Crítica • Septiembre 2010

Pequeñas resistencias (2/7)

Por Federico Escobar Córdoba

No se equivoca uno de los editores de Pequeñas resistencias cuando dice, en el prólogo al tercer volumen, que la serie se convirtió en un “atlas del cuento contemporáneo en lengua española” (13). Al cierre del cuarto volumen, la serie había recopilado 214 cuentos de 169 escritores, a lo largo de 1,679 páginas. Es un proyecto ambicioso.

Pequeñas resistencias buscó presentar un retrato del cuento hispanoamericano contemporáneo, a partir de autores nacidos desde 1960. (El segundo volumen se aparta de este criterio). Varios de los escritores pasaron a integrar con mucho prestigio el mundo de las letras en España y América Latina. Uno de ellos es Andrés Neuman, a quien la serie identifica como “padrino y mentor” (V. 3, p. 15). Neuman llegaría a ganarse años después el Premio Alfaguara de Novela, y es una presencia constante en Pequeñas resistencias: autor y editor en el primer volumen, editor en el tercero, prologuista en los demás.

No lanzaré aquí las críticas usuales contra las antologías: la inclusión de X o la exclusión de Y (haré una excepción en el tercer volumen). En cambio, me concentraré en los cuentos que sí fueron publicados. En este primer volumen, dedicado a autores españoles, hay algunas propuestas interesantes. Pero más que todo hay mucha experimentación insulsa, muchos relatos en borrador, muy poca atención a las historias y al lenguaje. Con base en ese tipo de desencuentros, he planteado esta conclusión: la culpa de que los cuentos no les lleguen a los lectores y no motiven a los editores recae sobre los cuentos mismos, es decir, sobre los autores.

Había dos criterios para seleccionar a los treinta autores de este primer volumen: debían haber nacido a partir de 1960 y debían haber publicado por lo menos un libro de cuentos. La antología recoge uno o más cuentos de cada autor. Además, incluye unas páginas de poética, una declaración de los principios artísticos de cada escritor frente al cuento. De los cuatro volúmenes de Pequeñas resistencias, este es el único con esa poética personal. Y es un despropósito. Casi todas las poéticas son vacías y hacen una elegía o una visita breve a los principios básicos del cuento. De hecho, así lo diagnosticó con acierto Hipólito Navarro en su propia poética: “las poéticas del cuento […] no pueden hacer otra cosa que repetir de manera más o menos brillante o lamentable argumentos ya muy masticados” (167). Algunas de las declaraciones de este volumen no hacen ni eso. Su principal efecto fue quitarles el espacio a otros textos que hubieran podido fortalecer la colección. Tal vez por eso los autores de las próximas antologías recapacitaron y las omitieron.

No obstante, destaco la poética de Rodrigo Fresán, que consistió en una sola y alusiva oración (“Cuando la novela despertó, el cuento todavía estaba ahí” [151]), acompañada de tres páginas de notas al pie. Las declaraciones de Ignacio Martínez de Pisón (285-286), Félix J. Palma (345-347) y Felipe R. Navarro (411-412) fueron refrescantemente anecdóticas y claras. De los algo pomposos dodecálogos de Andrés Neuman (313-316), me gustó una oración: “En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección” (314). Y esta de Félix J. Palma alude a un punto que he señalado, y hace poco recomendado, en el blog: “los cuentos que me gusta leer son los que pueden contarse” (345), entiéndase, oralmente a otra persona.

Pasemos a los cuentos en sí. Hay muchos defectos, incluso algunos recurrentes. Numerosos cuentos desperdiciaron diálogos fuertes al presentarlos de manera indirecta, enterrados en párrafos largos de descripción. Los tropiezos del lenguaje y la desnutrición de las tramas son los problemas más comunes.

