Golpes y Patadas • Noviembre 2010

En la lucha se conoce uno a sí mismo

El camino del Kendo

Por Jaime Gabriel Oropeza Borja

El día de mi primer entrenamiento de Kendo llegué temprano al dojo de la UNAM, situado en el ex reposo de atletas del estadio de Ciudad Universitaria, estacionamiento 8. A la entrada, me recibieron algunos estudiantes con excelente cortesía y buena camaradería.  Antes de pasar a la duela uno de ellos, vestido con la hakama y el keikogi característicos de los practicantes, me mostró las dos espadas utilizadas en la disciplina: un shinai, espada de bambú empleada para la mayor parte de los entrenamientos y el combate, y un boken, espada de madera de roble empleada para las katas o formas.  Me fascinaba todo: la elegancia del atuendo, la firmeza sobria de las armas y la calma tensa en el ambiente.  La clase inició con una ceremonia de respeto: en posición de seiza sentados al estilo japonés, saludamos con una reverencia el kamisa, parte sagrada del dojo, después hicimos lo mismo frente al sensei, nos levantamos y asumimos la postura de guardia. Desde ese momento, las artes marciales se volvieron una parte muy importante de mi vida.

La palabra “kendo” está conformada por Ken, espada o sable, y Do, camino. Traducción literal: “el camino de la espada”.  Se trata de un gendai budo, un arte marcial posterior a la restauración Meiji de 1868, basado en la esgrima japonesa tradicional o kenjutsu.

Cuando la gente me preguntaba sobre el arte marcial que practicaba, muchos me decían que no tenía sentido practicar un arte marcial que “no servía para la defensa personal” [sic].  Lo anterior me hizo entender que muchos no podrían interpretar la profundidad de una disciplina como el Kendo ni lo entenderían del todo. Aunque el Kendo podría parecerse a un deporte moderno, mantiene el espíritu de la disciplina samurai, que ha sobrevivido por mucho tiempo.  Parte importante de esta disciplina es el desarrollo personal.  En 1975 la Federación Japonesa de Kendo publicó el concepto de este arte marcial:  “El Kendo es un camino para disciplinar el carácter a través de los principios de la katana”. El Kendo busca unir la mente, el espíritu y el cuerpo a través de la espada para lograr su propósito, que es:

“Moldear la mente y el cuerpo,

Cultivar un espíritu vigoroso,

Y a través del entrenamiento correcto y duro,

Luchar por mejorar en el arte del Kendo,

Tener en estima la cortesía humana y el honor,

Relacionarse con los demás con sinceridad,

Y por siempre buscar el cultivo de uno mismo.

Esto permitirá que uno:

Ame a su país y a su sociedad,

Contribuya al desarrollo de la cultura

Y promueva la paz y la prosperidad entre la gente”.[1]

“Uno debe aprender con el tiempo, sudor, esfuerzo y dolores” me dijo alguna vez mi sensei René Galván, en el dojo de la UNAM.  Vaya que aprendí esto muy pronto.  Yo venía de tener una muy buena preparación física, pues en la preparatoria nuestras clases de educación física eran duras y participé con el equipo de basquetbol durante varios años.  Pese a esto, las primeras semanas me dolía muchísimo el cuerpo.  Cada clase, el sensei nos hacía repetir los ataques básicos una y otra vez:  Men, Kote, Do, Tsuki, ataques a la cabeza, la muñeca, el torso y la garganta respectivamente, una y otra vez mientras se grita el nombre de la parte golpeada.  Mis brazos no sabían atacar con la espada, mis manos no sabían sostener un shinai, era difícil combinar las posturas con los desplazamientos, avanzar realizando un fumi komi uchi, que es una plantada fuerte en el suelo que se coordina con todo lo anterior.  Aprender a caminar correctamente en guardia fue algo que me resultó doloroso:  a la primera semana, desarrollé una ampolla que se transformó en ámpula en toda la base o “bola” del pie izquierdo, cuyo talón se mantiene levantado.  Frotaba muy duro mis pies contra la duela.  No estaba acostumbrado a estos movimientos tan raros.  Pero la mente y el espíritu pueden unirse con el cuerpo cuando uno está dispuesto, por lo que eventualmente asimilé las técnicas.

Aprender a portar el uniforme también fue una experiencia interesante, pues no se parece a los de otras disciplinas.  Hay que portar la parte superior o keikogi con dignidad, amoldarlo al propio cuerpo y, debo añadir, con el sudor adquiere mayor peso, lo que le da mayor dificultad al entrenamiento.  Ponerse el hakama es todo un ritual: abrir, meter primero la pierna izquierda y después la derecha, ajustar a la cintura, amarrar las cintas frontales, luego las posteriores; hay que aprender a moverse, andar con ella, combatir con ella, mover los pies sutilmente con ella.

El entrenamiento es fundamental.  Las repeticiones que parecen interminables adquieren sentido cuando estás frente a tu oponente y las técnicas salen de ti sin pensarlas.  Sea uno principiante o avanzado, los básicos son parte esencial de las prácticas.

Eventualmente llegó el día en que debí empezar a utilizar el bogu o armadura de práctica.  Fue muy emocionante aprender el ritual correcto para colocarlo, con movimientos ceremoniosos y muy bien controlados.  Todo en las artes marciales japonesas es economía de movimiento, fluidez y sutileza.  Tare, Do, Tenugui, Men, Kote izquierdo y luego el derecho: siempre en el mismo orden se deben de portar las partes de la armadura, y mis sempai siempre me ayudaron a entenderlo.

