Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Rogelio Pineda

Diciembre 20, 2010
Por Hermano Cerdo

Rogelio Pineda es mexicano, trabaja en su primera novela y es colaborador de la piara. Tiene un blog, Textonauta.

El 2010 llegó a la ciudad de México con temperatura bajo cero, que se prolongó durante la primera semana del año. Recuerdo que la noche del 31 de diciembre, cobija sobre las piernas y sitiado por el bombardeo de los fuegos artificiales de Año Nuevo, leí Un hombre que duerme de Georges Perec. Al final, el libro resultó ser un juego astuto que caricaturiza la idea de la iluminación gracias al estoicismo: no hagas nada, el mundo se descifrará ante tus ojos si no te mueves. Tal y como anuncia el epígrafe de Kafka.

Las semanas continuaron su cauce y pronto me encontré nadando en marzo, haciendo brazada de pecho en las aguas de Philip Roth. Debido a un proyecto harto personal, leí Patrimony: A True Story, novela de pocas páginas, pero que cuenta demasiado de los últimos días del padre del autor, condenado a muerte por el cáncer. Me topé, una vez más, frente a la búsqueda de uno mismo, mediante una concisa y vital narrativa.

A su vez, esta inmersión me condujo a dos grutas submarinas que no olvidaré, debido al complicado acceso al cuarto de sus tesoros: Thomas Pynchon me sorprendió, me hartó, hizo que me cortara un dedo al pasar sus hojas con Vyneland (que seguramente para los lectores de Hermano Cerdo no es novedad). El otro fue The Best of McSweeney’s, compendio de invención varia que siempre es bueno considerar cuando uno busca enamorarse del periodismo, del reporte sociológico y hasta del drama teatral pronto a representarse sobre un cubo de azúcar.

Poco después, a mediados del año, se precipitó desde mi librero una avalancha de novelas policíacas: The Long Goodbye de ChandlerTen Little Niggers de Agatha ChristieThe Postman Always Rings Twice de Cain y para finalizar Traidores a todos de Scerbanenco. En conjunto, me obsequiaron desde nerviosas campanadas en el pecho hasta satisfacción por comprender la agudeza de Chandler (con Chandler me pregunté muchas veces qué querían decir situaciones como: “Al interior de la casa, alguien tocaba el piano haciendo ejercicios para mano izquierda”, tras descubrirlo, uno no puede dejar de sentirse satisfecho al reconocer una nueva descripción de un sonido agudo), o gozar la belleza que Scerbanenco consigue con una metralleta checoslovaca, una mujer fatal y deliciosas descripciones del clima.

Sin embargo, mi año se lo llevan tres libros que se hermanan, ya sea por localidad o tiempo, no así en intención: El paseo de Robert WalserLos Buddenbrook de Thomas MannEl hombre sin atributos de Musil, que hubiera podido leer durante todo el 2010 sin nada extra. Bueno, esto prácticamente ha sido así, porque Musil y su inacabada Bildungsroman, que inicia con una erudita descripción de la temperatura, y sus casi dos mil páginas, se resiste a concluir por estos días. De El paseo me gustó esa apetencia por desentrañar y disolverse entre las cosas más inmediatas, no así banales, que se encuentran en una caminata por la colonia. Por otro lado, la historia de la familia de Mann, prolongada durante un siglo, y la herencia económica y moral que va pasando de generación tras generación, entre fracasos, aciertos y desamores, es tan hermosa como un camafeo de marfil.

Aunado a esto, el libro de minicuentos Historias en la palma de la mano de Kawabata, los cuentos “La voz del gamín que sueña historias en los buses” (que aún puede leerse en Hermano Cerdo), “Las grosellas” de Chéjov, o la relectura de “Septiembre y los otros días” de Gardea, me dieron la mejor compañía y reflexiones del año.

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