Crítica • Marzo 2011

Dog Soldiers, de Robert Stone

Por Rubén Martín G.

Un solo aspecto de Dog Soldiers

Dios en el Torbellino y el hipogrito huracanado de Job 37 (37 es un apellido poco común, ¿verdad?). De una manera menos impresionista y mucho más épica se expone en Dog Soldiers el tema del castigo que excede al delito. El inocente castigado. Dos de los grandes centros de poder —hablando casi en arcade— de este motivo serán el miedo y la ira.
La ira tiene que ver con el savoir faire sin miramientos de una entidad apisonadora que, a lo largo de la novela, se va dejando llamar Dios o Destino o Carácter alternativamente. Y este nombre, además, depende de quién evalúe el carácter, el destino o la divinidad de esa ira, claro. La perspectiva de la brutalidad del castigo desmesurado se nos proporciona a partir de tres personajes, aunque podemos decir de igual manera a través de tres formas de miedo.

1. CONVERSE (recibe la heroína en Saigón y convence a Hicks para llevársela a Marge [su esposa] en San Francisco):
Igual que sucedía en las primeras secciones de El país del miedo, de Isaac Rosa , todo el carácter de Converse tiene su origen en la conciencia de que el «mundo de los objetos», la realidad corriente, es un instrumento terriblemente peligroso para los cuerpos físicos. El instrumento no discrimina, y eso hace que parezca ridículo servirse de nociones como injusticia o falta de lógica para referirse a él. «[ El miedo ] en el sentido moral, constituía la base de su vida» [p.74]. Desde el torbellino se nos dirige una mirada entre psicópata y Asperger; Dios y sus ojos de dos desagradables colores-bowie.

«La visión a tan gran escala era un error. Debía mantenerse el punto de referencia humano».

Cuando John Converse entra en el asunto de la droga, el riesgo que decide correr no está motivado por la avaricia, es un acto de comunicación con el que espera ser visto como algo más que un simple hombre cobarde. Aunque lo representativo de su persona será la convicción de que es mejor ser un perro vivo que un león muerto.

2. MARGE (espera la droga, contempla cómo caen en una encerrona, huye con Ray Hicks):
Lo que la mayoría de nosotros desearíamos es que la inocencia funcionase como una garantía de protección –una esperanza absurda, como Converse ha descubierto en su iluminación durante la masacre del Campo Rojo–, que obrar con prudencia fuese igual a quedar al abrigo de las agresiones premeditadas y aleatorias del devenir.

«Soy toda procesos primarios. Vivo una vida examinada, nunca desconecto. No dejo que una sola cosa agradable me pase de largo».

La defino por oposición a su marido: ella no adopta comportamientos humanos únicamente porque sabe que son humanos, que proceden en ese momento. En Marge hay consciencia de obrar mal y, por tanto, contrición (un sentimiento que no sería ni de lejos imaginable en ninguno de los dos hombres). A lo largo de la novela, la mujer va acabando de descubrir que carácter no es destino y que, de serlo, tampoco eso la salvaría.

«El precio, fuera el que fuese, ya llegaría en su momento».

Marge pagaría gustosamente con la vida de todos para que el sufrimiento acabase.

«[ Mirando una mochila ] pensó que aquello era como un niño, pero con menos problemas. Fue una idea estúpida y no le gustó nada».

3. HICKS (transporta el alijo fuera de Vietnam, corre delante de la CIA corrupta llevándose a Marge):
Si para Converse la salvación pasa por aparentar ser uno de los salvados y está convencido de que, para atraer la mala suerte, no hay nada como parecer desgraciado o «resultar cómico», Hicks, en cambio, no ve ninguna dignidad en identificarse con el destino. La sola perspectiva de hacer un uso artificial de la prudencia le enfurece. La prudencia es una superstición más.
Pero en cuanto entramos en el espacio vital de este hombre, notamos cómo el campo semántico que prima es el de la disciplina, el rigor, el autocontrol. Ray Hicks es esa medida de sí mismo que no se gusta cuando se contempla rebasándose. La insensatez puede llegar a desencadenar el miedo, que es la bajeza que percibe en Converse o Marge (para él, la adrenalina es un desinfectante).

«Sintió mucha vergüenza. Locura descontrolada».

Bajo el miedo uno hace lo que sea. Sin autodominio, uno hace lo que sea. Con disciplina, uno puede hacer lo que sea. Ver el «zen frío», en p.163. Un hombre «como es debido» es un samurái («está atrapado en la fantasía de un samurái», dicen de él). El zen es para viejos. Su idea de realización es fulminante: «Es estupendo ver a un perdedor de verdad perder de verdad».

Hay, sin embargo, una constante que cuadra bien a los tres personajes, tanto si viene de ellos como si se dirige a ellos: el aviso «sería justo que ahora te traicionase, ¿lo sabes, no?». La justicia —lo evidentemente justo y natural— de la traición; porque la humanidad no está por encima de la Humanidad. Lo natural del sacrificio es la transitividad: el hombre no sabe entregar a la perdición otra cosa que aquello que no le pertenece: sea una vida o un objeto.

Hacia la mitad de la novela, se nos invita a imaginar una realidad en la que no existiese la noción de miedo. ¿Es posible aplicar la indiferencia al miedo? Diríamos que en Dog Soldiers encontramos a personajes para quienes el valor de la vida es cero después de haber presenciado según qué cosas. ¿Qué baremo utiliza alguien que vuelve de la catástrofe más grande? ¿Es seguro convivir con alguien así, para quien una vida humana ya no es quizás lo mismo que para el que no ha sido sometido a lo horrible? ¿Se puede confiar en quien ya no tiene la capacidad de sentir miedo?

La modulación de voz que más podría identificarse con Stone señala en diversos momentos del libro su total escepticismo ante la búsqueda de una moraleja. Intentar una interpretación de los desenlaces de cada vida es un absurdo. Si tenemos que dejar aquí una frase conclusiva para indicar el punto exacto donde este artículo debería dejar de leerse, me gustará decir que en Dog Soldiers se aprende que cierta clase de purezas se corrompen hasta la repulsión:
«Esta mierda es tan pura que puedes cortarla hasta el infinito».

Dog Soldiers, 1975, Robert Stone, traducción de Mariano Antolín e Inga Pellisa, Libros del silencio, 2010, Barcelona, 429 pp.

Rubén Martín G. nació en 1979. Es autor de Thomas Pynchon. Un autor sin orificios (Alpha Decay, 2011). Se le puede seguir en su Cuaderno Célinegrado

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