Blog • Diciembre 2010

¿Es posible que no me guste Fuentes?

Las Lecturas de 2010: Stanislaus Bhör

Diciembre 21, 2010
Por Hermano Cerdo

Stanislaus Bhor es colombiano. En 2011 se publicará en México su novela Balada de los bandoleros baladíes. Es colaborador de la piara y lleva el blog Una hoguera para que arda Troya.

Estamos en el pabellón de la feria del libro. Bogotá. Repasamos un stand de segundazos. ¿No veníamos a ver las novedades a la feria internacional?, preguntó mi dama. ¿Pilar Quintana? ¿Thays? ¿Paul Auster? ¿Llamas a eso novedades? No me hagas reír, Bhör. Acabábamos de revisar el catálogo de Siruela y tenían todos los de Lispector y todos los de Calvino y todos los de Walser, pero ninguno de Eudora Welty, ni Cees Nooteboom. Revisé por mi cuenta el catálogo de Anagrama y trajeron todos los premios Herralde, pero no vi ni Ficción Súbita, ni Danubio, ni Ejércitos de la noche. Revisamos Alfaguara y venían infectos del síndrome Bicentenario. Revisé Norma y dos muchachitas con escotes mamarios y atuendos del siglo XIX promocionaban la última novela de Jorge Franco y tuvimos que huir por lo grotesco de la escena. De modo que mi dama tenía razón: ¿Despreciar los segundazos donde brillan Raymond Roussel, Bataille y Faulkner a cambio de eso? Los libros de 451 sí que son novedad, pero resultan tan incomprables como Acantilado y Sexto Piso (¿sobreprecio de importación, o son tan costosos allá?). El poco poder adquisitivo nos atrajo a segundazos. Mi dama va en busca de su Segundo sexo (el otro, el de Beauvoir). Nuestro amigo (en adelante: El matemático) se pierde entre primeras ediciones del boom. Me quedo en la mesa más provocativa del stand de segundazos, indeciso entre Bataille y Max Aub. ¿Francia o México? ¿Sexo o delirio? Francia y sexo: Historia del ojo es tierra en los ojos, uno de los libros más eróticos y brutales; lo leí a punto de convulsionar, poco después de la feria, en mi casa, en pdf, y junto a Trotamundear, de Blaise Cendrars (con su capítulo estelar que narra la gran pelea de los astilleros de Rotterdam) y los tres que más me impresionaron este año (Vivirán estos Huesos, de Edward Dahlberg; La nube Púrpura, de Mattiew Philip Shiel; Un húsar en los tejados, de Jean Giono), el rasero quedó demasiado alto, difícil de superar. El matemático se acerca: ¿Ya leyó este libro de Cela? ¿Cela? ¿Camilo José? No me gusta Cela, respondo, con cierto fastidio. ¿Y ésta obra maestra latinoamericana de Fuentes? Porfío de las obras maestras latinoamericanas, y más si son de Fuentes, respondo. Se queda perplejo. ¿Es posible que no me guste Fuentes? ¿Por qué no le gusta Fuentes?, pregunta. Por su estilo. ¿Qué tiene su estilo? Barroco del malo: Faulkner es barroco, pero los personajes están acordes a su dimensión mental: Los idiotas son idiotas; los gañanes, gañanes; las frígidas, frígidas; los negros, negros. En Fuentes los campesinos son historiadores, los terratenientes hablan como presidentes, y así. No lo creo, dice. No lo creas, digo. Aura es una gran novela, dice. No me importa, digo. ¿Y Vargas Llosa? Trae en la mano El paraíso en la otra esquina. Algo, sí, digo. El matemático se aleja. Luego vuelve, con un libro antiguo. Abre una página, cubre con la mano el nombre del autor que rotula las impares y dice: Léa y dígame quién pudo escribir esto. No sé por qué siento que el matemático me ha puesto a prueba. ¿Qué quiere probar ahora? ¿Qué sé de lo que hablo cuando hablo de estilo? Leo. No es literatura. No es historia. Tampoco Fuentes. Es un discurso sobre la educación de los pueblos. El matemático me mira y entrecierra un ojo, como el cazador que calibra el blanco al que va a disparar: ¿Quién pudo escribirlo? La ministra de educación, digo, por decir algo. ¡Ajá!, dice el matemático, como si acabara de cogerme en una falta grave en un examen de Lógica de las ciencias, en su facultad. Poco a poco descubre las falanges y revela el nombre: Thomas Jefferson. ¿Actual, no? Qué tipazo… No sé de qué me habla. ¿Qué quiere decir con “actual”? ¿Qué parece escrito hoy pese al agua que ha corrido? Le pregunto a mi dama. Fácil, dice ella, es como los vestidos: el que se viste con jean clásico no pasa de moda. Sólo dos meses después, cuando vi a Sergio Pitol en Xalapa vestido con vaquero, firmándome El arte de la fuga, comprendí el misterio de ser clásico.

Lo mejor de 2010
Libros raros: La inteligencia de las flores, Maeterlink; Memorias de un librero contadas por él mismo, Héctor Yánnover; Tumbas de poetas y pensadores, Cees Nooteboom; Los pájaros y su individualidad, Len Howard.
No ficción: El violento oficio de escribir, Walsh; Una luna, Caparrós; La pasión de contar, Juan José Hoyos; Tras las claves de Melquíades, Eligio García Márquez; El águila y la serpiente, Martín Luis Guzmán; Viajes con Herodoto, Kapuscinski.
Ficción: Contranatura, Joris Karl Huysmanns; La montaña del alma, Gao Xigian; Zen y el arte de mantención de la motocicleta, Pirsig.
Poesía: Antología, Attila József. Baladas, Villón. Obra completa, Vestrini. El puente, Hart Crane. Geometría de las horas, Montale.
Teatro: Gallina y el otro, Carolina Vivas.
(Finalizar el año con libros irregulares, aquellos cuyas partes originalmente no fueron pensadas como totalidad: Enviado especial, Hemingway: reportajes y columnas; Cuentos de New Orléans, Faulkner: fragmentos y bocetos de obra en marcha; o bien aquellos que aun siendo anunciados como unidad nunca llegaron a concretarse: Plegarias atendidas, Capote; Vértigo, de Sebald.)

Un comentario a “Las Lecturas de 2010: Stanislaus Bhör”

  1. las artes marciales dice:

    muy bien libro no pude terminarlo pero me gustaria

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