Blog • Octubre 2010
Los traductores hablan y los escritores copian

En un reciente post de su blog, Javier Calvo recomienda el último número de la revista Trans (la revista de traductología de la Universidad de Málaga, que desafortunadamente no se puede leer en línea) donde se ha publicado un dossier coordinado por Vicente Luis Mora llamado ““La traducción de la literatura estadounidense en España: Experiencias y panorama”. Ante la imposibilidad de leer los ensayos originales, citamos dos comentarios que Calvo hace de un par de ensayos, el primero de Ramón Buenaventura y el otro de Vicente Luis Mora, ensayos que, creo, ponen el dedo en la llaga de la relación enrarecida entre las obras traducidas y la última literatura en español.
“El inglés manda y el español obedece, porque el inglés crea y el español traduce como puede, si se entera. Los términos modernos, casi en su totalidad, nacieron y siguen naciendo en inglés. Unas veces se pueden pasar al castellano y otras no”. Y más adelante: “Pero no vayan a creer que la invención actual del inglés se limita a la ciencia y a la técnica: la alegría de ser los más poderosos, los más ricos, los más libres, infunde en los hablantes [del inglés] un optimismo lingüístico sobrecogedor. El francés vivió así durante siglos. Ahora le toca al inglés: instalados en un ambiente lingüístico más optimista y menos normativo que el nuestro, sus usuarios se pasan el día inventando palabras, locuciones y chascarrillos. Palabras y expresiones recién cocinadas, que nombran fenómenos reales a los que aún no habíamos puesto nombre”. Y más adelante: “Traducir de un idioma bullicioso y vital y despampanante a un idioma lánguido y desconfiado de sí mismo y con la moral comida, un idioma de escritores vendidos sin comprador… no es coser y cantar, afirmación muy contraria al triunfalismo lingüístico que se practica en los estamentos oficiales de España, sobre todo en el Instituto Cervantes y en alguna que otra editorial”.
Y continúa Calvo:
Mora, por su parte, incide en una idea que ya ha señalado anteriormente en otros lugares, la idea de que “la narrativa norteamericana ha sido descodificada primero para codificarse después en narrativa traducida, dispuesta a retroalimentar la narrativa española, siempre atenta a la evolución del mercado literario estadounidense”. Es decir, que la narrativa española última es en cierta manera narrativa traducida porque toma como modelo la narrativa americana. La novedad de su enfoque aquí es que hace una lectura menos generacional que en otras ocasiones, hablando más en general de autores españoles nacidos en los 60 y 70 y extendiendo la idea a otros momentos de la narrativa española del XX, como Juan Benet. Otra novedad es que analiza la importancia que ha tenido la traducción literaria a la hora de generar esas “versiones españolas” de los modelos americanos, afirmando que como resultado de haber asumido unos modelos complejos (y cita a David Foster Wallace y Mark Danielewski como modelos de la narrativa española última), los escritores españoles muchas veces no han leído el original de esos escritores americanos, o por lo menos no solamente, sino también o únicamente la traducción. “Había en casi todos los autores [españoles] mencionados algo en común: la mayoría tuvieron acceso a los textos de Wallace a través de las traducciones, incluso aquellos que dominaban el inglés y que querían tener una buena versión de referencia para examinar el modo en que aquello podía llegar al castellano y construirse como lengua narrativa propia”.
El enfoque de Mora tiene puntos bastante incuestionables. Por ejemplo, estoy completamente de acuerdo con su idea de que David Foster Wallace “ha sido, de lejos, el escritor más influyente para un gran y muy diverso grupo de narradores nacidos en los años 60 y 70 del pasado siglo”.
Hay, al menos, un par de cosas que valdría cuestionar y otras que nos gustaría comentar. ¿Es verdad que David Foster Wallace ha sido el escritor más influyente para los narradores nacidos en las décadas de 1960 y 1970? La afirmación y la pregunta son ya de entrada una tontería que se desbarata apenas comenzamos a especificar las maneras en que un autor puede influir en una generación. ¿Qué clase de influencia, de qué calidad? Y si realmente influyó, ¿dónde están las obras que realmente pudieron trasvasar la maestría de DFW en una obra en español?
Otro asunto es el de las traducciones mismas. Creo que todos recuerdan la ambivalente influencia que tuvieron las traducciones de Raymond Carver y Charles Bukowsky, por ejemplo. En Latinoamérica ha habido cierta resistencia ante las majaretas y chaladas traducciones españolas, pero con excepción de Argentina, el resto de los países se ha mostrado reacio a apoyar la traducción.
