Blog • Diciembre 2010

Las Lecturas de 2010: Guillermo Núñez Jáuregui

Diciembre 9, 2010
Por Hermano Cerdo

Guillermo Núñez Jáuregui es mexicano, autor del blog Cetrería y editor web de la revista La Tempestad.

Inicié el 2010 con una visita a casa de un amigo en Mérida, a donde, recuerdo, llevé un libro pero lo dejé porque mi amigo, Julián Zárate, tenía en su librero un ejemplar de Consider the Lobster, que se había hinchado a causa de la humedad, de David Foster Wallace, que leí y disfruté. El libro cuya lectura interrumpí para leer el de Foster Wallace pero que retomé –creo que en el vuelo de regreso a casa y en los días siguientes- fue el segundo volumen de la compilación de textos de H.P. Lovecraft que sacó Penguin, The Thing on the Doorstep and Other Weird Stories. De acuerdo a mi diario, a finales de ese primer mes del año terminé de leer El Tercer Reich de Roberto Bolaño y Extremely Loud and Incredibly Close de Jonathan Safran Foer, que amablemente me prestó una compañera del trabajo, Lorena Villa. Lorena, unos cuantos meses más tarde, me regalaría otro libro de Safran Foer, Eating Animals, que, a la fecha, no he podido leer.

Menciono a Lorena y al trabajo para poder decir ahora que por cuestiones laborales tuve que leer varios libros de Rodrigo Rey Rosa para poder reseñar el libro que por entonces aún era, más o menos, una novedad: El material humano, que disfruté. Así, de acuerdo a mi diario, a inicios de febrero estuve leyendo otros de Rey Rosa: El cuchillo del mendigo; El agua quieta; Cárcel de árboles, El salvador de buques, La orilla africana y Siempre juntos donde se reunían, creo recordar, algunos cuentos que ya había leído en otros lados. Recuerdo que todos me gustaron, más o menos. En febrero también leí un libro de Jacques Rancière, La palabra muda. El libro plantea una pregunta: “¿Qué es la literatura?”. Ofrece una respuesta: la literatura es un “modo histórico de visibilidad de las obras del arte de escribir”. Ahora lo saben.

Marzo fue el mes en que inicié Los demonios de Heimito von Doderer pero no el mes en el que lo terminé (cosa que no ocurrió hasta agosto). Esta fue, sin duda, una de las lecturas más importante que hice este año y cuyas ramas aún se extienden a las lecturas que estoy haciendo hoy (a saber, Los demonios de Dostoievski y The Possessed de Elif Batuman, que, al menos en mi cabeza, tienen relación). También leí un par de libros más de von Doderer: una desigual compilación de cuentos, El tormento de los saquitos de cuero y la muy recomendable novela Un asesinato que todos cometemos. Ambos libros me los prestó José Luis Bobadilla, a quien le estoy agradecido. Otra lectura relacionada (aunque incompleta pues sólo leí el apartado dedicado a von Doderer) fue Tres voces de García Ponce. Pero, como dije, no fue marzo el mes en el que terminé el libro. Creo que es sintomático que a finales de este mes haya iniciado Filosofía del tedio de Lars Svendsen, que terminé en abril.

El primer día de abril, un día antes de mi cumpleaños, inicié una entrada a mi diario así: “Leo a Barthelme”. La segunda lectura importante que hice este año. Comencé por El padre muerto (una anécdota curiosa: venía acá, al escritorio donde escribo esto, leyendo en el Metrobús el ensayo que le dedica Lopate en Retrato de mi cuerpo) y, más tarde, a finales de junio e inicios de julio, leí Sixty Stories. Recuerdo que gran parte de esa lectura la hice en un vuelo trasatlántico y en autobuses y en salas de espera, lo cual me vino muy bien, pues me obligaba a realizar una lectura fragmentada de un libro que explota, precisamente, el collage y la dispersión.

Según mi diario, en abril también leí El rey del bosque de Pierre Michon. Quizá porque es un libro breve, lo había olvidado. Para el trabajo por estos tiempos también debo haber leído Fin de David Monteagudo, y Las encías de la azafata de José Israel Carranza.

En mayo leí The Moviegoer de Walker Percy, que enlazó muy bien con el regusto amargo que me había dejado leer el libro de Lars Svendsen (un libro muy extraño, ahora que lo pienso, pues es un libro filosófico que lidia con un tema árido, pero que resulta bastante entretenido). The Moviegoer fue una de las dos buenas lecturas que me recomendó David Miklos este año. La otra me la sugirió hace relativamente poco (en octubre, creo): The Lovers, de Vendela Vida (aunque, debo decir, disfruté más sus dos novelas anteriores). Ya encaminado en la mención de lecturas que me recomendaron amigos, no puedo pasar por alto What in the World: A Museums Subjective Biography de Pablo Helguera, que me recomendó Óscar Benassini.

Como que no me están cuadrando las fechas. Al tiempo que escribo esto consulto mi diario y una lista de lecturas que hice a partir de una rápida relación de reseñas publicadas en la revista donde trabajo. En mi diario ya llegué a junio, donde anoté algunas cosas a partir de mi lectura de Robert Walser: una biografía literaria de Jürg Amann (que no ofrece gran cosa al lector de Walser, a no ser el peculiar modo en que Amann acomoda citas de distintos pasajes para armar argumentos), pero en mi lista ese libro está precedido por una serie de textos de los que no anoté nada en mi cuaderno –no hasta junio, al menos. A saber: Vacilación de Anthony Burgess –recomendable; La boca llena de tierra de Branimi Scepanovic –recomendable, aunque, tomando en cuenta el precio del libro, quizá no muy gratificante- y Laúd y cicatrices de Danilo Kis, también recomendable.

A finales de julio (después de aquél viaje en el que leí a Barthelme) inicié Madame Bovary, de Flaubert, que abandoné para retomar más tarde, avanzando en las lecciones del Curso de literatura europea de Nabokov que, a la fecha no he terminado (estoy en el pasaje que le dedica al primer volumen de En busca del tiempo perdido).

En septiembre leí En la tierra de Robert Creeley y Enemigos públicos que reúne correspondencia entre Michel Houellebecq y Bernard-Henri Lévy. Un libro que disfruté pero que me pude haber saltado. Quizá el mes anterior leí Papeles falsos de Valeria Luiselli. No lo tengo claro. En septiembre empecé pero no seguí con House of Leaves de Danielewski. Tengo la intención de terminarlo. No sé cuándo. Arrastré esa lectura hasta inicios de octubre, mes en el que, aparentemente, no leí gran cosa. En noviembre, tampoco: Recordando a William Carlos Williams de James Laughlin y Tworki (El manicomio) de Marek Buebczyk fueron los únicos libro que leí completos, y párale de contar.

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