Crítica • Enero 2011
Historia de un ladrón, de Mercedes Álvarez

Historia de un ladrón, la primera nouvelle (publicada) de la escritora argentina Mercedes Álvarez, relata un viaje iniciático y definitivo al Sur, donde padre e hijo, con la excusa de ir a ver “las máquinas extractoras de petróleo”, se despiden.
El padre deja al hijo de diez años con su hermana, la tía Marta, una mujer que “no era de las que cuestionaban a la Providencia” y que, por esa razón, concedía que estuviese “todo en manos de Dios”.
En principio es una despedida transitoria, y es que el padre (el ladrón del título) planea acometer su último robo en la capital, pero miente y le pide el favor a su hermana, que le cuide al hijo mientras él trata de hacer buena plata, le dice, “van a ser unos meses nada más”.
Pero todo se complica, porque al padre lo encuentran y lo juzgan.
Por ello, lo único que resta de esa promesa del padre es una postal mandada a las pocas semanas, sin remite, con “una foto de un paisaje del sur con casa y montañas al fondo”, y un reencuentro, sí, pero muchos años después, ya el padre con artrosis, envejecido, tratando de convencer a su hijo de que “todo fue un accidente, una tragedia”, de que hubo un chivato, de que no fue su culpa.
Y así, como por efecto-testigo, el padre infunde a su hijo el sentido de la culpa, y así, se libera. Del mismo modo que la madre del chico se liberó de éste al mes de nacer, dándoselo sin más explicaciones al padre, y sencillamente desapareció.
Por ello, la novela, en su conjunto, es la descorazonadora constatación de una “total falta de voluntad”; personajes que quieren ser solitarios e infortunados y que, irremediablemente, lo consiguen.
La despedida, ese viaje al Sur, lo recuerda el hijo en presente, 35 años después, el 17 de noviembre, día de su 45 cumpleaños. Y así, de un lado está el recuerdo propiamente dicho, la acción narrativa, donde el viaje se nos presenta en lacónica linealidad y, del otro lado, está el marco presente del que se dispara la evocación.
Gracias a esa estructura a dos tiempos que se va dando de manera sucesiva, se nos evidencia cómo el futuro de los personajes se va quedando encharcado en la mansedumbre del cansancio, pues constatamos de qué modo “el padre no sabía que pensar del chico [y] el chico no sabía qué pensar de su padre”. Ni antes ni ahora.
El resultado emocional es el “abismo infranqueable de la compasión” que siente el lector por ellos. Y esto porque los personajes no quieren, o no saben darse cuenta de que “su debilidad [es] en el fondo su fortaleza”. Porque ya nos lo advierte pronto el narrador: para el padre, “experimentar la dimensión real de la tragedia no era posible”. Lo mismo, pues, se podría decir del hijo, ya que el viaje al Sur sirve como transvase simbólico del don de la infelicidad. Y es que así se piensa en este mundo hostil, cerebral y masculino, que “estar incapacitado para la felicidad era una cualidad genética”.
Si los designios del hijo (durante sus primeros diez años de edad) habían quedado -hasta el momento de la acción- subyugados por el padre, los deseos de movimiento y libertad del padre, preso de la condición vitalicia de ladrón (“porque uno no elige su oficio”), quedan ahora enclaustrados en el encierro físico y brutal –y real- de la cárcel.
Es el modo único en el que ambos personajes consiguen liberarse de la tiranía del otro. Y lo que permite que, a sus cuarenta cinco años, el hijo sienta cobijo en meditaciones del tipo de “no poder ser feliz era más un alivio que una frustración”.
A mi modo de ver, lo más importante de esta nouvelle es su modo post-irónico, la forma en la que retorna a las dualidades esenciales (y modernistas) del ser humano (las relaciones filiales) para cuestionarlas desde un punto de vista nuevo.
Así, la obra dispone un canicular mundo masculino del que lo femenino (simbolizado por la madre del chico) no es que sea expulsado del paraíso, sino que escapa impune y voluntariosamente, dejando al chico al cuidado del padre. Y es esta la razón por la que la figura de la madre aparece al final de la novela, justo en el momento en el que se relata el parto (una tercera liberación).
No aparece como truco narrativo (aunque al primer impacto resulte sorpresivo), sino que su cometido es el de provocar la confusión, sembrar la duda, dejar una posibilidad abierta en el hipercodificado y, por ello, infecto, mundo masculino.
Estéticamente, la novela tiene un aire faulkneriano, de raigambre bíblica. Y su novedad radica en el hecho de que pretende escapar de ella, esbozando no su contrapartida, sino la confrontación, pero (y aquí la novedad) en términos no igualitarios sino de ecuanimidad.
Así, lo masculino, durante el transcurso del viaje iniciático de padre e hijo, se codifica semánticamente en tres tipos de nominaciones: a) el hombre y el chico b) Pedro y Joaquín y c) PADRE e HIJO. De lo genérico se alcanza el nombre propio y de ahí se sigue la más pura y rutilante abstracción (lo que acaba significando su neutralización).
La mujer, en cambio, es sencillamente eso: la mujer. Así se la considera un sujeto indeterminado, todos los sujetos femeninos posibles. Pues ya dice el hijo refiriéndose a ella que “para él su madre no tenía una cara. Tampoco una voz. Su madre era nadie. Es decir, podía ser cualquiera”.
El gran atractivo de esta novela, pues, es el cierre de una puerta agotada, como dice Constantino Bértolo*, su editor: “la nostalgia del paraíso machista perdido”.
A ello contribuye, además, la ekphrasis que se inserta en la novela a modo de ilustraciones de Miguel Leache, borrosas imágenes (nueve en total) que contribuyen a poner distancia sobre la historia del padre y el hijo, una historia que ambos se empeñan en teñir de tintes trágicos y que, en el fondo, no es más que la de dos incompetentes emocionales.
Cabría interpretar dichas imágenes en nebulosa como la mirada desafecta, distante, de la madre, ante una tragedia que se pretende trascendental y que no es sino un cuento viejo, primario y básico.
Así, a la novela no le queda más remedio que sentenciarse de un modo elocuente y tácito: “Y el reloj del quirófano marcaba las ocho, y en la calle empezaba a atardecer”.
Es todo lo que sabemos de la madre de Joaquín, la esposa de Pedro, esas imágenes en nebulosa. Sólo sabemos de ella que gracias al parto se libera de la tiranía de esos –falsos- paraísos perdidos masculinos y se pierde en una noche todavía –para nosotros- ininteligible.
Ahora falta que venga alguien a contarnos su historia, la historia de una ladrona.
Por fortuna, tenemos todo un siglo nuevo por delante.
Mercedes Álvarez, Historia de un ladrón, Caballo de Troya, Madrid, Septiembre de 2010.
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Más sobre Mercedes Álvarez:
*Constantino Bértolo en entrevista con Peio H. Riaño, Sin noticias de mamá, Diario Publico. 10-11-2010.

