Crítica • Marzo 2011

Destellos en el agua, de Gabriel Villota Toyos

Por J. S. de Montfort

Relación con el autor: ninguna.

Relación con la editorial: es el primer libro que leo de la editorial Melusina. No acaban de serme afines la mayoría de los temas de los que venían tratando sus publicaciones. No obstante, reconozco que me ha encantado el formato y el tacto de la portada.

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A pesar de que la colección llamada [sic] de la editorial barcelonesa Melusina se centre en el microensayo, la obra de Gabriel Villota Toyos (Bilbao, 1964), “Destellos en el agua”, sin renunciar a ser una suerte de monografía bastarda al compartir el enunciado programático, se configura en otro plano más autobiográfico e incluso de apunte narrativo, pues rastrea las vidas de cuatro personajes (2 músicos, un escritor, y un amigo del propio autor). Ellos son Nick Drake, Jeff Buckley,  Mino Bergamo y Marco K.

Los dos primeros son músicos bastante reputados cuyas obras, a pesar de no gozar de demasiado éxito en vida (sobre todo la de Nick Drake), han resultado de una estimable influencia posterior. Mino Bergamo es autor del libro Anatomía del alma, que se propone descifrar los mundos de los espacios interiores tal y como los contemplaron los místicos franceses del siglo XVII en sus lecciones de vida. Marco K. es un amigo íntimo del autor que decidió “quitarse de en medio poco antes de cumplir los cuarenta” [pág 42], un músico que era “una auténtica fuerza de la naturaleza: puro talento, incontrolable, desbordado” [pág 37]. Tangencialmente aparece también Tate, otro amigo del autor y miembro del grupo de música que éste tenía en su adolescencia. Tate moriría de “sobredosis, sin siquiera cumplir los veinte años” [pág 39]. Esporádicamente, asimismo, se cuelan referencias a un tal Siso (otro amigo del autor y de Marco K).

La tesis del libro es que todos los retratados tienen la “necesidad de poner distancia con el mundo” [pág 126]. Lo que en la praxis se traduce en que se suicidan; meta que evidencia, como dice el biógrafo de Nick Drake, Patrick Humphries, cómo  “para algunos la verdadera belleza reside en el vacío” [pág 125]. El subtítulo del libro, a este respecto, reza acertadamente: “Un paseo en compañía de fantasmas que buscaron la gracia”.

En suma: los mitos de la vanidad y la decadencia. La juventud, el arte. Y la muerte. Así, en un plano de superficie, el libro traza una suerte de cartografía emocional de los cinco protagonistas. En un plano más profundo esboza los puntos cardinales que llevaron sus vidas al desastre y, en última instancia, se da al goce de la especulación y la mixtificación. Todo ello punteado, como si se tratase de la afición (obsesión particular la llama Villota) del propio autor por “hacer punteos [de guitarra] erráticos sobre mis discos favoritos” [pág 36]. Ese resalte de punteos (o solo de guitarra “a ráfagas”) se cifra en los apuntes autobiográficos de Villota, que confieren veracidad y ternura al conjunto.

Porque la narración está estructurada en forma de 30 capítulos breves (183 páginas en total tiene el libro) en los que se practica algo que compartiría estilo con el fenómeno blog. No le es mimético, quede claro, aunque sí trabaja cierta aproximación a ese tipo de escritura que se concentra cada vez en un solo punto único (un tema) y al que se le adhiere la marca de lo personal y el fluir de esa escritura protoensayística que más que afirmar, sondea. A ello hay que sumarle la existencia de una serie de hipervínculos (sobre todo musicales y literarios) a través de los que la obra va encontrando el rebote de los diferentes ecos y refracciones.

Entre tanta indagación la verdad es que se da Villota la complacencia de escrutar ciertas “homologaciones” metafóricas que son para darle verdaderamente un bofetón al autor en toda la mejilla (y con la mano abierta). Citemos solo dos. Una: “el río simboliza el transcurso de la vida” [pág 106]. Y una segunda al estilo filosofía de baratillo: “El mar tenía para él [Tim Buckley] un efecto sanador: tan sólo con mirarlo y con escuchar el sonido de sus olas batiendo las rocas se sentía mejor” [pág 100]. En fin, hay unas cuantas más, pero con dos basta.

