Crítica • Enero 2011
Locura circular, de Martín Lombardo.

Relación con el autor: he visto su foto en Internet.
Relación con la editorial: En los últimos tiempos he reseñado (positivamente) varios libros de la editorial y del mismo editor. En una ocasión mantuve con Enrique Murillo (el editor), en el despacho de la editorial Libros del lince, una agradable conversación sobre literatura anglosajona (y un poquito de literatura francesa). En otra ocasión el editor sacó en un programa literario de rtve mi manuscrito “Los amores de Anna” y, aunque nadie sabía que se trataba mi manuscrito (porque no lo dijo), yo sí lo sabía, y eso me hizo inmensamente feliz. La tristeza vino después, cuando rechazó su publicación. Él no sabe que yo lo sé. Ahora lo sabrá.
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Una primera novela ha de juzgarse mediante el proceso de adivinación de las intenciones del autor y eso compararlo con lo que hay en el texto. Porque está lo que, de un lado, el autor quiere que “leamos” en la novela (y ya se ocupa bien de decírnoslo, por precipitación o falta de confianza) y, de otro, lo que efectivamente leemos, o sea, lo que hay, el puro texto.
Por decirlo así: esa emulsión de la palabra que sería la literatura.
La mención es procedente pues, a pesar de que Locura Circular sea una ópera prima –en términos de publicación-, Martín Lombardo tiene escritas dos novelas previas, por lo que la benevolencia que se le otorga al benjamín, no sé si sería aquí del todo justa.
Locura circular hace referencia a una patología bipolar: el paso de la euforia a la derrota en un instante. Y ese instante es el que se propondría retratar la novela.
A tal circularidad ayudaría la propia ciudad en la que suceden los hechos: Barcelona, en cuyos márgenes viven los personajes principales.
Bueno, esto teóricamente. Porque lo que hay en la novela no es exactamente esto. En primer lugar, la ciudad no es más que una sombra, destellos difícilmente identificables, algunos nombres, poco más.
Y esto no es un reproche, sino un acierto, pues contribuye a que los personajes se mantengan (por vocación y por carestía) en los márgenes. No se diría tanto que la ciudad rechaza a los personajes, cuanto que los personajes se sienten cómodos en la pueril tragedia de su aislamiento.
La historia nos la narra un personaje sin nombre, de procedencia latinoamericana, y músico de profesión (bueno, camarero, más bien). Y en los aledaños nos encontramos con una serie de personajes que transitan sobre una línea problemática que trae de un lado el estereotipo y del otro la caricatura: un escritor Bartleby que vive de la donación de semen (ejem), Neurus y Estrecho (amigos de…, bueno, integrantes de la banda de música del narrador), la Travesti Lacaniana (ejem), Lady G. (una supuesta femme fatale que más que asustar, aburre), Lucrecia (la exnovia del protagonista) y algún otro botarate sin más importancia.
La historia es sencilla: no hay ninguna historia.
Y esto por la razón de que el único pasado que guardan los personajes en sí es su charlatanería (una suerte de nihilismo naïf, un tanto pasado de moda; tomen un ejemplo: “el presente -al igual que el arte- ha muerto”). Y, así, es imposible que nada suceda, no hay en la novela capacidad proyectiva hacia el futuro. Sólo hay ese presente indefinido o ahistórico del que vive en la adolescencia (a pesar de que a los protagonistas se les adivina treintañeros). Lo que, de nuevo, no es un demérito, sino que contribuye a esa sensación de circularidad que la novela propone.
La apertura es lo mejor de la novela, cuando el narrador nos presta su voz para que vayamos comprendiendo su mundo. A esa voz, se une pronto la voz del músico argentino Charly García. Y también las voces de los otros personajes, que no son en realidad personajes, sino –como se nos hace pronto evidente- desdobles, meras máscaras del narrador, que es quien controla todo (en su imaginación). Esto, que es el gran hallazgo de la novela, irónicamente, se acaba convirtiendo en su peor losa, porque la voz de Charly García, así como la de los otros personajes, al comienzo van apuntalando lo dicho, creando una suerte de variación musical festiva e intrigante, pero llega un momento en el que la voz “habla como en las malas traducciones” y la insidia con la que aparecen los extractos de la voz de Charly García (sacados de sus canciones) resultan molestos, en extremo.
