Ensayo • Julio 2010

Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado

Por René López Villamar

El extraño caso de los libros que desaparecen

A inicios de junio de 2010 la compañía Apple se vio envuelta en una de los tantos escándalos a los que ya se está acostumbrada a verse envuelta. En esta ocasión, debido a que había censurado una versión gráfica del Ulises de James Joyce como requisito para aceptarla en la tienda de aplicaciones de su iPad, el ordenador con forma de tableta que muchos medios han calificado como “la salvación del mundo editorial”. Apple, de hecho, se ha visto envuelta en cualquier cantidad de problemas debido a sus políticas para aceptar aplicaciones para sus dispositivos. Esta vez, sin embargo, la noticia llegó a los medios tradicionales con velocidad porque la historia de la publicación de Ulises en los Estados Unidos siempre ha sido, digamos, accidentada. Eventualmente, Apple cedió a la presión mediática y aceptó una versión sin censura de la novela gráfica en su tienda.
Algo similar ocurrió cuando en 2009 Amazon, la autonombrada “librería más grande del mundo”, desapareció sin avisar de sus lectores digitales Kindle dos libros de George Orwell, 1984 y Rebelión en la granja. El motivo de la desaparición era que el editor que ofrecía dichos títulos no tenía permiso para venderlos en Estados Unidos. Amazon no sólo dejó de vender el libro, sino que retiró el libro de los dispositivos físicos de los clientes que ya lo habían comprado. El hecho de que haya sido justamente 1984 el libro que desapareció llamó la atención de los medios tradicionales y el escándalo aumentó cuando un estudiante demandó a Amazon porque, junto con su copia digital, habían desaparecido todas las notas que había tomado para su labor escolar.
En ambos casos, la prensa resaltó cómo las políticas de ambas empresas ponían en peligro los derechos del consumidor, así como el hecho de que ambas corporaciones se tomaron atribuciones que otrora pertenecían únicamente al Estado. Pocos fueron, sin embargo, los que llamaron la atención sobre el aspecto más preocupante de ambos casos, que tanto Amazon como Apple actuaron de esa forma porque podían hacerlo, porque sus sistemas informáticos tenían la capacidad de desaparecer libros o impedir su publicación.

El derecho de copia y el Ratón Miguelito

En algún momento de la decada de 1450, Johannes Guttenberg revolucionó al mundo con la invención de la imprenta de tipos móviles. No hay duda alguna sobre el impacto cultural de obra de Gutenberg, pero muchas veces olvidamos que este cambio también trajo consigo un fuerte impacto económico. Súbitamente, un ejercito de monjes copistas se quedó sin empleo ante los costes dramáticamente más bajos de hacer libros con las imprentas de Gutenberg, y el nuevo gremio de impresores comprendió rápidamente que su negocio dependía de tener la exclusividad de los derechos de reproducción de las obras que comercializaban. Sin embargo, en la práctica, no cualquiera podía hacerse de una imprenta y aunque los actos de piratería —es decir, de la comercialización de copias elaboradas sin permiso— eran frecuentes, la mayoría de los editores podían hacer una vida cómoda de su trabajo.
Esas condiciones cambiaron, sin embargo, con la llegada de la revolución industrial, que reducía aun más el costo de reproducir una obra. El miedo a perder el negocio de este creciente mercado de reproducciones llevo en 1886 a la Convención de Berna, que formalizaba los derechos de reproducción a nivel internacional hasta por 50 años después de la muerte del autor, tras lo cual pasaban al dominio público. ¿Suena bien? A los dueños de los derechos de copia les pareció una buena idea, hasta que dichos derechos comenzaron a caducar. En 1976, los Estados Unidos extendieron a 75 años los trabajos de autores corporativos y en 1993 la Unión Europea también extendió la duración de estos derechos. En 1998 la llamada “Ley Disney” aseguró que Mickey Mouse se quedará bajo control de Disney 20 años más. De hecho, es debido a esta “Ley Disney” que el editor no tenía los derechos en Estados Unidos para 1984 ni para Rebelión en la granja.

