Crítica • Octubre 2010

Leviatán o la ballena, de Philip Hoare

Por Javier Avilés

Hace días que vengo dándole vueltas al artículo de Rosa Montero publicado en el mes de mayo en el suplemento literario de El País, Babelia, titulado Las páginas tediosas de ‘La montaña mágica’ en el que nos invita a saltarnos las partes de los textos clásicos que cada cual pueda creer carentes de interés.
Partiendo del principio de que cada lector es único y puede acercarse a una obra literaria como le parezca, entiendo que es posible lecturas parciales de los clásicos, saltándose las partes más farragosas (¿?), densas, o que requieran mayor concentración. Pero también hay que entender que una lectura que omita el diez, el veinte o el treinta por ciento de una novela NO ES la lectura de esa novela. Lo que me parece preocupante no es que Rosa Montero opine eso, ni tampoco que piense que esa sugerencia motiva a leer los clásicos. Lo que me preocupa es que el texto aparezca publicado en un medio que hasta no hace demasiado tiempo era considerado como uno de los más prestigiosos suplementos culturales españoles. Babelia hace aguas y comentarios como el de Montero, más propios de una revista de autoayuda, no merecen la difusión que le concede El País.

Todo esto viene a cuento porque una de las experiencias a las que nos invita la escritora española es omitir “las aburridas y meticulosas descripciones de ballenas que incluye Moby Dick”. Y también porque de alguna manera no premeditada, supongo, la mayor parte del texto de Philip Hoare, funciona como resumen de Moby Dick, pero al contrario de lo que sugiere Montero, Leviatán o la ballena (Ático de los libros, 2010, 500 p.) es una invitación a (re)leer la novela de Melville.

Dedicado al ensayo y al periodismo, el texto de Hoare es una exposición didáctica sobre la historia de la caza de ballenas y sus consecuencias, que han llevado a esa especie al borde de la extinción (sino es que ya resulta poco menos que inevitable). La acumulación de datos con que el autor confirma su razonamiento no resulta abrumadora porque la intención es divulgar de forma amena y exponer las circunstancias que llevaron a la sobreexplotación sangrienta de los cetáceos. Es, pues, un texto amable que denuncia y al mismo tiempo empatiza con una sociedad dependiente de los productos derivados de la caza de la ballena. El progreso de una especie supone la destrucción de otra, pero esa primera especie parece finalmente redimirse cuando encamina sus esfuerzos a la protección de la especie en peligro. De hecho es la adquisición de otras fuentes energéticas y alimentarias la que frena la caza de ballenas trasladando el problema ecológico a otros sectores, pero no es intención de Hoare el entrar en disputas y denuncias.

Lo más interesante del texto, a mi entender, es la parte dedicada a Melville y las circunstancias que conllevaron la escritura de Moby Dick. Lo más relevante que se desvela, según lo veo, es a través de la correspondencia, al menos una parte de ella, entre Melville y Hawthorne (a quien está dedicada Moby Dick). Según Hoare, “Hawthorne hizo que Melville abriera los ojos a alegorías y sutilezas de su propia obra que ni siquiera él había visto antes”. Al parecer Melville buscaba “una descripción romántica, imaginativa, literal y muy legible de la caza de ballenas”, pero Hawthorne fue quizás el primer lector que descubrió el alma de la novela, oculta incluso a su propio autor, la dimensión mítica (y maniqueista) del enfrentamiento de Ahab con Moby Dick.

Finalmente el autor describe sus experiencias con ballenas y en ese punto es cuando creo que la narración decae. Si la compilación y exposición de datos históricos y efectos sociales de la caza de ballenas es exhaustiva y está inteligentemente desarrollado, la parte más humanista de Leviatán falla ante la incapacidad de trasmitir convenientemente las emociones derivadas del encuentro con un enorme cetáceo. No creo que sea problema de Hoare y su oficio. No creo que sea posible exponer narrativamente la majestuosa enormidad de un animal inmenso, la contradicción entre el miedo y el asombro; es una experiencia personal que sólo se puede reflejar de modo insatisfactorio y torpe. Pero, además, Hoare comete un error que me parece imperdonable en su defensa de las ballenas y su entorno: Humanizar al cetáceo, convertirlo en un personaje amigable y reconocible, antropomorfizar sus necesidades y deseos, convertirlos en reflejos de nosotros mismos para conseguir la empatización total que nos lleve a respetarlos.
El ser humano, por desgracia, no es así.

Javier Avilés nació en Barcelona en 1962. Es crítico literario y narrador. Resiste escribiendo en El lamento de Portnoy, blog dedicado al cine y la literatura. Su novela Constatación brutal del presente será publicada por la editorial Libros del silencio.

3 comentarios a “Leviatán o la ballena, de Philip Hoare”

  1. Derek Brumm dice:

    La gente habla mucho hoy en día sobre las maneras “permitidas” de leer, y en particular sobre las maneras de leer los clásicos. Leer sólo las partes de paz de La guerra y la paz, por ejemplo. También se han publicados libros enteros sobre los clásicos que la gente conoce sin haber leído. Es casi un fenómeno psicológico, y también una reacción contra los esquemas de “libro empezado, libro terminado” con que a uno los malos profesores lo inseminaban en la escuela. Me imagino que ese era el trasfondo del artículo de Rosa Montero.

