Crítica • Febrero 2011

Las correspondencias, de Pedro G. Romero

Por J. S. de Montfort

Relación con el autor: ninguna.

Relación con la editorial: Me interesa mucho la producción literaria del director editorial de Periférica Julián Rodríguez. Hemos tenido una breve relación epistolar al respecto y en una ocasión nos saludamos en una fiesta literaria (y multitudinaria) en un pequeño club de la plaza Real (Bcn).

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Pedro G. Romero (Aracena, Huelva 1964) es escultor y artista conceptual, y lo destacamos aquí, en este mapeo de óperas primas que hemos iniciado en Hermano Cerdo, porque no sólo es el primer autor español (y además vivo) que publica la editorial cacereña Periférica, sino porque, a pesar de sus cuarenta y seis años y de haber publicado una buena ristra de libros, Las correspondencias (2010), strictu sensu, puede considerarse la primera nouvelle del autor.

Hay un precedente, no obstante, que conviene mencionar, se trata de las Cartas Ruecas, incluidas en el volumen colectivo El Trabajo, que da cuenta de lo que fue el proyecto Almadraba, que tuvo lugar en el Estrecho de Gibraltar en 1997. En ellas se trabajaba también la idea poundiana de que todas las cartas hablan a la vez de amor y de dinero, pero entonces, la novela no fue presentada en una colección de narrativa actual como sucede con Las correspondencias, y esa es la razón por la que la dejaremos de lado para este análisis.

Lo que aquí no es interesa, como dije antes,  es considerar Las correspondencias como una obra narrativa autónoma, y ello, aun cuando se integre en un proyecto más amplio llamado Archivo F.X. (sección f(x)-función de x-), e incluso cuando fuese presentado en otro proyecto puntual llamado La comunitat inconfesable, que Valentí  Roma comisionó bajo el auspicio del pabellón de Catalunya y que se presentó en la 53 Bienal de Venecia de 2009, junto a las obras de Daniel García Andújar y el colectivo Sitesize.

Cabe la pena destacar que la forma expositiva de este proyecto conjunto fue la del catálogo.

Es importante tener en cuenta estos detalles, no porque sostengan la obra, pero sí porque la retroalimentan. De un lado, la ciudad que alberga la Bienal donde se presentó la blanchotiana La comunitat inconfesable, Venecia, será la misma localización geográfica que encontraremos en la nouvelle Las correspondencias. De otro lado, el concepto archivístico del catálogo bajo el que se presentó entonces, nos será útil para entender su estructura y la forma narrativa sobre la que está diseñada: un intercambio epistolar preñado de hechos y relatos de la comunidad veneciana.

Ambos conceptos sirven, pues, para que la obra funcione al modo de una cartografía irreal (pero física, sentimental e ideológica), constituida por 21 cartas que 21 habitantes reales (sacados de listines telefónicos, según advierte Pedro G. Romero) de la ciudad y cuyas direcciones conocemos,  se mandan entre sí.

Las cartas son denominadas aquí “billetes”, en una deliberada nominación arcaica –a pesar de que su uso sea correcto. Para contribuir a la evanescencia poética que luche contra ese lenguaje poundiano del dinero, ninguna de las cartas viene datada.

Sabemos que nos hallamos en un contexto más o menos contemporáneo por algunas referencias que se nos van deslizando; referencias actuales: “no es un delincuente ni un musulmán” [pág 13], “habló […] después contra Berlusconi” [pág 14]), pero esa indefinición, contribuye, en cierto modo, a la que la realidad que la novela propone se parezca más a un Meccano que no a la ciudad real de Venecia.

A ello contribuye el lenguaje utilizado (que es el tercero de los puntos a tener en cuenta) y que explora esa idea de que el “lenguaje reducido a mera comunicación es simplemente dinero” [pág 63]. Porque contra eso es contra lo que lucha esta nouvelle.

Y lo hace, de paso, evidenciando el decadentismo del mercado cultural (la referencia literal  a Croce no es baladí), así hay un proceso de mediación que podría recordar a Fichte, y es que, al hablar del dinero en sí y no utilizarlo en su sentido habitual (de pago por una actividad mercantil), se trastoca el juego semántico del contenido de la carta, que en términos comerciales habla de la vida, y en los intersticios se le cuela la amistad, el amor y los problemas comunales.

Como consecuencia, lo que queda en la superficie del signo lingüístico es la obscenidad del mismo hablar sobre el dinero. He aquí la  crítica más radical de Las correspondencias.

Y es que esto produce un resultado muy interesante: algo así como una suerte de objeto artístico impregnado de literatura: gracias a la palabra la idea conceptual de la obra se torna instalación artística en la posibilidad de la imaginación.

Esto se basa–en parte- en lo que dice el propio Romero en el epílogo del libro: “distintas personas en relación con otras mediante el extrañamiento que supone recibir un mensaje sin idea del remitente o de su causa o relato” [pág 62].

Pero esto es verdad a medias, porque sí se dan dos casos de reciprocidad de cartas (las cartas 2/17 & 8/20) y es esta reciprocidad la que invalida la obra como instalación artística al uso y le concede su cualidad narrativa (gracias al efecto de la continuidad).