La muerte del autor de a pie

Hasta hace poco, no importaba que usted fuese Alan Moore, Philip Roth o Ángeles Mastreta, si quería que sus libros lleguen a una cantidad considerable de lectores, debía acudir a un especialista en libros, es decir, a un editor. A cambio de una cantidad fija o un porcentaje de las ventas, ese editor adquiría el monopolio de los derechos de reproducción de su obra y se encargaba de explotarlos. Puede sonar sencillo, pero es mucho más complicado de lo que parece. Para transformar un original en un libro de papel y llevarlo hasta el consumidor final, el editor necesita de toda suerte de especialistas e intermediarios: revisores, diseñadores, impresores, distribuidores e ilustradores, entre otros. Todo este trabajo implica un costo y un riesgo que muchas veces no se ve recompensado con ganancias. No por nada, uno de los dichos más habituales de la industria editorial es “si quieres hacer una pequeña fortuna vendiendo libros, la mejor forma de hacerlo es empezar con una enorme fortuna”.
Las grandes corporaciones de medios que se crearon a finales del siglo pasado, sin embargo, no estaban al tanto de la realidad del medio editorial, pues sólo se fijaban en los best-sellers que desplazaban millones de ejemplares. Así pues, les pareció una buena idea salir a comprar editoriales. No obstante, cuando se dieron cuenta de que a pesar de que poseían a las radiodifusoras, periódicos y estaciones de TV que promocionaban esos libros, las editoriales no generaban suficientes ganancias, también se dieron cuenta de que tenían algo todavía mejor: una fábrica de propiedad intelectual de bajo costo. Un libro no podía valer mucho, pero la posibilidad de convertirlo en una serie de televisión o una película era mucho más interesante. Más interesante aún era la idea de vender los derechos de copia a mercados en otras lenguas, ya no de las obras en sí, sino de la “propiedad intelectual” que representaban. El negocio de las editoriales dejó de ser la venta de libros para pasar al de la gestión de derechos. La “Ley Disney” estaba ahí para defenderlos. Todo parecía perfecto.

Jack Sparrow y el ebook

Para los conglomerados mediáticos, sin embargo, un enemigo peor que el final de los derechos de copia había llegado casi sin avisar: Internet. De súbito, esos consumidores cautivos de sus productos podían reproducirlos, copiarlos mil veces y distribuirlos sin pagarles un centavo y a un costo muy cercano a cero. El costo es la clave en esta nueva realidad. Las compañías de medios ya habían intentado detener a los consumidores a que hiciesen sus propias copias, con la llegada de los videocintas y las cintas de audio magnéticas. Eventualmente, se dieron cuenta de que en la mayoría de los casos el costo de los dispositivos de almacenamiento y su tamaño eran un obstáculo suficiente para que el negocio no estuviera en peligro. Sin embargo, ahora tanto el espacio de almacenamiento como el costo era tan reducidos que las copias proliferaban sin control. No es de extrañar que estas compañías trataran de impedir esta nueva realidad a toda costa. El Copyright Millenium Act en los Estados Unidos fue la primera ley que impuso duras penas a aquellos que hiceran copias ilegales. El ACTA (Anti-Counterfeiting Trade Agreement) sería la versión internacional y endurecida de esta ley norteamericana, si logra suficiente apoyo.
Así, la primera vez que los editores conocieron el concepto del ebook, de un libro totalmente electrónico, temblaron. Los libros eran mucho más dificiles de digitalizar que las canciones o las películas, pero una vez en formato electrónico eran más fáciles de publicar, distribuir y vender sin permiso. ¿Cómo podrían proteger sus derechos de copia en un nuevo medio —Internet— especializado en reproducir y organizar enormes cantidades de texto? Dada la dificultad inherente en digitalizar un libro —hacer una copia digital de cada página, usar un programa de reconocimiento de texto (OCR), revisar minuciosamente el resultado y preparar nuevamente la edición— sabían que tenían tiempo de sobra para ver cómo le iba a sus compañías hermanas antes de dar el siguiente paso. De momento, podían alegar que no había mercado para los ebooks.
El miedo a la copia ilegal generó su propio mercado. Comenzaron a aparecer compañías que ofrecían productos para el manejo de derechos digitales (DRM por las siglas en inglés de Digital Rights Managment). Estos productos no eran otra cosa que programas candado, que permitían al dueño de los derechos decidir dónde, cómo y cuántas veces se podía reproducir una cierta obra audiovisual. Algunos de estos productos tenían un comportamiento extremo: si intentas reproducir cierto disco de Celine Dion en tu ordenador, descubrirás no solo que no es posible, sino que al colocarlo en la bandeja para CD el ordenador se apaga y no vuelve a prender nunca más.
Pero donde hay un candado, siempre hay alguien que quiere romperlo. En realidad, no es demasiado complicado hacerlo. Los candados que todas las compañías de DRM ofrecen se basan en sistemas de encriptación que desordenan el contenido para que solo alguien con la clave correcta pueda ordenarlo de nuevo. El problema, casi obvio, de esta técnica, es que el usuario final necesita esa clave para reproducir la canción, película o libro. ¡Pero si tiene la clave, puede hacer lo que sea con la obra! Así que la solución es esconder la clave en lo más profundo del ordenador del usuario y rogar porque no la encuentre. Romper una clave de encriptación moderna con algo que no sea un superordenador es prácticamente imposible. Encontrar el lugar donde se escondió la clave, para un usuario entrenado, es juego de niños. Y basta que una persona descubra cómo encontrar esa clave para que mil más puedan hacerlo.
Así las cosas, aunque el Millenium Copyright Act impone duras penas criminales a aquel que evade el DRM de un archivo, Internet se llenó de copias “liberadas”, libres de las restricciones del DRM, de todas las canciones y las películas creadas en la historia de la humanidad. Las compañías de medios, como Apple, pronto se dieron cuenta de que el DRM era inútil y representaba sólo un costo más en la cadena de ventas, así que lo eliminaron —aumentando su ganancia— y se enfocaron en dar algo que las copias “liberadas” no podían ofrecer: una impecable experiencia para el usuario.

