Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Ricardo Silva Romero

Diciembre 9, 2010
Por Hermano Cerdo

Ricardo Silva Romero es bogotano y ha publicado Tic, En orden de estatura y El hombre de los mil nombres, entre otros. Su última novela es Autogol (2009).

Ahora que lo pienso, este año leí más que todo autores colombianos. Quién iba a creerlo. Yo, que tengo el cerebro atrofiado de tanto ver películas gringas. Estaba leyendo 9 maneras de morir, un libro de cuentos de Carolina Cuervo que lo convierte a uno en los personajes, cuando comenzó el año: me sirvió para recordar que los relatos que nos gustan, los que logran llevarnos hasta el final, generalmente nos dicen una verdad que no captamos del todo. Me dejé llevar, apenas salí de la lentitud de enero, por la entonces novela nueva de Paul AusterInvisible (Anagrama). Mi amigo Antonio García me había advertido que en un momento dado, hacia la mitad del libro, iba a pensar que se convertía, de pronto, en una obra maestra, pero que hacia el final me iba a sentir tan decepcionado como al comienzo. Si Toño no me hubiera hecho esa advertencia, seguro no habría llegado a ese maravilloso capítulo de la mitad. Y es grave, claro, porque suelo ser un fan incondicional (de Woody Allen, de Paul Simon, de Milan Kundera) y que no me guste a mí una novela de Auster, el autor del que hice mi tesis de literatura, no es buena señal: es grave. En fin. Mi lectura de Auster fue un paréntesis a los autores colombianos. Porque, claro, entonces releí los cuentos del propio Toño GarcíaAnimales domésticos (Norma). Quizás no debería hablar de este libro, porque el autor es uno de mis buenos amigos en la vida, y suelo enterarme de cómo van tomando forma sus historias, pero qué puedo hacer: fue una de mis lecturas del año, una de mis mejores lecturas del año, además, porque al final de una cadena de relatos estupendos se encuentra uno genial: el retrato de una empleada colombiana en una casona de Miami. En fin. Seguí con una preciosa antología de poemas de Darío Jaramillo publicada por Luna Libros: Del amor, del olvido. Me dediqué, el mes siguiente, a la lectura de una valiente novela, con la autoridad y la gracia de una autobiografía, escrita por Piedad BonnettEl prestigio de la belleza (Alfaguara). Me pareció bonito, del primer libro de niños de la autora, el amor que Carolina Sanín le tiene a su perrita Dalia (Norma). Confirmé, con la lectura de No comas renacuajos (Babel), esa novela que parece una película de la nueva ola francesa, la potencia narrativa de Francisco Montaña. Disfruté la primera novela de Andrés MontañésPáginas blancas (Universidad Nacional). Verano (Mondadori), de J. M. Coetzee, me pareció de otro nivel: algo más allá de lo normal. Descubrí a un poeta excelente, de poesía que se cierra sobre sí misma, llamado Carlos Vásquez: así, leyendo sus libros, El oscuro alimento a la cabeza, llegué a lo mejor que me han traído los libros este año: el descubrimiento de la editorial Tragaluz. También debería declararme impedido para comentar El club de los lagartos (Aguilar) de Daniel Samper Ospina, que es como mi hermano desde hace muchos años, pero también me lo leí: quizás lo que pueda hacer, en vez de sentirme orgulloso del periodista que hizo de SoHo algo con qué pelear o del escritor que se ha inventado un nuevo tipo de columna de opinión, es decir que mientras leía el libro de Daniel noté que pasaba de la sátira de la sociedad a la crítica políticamente incorrecta de esta Colombia que juega a que todo sigue su marcha. Me decepcionó un poco esa larga novela de Marcelo Birmajer titulada La despedida (Norma) pero a la larga me resigné a disfrutar de su buen humor, de su talento para atar los cabos y de su exploración del mundo de los video juegos. Seguí siendo admirador de Jorge FrancoSanta Suerte (Planeta), que prueba su manejo del humor y su parodia del melodrama, me lo volvieron a mostrar como un autor que sabe lo que hace. Volví a leer una novela conmovedora de mi amiga Melba EscobarDuermevela (Planeta), que me ha impresionado siempre porque es un texto que en todas sus páginas dice la verdad. ¡Calcio!(Seix Barral), la divertida, elegante, paródica novela de Juan Esteban Constaín, me gustó tanto que me recordó por qué me gustan los libros. Combiné la divertida lectura de Wishful Drinking de Carrie Fisher (Simon & Schuster) con la decepcionante de Paul Simon: a life (Wiley) de Marc Eliot.  Releí El conde de Montecristo de Dumas (DeBolsillo) porque quería confirmar lo que sentí las dos veces anteriores: que es la mejor novela que me he leído en la vida. Releí Moteros tranquilos, toros salvajes de Peter Biskind (Anagrama): volvió a ser mejor que una novela. Me tomé Contra el viento del norte (Alfaguara) como agua, y la disfruté y me hizo sentir buen lector, pero al final me pareció una oportunidad perdida. Entonces me senté a leer los informes que Taurus, Semana y la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación y Memoria Histórica llevaron a cabo de cuatro masacres sucedidas en Colombia: quedé vacío por lo contundentes. Tuve en mis manos el libreto, publicado por Tragaluz, de La siempreviva, la obra maestra de Miguel Torres que no nos permite olvidar a las víctimas de la tragedia del Palacio de Justicia: creo que es una de las ediciones más bonitas y más necesarias de este año. Al tiempo, pude leer El barro y el silencio (Seix Barral), un estremecedor y sincero recuento de la tragedia de Armero centrado en las memorias familiares del autor. Cerré el año con los cuentos de Thomas LynchLady Madonna y otros cuentos (Alfaguara) y recordé la extrañeza y la compasión que me producen los relatos de Carver. Hoy no estoy leyendo por las noches. Creo que, por este año, ya no doy más.

Un comentario a “Las Lecturas de 2010: Ricardo Silva Romero”

  1. Marcos García Caballero dice:

    No problem maistroo: te refinas otra vez de Noche la de TRES TRISTES TIGRES de CABRERA INFANTE, yo creo la novela más fácil de plagiar pero que marcó brecha. La verdad me divertí más con La Habana pa Un Infante Difunto, pero lo que bosquejas en tu texto de literatura Colombiana, la vuelve muy antojable…

    Salut!

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