Hay partes de puro delirantes, también, e incluso cuestionables (el tema de los arquetipos, por ejemplo o la asunción de que las letras de Johnny Cash o del propio Jeff Buckley proceden de experiencias reales y que resultan premonitorias), aunque, en general, gracias a la estructura al estilo fragmentario (más cerca del de la novela inglesa del XIX, que no del de los mutantes),  el flujo de lo bueno y lo malo se decanta sustancialmente hacia lo primero; así, la narración, como si a cada poco surgiese de debajo de las aguas para coger aire, consigue respirar y la falta de oxígeno no produce nunca la asfixia definitiva. En este sentido, tema y contenido encontrarían perfecto acomodo “en esta especie de novela trágica que [al autor] se [le] está formando entre los dedos” [pág 81].

En el transcurso de esas inmersiones, el lector tiene tiempo para escuchar las voces submarinas de Pascal Quignard, Ovidio, Swinburne, Edgar Allan Poe, Gaston Bachelard, Michel Foucalt o Juan Eduardo Cirlot, entre otros, e incluso de inmiscuirse en los diarios íntimos del propio Jeff Buckley. En el fondo, el relato es una historia de padres e hijos; los reales (Tim y Jeff Buckley) y los espirituales (Drake, especialmente), y de profunda amistad y amor por la música.

Gabriel Villota Toyos ya había transitado los caminos de la mitificación en piezas como No haber olvidado nada (1996-97), procediendo allí con el desmontaje de la mitificación de la transición española. Pero también los de las crónicas autobiográficas por ejemplo en Devenir video (adiós a todo eso) o en sus escrituras sobre arte. Por lo que podríamos considerar Destellos en el agua, la novela/ensayo que nos ocupa, como una simbiosis (o muestrario) de sus diversos intereses, puestos por esta vez únicamente por escrito. Así, en su alboroto esteticista, podemos decir de este libro que es una visión personal (y un legado de gratitud) hacia dos de los más relevantes músicos parnasianos del siglo XX: Jeff Buckley y Nick Drake, con una coda tierna manchada de donosura (y necesariamente púdica) para quien fue íntimo amigo de Villota Toyos: Marco K.

Decía  el filósofo alemán Friedrich von Schlegel en su libro Sobre la filosofía (1799) que la filosofía puede “pretender elevar a los hombres a dioses”. Este es, más o menos, el meritorio intento malogrado (como desgraciados son los personajes que tratan de sustentar el proyecto) de  Gabriel Villota Toyos. Y es que ya nos alertaba Heráclito de que el fundamento de todo está en su cambio incesante. De ahí la forzosa imperfección de este libro que trató (en su estimable soberbia) de juzgar la precisión del movimiento de las aguas inestables de cuatro personalidades imposibles (perdón, cinco).

Destellos en el agua, Gabriel Villota Toyos. Ed. Melusina. Barcelona, España, 2010.

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Más sobre Gabriel Villota Toyos:

Marina P. de Cabo – Reseña de Destellos en el agua (La bolsa de Pipas – Noviembre/Diciembre 2010)

Gabriel Villota, Marcelo Expósito & Fito Rodriguez – No haber olvidado nada (1996-97)

Abel González – Reseña de Destellos en el agua (Rock de Lux – Noviembre de 2010)

Gabriel Villota Toyos entrevista a Bob Curwen. “Acuerdos y desacuerdos en torno al realismo de la ciencia ficción”. Stitch & Split.

J. S. de Montfort radica en Madrid, donde trabaja como editor y colabora para diversos medios españoles. Es actor ocasional y ha sido bibliotecario, locutor y jazzista. Forma parte del equipo editorial de HermanoCerdo.

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