante que nunca llegará, fiel símbolo de esperanza.

Deambulamos entonces por la sala de espera donde un desempleado aguarda la entrevista de trabajo que le conceda un sitio en la empresa de seguridad digital líder del ramo, mientras un tipo, que podría ser él mismo, habla metafóricamente de la tortura a la que se someten los engranes de una maquinaria incapaz de sumar decimales, y para la que todo es un número entero. (Luis Miguel Estrada “Tiempos duros”). Atendemos a un Voyeur que recibe por suscripción filmes íntimos de parejas de enamorados, paliativo para su trastorno psiquiátrico, hasta que, por equivocación, un día recibe un tigre pigmeo que adopta como compañía, lo que traerá represalias. (Atahualpa Espinosa, “Intimatronics, Inc.”). O presenciamos, al lado de un anciano y el fantasma de su esposa muerta años atrás, el resplandor del arcoíris en el cielo nocturno, que nos reitera la muerte de Dios y su encarnación en el mundo de los sueños. (Égdar Omar Avilés, “Arcoiris en la noche”). Por último, acompañamos a Ernesto en la espera de Liliana, al interior de un centro comercial convertido en las entrañas de una ballena, el espejismo al que a veces responde el amor (Alfredo Carrera, “Ballenas”).

Sin embargo, la convergencia temática y buena cara que luce hasta aquí Lenta Turbulencia deforma en un monstruo intervenido por apéndices: la mitad del libro son minificciones y pinceladas literarias o, más bien, bocetos de cuentos de relleno. El libro desarrolla, por lo tanto, patas con variopinta longitud y calidad.

Entramos así al ejercicio de estilo que olvida que parte de la técnica de un cuento se halla en aprender a detectar dónde está el cuento, como dice Juan Bosch, y no en engarzar historias triviales mediante acrobacias del español. El caso de “Batintín el cantarrecio, Miguelito el molinero” de Luis Miguel Estrada. Pasamos enseguida por la anécdota callejera, de esterilidad narrativa achacable a la sobrecarga de infinitivos, que harían pegar un grito al buen John Gardner y su Art of Fiction (1983). Por ejemplo, el comienzo de “Quince Segundos” de Carrera:

Detener la vida, detenerlo todo. Decir ‘aquí bajan’, gritar al oído, hacerse el sordo, pedir que se detenga el mundo. Un grito. Un choque.

p. 57.

Eso sí, en el ínterin, encontramos avecillas de lirismo despedazadas sobre la página, debido a la irrupción de “putos”, “pendejos”, “chingaderas”, innecesarios.

Por último, arribamos al misterio de El final clon, que no es otra cosa que el mismo remate para cada uno de los cuentos de Avilés: cajitas chinas que se van abriendo una tras otra y, al final, el hombre que brota de la última, ve, desconcertado, el inicio de la cadena de sorpresas de donde proviene. Hemingway decía que una vez que se encuentra el truco para contar cuentos, el resto es fácil. Claro, todo exceso lleva al camino de la perdición. Veamos el final de estas dos minificciones (las negritas son mías):

IV

Cuando el primer astronauta asomó la cabeza fuera del Universo, vio asombrado el asombro de los demás astronautas que asomaban la cabeza en los miles de Universos paralelos.

“Universo”, p.116.

En ese instante el verdugo vio que en la plaza todo el pueblo yacía decapitado, mientras su cabeza rodaba junto con las demás.

“El brujo decapitado”, p. 129.

Ante estos altibajos, incluso entre los cuentos de un mismo autor, pregunto: ¿por qué no incluir sólo lo mejor de cada quien? Me respondo: porque el libro se vería reducido a la tercera parte de su tamaño, por ende, no habría libro. Tampoco comprendo por qué se incluyeron seis cuentos de Carrera y Avilés y sólo dos de Estrada y Espinosa. ¿El tamaño sí importa? ¿El crupier que reparte los naipes lleva mano?

En el caso de Avilés, dos cuentos hubieran sido suficientes. El ya mencionado “Arcoiris en la noche” (por cierto, según la RAE, la primera palabra lleva tilde en la primera i). E “Historia de Gallina”, el mejor cuento del libro, con plausible imaginación, en el que una gallina miniatura crea un mundo de horror, mezcla Inland Empire (Lynch 2006) y Critters (Herek 1986), y al que sólo le quitaría las dos primeras líneas.

Para terminar, destaco la preocupación de Espinosa por contar historias inquietantes. En este caso, ambas se vinculan con la enajenación de la vida moderna. Por ejemplo, en “El huésped”, un joven solitario, sumido en el desamor y la incapacidad de mantener un empleo, se desdobla esquizofrénicamente para crear una versión fantasma de sí mismo:

El primer paso de un descenso gradual hacia las profundidades del sueño.

P.75.

Que relacioné con “El Horla” de Maupassant. Quizá los cuentos de Espinosa son los más uniformes en corte y confección. Muy a pesar de una “diagonal recta” que se traza por ahí, o traspiés como: “Cuando no bebe de ese líquido no es el mismo”.

Lenta Turbulencia. Luis Miguel Estrada, Alfredo Carrera, Atahualpa Espinosa Magaña y Édgar Omar Avilés. Jus / Secretaría de Cultura de Michoacán, México 2010, 136 p.

Rogelio Pineda Rojas es nadador de medio tiempo y editor. Escribe su primera novela entre el horario de oficina, el mal café proveído por su patrón y el berrinche de los verbos en infinitivo. Edita la bitácora: http://textonauta.blogspot.com

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