Sobre el lenguaje, hay tantos autores empeñados en un lirismo desmedido que conduce a resultados cuestionables. Encontramos buenos ejemplos de esto en el cuento “Tiempo de arena al que darle la vuelta” (112-115) de Guillermo Busutil. He aquí parte del primer párrafo: “el viento rolaba suave a poniente, ahíto de haber aullado contra las fachadas mediterráneas de los edificios y de su danza eólica entre los farolillos japoneses que adornaban la entrada a la fiesta estival” (112). No es fácil llegar despierto al final de la oración, que aúlla por estar ahíta de vocablos parnasianos. En ese matorral lírico, se oculta una redundancia: “el viento […] rolaba […] ahíto […] de su danza eólica”. Es como decir que “el perro emprendía una danza canina”. Además, la primera oración dice que la “fiesta estival” ocurre en julio. En verdad, las raíces cultas de las palabras eólica y estival no esconden estas repeticiones, que muestran la falta de paciencia al buscar opciones expresivas eficaces. Estos casos no son excepcionales, sino un síntoma de los malestares del lenguaje que abundan en la antología.

El segundo problema es la delgadez de las tramas. Si bien los defectos del lenguaje atormentan más que todo a los literatos y cuentistas, lo que atrapa al público en general son las tramas fuertes, las que se pueden contar. Y ese es un punto en el que los cuentos de la antología fallan con frecuencia. Las tramas brillan por diferentes tipos de ausencias. Las hay de un experimentalismo casi ilegible, como el de “Sucedáneo: pez volador (Relato en varios tiempos e higienes)” (173-183), de Hipólito Navarro, un cuento tomado de un libro aptamente llamado El aburrimiento. Los hay de un academicismo lento, como el de “La isla de los antropólogos” (460-467), de Iban Zaldua. Si hiciera el intento de reproducir la acción de esos textos, me iría muy mal con mis interlocutores. Y ahí está en parte la razón por la cual a muchos cuentos les va mal con el mercado de los lectores.

Sospecho que detrás de casi todos los problemas de estos cuentos se esconde una cosa: el afán. Se publicaron antes de tiempo, sietemesinos, con prisa por nutrir las antologías personales de los autores. Esta frase de uno de los cuentos describe el fenómeno muy bien: “tengo la sensación de que están a medio hacer, o escritos rápidamente” (371; Joaquín Pérez Azaústre, “El encargo”).

Lamentablemente, se necesita hacer un esfuerzo para encontrar cuentos sólidos. Juan Bonilla (96-106) y Carmela Greciet (222-235) tienen buenas ideas, pero a los textos recogidos en la antología les esperaban muchas visitas al quirófano para llegar a una versión más fuerte. Si “Un plato de lentejas” (53-62), de Nuria Barrios, se redujera a una tercera parte de las páginas, y se hubiera concentrado en el problema central, tendríamos un relato contundente. “Un malentendido” (84-86), de Felipe Benítez Reyes, mantiene una calidad hipnótica que con varias revisiones podría servirle de base a un buen cuento. “A la deriva” (241-244), de Josan Hatero, es un texto narrado con soltura y buen sentido de la trama, pero necesitaba pasar por unas cuantas versiones para hacerse más enfocado y más ágil.

Hay más aciertos. “Literatura” (275-277), de F. M., triunfa como un ejercicio breve de metaficción. Es un buen cuento. “Un incendio” (395-399), de Jordí Puntí, es ingenioso; el final es fuerte, y lo sería aún más si recortara las explicaciones. Care Santos, en “Mago responsable busca señorita soltera para chou” (429-437), logró una buena voz. Los dos textos de Eloy Tizón (444-454) acertaron con un buen ritmo, que evoca algunos cuentos de John Barth. Ángel Zapata (477-485) alcanzó una languidez y un dramatismo beckettianos.

Tal vez el texto más logrado, el que más se acerca a un cuento muy bueno, es “Historia de fantasmas” (127-132), de Gonzalo Calcedo. Su principal defecto está en el exceso: descripciones de más, explicaciones que sobran. Pero el texto avanza con paso firme y confronta una situación emocionalmente exigente sin caer en el sentimentalismo. De hecho, el texto juega con el género del cuento de misterio para presentar un relato realista y familiar. Bien logrado.