Finalmente, es triste esto que dice VLM: “Había en casi todos los autores [españoles] mencionados algo en común: la mayoría tuvieron acceso a los textos de Wallace a través de las traducciones, incluso aquellos que dominaban el inglés y que querían tener una buena versión de referencia para examinar el modo en que aquello podía llegar al castellano y construirse como lengua narrativa propia”. Este párrafo nos da la pauta para leer a muchos de los escritores actuales.
¿Qué opinan?


Octubre 21, 2010 a las 1:03 pm
Hola Mauricio,
sería interesante poder consultar el dossier para saber quiénes son esos “casi todos los autores [españoles] mencionados” para poder emitir un juicio con propiedad.
De otro modo, todo se torna demasiado vago e impreciso.
Saludos.
J. S. de Montfort
Octubre 21, 2010 a las 2:42 pm
Desde mi sudaca posicion, solo puedo decir “Viva la traduccion!” La postura que pregona que se debe leer en la lengua materna de los autores me parece bastante arrogante y desprecia la condicion del lector que como yo, posee pocas herramientas y dinero para tomarse un cursito por ahi de inglés. La version de Blake que un amigo me envio de U.K. es excelente: la vez que la lei en voz alta a mi mano que aprieta, una francesa, me corrigio (una francesa!) cada dos versos la pronunciacion.
¨Por otro lado, eso de que el inglés es un idioma en plena efervescencia y que supone, por oposicion, un español decimononico y estancado en una cloaca académica, es tan falso como que la luna esta donde la vemos. Me imagino a ese tipo de personas que proponen esa vision como unos quijotes, pero esta vez realmente patéticos en su apropiacion del español y grito al cielo ante cualquier contaminacion linguistica. O.K!
Modestamente, ya me han traducido al francés varias veces y he podido constatar que una buena traduccion exige a ambos idiomas sacar lustre a sus capacidades, lo cual es “superbe!”
Octubre 21, 2010 a las 4:04 pm
Yo creo que lo que se discute aquí es la relación de los escritores con estas traducciones, como se aprovechan de ellas y están al pendiente de cualquier novedad. Los lectores en general no pueden sino agradecer que existan traducciones de todo tipo. Y mientras más, mejor.
Octubre 21, 2010 a las 4:35 pm
Hola, soy un lector nacido entre 1960 y 1980. No he leído nada de Foster Wallace.
No comparto esa idea de “cocina” literaria surgida de una lengua vivísima y mitificada y, por descontado, “actual”, en este caso el inglés (¡así, en general!). Me interesan los escritores que inventan su propia lengua, incluso si pasaron su vida dentro de una cueva. Según yo lo veo, “estar a la última” y “literatura” no tienen nada en común. Es más, querer estar “a la última” me parece un síntoma de inmadurez: algo así como no haber entendido que El Quijote de Cervantes es la novela más moderna de todas (y no por una cuestión de “moda” o “tendencias”). Los escritores de hoy en día tienen más suerte que sus predecesores: pueden leer —¡incluso traducidos a muchas lenguas!— a muchos de sus antecesores ya considerados clásicos. Tal vez Foster Wallace sea considerado un clásico dentro más de cien años. Es posible. En literatura, no hay prisa. Hay que tener un campo de visión de unos siglos para atrás, saber que en un metro cuadrado de tal lugar se ha leído y escrito y releído y vuelto a escribir durante algunos siglos, y que la cosa continúa.
Saludos cordiales.
Para compensarles por el sermón no solicitado, les dejo este aparte de Julien Gracq, de su libro “A lo largo del camino”, traducido por Cecilia Yepes:
“Literatura: ¡Qué locura invertir lo mejor de uno mismo en un arte, cuyo medium, la lengua, en continua evolución, queda a merced del uso que harán, año tras año, algunas docenas de millones de analfabetos!”
Octubre 21, 2010 a las 4:37 pm
si vamos hilando fino, el escritor no es mas ni menos que otro lector. Si el escribidor se confunde con el escritor, eso ya es harina de otro costal, creo yo. El punto seria, porqué abundan tantos escribidores con tanta vitrina y parafernalia literaria, siendo que los escritores existen y por lo general solo se conocen en un nivel mas iniciatico.
