Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Ramsés LV

Diciembre 21, 2010
Por Hermano Cerdo

Ramsés LV es mexicano y director de la revista digital Cuadrivio.

En honor a la sinceridad, diré que 2010 fue un año de lecturas abundantes, pero de pocos libros. Mis lecturas se concentraron, por múltiples razones, en diarios y revistas. De entre las escasas piezas literarias concluidas, destaco las siguientes:
Infancia y Juventud, de J.M. Coetzee. En 1997, Coetzee emprendió el arduo reto de escribir sus memorias. Digo arduo porque la autobiografía es un género que se presta al escamoteo y a la autocomplacencia, amén de ofrecer pocas posibilidades de innovación estilística. Infancia (1997) y Juventud (2002), los dos volúmenes iniciales de las memorias de Coetzee, son, a su manera, un ejercicio de escamoteo, pero, también, un audaz cuestionamiento de la noción misma de autobiografía. El escritor sudafricano renuncia al formato tradicional de la autobiografía y decide narrar sus memorias en tercera persona, auxiliado (o indultado, según se quiera ver) por el ritmo y la estructura de una novela. En un desconcertante juego de espejos y prestidigitaciones, J.M. Coetzee se convierte en un personaje literario más, como Michael K, David Lurie o Elizabeth Costello, de manera que el lector (como, en su momento, los editores y libreros) no sabe con certeza si lo que tiene entre sus manos es un libro de memorias o una ficción literaria.
Constatar la veracidad de lo que cuenta Coetzee no debería ser, creo yo, la meta de quien opta por la lectura de estas novelas. Lo realmente valioso es sumergirse en el alma de un escritor que se examina a sí mismo con despiadada lucidez, que entresaca de sus vivencias las miserias de su personalidad y la vileza de sus pasiones, para demostrar, una vez más –porque tal es la tónica de sus novelas–, que el ser humano es un amasijo de claroscuros, contradicciones e impulsos irracionales, y que incluso de un hombre tan aislado e inseguro (lejos, muy lejos de, por ejemplo, Bertrand Russell o Pablo Neruda) puede brotar una obra literaria de gran calado. Recomiendo especialmente la lectura de Infancia, uno de los libros más crueles y profundos que he leído, recreación no sólo de la infancia y pubertad de Coetzee en Worcester, sino de las pulsiones más recónditas que palpitan en el corazón de cualquier niño. La lectura de ambas novelas, por supuesto, puede servir como introducción a la novelística de Coetzee. Verano (2009) es el tercer volumen de la serie, pero no lo incluyo en la lista porque todavía no termino de leerlo.
Ravelstein, de Saul Bellow. Ciertamente, Ravelstein (2000) no es la mejor novela de Bellow ni una de sus obras principales, pero sí una pieza bien lograda que ofrece el atractivo y la oportunidad de acercarse, desde un mirador privilegiado, a uno de los intelectuales más controvertidos de nuestros tiempos: Allan Bloom. Ravelstein es un recorrido a través de la vida de Abe Ravelstein, polémico profesor de filosofía política que, en las postrimerías de su existencia, pide a su amigo Chick que escriba su biografía. Apenas hace falta un poco de malicia para descubrir que Ravelstein es la encarnación literaria de Bloom y Chick la de Bellow. En la novela, Chick cumple cabalmente con la voluntad de su amigo (el aborrecido intelectual estadounidense que se hizo rico con la publicación de uno de sus libros, que “proclamó” la superioridad de la cultura occidental y que pisoteó cuantas veces pudo la corrección política) y el resultado es inmejorable: el retrato de un hombre cuya desbordante personalidad se apoya en el despilfarro, la homosexualidad y, desde luego, la filosofía de Sócrates, Rousseau, Nietzsche y Leo Strauss. En las páginas de Ravelstein, además de la soberbia prosa de Bellow, es posible disfrutar de la humanidad desnuda de un individuo, Allan Bloom, que no sólo escribió un puñado de libros insolentes, sino que encarnó en todas las facetas de su vida los ideales filosóficos de amor y amistad que impulsaron su pensamiento.
El buscador de cabezas, de Antonio Ortuño. Las listas de escritores estrella suelen interesarme poco. Este año, sin embargo, el listado de Granta llamó mi atención porque entre sus elegidos sólo había un mexicano y, para colmo, uno de los artífices de la lista afirmó sentirse decepcionado porque no encontró en México la calidad y creatividad que esperaba hallar entre nuestros jóvenes creadores. Veamos si no es un artificio publicitario más, me dije a mí mismo, y, en cuanto pude, compré mi copia de El buscador de cabezas (2006), novela debut de Antonio Ortuño, único autor mexicano distinguido por Granta. El buscador de cabezas es, a un mismo tiempo, la historia de la ruina moral de un periodista apocado y la crónica del ascenso al poder de una camarilla de ultraconservadores dispuesta a “limpiar” a la sociedad de indígenas, homosexuales, prostitutas, ateos y librepensadores. El relato, que chorrea sangre y avanza en medio de una violencia sorda e implacable, deslumbra por la forma en que se expresa: la prosa de Ortuño es limpia, de una pulcritud reluciente, trabajada con esmero de artesano. Además de esa escrupulosidad, dos cosas atrajeron mi atención: la ubicuidad de la política en la novela y la mordacidad con que Ortuño trata a los “progres”, esa fauna biempensante adicta a la pose y a la defensa de las buenas causas. Pocos son ya los jóvenes escritores a los que la política no saca ronchas y que están en condiciones de escribir (y escribir bien) algo que vaya más allá de sus borracheras, orgías y sesiones de cocaína y marihuana.
Finalizo con una antología, Sólo cuento, confeccionada por Alberto Arriaga. Sólo cuento (2009) es, al parecer, una de las tantas delicias editoriales publicadas por la UNAM cuyo destino es el anonimato de los anaqueles y las bodegas universitarias. La intención de Sólo cuento es dar continuidad a un proyecto que Rosa Beltrán emprendió hace algunos años en editorial Planeta: compilar, año tras año, lo mejor del cuento en lengua española, tal como lo hiciera Edward O’Brien con el cuento norteamericano a principios del siglo XX. La antología editada por Arriaga reúne a escritores en plena producción, la mayoría de ellos mexicanos con una sólida trayectoria en el mundo de las letras (Sergio Pitol, Hernán Lara Zavala, Enrique Serna), pero también a autores de otras latitudes (Fernando Iwasaki, Ana Lydia Vega, Ana María Shua) y a representantes de las nuevas generaciones (Antonio Ortuño, Gerardo Sifuentes, Luis Felipe Lomelí). Esta combinación de estilos, tradiciones y generaciones me parece un acierto: en Sólo cuento puede encontrarse una gran variedad de formas narrativas y, de no ser por el predominio casi total de escritores mexicanos, podría decirse que es también un buen termómetro del cuento contemporáneo en lengua española –cuando menos lo es del cuento mexicano. Habrá que darle seguimiento a esta ambiciosa iniciativa que no pretende agotarse en unos cuantos volúmenes (Sólo cuento es un proyecto de largo plazo y en 2010 lanzó ya su segundo tomo) y que proporciona al lector algo más que placer literario: el trabajo de diseño e impresión de la antología es impecable, con sus dos tintas en cada página, su papel de primerísima calidad y su preciosa composición de portada. Una joya editorial que no ha recibido la atención merecida y que, insisto, parece que caerá presa de las deficiencias de difusión y distribución que padecen las publicaciones universitarias.

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