Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Oscar A. Gómez

Diciembre 24, 2010
Por Hermano Cerdo

Oscar A Gómez vive en un pueblito al norte de Japón, desde donde busca la seguridad humana. Mal escribe en el panÓptiko, y tiene al cerdo en la mira.

Este año, que no pintaba para nada prometedor, resultó ser uno de los más intensos que haya vivido. No en en cantidad porque, si no se escapa alguno por ahí, no fueron más de cinco libros. ¡Ah, pero qué libros!

Empecemos con la pornografía, para salir de eso. En enero descubrí esa entretenida novela gráfica The Walking Dead y me hice al compilado de los primeros cinco años de la serie. No sólo es una historia muy bien pensada, porque nadie antes había intentado contar un apocalipsis zombie en el largo plazo, sino que el tomo en sí permite multiplicar físicamente las emociones que asechan una página más allá. Es sencillo: sólo tienen que acostarse en su sofá y colocar el lomo de este directorio telefónico justo en la boca del estómago. Tal vez no lo sentirán inmediatamente, pero con el trascurrir de las páginas la asfixia producida por el peso en el vientre intensificará la ansiedad que produce el no saber si del otro lado nos espera el mordisco que acabe fulminante a cualquiera de los personajes. Creo que este grado de placer no se puede conseguir con ningún otro libro, y aún intentándolo en otras facetas de la vida, puede que no sea tan provechoso.

Luego siguieron dos novelas muy cortas: Indigno de ser humano de Osamu Dazai, y La Presa de Kenzaburo Oe. El primero lo busqué por la impresión que me causó una bonita versión animada que pasaron en cines, que guarda con el libro esa cosa de no saber muy bien lo que esta pasando, pero que en todo caso sólo se soluciona con el suicidio. Me desilusionó, sin embargo, descubrir que la versión animada no incluye nada sobre la adicción a las drogas del protagonista – japoneses moralistas. De Oe puedo decir que la historia de un soldado negro en una aldea japonesa tiene tanta fuerza que pensé que iba a explotar. Pero no. Oe lleva la tensión de principio a fin sin saltarse el curso de lo inevitable, con la paciencia de las tragedias que tardan semanas en consumarse.

Slow man de Coetzee fue un viaje tranquilo por una reflexión que no quiero hacer por ahora. Sí, todos nos pondremos viejos y seniles, y tal vez nos enamoremos de una enfermera eslava, pero ya habrá tiempo de pensar en ello. Además, un personaje que parece venir de otras de sus obras aparece abruptamente y cambia toda la dinámica de la historia; algo que para alguien que lo lee por primera vez no es muy agradable.

Sin embargo, el gran acontecimiento del año fue descubrir a Shusaku Endo y esas dos brutales novelas que son Silencio y El Samurai. La historia del cristianismo en Japón ya prometía ser truculenta de entrada, pero no había llegado a comprender la profundidad de lo que estaba en juego. Jamás los cristianos habían intentado convertir a un pueblo pagano que no pudiesen doblegar a la fuerza; menos uno tan sofisticado como el japonés. Endo tiene la sensibilidad necesaria para transmitirnos las tribulaciones que se suceden dentro y fuera de la mente del misionero en medio de las luchas de la fe. Cada uno de los libros lo intenta desde un bando distinto, ofreciendo una panorámica completa de la inconsistencia de nuestros cimientos morales, así como de la extraña naturaleza de su poder. Como un tronco que flota en el medio del mar, estos libros nos mantienen a flote pero ¿para qué? No recuerdo otro libro que me haya llevado a las lágrimas. El año que viene, el de la revancha, será difícil superar esta marca.

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