Octubre 21, 2010 a las 10:56 pm
Creo que cuando se lee una traducción, es útil hacer una lectura selectiva: ¿quiere conocerse la trama? ¿Deseamos conocer los neologismos, el lenguaje? ¿se quiere disfrutar de una aventura, la historia? No digo que se tenga que hacer una lectura a la vez, incluso se pueden leer las tres al mismo tiempo pero estando conscientes de que cada elemento ha sido filtrado por la traducción y que tendrá sus limitantes o resplandores. Y por tanto al escribir estar consciente de los términos “zapatillas deportivas”, “cigarro puro”, “güisqui” o de la sonoridad de las frases que en español cambian hasta por usar una preposición extra. Es decir, pensar en realidad qué palabra es la adecuada para el mundo que habito.
Ahora bien, no creo que el inglés sea el único idioma en constante cambio: el español es igual. El problema es que se achica ante esta lengua, o nos hemos visto achicados al ejercerlo, porque no hemos visto que es posible crear una literatura con mayor matices que el inglés… crear, como dice más arriba Victor Kaplan, mundos lingüísticos personalísimos de los que ¡claro! existen ya ejemplos: Osvaldo Lamborghini, José Antonio Ramos Sucre, Luis Rafael Sánchez, etc.
La nota es muy estimulante, Mauricio.
Saludos.
Octubre 22, 2010 a las 2:28 am
Un hecho: el inglés tiene más palabras que cualquier otro idioma. Es entendible: el inglés tiene dos bancos de palabras enormes (grecolatinas y germánicas), así que abunda en duplicados cultos y populares para cantidades de palabras. Además, tiene una alegre disposición a tomar prestado, bien sea del quechua (jerky), del mandarín (kowtow), del español (hoosegow) o del tagalo (boondocks), mientras otros lenguajes son más cautos o más desconfiados a la hora de absorber palabras. Como dice el título de un libro famoso sobre el inglés: es un “magnificent bastard tongue”.
Otro hecho: el inglés goza de gran dinamismo. Dado que cubre una geografía vastísima, dado que es la lingua franca de los negocios y la ciencia, y en vista de que no tiene una Academia o una costumbre de academizar, el inglés se mueve a unos pasos ante los cuales a veces uno se aterra. Además, hay cosas de la sintaxis del inglés que son muy dinámicas, como la facilidad para generar verbos de sustantivos: esta nota reciente de un lingüista estadounidense es diciente (aunque en español el fenómeno también es común y hasta “permitido”).
Ahora, ¿eso quiere decir que el inglés es “bullicioso y vital y despampanante” mientras el español es “lánguido y desconfiado de sí mismo”? Es una locura pensarlo. Eso sí, una afirmación como esa es un buen intento de convencernos de que la literatura que en realidad vale la pena leer es la que viene traducida del inglés, aquel lenguaje fantástico y mítico. No me sorprende, pues, que eso lo haya dicho un traductor al español de novelas escritas en inglés.
Basta mirar el nuevo Diccionario de americanismos para ver lo bullicioso y vital y despampanante que es el español. Y la Asociación de Academias ha asumido un rol fantástico en dar unidad y a la vez registrar la evolución del idioma.
El error sería pensar que toda la literatura buena viene o debe venir del inglés. Otro error sería creer que la literatura en español tiene que ser una copia al carbón de la literatura en inglés, o de lo contrario sencillamente no será suficientemente hip o cool para ser verdadera literatura contemporánea. Es más, no hay que emular y ni siquiera leer a DFW para hacer una gran novela actual. Ni el mismo DFW esperaba que sus novelas tuvieran un gran público.
Además, como bien lo señala Mauricio (y lo han señalado desde otras perspectivas algunos de los comentarios), estos traductores han presentado como una virtud lo que es una terrible falta de un norte artístico (”tener [en la literatura traducida del inglés] una buena versión de referencia para examinar el modo en que aquello podía llegar al castellano y construirse como lengua narrativa propia”).
No digo todo esto como una crítica a la literatura en inglés, que me encanta y que la leo en cantidades. Tampoco al inglés, un idioma que tiene mucho que es admirable. Es sólo una refunfuñante voz de protesta ante el complejo que no debería tener el español ante el inglés (y que confieso que he llegado a avivar en otros momentos).
