Blog • Julio 2010
Fuego, de Guillermo Arriaga

Fuego (The Burning Plaine, 2008), debut como director de Guillermo Arriaga, es la historia fragmentada de Sylvia (Charlize Theron) y su secreto —¿la culpa?— que ha arrastrado desde laadolescencia y que, sin pensarlo, ha determinado su destino. El recurso para contar es dividir la trama en tres tiempos que fluyen en simultáneo: 1) el presente de Sylvia, donde es gerente de un prestigioso restaurante a orillas del mar; 2) su pasado próximo que vivió de adolescente al lado de Santiago, uno de los jóvenes hermanos Martínez; y 3) su pasado remoto, donde el resentimiento contra Gina, su madre (Kim Basinger), adquiere tintes trágicos.
Los treinta minutos iniciales de Fuego son determinantes para el espectador: son un entrecruzamiento de esquirlas —presente y pasado— que causan desconcierto y con ello cautivan la atención: vemos un camper incendiándose en el desierto; a los jóvenes hermanos Martínez, Santiago y Carlos, en el funeral de su padre; las olas del mar, rompiéndose entre las rocas, y a Sylvia a punto de arrojarse en él; a dos fumigadores (los hermanos ya adultos) vacunar cultivos con una avioneta, y a la hija de uno de ellos, haciendo tortillas para su padre y tío; a Carlos ya maduro (encarnado por José María Yazpik) que vigila a Sylvia en forma sospechosa.
Sin embargo, una vez que la lógica impera, el recurso fragmentario puede volverse predecible, incluso aburrido. Sólo debe jugarse un rato con la posibilidad de qué conduce de A-B para saber qué seguirá en la trama. El atractivo de Fuego, por desgracia, se cifra más en el descubrimiento de cómo funciona el reloj, que en la calidad de sus engranes. Así, aparece otra vez la cojera en los guiones de Arriaga, mucho más visible en El búfalo de la noche (2007) que en Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005), pero al fin presentes. Construye un relato eficaz basado más en el engolosinamiento con la forma y su fondo pierde profundidad. Arriaga tiene una gran capacidad para crear situaciones sugerentes, habitadas por personajes que viven en ocasiones en el límite físico-existencial (21 gramos (2003), El búfalo de la noche) y otras en uno geográfico (Babel). Sin embargo, haciendo a un lado el resultado de la trilogía donde hizo mancuerna con Alejandro González Iñárritu —resultado en el que Amores perros (2000) encomia sus virtudes como guionista y director respectivamente—, parece que no existe nada en la narrativa de Arriaga más allá de buenas intenciones por ser sugerente. No profundiza. En el caso de Fuego, se nota una gran preocupación por jugar con los tiempos, en lugar de adentrarse en el desarrollo de los personajes, los cuales se ven compactados de tal forma que terminan diluyéndose, y no se sabe totalmente el por qué de sus acciones. Se enfrían.
Por ejemplo: Gina —madre de Sylvia, como ya dije— es amante de Nick Martínez (Joaquim de Almeida), ranchero de origen mexicano —padre de los dos hermanos—. Este amasio provoca el incidente que marca la vida de la joven Sylvia. Sin embargo, jamás se sabe por qué Gina es amante de Nick (puede sospecharse que por el buen sexo, pero nada es definitivo). Me resulta extraño que una mujer que goza del cariño de su familia, tal y como lo constata la atención de su esposo y la obediencia de los hijos, de buenas a primeras se eche una canita al aire. En Los puentes de Madison (1995), Meryl Strep ejemplifica que una aventura amorosa no es tan fácil, por mucho que la tentación se llame Clint Eastwood. Claro, puede ocurrir, pero en Fuego la razón de tal amorío no se explica de manera satisfactoria. ¿Qué pasóaquí? Yo creo que se debe a la embriaguez estructural. Vertiginio que deja de lado el desarrollo dramático y por ende una potencia emocional mayor.
Otro ejemplo es que la joven Sylvia después de tener una niña con Santiago Martínez (no pregunten cómo es que los hijos de la pareja que vivió en adulterio también llegan a relacionarse), abandona a ambos sin ninguna razón. Puede deducirse que es por la “culpa” que ya trae consigo la joven, pero ¿puede creerse? Todo puede creerse, sólo hay que construir bien el andamio que dará soporte a la mentira. Mas el amarre forzado con cinta canela hace que se trastabille.
Ahora bien, otro cuestionamiento que debe hacerse a cualquier película que desee sustentar toda virtud en su estructura, es lo que mi novia me preguntó cuando salimos del cine: ¿qué ocurriría si la película transcurriera en forma lineal y quitáramos la pirotecnia fragmentaria? Llegamos a la conclusión de que quedaría una película medianona. Quizá un chick-flick de la frontera con aspiración intelectual. Es más, ni imágenes bellas tendríamos, porque la fotografía deja qué desear. Bueno, perviven tonos azules en los amaneceres y una delicia en la lluvia que hace que la sala de cine huela a humedad. Y ya.
En fin, la película no fue lo que esperaba: pensé que me vería frente a un reto de claves para descifrar una historia que se alimenta de las más profundas emociones humanas. Al menos eso parece prometer Arriaga en las entrevistas sobre el filme. Fui muy iluso.
TIP: Si al principio de la película no pescan el entrecruce de los tiempos, y quieren saber si lo que están viendo es presente o pasado, sólo fíjense en los autos.


Agosto 10, 2010 a las 10:37 pm
buena critica, ahora veo otras cosas que no me percate al ver la pelicula. gracias!