Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Javier G. Cozzolino

Diciembre 8, 2010
Por Hermano Cerdo

Javier G. Cozzolino es argentino y autor del libro de cuentos Tulipanes para Zamudio. Es también un cerdito especial de la piara.

De los libros leídos en 2010 destaco:

Nick Carter (se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo), de Mario Levrero.

Escrito en 1973, me entretuvo y mucho y creo que en un día lo terminé. El estilo de Levrero es gracioso, disparatado y todo lo que ya se haya dicho, al menos, de este libro. A veces su humor es malísimo; en otros casos muy eficaz. Pero ya la relación literatura y humor es para dejar salir algún aplauso. Más aún teniendo en cuenta que fue escrito 37 años atrás, casi 38. Es literatura sin pretensiones, y eso también es elogioso, sobre todo leído, máquina del tiempo mediante, en 1973. Una nota final: es escandaloso el tamaño de la tipografía del libro editado por Mondadori; esto de inflar un libro y matar más árboles y vendértelo más caro molesta. Uno, como lector, se siente un poco estafado.

Loco afán, de Pedro Lemebel.

Lo leí al principio de este año y me hizo pasar unos días de enero, en la playa, lleno de una prosa inigualable, con dosis de humor paralelas a la sordidez, donde el mundo travesti, por ejemplo, es pintado con la gracia de un Balzac pasado de copas. Loco afán es de de esos libros que generan en el lector la necesidad de sentarse a tomar unas cervezas con su autor. Se trata de un conjunto de crónicas, algunas decididamente hechas cuento, y de otros textos híbridos que prueban que la sinceridad todavía es posible al escribir.

Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal.

Primera novela del autor, fue elogiada por Bioy Casares y Roa Bastos. Cuando salió (ganó creo que el Premio Clarín), o poco después, cuando se hizo la película y en ella estaba Cecilia Roth (actriz a la que deseo la salud la acompañe siempre, pero como actriz no la aguanto), digo, por todos esos prejuicios, cuando salió el libro postergué su lectura hasta que en 2010, de casualidad, cayó entre mis suaves manos. Debo decir, como primera cosa, que Una noche… la leí de un tirón, y eso ya es todo un mérito para un libro, o eso creo. En ningún momento dudé en abandonarlo. Repasando unos apuntes de mi lectura leo que, a pesar de ello, tan sólo la última parte y, de ella, la última porción, decididamente me cautivó. Escribí en su momento: “Se ve que antes y después todo fue más bien por carriles políticamente correctos, por esos carriles de las novelas de camino que después de Kerouac, o de su versión criolla, Soriano, es difícil de reiterar”. Pero hay que ser justos, se trata de una tradición cervantina, también, esto del camino y sus aventuras, y la literatura no tiene por qué ser como el progreso científico y tecnológico. Me cito otra vez (y auto-erotizo) con otros apuntes más de la novela en cuestión: “Por lo demás, la novela está bien llevada, lugares comunes de por medio (y muchísimos), y lo que mejor maneja el autor es el erotismo. Luego, nada nuevo bajo el sol, ni en 1998 [año de la publicación] ni ahora”. Pero tratándose de la primera novela de Mairal, leyéndola con esos ojos, uno, otra vez recurriendo a la máquina del tiempo, podía entonces sospechar que se estaba frente a un escritor importante del nuevo semillero argentino.

Karaoke kiss, de Cecilia Galli. Textos de Cartón editó este librito de cuentos este año, librito que velozmente leí un par de veces. Sí, un par. Creo que Galli no es consciente de la crítica a la modernidad que realiza desde cierta postura narrativa aparentemente naif o celebratoria de lo mínimo. Sus textos, más bien breves, más bien sin tramas precisas, más relatos de momento que otra cosa, retratan esa alegría brasilera de los argentinos clasemedieros y medio pelo, pero que, por argentinos, se desdibuja hasta convertirse en una payasada triste y decadente de fulanos que, creyéndose superados, no la pasan tan bien como es que dicen. Hay una teoría del vacío dentro de ese librito. Una lectura fácil, esnob, no es aconsejable. Adoptar esa postura es quitarle a Karaoke… sus principales méritos.

Otros autores que me estuvieron rondando con altibajos durante el año fueron Bolaño, el enorme Bellow, Carver (que siempre está), Woody Allen (releí un par de comedias que se encuentran dentro de Sin plumas y están muy bien), John Irving, y siguen las firmas. Todos altamente recomendables. Y de todos ellos, para llevarse a una isla, Bellow, con él alcanza y sobra. O Aristóteles. Retomé Ética a Nicómaco tras haberlo leído cuando era joven y hermoso, y lo leí como un verdadero libro de autoayuda. Leer a Aristóteles, antes que la NASA, da para creer en la vida extraterrestre.

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