Octubre 23, 2010 a las 11:49 pm
La imposibibilidad de leer la lengua del escritor es algo con lo que siempre contaremos, y por ese camino cada idioma tiene sus grandes intraducibles, que sirven por una parte de orgullo y por otra para intuir cuánto se pierde en toda traducción, y así aprender a recibirla como un boceto de la original. O es que creemos que en inglés o en japonés (esa otra lengua efervescente) se leen profundamente a Borges y a Lezama como podemos leerlos nosotros?
Octubre 25, 2010 a las 3:25 pm
Qué nota y comentarios tan estimulantes. Es increíble la cantidad de prejuicios lingüísticos que existen: “sólo se puede hacer rock en inglés”, “sólo se puede pensar filosofía en alemán”, etc. Recuerdo, es curioso, algún pasaje de Bernhard en que desprecia al alemán y envidia al español. Hay una evidencia clara como el agua: todo se puede expresar y hacer en todas las lenguas del mundo.
Un tema para reflexionar es la forma en que las traducciones del inglés han uniformado y quizás empobrecido la escritura en español. Muchas veces me parece que, contra lo que se suele creer, la mayoría de los escritores jóvenes escriben igual, de ahí que sorprendan los que lo hacen diferente, como Yuri Herrera o Pola Oloixarac (gusten o no sus libros, nadie puede negar que su prosa es original y distintiva). Con esto no quiero decir que se debería de leer menos literatura anglosajona, por supuesto que no, si es magnífica, sino que los escritores deberían esforzarse más en exprimir el español.
Noviembre 2, 2010 a las 8:01 pm
Hola,
en una entrevista reciente al escritor Pablo Toro, respecto a su último libro de relatos “Hombres maravillosos y vulnerables”,
le preguntan lo siguiente:
“El título es tentadoramente fosterwallaciano, como han dicho algunos ¿Con quién sientes que dialoga el libro?”
Y éste responde que:
“Foster Wallace es una influencia innegable, y quisiera creer que también lo son Borges, Wilcock, Irvine Welsh y Cortázar. Es posible que el cuento Vendaval, dialogue con el Nocturno de Chile, de Bolaño.”
Al menos hay quien lo declara explícitamente.
Saludos.
J. S. de Montfort
P.D. El enlace de la entrevista en La vida retirada, aquí:
http://lavidaretirada.com/2010/11/02/entrevista-a-pablo-toro-la-influencia-de-david-foster-wallace-es-innegable/
Noviembre 9, 2010 a las 8:31 am
Estimado Mauricio, en esta vida me había pasado de todo, menos ser criticado por un texto… ¡que la persona que critica no ha leído! Como bien apunta uno de los comentaristas, qué menos que leer el texto para contextualizar mis opiniones y esclarecer por qué las digo, ¿no crees? En fin, es curioso que uno pida rigor cuando no se toma las mínimas molestias para tenerlo. Un cordial saludo.
Noviembre 9, 2010 a las 8:54 am
Pero mira, ya que estamos aquí, acabo de pensarlo, para qué emplazarte a que busques la revista, algo que debías haber hecho antes de ponerte a criticarla por las citas de la misma en otro texto. Ya no tiene remedio. Prefiero liquidar el asunto.
Cuando se dice que alguien influencia “más” puede decirse en dos sentidos: influencia horizontal o vertical. La horizontal se da cuando un autor afecta a muchos autores. La vertical comparece cuando la influencia es muy fuerte, es sísmica y revoluciona la concepción literaria del autor influenciado. Si bien en el artículo documento el ingente número de escritores que han reconocido a DFW como influencia, demostrando su escala horizontal, la cuestión de fondo es la revolución estética que ha propiciado DFW. Una revolución que, ahí está la almendra del asunto, excluye la copia. La legión de imitadores de Carver y Bukowski no me interesa nada, porque como bien decían Gombrowicz o Hohl, allí donde hay imitación no hay arte. Por no hablar de que las cosas más interesantes de Carver ya estaban en John DosPassos, por citar un solo y rápido ejemplo. En cambio, DFW no genera imitaciones, sino posiciones o, según esa odiosa palabra, “posicionamientos”. Suele revolucionar su lectura a los escritores de talento, suele cambiar sus planteamientos estéticos, aunque sea a la contra, para combatirlos. Crea un agón similar al que tuvieron Joyce con Shakespeare o Bernhard con Dostoievski. Eso no quiere decir que esté comparando a DFW con Shakespeare, pero sí a los agoones o luchas de “mala lectura” (Bloom) que crean ambos en quienes los leen. Ahí es donde la figura de DFW no tiene parangón en los últimos años (y en España, aunque también he visto rastros en Hispanoamérica), nadie ha dado pistas a tanta gente de por dónde habría que replantear el asunto. Luego lees las obras de los autores influenciados y te das cuenta de que no se parecen en nada, de que el milagro es que DFW ha llamado a su puerta y les ha dicho “¿de verdad crees que puedes escribir todavía como si Joyce, la vanguardia y la gran posmodernidad europea y norteamericana no hubieran existido?”, y se marcha en silencio. La pregunta, cuando te llega, es brutal y deliciosa al mismo tiempo. Abre muchas más puertas, y más interesantes, de las que cierra.
