Blog • Enero 2011

Las Lecturas de 2010: Guillermo Barquero

Enero 3, 2011
Por Hermano Cerdo

Guillermo Barquero nació en San José, Costa Rica en 1979. Autor de El diluvio universal (2009), Esqueleto de oruga (2010), Corona de espinas (2005) y Metales pesados (2010).

Esta es una breve selección de lo leído durante este año que acaba. ¿Por qué cuatro libros, solamente? No sé, cuatro son los elementos de la naturaleza, cuatro los jinetes apocalípticos, cuatro los puntos cardinales. Pero esas son excusas que no se sostienen. Inventos fantásticos.

1. Antología poética de los siglos XVI y XVII. Edición de Juan Montero; Clásicos Biblioteca Nueva (Madrid, España).
Ahora, leyendo una antología de Nicanor Parra, me encuentro con el gusto del chileno por un precursor que alguna vez se inventó, un “verdadero juglar provinciano” llamado Francisco de Quevedo y Villegas; el humor, la irreverencia del español naturalmente encontraron oídos ávidos en el antipoeta por excelencia. Invoco lo de Parra para que no se me acuse (ingenuo como soy) de cierto anacronismo. En verdad, Quevedo puede ser considerado no solo precursor de todo, sino más grande que todo y que todos. Pero, bueno, acá, en este volumen, se encuentra con Luis de Góngora, Sor Juana Inés de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Francisco de Aldana, San Juan de la Cruz y Lope de Vega, entre otros, lo que complica y embellece las cosas. Como se espera (porque la lectura, de lo contrario, sería demasiado oscura, casi imposible de llevar a cabo) en una antología de estas, hay una luenga introducción que incluye el estudio de las fases del llamado Siglo de Oro (que son más de dos siglos, por cierto) y de las formas poéticas creadas o perfeccionadas en el mismo. Por versos como “carcaj de cristal hizo, si no aljaba, / su blanco pecho de un arpón dorado” (Góngora) vale la pena completar la lectura y dedicarle su buen rato a cada una de las abundantes notas al pie de página, 969 para ser exacto.

2. Cámera lucida, de Roland Barthes. Hill and Wang (división de FSG, New York, EEUU)
La fotografía puede ser considerada dos cosas que muchas veces riñen y que causan pleitos y alharacas entre los mismos fotógrafos: un arte o una técnica. Incluso, hay quienes lo llaman ciencia. Vermeer de Delft probablemente lo llamaba “esa cosa tan linda con la que consigo pintar las gotas de leche cayendo”. Hay otra forma de ver la fotografía: algo de lo que nace la escritura, la nostalgia, el recuerdo. Ese último uso es el que Roland Barthes, en Camera lucida, da a la foto; no-fotógrafo confeso (igual que Susan Sontag, otra gran ensayista del tema fotográfico), Barthes describe las dos partes de una imagen fotográfica (no todas las fotos tienen las dos partes, aclara el francés): el punctum y elstudium. De studium (studii debería ser su plural) está plagada la fotografía: buenos encuadres, buen uso de la profundidad de campo, conocimiento de los fundamentos y las profundidades de la iluminación con luz continua y luz de flash. El punctum (punctii), por su parte, escasea: ese elemento que hace que una foto duela en el alma, que permite que el sujeto fotográfico sea la esencia del sujeto, no una mera copia de la realidad en gelatina de plata (o en un sensor CMOS) de una cara conocida. “(…) the punctumshould be revealed only after the fact, when the photograph is no longer in front of me and I think back on it”. Barthes no solo escribe acerca de la foto; Barthes entiende que no hay ciencia o técnica o arte sin algo cuyo devaluado nombre tiende a olvidarse: alm.

3. Asfalto, un road poem, de Luis Chaves. Ediciones Perro Azul (San José, Costa Rica; esta es una doble edición que, invertido el libro, revela Historias Polaroid, clásico contemporáneoa de la literatura costarricense).
Unos (los más) lo reclaman para la poesía; otros para la prosa. En Asfalto, un road poem, es indiscutible que Luis Chaves consiguió escribir una primera novela esquemática, nostálgica y formadora de nudos en las gargantas. El road trip emprendido (“el carro de los suegros (…) llave en la ignición (…) el cd de un desconocido”) por una pareja a la que el cisma espera al final de una ruta de paisajes solitarios y una suerte de violencia contenida (Recordar “Descalza, ya lejos de la costa” y el inminente odio del cuerpo del otro), es el recuento que Luis Chaves hace de la descomposición anímica y del desencuentro. Los personajes de esta nouvelle (también podría clasificársela así, si eso fuera importante y si esto fuera lo que siempre he querido que sea: una clase de entomología) llevan los pomposos nombres de Él y Ella: el anonimato puro, el recordatorio de que a todos nos pasan esas cosas, que todos experimentamos esas epifanías diarias y que esas cotidianas tragedias son pan de cada día, de todos los ellos y todas las ellas. En este libro, un capítulo puede ser algo tan demoledor como esto (“Foto”, página 19): “En la vieja billetera moldeada por la nalga, la fotografía de épocas mejores. Los dos en un parque de otro país. La foto en la que para siempre ella mirará, no a él, que la abraza, sino al desconocido que la tomó”.

4. Caligramas, de Guillaume Apollinaire. Ediciones Cátedra (Madrid, España).
Al emprender el recuento de cuatro lecturas de este año, vi el lomo de este libro de Apollinaire junto a los de otros libros que estaba seguro que había leído en 2010. Se me hacía raro que ahí estuviera Caligramas y, efectivamente, después de abrirlo, constaté la fecha de lectura: marzo de 2010. No solo eso, sino que encontré un texto que escribí al finalizar la lectura, una cosita pomposa y ridícula, pero que bien muestra la sorpresa por la inmersión dentro de este artefacto mágico: “Presintiendo, anticipando la muerte, en las trincheras, en el tren (Madeleine Pagès), en la zona, el arrabal, el apartamento parisino…”, y otro párrafo por el estilo. Lo inubicable de la fecha de lectura es porque Apollinaire me ha empujado a lecturas y relecturas a lo largo de los años, a leerlo en antologías y volúmenes independientes, a soprenderme con el hecho de que parece estar pasado de moda, pero siempre aparece como algo nuevo y poderoso, como un dios o un diablo que quema las páginas. Cierto es que en este libro aparecen los ya célebres caligramas ideados y perfeccionados por Apollinaire (versos ordenados de forma tal que dibujan el objeto al que el poema alude), pero no es menos verdadero que los versos de Caligramas no son solo dibujitos felices o experimentos inocuos de vanguardia; hay maravillas como esta (un guiño del autor a su propia figura, siempre nueva): “Hay hombres como colinas / Que entre los demás se elevan / De lejos ven todo el futuro / Mejor que el propio presente / Y más nítido que el pasado”. Lectura que obliga a la relectura infinita.

Un comentario a “Las Lecturas de 2010: Guillermo Barquero”

  1. Gil Miranda dice:

    En cualquier caso siempre voy a defender esta saga como una de las mejores a la espera de leer el cuarto y ultimo de la historia de Ender..Que te ofrece este libro una continuacion valida aunque algo enrevesada de la gran Saga de Ender Wiggin. Quiza te pierdas entre tanta filosofia y ciencia pero la historia sigue adelante habra que leer la cuarta parte Hijos de la Mente en la que vere como se culmina esta buena historia………….

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