Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Vicente Luis Mora

Diciembre 9, 2010
Por Hermano Cerdo

Vicente Luis Mora nació en Córdoba, España, en 1970. es autor del libro de poemas Tiempo (2009) y de la novela Alba Cromm (2010)

Un resumen de 2010 a partir de El rey está siempre por encima del pueblo, de Daniel Alarcón.


El excelente libro de relatos The King Is Always Above His People de Daniel Alarcón, traducido y publicado este año por Alfaguara, puede servir como hilo conductor de lo que ha pasado en 2010, por su curiosa variedad interna. Incluso puede ser útil para hacer referencia a lo que ha pasado en esferas no totalmente literarias. Pongamos un ejemplo: en la página 165 leemos “¿En qué año se jodió Estados Unidos?”, obvio homenaje a Mario Vargas Llosa, que ha sido nobelizado este mismo año. El autor de Conversación en la catedral sigue siendo una alargada sombra para los autores peruanos más jóvenes, e incluso un peruano que escribe en inglés y que tempranamente su fue a vivir a los Estados Unidos como Alarcón tampoco parece estar del todo ajeno a su influjo, como también puede confrontarse aquí. Y otro ejemplo extraliterario más: que las dos últimas frases del libro sean “Y por supuesto, nadie sabrá nada, señor presidente. Éstos son secretos de Estado” (p. 167), después de lo que ha ocurrido este mismo mes, parece un admirable ejercicio de presciencia y sorna de Alarcón. En todo caso, lo de los secretos de Estado y los tejemanejes del poder descritos a lo largo del libro puede ser un nexo de unión con Point Omega (Scribner, 2010) de Don DeLillo, el libro de este año que más me ha gustado, y del cual hice una larga reseña en mi blog.

Los relatos de Alarcón son diferentes entre sí, aunque tienen algunos temas y obsesiones comunes; son esos atractores o nodos los que lanzan puentes hacia otros textos que he leído este año, aunque no todos se han publicado en 2010. Hablando de puentes, “El puente” es uno de los mejores relatos de El rey siempre está por encima del pueblo y, es también uno de los mejores que he podido leer en los últimos tiempos. Alternando espacios y temporalidades, sumergiéndose en los abismos familiares a la vez que en los problemas de las grandes urbes latinoamericanas, es un relato a medio camino entre las tradiciones hispánica y estadounidense, algo que la crítica ya ha destacado en la obra del peruano-norteamericano. Esta mezcla estructural de culturas sociales hace que pueda verse una relación entre este volumen de cuentos y la antología poética Malditos latinos, malditos sudacas, publicada por Ediciones El billar de Lucrecia (México, 2009), con selección y prólogo de Mónica de la Torre y Cristián Gómez B. No es casual que los antólogos se hagan una pregunta latente en el libro de Alarcón, escrito en inglés pero lleno de referencias a la cultura del Perú y a sus lenguas: “qué puede significar el concepto de ‘lengua materna’ (…) en esta primera década del siglo veintiuno” (p. 10). La pregunta es respondida con no poca contundencia en los poemas incluidos en la antología, que van desde las panlenguas de Rodrigo Toscano (“Jeu inventin lingascem mascarem / teu sep correzcur solascment / meu importamen madrizcem teup correzciremp solascmentarim”, p. 235; puede verse aquí una entrevista donde Toscano explica sus razones poéticas y políticas para la creación de sus neolenguas) o Gabriela Jáuregui (“Encore: un dos tres e s o n o e s tangled tango á trois angled mango á moi set off twice, thrice-Auxilio Socorro and La Inmortal, tres tristes tigresas reman y reman y remo es un ramo”, p. 124), cuyos juegos interlingüísticos nos recuerdan a los de Cabrera Infante, a la alternancia idiomática (poetas como el mexicano José  Molina, que escriben algunos poemas en inglés y otros en español), pasando por quienes se plantean en sus problemas el bilingüismo o nuevas formas intermedias entre el inglés y el español, como el spanglish o el code switching ( “¿No es eso de code switching una manera demasiado elegante de llamarle?”, Román Luján, p. 159; “hablaremos como los bilingües, / adorando a un toro”, Jaime Rodríguez Matos, p. 217). Esta antología no es sólo útil para saber el estado de cierta poesía latina en los Estados Unidos, sino también para ver cómo está evolucionando el español en distintos lugares, mezclándose con otras lenguas y mutando creativamente.

Volviendo al libro de Alarcón, ya se ha destacado sobre él que en casi todos sus relatos aparecen personajes que se resisten al poder o que se niegan a seguir la senda marcada por su entorno, su familia, su época o sus circunstancias. En ese sentido me ha recordado a La luz es más antigua que el amor (Seix Barral, 2010), de Ricardo Menéndez Salmón, que para mí ha sido uno de los libros más importantes del año. También en el inclasificable libro de Menéndez Salmón encontramos a tres personajes, tres pintores, que se oponen como pueden a la dictadura de lo marcado, o a la marca de la dictadura. Algunos relatos sueltos de Alarcón me han recordado a otros libros: “El vibrador” me ha traído a la mente el excelente libro de cuentos de Roberto Valencia, Sonría a cámara (Lengua de Trapo, 2010), ambientado en el mundo del porno; “Los miles”, por su extraña lógica, casi de fantasía, me ha recordado a la novela del argentino Rodrigo Fresán, El fondo del cielo (Mondadori, 2009), que leí a principios de año y que me pareció también una maravillosa introspección entre lo fantástico y lo realista, lo posible y lo imposible. La tensión experimental del relato “El juzgado” de Alarcón, escrito con una sola frase, me pareció guardar semejanza con la escritura en fuga y los ritornellos continuos de Los fantasmas del masajista (Eterna Cadencia, 2009), de Mario Bellatin. El modo en que las cosas que no se dicen son más importantes que las que no se dicen (“ojalá él hubiera podido leer mi mente”, p. 131) en El rey siempre está por encima del pueblo me ha recordado al valor latente de las cosas por decir, así como a la importancia del lenguaje en la construcción de nuestras relaciones sociales, que es son dos de los hilos conductores de Ojos que no ven (Anagrama, 2010), la breve y valiosa novela de J.Á. González Sainz, que recupera en esta obra algunos temas ya presentes en sus imprescindibles obras anteriores. El protagonista de “El presidente idiota”, un actor que malgasta su escaso talento primero en el teatro y luego en la televisión, hizo recuperar a mi memoria los terribles caracteres de la novela Los muertos (Mondadori, 2010), de Jorge Carrión, una de las novelas más provocadoras y atractivas de este año. El niño que intenta sobrevivir como puede en “República y Grau”, haciendo de lazarillo de un ciego corrupto y luchando contra el entorno hostil de la pobreza, me ha traído a la mente los niños devastados de la banlieu parisina que intenta comprender Diego Doncel en Mujeres que dicen adiós con la mano (DVD, 2010), su última y comprometida novela. Y, para terminar, La parte de “El Puente” relativa a los intérpretes telefónicos tiende pasadizos a la novela glocal de Douglas Coupland Generation A (Scribner, 2009), que entre sus cuatro personajes describe uno muy acertado que trabaja como teleoperador telefónico en una empresa británica deslocalizada en India.

Deslocalizado, o localizado en varias culturas, abierto y múltiple, el libro de Alarcón me parece un volumen logrado de relatos, con algunas piezas maestras y una interesante lectura del ruido de fondo de nuestra época. Como todo lo demás citado, es de lo mejor, y no es poco, que nos deja 2010.

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