Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Humberto Ballesteros

Diciembre 16, 2010
Por Hermano Cerdo

Humberto Ballesteros es un bogotano del 79, autor de la novela Razones para destruir una ciudad.

El 2010 fue un año muy bueno para mí, y una de las razones es que casi todo lo que leí me pareció recomendable.

Life and Fate, de Vasily Grossman, encabeza la lista. Es un libro que dejó huella en mi forma de pensar, comer, oler, odiar, amar, dormir, soñar, despertar… Su autor nunca lo vio publicado. Stalin decomisó, no sólo las copias de las que tenía conocimiento, sino los rollos de la máquina con que fue compuesto. El título, los cientos de personajes y la estructura reclaman la herencia de Tolstoi; me atrevo a decir que el resultado la supera. Se centra más que todo en Viktor Shtrum, un físico de origen judío, obsesionado con sus experimentos, que se ve obligado a enfrentar el monstruo histórico que se le viene encima. Pero todos los personajes son memorables. El amor entre un soldado y una operadora de radio, la muerte de un grupo de judíos en las cámaras de gas, la batalla de Stalingrado, las insidias políticas en el Ejército Rojo, la infidelidad de Shtrum con la esposa de un colega, la pérdida de un hijo y la consecuente depresión de una madre, la condena a muerte de un viejo bolchevique, la libertad de un comandante que conduce un jeep por el desierto, el delirio moral de un ex-místico preso en el Gulag, los sueños de un niño con hambre, se narran todos con el registro adecuado, sin exageraciones, con respeto por la sencillez de las cosas importantes.

Quaderni di Serafino Gubbio operatore, de Luigi Pirandello, fue una sorpresa bonita. Es una de las primeras novelas sobre cine; Gubbio es un camarógrafo que trabaja de día y de noche garrapatea en su diario. Es una caricatura de los efectos del cine en una sociedad que apenas los comenzaba a sentir, y fue divertida de leer en la era de Facebook.

A duras penas logré escalar The Magic Mountain, de Mann, en la traducción inglesa de John Woods. A veces me divertí y otras me aburrí. La parte en que Hans Castorp mira su radiografía me pareció tremenda. Otras me tocó superarlas a fuerza de terquedad, como siempre me pasa con Mann. Sigo prefiriendo Dr. Faustus, pero La montaña mágica tiene los momentos más intensos que le he leído a este viejito al que he llegado a admirar como a un abuelo tieso, de humor delicado y frío, que lo sabe todo y que a veces, en medio de sus historias interminablemente suyas, me suelta un diamante en el regazo que me quema los ojos, la piel y la imaginación.

Leí cuatro libros de Stanislaw Lem: Return from the Stars, Eden, The Chain of Chance y The Cyberiad. Los tres primeros son serios y pesimistas, y me gustó más Return from the stars. El último lo releeré muchas veces. Si el de Grossman es el libro imprescindible de este año, The Cyberiad es mi favorito. Está escrito con un humor gigantesco, a lo Rabelais. Lem se traga el mundo, lo mastica teatralmente y lo regurgita cambiado e idéntico a sí mismo, lleno de payasos luminosos. Es una especie de Las Mil y una Noches en la que todo son máquinas que inventan máquinas, que deliran sobre máquinas y destruyen y crean mundos a fuerza de máquinas, y las máquinas son más humanas que nosotros y nos miran con la intensidad irónica con que sólo pueden hacerlo las máquinas. Me reí a carcajadas. Los dibujos de mi edición, llenos de esferas, narices piramidales, cubos con brazos, ruedas y engranes, también me parecieron maravillosos.

Leí otros clásicos más. Uno fue Oblomov, de Ivan Goncharov. El protagonista es un noble ruso del siglo XVII que hace de dormir y fracasar en el amor una especie de disciplina existencial. Una novela como ya no las hacen, humana, pensada y sentida con honestidad y  compasión. Otro clásico fue Great Expectations, de Dickens. Había leído Bleak House y me costó trabajo; con éste no tuve ese problema. Dickens sigue siendo el mismo, melodramático, y a veces se le nota que le pagaban por palabra. Pero la historia de Pip me atrapó, y me gustaron mucho los pasajes góticos. A Ms. Havisham decidí imaginármela como un personaje de The Corpse Bride, y la idea resultó apropiada.

Mastro Don Gesualdo, de Giovanni Verga, me pareció oxidado; hay pedazos conmovedores, pero no son los más. En cambio The Adventures of Augie March, de Saul Bellow, me pareció magnífico; tal vez la mejor novela gringa que he leído. No hace falta que elogie la que todo el mundo conoce como una obra maestra, excepto para unirme al coro cada vez más grande que la aclama como la verdadera great American novel. Cuento los pasajes de la cacería con el águila entre los mejores que he leído.