Una nota sobre la edición: es muy buena. Me sorprendió que hubiera tan pocos errores (los hay, pero no muchos) en un libro tan polifónico y tan abarcador. Es una sorpresa agradable, en vista de que los libros impresos por lo general hacen gala de muchos gazapos.

Presenté un retrato parcial, lo sé. Pero son casi quinientas páginas de cuentos, y muy pocos merecen comentarios individuales. Desde luego que se podría empezar una discusión acerca de textos concretos, sobre por qué fallan y dónde fallan. No es mi propósito hacer eso aquí. Procederé de una manera semejante con los demás volúmenes de la serie Pequeñas resistencias, que amplió su enfoque para abarcar las Américas. Las notas siguientes serán más breves, pero me concentraré en lo mismo: los cuentos.

Federico Escobar Córdoba es escritor y abogado. Ha sido profesor universitario y editor. Nacido en Cali, ahora vive en San Juan, donde está terminando su novela Obituarios. Escribe en el blog Vheissu.

4 comentarios a “Pequeñas resistencias (2/7)”

  1. Palimp dice:

    Esperaré las próximas ediciones. Leí el tercer volumen y me gustó mucho.

  2. Pustulio dice:

    Tus comentarios se me hacen interesantísimos. No obstante, me parece que al criticar un cuento resulta casi imposible no caer en las mismas palabras gastadas que se repiten una y otra vez al exponer la poética del cuento. No lo digo por ti, porque me parece que casi siempre escapas a esa trampa. Pero uno se cansa de escuchar una y otra vez que a un cuento le sobran páginas, que se debe insinuar más, que el lenguaje debe ser más escueto. En fin.

    Creo que se ha creado un corsé que coarta la creatividad, algo que no sucede con otros géneros literarios. Ese es el principal problema que a mi juicio tiene hoy en día el cuento: que todos los textos se escriben siguiendo la misma poética, demasiado estricta y vista (Carver y compañía). También se pueden escribir (y los hay) excelentes cuentos verbosos, excesivos, explícitos, barrocos. Cada texto debe imponer sus propias reglas.

    Cambiando de tema, no creo que la calidad de los cuentos que se escriben hoy en día en el ámbito de la literatura en español sea mejor o peor que la de las novelas.

  3. Nomeolvides dice:

    Qué raro que te haya sorprendido la poética de un cuento que es, vaya novedad, una clara y burda parodia del relato corto más famoso y breve del mundo, aquel de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio aún estaba allí”. Siempre he pensado que los críticos, a la larga, no disfrutan la lectura, como quieren hacer creer. ¿Cómo disfrutarla si leen cada línea pensando en lo que le criticarán?
    Ufff.
    N.

  4. F. Escobar C. dice:

    Palimp: Sí, en el tercero hay varios cuentos buenos. Y uno excelente. Lo diré con más calma en el comentario respectivo.

    Pustulio: De acuerdo con que algunas expectativas del cuento se osifican y entonces se convierten, siguiendo tu expresiva y aliterativa descripción, en un corsé que coarta la creatividad. Pero creo que es inevitable que se desarrollen ciertas expectativas sobre un género literario y además que esas expectativas cambien. Hay ciertos recursos que, en el cuento contemporáneo, tienden trampas en las que es fácil desnucarse. Es el problema con el lenguaje lírico, por ejemplo, pero hay cuentos, como el de Echeverría en el segundo volumen de Peq. Res., que logra algo excelente con ese tipo de lenguaje. No hay reglas inmutable en este asunto, y creo que estamos de acuerdo en eso. Hay errores comunes (a la luz de lo que muchos lectores contemporáneos esperan, por lo menos) y hay recursos poderosos que, al ser mal usados, espantan a los lectores.

    Nomeolvides: Sí, la poética de Fresán me gustó (por eso dije que la destacaba). Y la describí como “alusiva” precisamente por la alusión a Monterroso. Sería terriblemente dispéptico uno tornar la lectura en una cacería de cosas para criticar. Pero les pasa a muchos editores y agentes, como lo dice el agente Lukeman en The First Five Pages. Hay errores que son flagrantes, pero qué placer es encontrar historias que no caen en ellos, como varias de las recogidas en Peq. Res.

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