    Y estamos de acuerdo: fue un aporte un poco desafortunado para una revista cultural de reputación. También estamos de acuerdo: “cada lector es único y puede acercarse a una obra literaria como le parezca.” Especialmente con la cantidad de libros que circulan por ahí y todo el tiempo que nos hace falta para leerlos. Rosa Montero lo dijo así: “Sé bien que el gusto lector es algo personal e intransferible, y que lo que lees depende mucho del momento en que lo lees.”

    Lo que dice ahí Rosa Montero, al final, es lo que te quería plantear como el punto en el que no estamos de acuerdo. Dijiste que “una lectura que omita el diez, el veinte o el treinta por ciento de una novela NO ES la lectura de esa novela.” Y lo que me preocupa de lo que dijiste es que presupone que existe tal cosa como “ESA novela”, un texto que nos espera paciente, con los pies y los brazos cruzados y siempre idéntico a sí mismo.

    No me quiero poner ahora todo postmoderno y decir que no existe nada por fuera del texto, o decir que no existe el texto. Hay textos que existen para cumplir una función muy concreta, como la de comunicar algo (por ejemplo: “Nos vemos a las 8 en el restaurante de la esquina”). Si lo hacen, funcionaron (en el ejemplo, las personas se encontraron a la hora correcta en el sitio correcto). Si no lo hacen, fracasaron (en el ejemplo, uno fue a las 8 de la mañana y el otro a las 8 de la tarde).

    Pero la literatura no es así. Hay partes que dicen lo que dicen: la casa es rosada, el perro del vecino se murió. Pero lo que es cierto en principio de cualquier texto (los lectores y las lecturas condicionan el significado) es muy cierto de la literatura en general (los símbolos, las funciones de esta o aquella parte, incluso lo que significa que la casa sea rosada). Por eso vuelvo a Montero: “lo que lees depende mucho del momento en que lo lees”. Así que no es sólo que el texto se porte distinto en manos de uno u otro lector: es que se porta distinto según el momento de la vida (o del día) en que el lector lo lea. Pedro Páramo leído con una fuerte indigestión es muy distinto a Pedro Páramo leído en una playa con un margarita en la mano.

    Han sido muchas, muchas palabras para decir algo muy sencillo, con lo cual seguramente estarás de acuerdo: aunque leamos el 100% de una novela, no será la misma lectura de la misma novela que hará otro o que haría yo mismo mañana. Sólo estoy sugiriendo una sana desconfianza ante la idea de que el lector del todo está en posesión de algo cierto y estable, mientras que el lector de una parte no lo está.

    Buena columna. Parece interesante el libro de Hoare.

  2. Portnoy dice:

    Siguiendo tu ejemplo “Nos vemos a las 8 en el restaurante de la esquina” una lectura parcial del mensaje podría omitir la hora, el lugar o el objeto de estos. De la misma manera, cuantitativamente, la lectura del 70% del Quijote no es la lectura del Quijote, sino de esa parte concreta del Quijote. Leer Guerra y Paz saltándose la parte de la guerra (todos esos datos) es leer la mitad de la novela. Y sigo valorándolo cuantitativamente. No se trata de que el lector del todo posea algo cierto y estable y el lector de una parte no. Se trata de que el lector del todo se amolda a las exigencias del autor que presenta su obra como un todo. Que yo recuerde solo en Rayuela el autor sugiere al lector saltarse ciertas partes. En el resto de los casos los autores han creado un todo que el lector puede leer entero o no, pero solo el que lo haga podrá acercarse a la idea del autor. Moby Dick no sería lo que es sin descripciones de cetáceos, de su caza y su despieze. El Quijote no sería lo que es sin las novelas pastoriles y las otras piezas se añaden a la historia principal de Quijano. La Montaña mágica no sería nada (y digo nada, de ahí mi enfado ante el artículo de Montero) sin las discusiones de Settembrini y Naphta. Ni Ada y el ardor sin el ensayo sobre la textura del tiempo. Y la novela de Nabokov está relacionada con la de Mann: ¿Cómo apreciar esa relación si nos hemos saltado partes relevantes de la obra?
    Pero aún así acepto que cada lector puede abordar las obras como crea conveniente y que cada lectura es una experiencia distinta.
    Y sí, el libro de Hoare es interesante.
    Un saludo
    Javier

  3. Nelson Echeverria dice:

    Gracias estimado Javier por tu artículo. Comparto plenamente tus puntos de vista. Leer es más que leer. Es un largo proceso que dura toda la vida cuando deseamos llegar a disfrutar un texto como Moby Dick o un texto de Philip Roth, por ejemplo. En cuanto a tu acotación a Rosa Montero… bueno , hace mucho tiempo que he dejado de leer sus comentarios. Como tú dices es notorio que el nivel de El pais no es el mismo al que hemos estado acostumbrados. Gracias nuevamente por tus meditaciones.
    Nelson

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