Los errores de la industria musical

No es extraño hoy en día escuchar a un representante de la industria editorial decir que para los libros electrónicos están listos para no cometer los mismos errores que la industria musical. Algunos ingenuos —entre los que me cuento— pensaron al oír esto que los ebooks le evitarían al usuario la amarga experiencia del DRM. Nunca un usuario se compraría un libro electrónico que no pudiera leer donde él quisiera ni apagaría de súbito su ordenador como el malhadado disco de Celine Dion.
Lo que en realidad querían decir era que ellos harían que un DRM que funcionara y no permitirían que un advenedizo como Apple o Amazon, que no formaba parte de la cadena tradicional del libro, dictara las reglas del juego. La segunda parte era más sencilla de conseguir que la primera. El modelo de agencia —que transforma las librerías virtuales en simples agentes de ventas por comisión— creado por los cinco grandes grupos editoriales del mundo anglosajón y la plataforma de distribución Libranda creada por sus equivalentes en el mundo hispánico, son ambos esfuerzos para impedir que otras compañías tomen control de la cadena de distribución del libro y, más importante, del precio de venta.
La primera parte era más complicada, porque hasta la fecha no hay un sólo candado de DRM (Adobe, Apple, Amazon, Barnes & Noble, etc.) que no se pueda eliminar en cinco minutos en una computadora de hace diez años. Lo más sencillo era vender el miedo a la copia, no a las compañías, que ya saben que no sirve de nada, sino a agentes, autores y traductores, que muchas veces no saben muy bien de qué va eso de las computadoras, venderles el miedo a perder su modo de vida y ofrecerles una solución falsa. Si el autor te pone como condición que protejas su obra con DRM o se va con otra editorial, aceptas esa condición.
La aceptas sobre todo porque los sistemas de DRM son excesivamente caros. La licencia del Adobe Content Server 4, el último sistema para gestión de derechos digitales de Adobe, tiene un costo de cien mil dólares al año más una cantidad fija por cada transacción. Sí, cien mil dólares por una protección que cualquiera con un grado en informática y cinco minutos puede eliminar sin problemas —ni siquiera improbables legales, si vive en un país como México, donde la ley todavía está del lado del consumidor. Como estos sistemas son carísimos, ningún autor puede pagarlos por sí mismo sin miedo a que lo copien —a que sus libros se vendan sin DRM—, de forma que sigue dependiendo de un editor para publicar su trabajo. De otra forma, un autor exitoso y emprendedor podría tener la idea de contratar a un editor y a un publicista para hacer el trabajo él solo, justo como muchos músicos abandonaron a las disqueras que tanto invirtieron en hacerlos famosos. ¿Qué sería entonces de sus minas de propiedad intelectual? Los editores han aprendido bien de los errores de la industria de la música.

