Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: J. S. de Montfort

Diciembre 15, 2010
Por Hermano Cerdo

J. S. de Montfort es español y vive y escribe en Barcelona. Colabora con la piara y es autor del blog J. S. de Montfort escribe.

Por ordenar un poco las cosas, procedamos con los libros publicados este mismo año. En cuanto a narrativa en castellano, sin la menor duda, y a cientos de kilómetros de distancia de sus competidores, está ese canto fúnebre y liberador a la galaxia Gutenberg que es Dublinesca de Enrique Vila-Matas (Seix-Barral) y su anexo teórico que es Perder Teorías (Seix-Barral). En catalán, sucede lo mismo con Maletes Perdudes de Jordi Puntí (Empuries/Salmandra), una epopeya de tintes rushdinianos, narrada con humor benevolente, un dominio mastodóntico de la estructura de la novela, y el ensayo de una voz colectiva salvado con talento y voluntad. En lengua extranjera (traducida al castellano), lo mejor que cayó en mis manos fue Sin arte del maestro de las letras húngaras –y aristócrata- Peter Esterházy (Acantilado). También destacaría París, Francia de Gertrude Stein (Minúscula), un libro de muy difícil traducción, y resuelto maravillosamente por Daniel Najmías a quien, por cierto, acaban de dar el V Premio Esther Benítez de Traducción, justamente por esta obra.

En cuanto a los textos de índole memorialística, cabe reclamar el cetro para esa exorcización del demonio del padre que es Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente (Anagrama). Sobre memoirs de tipo personal/literario, acabo de leer Seductores, ilustrados y visionarios de J. M Castellet y me parece muy pertinente, con su dibujo como en gouache de la vida literaria del crítico catalán.

Sobre autobiografías geniales y de paradójica estructura (para una biografía) hay que destacar Summertime (Harvill Secker) de J. M. Coetzee, pero también una última que, de no ser por la altiva prosa de su perpetrador, podría haber sido también genial, me refiero a Autobiografía sin vida (Mondadori), de Félix de Azúa.

Referente a los libros de relatos me quedo con Los voladores (Acantilado) de Peter Stamm y La puerta de la luna (Destino) –y que estoy leyendo ahora mismo- de Ana María Matute.

Del lado de los libros ensayísticos, escojo la edición de la Obra poética de J. M. Junoy (El Acantilado), que viene con una introducción y estudio de Jaume Vallcorba sobre Junoy y su tiempo (el tiempo del noucentisme catalán) .

Dos descubrimientos más o menos azarosos fueron el libro de poesía de Antonio Cabrera, Piedras al agua (Tusquets) y una obra que dialoga con gran acierto con el arte contemporáneo y que es Las correspondencias de Pedro G. Romero (Periférica).

Y no puedo dejar de hablar de la que es, de lejos, la mejor opera prima de este año: Historia de un ladrón, de Mercedes Álvarez (Caballo de Troya).

Me gustaría también destacar la importancia que tiene para el lector español la edición de Papeles de Recienvenido y Continuación de la Nada (Barataria) de ese autor raro y genial que es el argentino Macedonio Fernández.

Del lado de la literatura más comercial, confieso que me gustó mucho El arte de la resurrección, de Hernan Rivera Letelier.

Entre los libros que leí este año pero que fueron editados anteriormente, destaco por sobre todos la trilogía Tu rostro mañana (deBolsillo), así como El Hombre Sentimental (deBolsillo), ambos de Javier Marías. A su lado habría que situar Últimas tardes con Teresa (deBolsillo) de Juan MarséLight in August (Vintage) de William Faulkner completaría el podium. También este año leí, por fin, ese prodigio de estructura temporal en tres tiempos simultáneos que es Conversación en la Catedral (deBolsillo) de Mario Vargas Llosa. Debería decir que este verano me propuse leer por completo A la búsqueda del tiempo perdido (deBolsillo) de Marcel Proust, de la que solamente había leído algunos tomos sueltos. Estoy a medio camino.

No puedo, por otra parte, dejar de destacar más libros que me han apasionado este año, como ese diario impreciso del recuerdo asociativo y caprichoso que es Me acuerdo de Joe Brainard (Sexto Piso), la descacharrante El papel de mi familia en la revolución mundial (Minúscula), de Bora Cosic,  la obra maestra La extraña de Sandor Marai, Cécile de Benjamín Constant (Periférica), Señales que precederán al fin del mundo (Periférica) de Yuri Herrera, y los relatos incluidos en Drown (Faber & Faber) de Junot Diaz.

En un lugar preeminente (y bien iluminado) habría que situar Rosas, restos de alas (La Fábrica) la primera nouvelle del escritor Pablo Gutiérrez y que deja en ridículo a la mayoría de sus coetáneos.

Ayer mismo comencé a leer Gran Sertón: Veredas (Adriana Hidalgo) de Joao Guimaraes Rosa, y me tienen absolutamente atrapados los Diarios [1957-1989] (Anaya & Mario Muchnik) de Carlos Barral, editados por Carme Riera, los cuales leo frenéticamente en el silencio filoso de las madrugadas del frío mes de diciembre, como si fuesen una medicina, un purgante, o un rezo entrecortado e hiposo.

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