Acabo con una anécdota. Una vez estaba en uno de esos terribles congresos de escritores jóvenes, a los que me gusta ir porque te llenan la mochila de detalles sociológicos, o psicológicos, como el que voy a narrar. Era la hora de la comida. En una mesa estaba uno de los escritores jóvenes o semijóvenes (aún no tiene 40 años) más conocidos y premiados. Fue sentarme yo en su mesa y cambiar de tema: comenzó a poner a parir la versión en castellano de “Consider the Lobster”. Estuvo como diez minutos cascando, sólo para provocarme. Yo tomé mi sopa en silencio e impertérrito, sin entrar al trapo. Me di cuenta de hasta qué punto este hiperpremiado chico necesitaba luchar contra DFW, mostrar explícita y radicalmente su oposición, mostrando con ello su importancia central en el debate. Yo terminé mi sopa con una sonrisa y sin decir una palabra.
DFW se defiende solo.
Saludos.
Noviembre 9, 2010 a las 5:40 pm
Hola, Vicente. Gracias por tus comentarios. Una disculpa si has creído que hemos hecho una “crítica” de los contenidos incluidos en la revista. Como se menciona al principio del post, aclaramos que no hemos podido leer la revista y que prácticamente glosamos un par de citas que el propio Calvo transcribe en la entrada de su blog.
Para darle sentido a esto y para no cometer una injusticia, te propongo que nos permitas (cuando así sea posible por compromisos con la revista) reproducir tu texto incluido en el dossier de Trans para que los lectores de HC podamos discutirlo en toda su dimensión. Porque no sé si fue algo que se tocó en el dossier pero creo que el capítulo de las traducciones españolas en Latinoamérica es un buen punto a comentar. Los latinoamericanos nos quejamos ellas pero al mismo tiempo se ha desarrollado una dependencia con editoriales tipo Anagrama, por ejemplo. Sería bueno seguir comentando todo esto.
Saludos de vuelta.
Noviembre 9, 2010 a las 6:07 pm
Tendría que hablarlo con el consejo de redacción de la revista. Te avanzo que el tema de mi contribución es la influencia de la narrativa estadounidense en la narrativa española, no latinoamericana. Si el primer tema es casi imposible de resumir en cinco folios, que es lo que tiene mi artículo, creo que el segundo necesitaría un par de tesis doctorales. Sobre eso puedes comenzar a opinar sin necesidad de esperar a mi artículo, me interesa tu opinión. Saludos.
Noviembre 9, 2010 a las 9:24 pm
Te tomo la palabra. Veré con los otros cerdos cómo podemos organizar algunas opiniones sobre la influencia de las traducciones españolas en LA, quizá en la actual generación. Como dices, se necesitarían tesis doctorales, pero podemos partir de experiencias de primera mano.
Noviembre 17, 2010 a las 1:52 pm
La influencia del inglés no es por las novelas norteamericanas. Es por las películas y la música rock y pop.
La televisión, para mi generación de 35, es curiosa porque es influencia gringa, vía traducciones mexicanas.
El inglés también influye porque lo que no se consigue en español lo leemos en inglés, sea escrito en el idioma que sea escrito.
La literatura española luce bastante muerta en relación con la latinoamericana.
Ya hay muchas palabras en español, y se pueden escribir muy buenos libros con un relativo número pequeño de palabras (Pessoa, por ejemplo, ronda siempre alrededor de las mismas palabras).
Las traducciones de textos con idioma coloquial deben ser coloquiales y por lo tanto locales. Si una traducción española molesta en latinoamerica muy probablemente es porque es buena.
Quizás ese podría ser un reto para los libros digitales, traducciones “latinoamericanas” de los libros, con un “corazón” común y lo coloquial cambia según el país, y cada uno escoge la suya.