El ebook y tú

Si su nombre es, digamos, Silvio Berlusconi o Ted Turnner, habrá leído los últimos párrafos con creciente emoción. ¡El negocio está asegurado! Pero si su nombre es Juan Perez o René López, quizá no esté tan emocionado. ¿Qué significa el DRM para un lector convencional? Significa que los libros que compro en Amazon no puedo leerlos en mi Sony Reader. Significa que los libros que compro con una de las tiendas afiliadas a Libranda no pueden ser leídos en mi Kindle. Significa, también, que si vivo en México, o simplemente estoy de vacaciones en Cancún, no podré comprar libros de Libranda porque los derechos digitales prohíben que compre libros desde este país.
Significa, también, que mis libros pueden desaparecer en cualquier momento. Si Amazon decide cancelar su cuenta por cualquier motivo, no sólo desaparecerán los libros de George Orwell, sino todos los que haya comprado con ellos. De hecho, cuando usted compra un libro en Amazon lo que en realidad está haciendo es adquirir el permiso de leerlo. Por eso pudo desaparecer los libros de Orwell, porque sus términos de servicio dejan muy claro que pueden eliminar el contenido cuando deseen, sin ninguna garantía.
Los gigantes de la venta de contenido por Internet, Apple, Google, Amazon, se relamen los bigotes mientras miran a la industria editorial hacer mal lo que ellos llevan haciendo bien una década. Cuando las empresas electrónicas de las editoriales tradicionales fracasen, están listas para ofrecerles un sistema de gestión de derechos mejor que cualquier candado de DRM creado hasta la fecha, los “libros en la nube”, por medio del cual sólo se muestra al lector la página que necesita en el momento que la necesita, sin que nunca tenga acceso al libro completo ni al archivo que lo contiene. Además, esto centraliza aún más el acceso al contenido, lo que facilita eliminar libros, o impedir que se publiquen, o hacer que “se pierdan” en las enormes bases de datos de estos nuevos servicios.

No hará falta quemar los libros porque con presionar una tecla pueden desaparecer para siempre. Prestar un libro será cosa del pasado. Quizá incluso se haga ilegal prestar un ordenador o un lector electrónico a cualquiera que no sea el dueño. Las bibliotecas y las librerías de viejo no tienen espacio en esta nueva realidad, en la que dos o tres editores —mejor llamarlos guardianes del contenido— decidirán quién puede y quién no puede leer cierta obra, en dónde, y cómo. Hace unos años las editoriales veían el ebook como una amenaza, pero ahora, al menos las más inteligentes, lo ven como un instrumento perfecto de control sobre su propiedad, en la búsqueda exhaustiva por elevar sus ganancias. No está nada mal, creo, si tu nombre es Ted Turnner o Silvio Berlusconi. Pero son malas noticias para René López.

René López Villamar nació en la Ciudad de México en 1979. Es editor de HermanoCerdo.

3 comentarios a “Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado”

  1. Tweets that mention Hermano Cerdo: Literatura y Artes Marciales » Derechos digitales. Por qué los libros del futuro pueden quitarnos los derechos del pasado -- Topsy.com dice:

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  2. Derek Brumm dice:

    Un factor a considerar es que, si bien suena odioso, a mucha gente no le importa archivar libros. Es más: lo ven como un problema tener que hacer algo con los libros después de leerlos. Por eso, a muchos no les va a importar que Amazon disponga de sus libros en un tiempo indeterminado en el futuro. Como ejemplo están los mass market paperbacks, unas aberraciones de mal papel, mala encuadernación, mala impresión… pero que venden mucho. La gente los lee y los tira: los abandona en los lobbies de los hoteles, en los trenes, en casa de quien muestre un mínimo interés en ellos. Los e-books podrían absorber sin sobresaltos a todos los lectores de ese tipo de libros. Y la verdad es que, romanticismos a un lado, ninguna biblioteca personal podrá competir con la que arme Google Books a partir de todos los libros no protegidos por derechos de autor.

  3. René López Villamar dice:

    Derek:

    Los datos duros de la industria del ebook muestran que los libros más vendidos son las novelas, especialmente los bestsellers, es decir, ya está absorviendo ese sector con fuerza. Otro dato interesante es que el sector de mayor crecimiento en ventas son las novelas románticas (que suelen ir directo a mass market en muchas ocasiones) porque gracias a que un ebook no tiene portada, puedes leerlo en público sin pena.

    La biblioteca de libros sin derechos vigentes ya existe y es enorme. Otro dato curioso es que el libro más descargado sin derechos de autor, es Sensatez y sentimientos de Jane Austen.

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