Crítica • Noviembre 2010
Suomenlinna, de Javier Calvo

“Así es precisamente como funciona esta historia. No hablando del mundo con símbolos ni metáforas, sino convirtiendo al mundo en metáfora de sí mismo. No ofreciendo códigos ni contraseñas sino borrando esos códigos”.
*
Una reseña o nota sobre una novela no debería sobrepasar en cierto porcentaje la extensión de la obra. Así que seré breve.
Javier Calvo propone en Suomenlinna que el lector descubra en qué forma el mundo es metáfora de la novela (y no al contrario): “Eso es lo que hacemos con las metáforas en esta historia: les arreamos un buen portazo en las narices para que no se les ocurra volver por aquí”.
Sin embargo Suomenlinna está plagada de simbolismos, así que no es tarea sencilla descubrir de qué forma metaforiza al mundo.
Porque a fin de cuentas Suomenlinna habla sobre El Otro y sobre Islas y Sagas Nórdicas bajo los acordes de Black Metal (sea lo que sea eso) y se estructura en torno a una versión onírica de The Wicker Man (la de Robin Hardy de 1973, por supuesto)
Entonces entran en juego los rituales de las sociedades agrarias: El sacrificio del rey, o del hijo del rey y la búsqueda de una víctima que lo suplante. Siempre es El Otro, el extraño en la Isla, el que acaba sacrificado.
Javier Calvo nos conduce por ese camino y luego da la vuelta a la historia, como un guante, o como una representación del universo en cuatro dimensiones en la que interior y exterior se confunden sobre el límite de su superficie en expansión. Volteado de esa forma el mundo, fuera del guante, se convierte en metáfora de la novela, dentro del guante.
Pero hay que ser breve. Suomenlinna puede parecer, por sus escasas 100 páginas, una nadería y un ejercicio narrativo ambicioso. Nada menos que el mundo quede representado en ella. Pero creo que es una novela muy sugerente abierta a multitud de interpretaciones porque, dejándonos llevar por las instrucciones del narrador (y sus irrupciones en el hilo narrativo) acabamos cayendo en la trampa de su autor. No es posible metaforizar el mundo más que desde una perspectiva subjetiva. El mundo como voluntad y representación: «Nadie puede salirse de sí mismo para identificarse directamente con las cosas distintas a él; todo aquello de que se tiene conocimiento cierto e inmediato se encuentra dentro de su conciencia.»
Schopenhauer, claro.
Ya se sabe: «La vida es un anhelo opaco y un tormento.»