Realizar los movimiento con la armadura puesta es diferente a hacerlo sólo con el uniforme.  Nuevamente, tienes que acostumbrar al cuerpo al peso extra, a la visión con el Men puesto.  Incluso, puedes sentir un poco de nerviosismo por no sentirte cómodo para la práctica. Y todo esto debes dominarlo.  Es parte de tu superación como kendoka.

De nuevo Men, Kote, Do, Tsuki, pero ahora con ayuda de un compañero que se deja golpear en los puntos clave.  Aprendí a sentir el maai (distancia), el momento correcto y, de nuevo, la energía en los gritos de combate y los nombres de los ataques.  Tu espíritu sigue creciendo día con día, entrenamiento con entrenamiento.  Perdí el miedo a los golpes del shinaii. Gané confianza.

Practiqué mucho con el bogu pero mi primer combate se tardó en llegar.  Cuando se dio, no fue en el dojo.  Fuimos a la preparatoria 5, un buen día, a dar una exhibición de las artes marciales que se practican en la UNAM.  Ahí, el sensei Galván, sin previo aviso, me seleccionó para que combatiera por primera vez.  A la voz de Keiko!, cuando estaba frente a mi compañero de práctica y mientras el resto de los estudiantes estaba en seiza, combatí con mi sempai.  Inicialmente el nervio me invadió, pues nunca antes había peleado, y el hecho de hacerlo frente a otras personas fue abrumador.  Después de los primeros segundos, logré recuperar mi calma y atacar a mi contrincante.  No pensé, sólo ataqué; las técnicas salieron solas, pero no muy bien realizadas.  Al final, mi contrincante me felicitó, pero yo no estaba satisfecho: fue como si la confianza y las técnicas que había adquirido se hubieran esfumado.

Seguí combatiendo, ahora en el dojo, pero no me sentía bien.  Medía mal el maai y no atacaba con la parte correcta del shinai.  Mejoré mucho cuando comencé a combatir con mi sensei.  Éste quería probarme, por lo que me atacaba sin piedad.  Aprendí, de nuevo, con sudor y dolor.

El tiempo pasó y realicé mis primeros exámenes de grado.  Asistimos todos los alumnos, muy animados para probarnos.  Confirmamos que lo aprendido rendía frutos cuando los examinadores nos pedían que realizáramos las técnicas y nosotros las ejecutábamos sin problemas.  En esa misma ocasión, tuve mi primer combate sancionado, el cual gané, aunque por los nervios y lo mal que estaba atacando, rompí mi shinai sin darme cuenta.

El mejor momento que recuerdo de mi entrenamiento de Kendo fue cuando realicé mi último examen.  Llevaba ya dos años de práctica y estaba muy animado.  Nuevamente los examinadores nos pidieron que realizáramos las técnicas básicas, pero el momento más importante fue el del combate.  Entré en guardia y, súbitamente, mi mente se olvidó de todo lo que había alrededor.  Solo éramos mi oponente y yo. Me atacó hacia el Men.  Sin pensarlo, retrocedí un paso, bloqueé su ataque subiendo mi shinaii y barriendo el suyo; en un movimiento fluido contrataqué: el impacto sonó duro, seco, firme y el fumi komi retumbó en la duela, al tiempo que gritaba Do! Logré un ki-ken-tai-itchi: espíritu, espada y cuerpo en uno. Así, realicé una técnica avanzada de contraataque de manera instintiva.  Sonreí después de ese combate con gran satisfacción pues un nuevo camino se abrió en mi práctica.  Supe en ese momento que el Kendo es infinito en su estudio.  No es solo Kote, Men, Do, Tsuki, es el estudio del alma humana a través del combate.

Uno no se conoce  a sí mismo tan bien hasta que lucha, de la forma que sea.  El Kendo te da la oportunidad de mirar hacia ti y superarte, día con día.  Espero algún día ustedes, en el momento oportuno, se animen a acercarse al budo y sientan la satisfacción y paz que puede brindarles.  Ganbate!


[1] Traducido del inglés de la página de la All Japan Kendo Federation.
Jaime Gabriel Oropeza Borja cursó la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Profesor de literatura y lengua española, administra el blog Literature and Gaming. http://literatureandgaming.blogspot.com

4 comentarios a “El camino del Kendo”

  1. Kendoka dice:

    en la foto, el “tare” se pone al reves Einstein!

  2. kentavo dice:

    Al leer tu historia me recordo mis inicios en este maravilloso arte de la espada, gracias a dios me dio la oportunidad de practicarlo y d superarme como persona a pesar de que me falta mucho por recorrer en la vida tu has logrado lo que yo e tardado en comprender.

  3. Jaume dice:

    Veo que os haberis leido y resumido Kendo definitive Guide!!!

  4. Pablo Estrella dice:

    Jaime,
    Muy motivador el camino seguido, me permitió visionar el camino que inicie hace un par de meses con el Kendo y gracias a mi sensei y mi decisión de mejorar el arte, me sigo esforzando para alcanzar los objetivos que me he trazado.

    Felicitaciones y confío poder caminar de la misma forma que tu lo hiciste

    Ganbate
    Pablo

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