Así, en esta misma incoherencia de la paráfrasis de Romero, unido a la incongruencia de forma, estilo y tono de la obra, en otras palabras, el anacronismo de la práctica del envío del correo postal, configuran su análisis destructivo de un modo mucho más solapado.

Por esta razón, lo menos interesante del texto es justo lo más evidente: las peroratas sobre el colonialismo, los fascismos, la figura del intelectual, etc

Lo que hace con mucha destreza Las correspondencias es crear un espacio de silencio imaginario (mental) en la realidad de la bulliciosa, turística y decrépita Venecia. Esta es la parte, digamos conceptual, la más artística y que vincula al arte contemporáneo con la literatura.

Del otro lado, de la parte literaria, su cualidad de arte figurativo se observa en las relecturas: si en primera instancia (en una primera lectura) la extraña convicción, vehemencia y frialdad del texto (del tono, más bien, ese tono mercantil y, hasta cierto punto, especulativo) convence al lector de que se halla ante una obra de intenciones paródicas, incluso grotescas, según se lee varias veces y se la mira como un objeto ajeno a la lógica del discurso, el escepticismo de ver representada la “cosa” en confidente distancia con lo que el lector piensa (o puede) pensar de ella, la ciudad real de Venecia, introduce la cualidad poética –metáforica- de su homilía financiera.

Entonces, la trama, nos enseña su reverso, su anomalía y se convierte en el “entramado de sucesos de interés humano a través del cual alguien argumenta sobre un conflicto que tiene lugar en un espacio social”.

Es decir, en la representación de una posible novela de ideas.

La obra así, batalla en la praxis de ir haciéndose mientras se piensa (ella misma y, a la vez, con la ayuda del lector/espectador). Y viceversa.

Su gran fuerza -es mi opinión- reside en su incapacidad para la mímesis, lo único: el encuentro de las experiencias comunicativas del pasado –las cartas postales- con unos temas y motivos modernos, pero modernos de anteayer: el horror del capitalismo tardío.

En esa especie de despliegue de acordeón se nos llama la atención sobre una suerte de “interconectividad ausente” en la que vivimos en la actualidad; se está sin estar, y en el espacio social nuestra sombra pocha es la que acaba hablando en nuestro lugar.

En un momento se nos dice que: “No sirve de nada que estemos todo el día hablando entre nosotros. Ni teléfono, ni móvil, ni mail… Seguimos sin encontrarnos. Nunca sabemos dónde estamos nosotros ni dónde están los demás”.

El mail como clave para el despiste, lo digital como nuestro disfraz cotidiano para evitar lo verdaderamente auténtico. En suma, lo digital como un mascarada, una fiesta interminable. La carta como recurso seguro (y ente físico) ante la variabilidad de los números de teléfono y las direcciones de e-mail. La escritura manuscrita como prudencia y disimulo: “te escribo con cierto sigilo. Por eso tampoco te mando un mail”, dice uno de los protagonistas.

Las correspondencias es una nouvelle/objeto que da cuenta de los rasgos postautónomos de una posible sociedad contemporánea, y así nos habla de:

los inmigrantes (carta 5), los presos (carta 8), la política y los políticos y la prensa y los periodistas (carta 9), los ferrocarriles como símbolo del triunfo (industrial) de la máquina sobre el hombre (carta 10), los libros y el fascismo, el orden social y la familia en la cultura moderna [incluso una chanza a costa de la bienal de Venecia] (carta 11), la  globalización y el consumo  (carta 12), la historia de la venta de una pistola (carta 13), un papagayo (¿?) (carta 14), la homosexualidad y la hipocresía (carta 15), la melancolía de la lucha política (carta 16), el “intelectual cosmopolita” y la pugna de Iglesia y Estado y el colonialismo (carta 17), la crisis y el ejercicio de la violencia (carta 18), un pedido de libros (carta 19), el arte contemporáneo y la ciudad de Venecia como percepciones de la irrealidad más una anécdota rousseliana (carta 20), la semiología vs. el discurso de las ciencias naturales, el esteticismo contra el primitivismo o pasado contra presente (carta 21), y todavía le queda espacio para lo que podríamos considerar una “metafísica de la escritura de las cartas” (carta 10).

De paso, cómo no, se investiga también el carácter italiano. Y, todo eso, asómbrense, ¡en 63 páginas!

Una nouvelle, la de Pedro G. Romero, extraordinaria en su sofisticada sencillez: provocativa en su apelación a lo físico arcaico, racional en su demanda de silencio y sexi a resultas de ese vanguardismo impremeditado y que procede (irónicamente –o no tanto-) de su ausencia de seducción.

Fiel pues, al carácter iconoclasta de toda la obra del escultor de Aracena.

Pedro G. Romero. Las correspondencias. Ed. Periférica. Cáceres, España, 2010.

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Más sobre Pedro G. Romero:

Reseña de Coradino Vega

Reseña en Afterpost

Reseña de Elvira Navarro

J. S. de Montfort radica en Madrid, donde trabaja como editor y colabora para diversos medios españoles. Es actor ocasional y ha sido bibliotecario, locutor y jazzista. Forma parte del equipo editorial de HermanoCerdo.

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