Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Javier Elizondo

Diciembre 15, 2010
Por Hermano Cerdo

Javier Elizondo es mexicano, miembro del conjunto Aleluya y autor del blog La Estremecedora Mecedora. Quiere publicar ficción en HermanoCerdo.

Llevo algunos años prometiéndome llevar un diario de lecturas, pero ha pasado uno más en que lo he olvidado. Mi memoria está a las órdenes de la mucha neurosis que caracterizó a mi 2010, con la instrucción primera de olvidar prácticamente todo. En algún momento hice lecturas que, dije, estaban cambiando mi vida, y ahora me encuentro olvidando la mayoría de ellas. Ya sabrán perdonarme.

Pero recuerdo algunas: Coetzee fue protagonista este año. A principios de éste, leí en una de las muchas bitácoras de Javier Moreno que tenía el propósito de leer todo lo que tuviera la firma de J. M. y decidí fusilarlo. Alcancé, solamente, a leer cinco: Juventud, Infancia, Elizabeth Costello, Diario de un mal añoLa edad de hierro. El último me tiró de nalgas. Me impresionó la capacidad de Coetzee para mutar en una anciana enferma, tan determinada a extender sus límites, y a hacerlo, como todos (espero) sabemos, con una prosa tan líquida, tan extensa en sus propios límites. Algo hizo en mí, estoy seguro, pues ahora que yo intento terminar una novela con una mujer como personaje principal siento a alguien respirando a mis espaldas y temo que es aquel coloso sudafricano.

¡Absalon, Absalón!, de Bill Faulkner, fue una importante revelación. Con la mitad de ese gigantezco, quizás interminable aliento deglutido en viajes de metro, temo deberle una relectura, pero puedo decir que muchas cosas me quedaron claras después de la última página. De, o mejor dicho sobre, Faulkner, encontré una recopilación de testimonios de gente cercana a él llamada William Faulkner de Oxford que me entretuvo hasta la masmédula. Es una biografía accidental, que seguramente Bill habría detestado, en la que destaca su carácter estóico y su obsesión con los árboles. De alguna manera, ese libro me generó una incomprensión hacia el Nobel que, mezclada con la lectura de ¡Absalón…Santuario, terminó por engendrar una de mis más grandes obsesiones literarias. Me parece un libro indispensable para los amantes del documental.

Raymond Carver también fue un importante aliado este año. Catedral me dejó pasmado. No puedo pensar, ahorita, en ningún otro relato de ficción que contenga el mismo verdor de un jardín que Desde donde llamo o el propio Catedral. Y cabe destacar que en mis últimas tres borracheras he resaltado el rol del champán en los relatos de Carver: decadente, escondido tras el escusado, mientras en los cumpleaños fashion se bebe en martinis con vodka. Una tontería; una más de las consecuencias de las lecturas.

Una de mis lecturas más importantes este año fue la Gramática de la fantasía, de Gianni Rodari. Rodari escribía para dilucidar ejercicios para los niños de su escuela, en Reggio Emilia, y estaba dispuesto a dejar todo el pellejo en el suelo porque esos niños se divirtieran con las historias y la palabra escrita. Su gramática es el registro de ese exitoso intento. He ahí, creo, el único libro, hasta hoy, que me parece imprescindible para cualquier ser humano.

Rabbit, Run, de John Updike, también significó un buen rato de reflexión sobre la escritura y la vida misma. Rabbit, como dijo Updike en la entrevista que me echó a perder el final de su tetralogía, es un personaje que no debió haber muerto, pero muere, como todo el resto de la humanidad: un personaje inexplicablemente hermoso. De Updike, En torno a la granja también hizo una aparición estelar este año. Quedé sorprendido por las propiedades terapeúticas que, en ese momento, tuvo en mí. Quizás debería, pero no me arrepiento de ello: es un libro espectacular que tocó el centro de mi espíritu. La madre, la esposa, la granja y el niño son elementos de un cuadro tan tremendo que, por lograrlo, Updike merece un aplauso de pie de hora y media.

Bellow. El gigante BellowJerusalen ida y vueltaTodo cuenta —los únicos ensayos valiosos que leí este año; los únicos que no me derrotaron— están en mi escritorio esperando una pronta relectura. ¿Qué puedo decir yo sobre Bellow, el gigante Bellow?

Casi terminando, Otras voces, otros ámbitos de Truman CapoteOn human bondage de Sommerset Maugham me enseñaron —aunque no sé si aprendí algo— lo que escribir es. Durante esas dos lecturas, me parece, sucedieron, sucedí, los acontecimientos más importantes del año; los más desgarradores. No puedo apartar esas historias de aquellos hechos, así que les atribuyo propiedades cósmicas, modeladoras de mi propio Universo.

Y hubo dos cuentos, dos, que leí, uno de ellos más de tres veces seguidas, con el afán de sentir lo que uno siente tras una paja de verdad: “Where Are You Going, Where Have You Been?” de Joyce Carol Oates (en el New Yorker. Aún se puede encontrar en linea), y “Good Country People” de Flannery O’Connor. Ambos están en el mismo vagón de tren, me parece, y con el mismo destino: el preludio a la pérdida absoluta. Cada quien significará eso cómo le sea debido.

(Es mi última intención hacer publicidad, pero Heriberto Yépez, con el Archivo Hache de todos los sábados en Milenio, me ha dado tanto en qué pensar, comenzando por “pinche chango” a “qué muchacho tan listo”, que no puedo obviar su voz. Destaco su columna sobre los seudónimos (en algún momento de los últimos meses).

Debo muchas lecturas, así  que espero no olvidar mi diario este año.

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