Y es que al principio de la narración existe una voluntad de querer contar algo (esa indefinición, si se quiere, en la que viven los personajes), un intento de recrear el hastío, la deriva, la espera interminable, y entonces Lombardo se encuentra de bruces con ese recurso de la voz punteada por las canciones de Charly García y decide echar hacia delante, a toda máquina.
El problema viene cuando se evidencia que la estructura no tiene más puntal que la voz de Charly García, y la voz de Charly García no resiste, se repite, se torna cansina, diletante y fatua.
Lombardo trata de superar el escollo llevándonos a una fiesta “interminable” (sic) en un piso del barrio de Gracia, una fiesta poblada por aquellos que se dicen a sí mismos -con gran pomposidad- “artistas”, pero que reflexionan del siguiente modo filosóficamente profundo “beber cerveza y aguantarse las ganas de mear son cosas incompatibles”. Es decir, charlatanes. Este tipo de reflexiones más bien anodinas se van repitiendo durante más de sesenta páginas en un zigzag, con tautologías, ideas dispersas, astracanadas y, en el ínterin, algún intento de ligoteo del protagonista, algunas cervezas, algún porro… en fin, todo muy muy blanco. La gente en la fiesta habla de lo que se suele hablar en estas fiestas: naturismo, sexo tántrico, Marilyn Monroe, pastillas para la depresión, etc
Un ejemplo de las cosas que se dicen: “el futuro atrasa, así que las profecías siempre son falsas”. Otro: “cada vez se envejece más rápido. Quizás por eso el miedo a la vejez crece día a día”. O sea, ingeniosidades sin más trasfondo que la apariencia. Y aún otros de dudoso gusto: “La patria […] es el insulto. Sea patriota: insulte”.
En fin…
Lombardo lo trata de reparar con el artificio de un monólogo interior (sin puntuación) en las páginas 91-92, las únicas dos páginas de la novela (¡gracias a dios!) en las que no se menciona a Charly García.
Tras la fiesta, y consciente del hundimiento por el que se le ha ido yendo la novela, Lombardo trata de cerrar la novela con una tercera parte (Disolución), cambiando el registro y forzando una estructura nueva para que la acumulación de páginas tengan la apariencia de una novela; así, Lombardo, se nos saca de la chistera un reencuentro melancólico entre el protagonista y Lucrecia, su exnovia, en la que esta se queja de que “ya nada es lo mismo: ni tú ni yo ni la ciudad ni mi propia ciudad”, pegote absoluto para una narración que ha sucedido en un instante único y eterno y que ha trabajado durante más de 130 páginas para construir tal sensación (la sensación de no-tiempo).
En mi opinión, lo mejor de esta novela es exactamente lo que la acaba hundiendo.
Es decir, esta novela contiene una novela breve o cuento largo buenísimo (50-70 páginas) que, por razones editoriales (o de puro ego), se ha llevado hasta las 137 páginas. Así, lo que funciona en esa distancia (la voz de Charly García que puntea la voz singular del personaje, unido a la singularidad del protagonista), no funciona en la distancia larga.
Porque es lo que ocurre aquí, que la novela acaba dejándose vencer por la voluntad del mundo contemporáneo, ese que “no cree más que en los chistes”. Entonces, el realismo excéntrico que pretende retratar Lombardo, sin historia, sin personajes, ese “instante” de humo, no se puede extender durante tanto tiempo, no sin caer en la tentación de la parodia, que es en la que acaba cayendo.
Y, entonces, Lombardo se da al “placer de reitar(se)”, embriagado por la infinitud del chiste que repite y repite y repite, y se olvida del lector y todo sigue el propósito de “una y otra vez repeti[rn]os las mismas palabras, las mismas frases. Ad infinitud de palabras y de frases”.
En fin, que ya saben lo que se dice: lo bueno si breve, dos veces bueno.
Martin Lombardo. Locura Circular. Ed. Libros del Lince. Barcelona, marzo de 2010.
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Más sobre Martín Lombardo:
Reseña de Locura circular en Eterna Cadencia