También leí las Confesiones, de San Agustín, una lectura que puede parecer aburrida. Pero Wittgenstein escribió que las Confesiones son el libro más serio jamás escrito, y yo le creo a Wittgenstein si me dice que el cielo es verde, y resulta que sí es verde, verdísimo, y perderse en él volando con los ojos cerrados es una delicia. El libro XI, en que el arzobispo con la cabeza más grande que el mundo se da topes con el problema del tiempo, me pareció digno de un Stephen Hawking de la Edad Media.

Para cerrar la lista de clásicos me queda Wuthering Heights, de Emily Brönte. Lo comencé esperando a Jane Austen, y resultó que no tiene nada que ver con ello. Es un libro raro, claustrofóbico, lleno de fantasmas implícitos y explícitos, violencia y erotismo.

En el verano leí libros de aventuras y para niños. Me gustó Charlotte’s Web, de E. B. White. Se lee en una sentada y vale la pena cuando uno lleva demasiado tiempo siendo adulto. Leí dos novelas del ciclo de Hornblower, de C. S. Forester: Mr. Midshipman Hornblower y Lieutenant Hornblower. Mucha acción, mucha descripción náutica, mucha testosterona napoleónica, y lo mejor es el personaje central, un héroe creíble y humano. También leí The Long Ships, de Frans G. Bengtsson. Un libro divertidísimo, escrito con atención a la historia, con clara intuición de lo que fueron esos barbudos energúmenos y libres, los vikingos, y con un humor delicioso. Y por la época de octubre quise leer algo de terror y me decidí por The Town that Forgot how to Breathe, de Kenneth J. Harvey. La frase de Coetzee en la portada y el diseño extraño del libro me sedujeron, y el resultado no fue tan bueno como esperaba. Hay pasajes de suspenso bien logrados, pero quedan demasiados cabos sueltos.

Leí muy poco en español, pero hay al menos una novela que puedo recomendar: La casa de los náufragos, del cubano Guillermo Rosales. Aparentemente a Rosales ya no lo conoce nadie, ni en los Estados Unidos que despreciaba ni en la Cuba que criticó sin piedad, y mucho menos fuera de esos dos países; una reedición juiciosa de esta novelita sería más que bienvenida.

También leí en traducción española Opus Nigrum, de Marguerite Yourcenar. Me pareció aún mejor que las Memorias de Adriano, con pequeños tesoros de elocuencia, como la otra, pero más narrativa. El personaje de Zenón es una invención sobresaliente.

Leí varias novelas cortas dignas de mención. Angst, de Stefan Zweig, es una obrita maestra; sentimos al terminarlo que el viaje a las profundidades de esa mujer como cualquiera ha sido el más intenso de nuestra vida. Detective Story, de Imre Kertész, es una parábola efectiva sobre la monstruosidad del poder que para un latinoamericano resulta doblemente dolorosa. The Queue, de Vladimir Sorokin, es una novelita deliciosa escrita sólo con líneas de diálogo. Los personajes son una multitud rusa que espera en una de las famosas colas de los regímenes totalitarios que le entreguen algo que nunca se especifica. A medida que se avanza las voces comienzan a distinguirse, y el realismo irónico con que están capturados ese joven lujurioso, esa madre neurótica, esa jovencita ya no tan inocente, ese niño malcriado, esa mujer aburrida, esa anciana cuya paciencia es una derrota, es como un baldado de agua fría cuando uno más lo necesita. Y The Croquet Player, de H. G. Wells, es una historia muy rara que el maestro escribió a sus setenta y que vale la pena leer.

Punto y aparte para Hiroshima, de John Hersey, el reportaje clásico, doblemente poderoso por su brevedad, sobre los sobrevivientes a la explosión de la primera bomba nuclear. Tal vez, después de tanta novela, resulta cierto el lugar común de que la realidad supera a la ficción.

Para terminar nombro, entre los cuentos que leí este año, los que me parecieron sobresalientes: El posible Baldi, de Juan Carlos Onetti; Il sogno di Dedalo, de Antonio Tabucchi; Der Sandmann, de E. T. A. Hoffmann; Bahnwärter Thiel, de Gerhart Hauptmann; The Displaced Person y A Circle in the Fire, de Flannery O’Connor; Sudoka, de Javier Moreno; Kaleidoscope, de Ray Bradbury; The Dream of the Emma C, de Patricia Highsmith; A Person’s Happiness, de Yasunari Kawabata, y The Unparalelled Adventure of a Certain Hans Pfaal, de E. A. Poe. Mención de honor para Ein Hungerkünstler, de Franz Kafka, el cuento más hermoso del mundo, que releo todos los años.

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