Crítica • Junio 2010
Flannery: A Life of Flannery O’Connor

En Flannery: A Life of Flannery O’Connor, de Brad Gooch, hay una inquietante fotografía de O’Connor a sus dos o tres años. Está sentada, vistiendo un vestido blanco y con un moño blanco en la cabeza, mirando un libro abierto que descansa sobre su regazo, con una mano sobre su corazón. Tiene un gesto desconcertantemente adulto en el rostro; un gesto desproporcionado para su edad y tamaño. Después de mirar la fotografía durante un rato, da la sensación de que en cualquier momento la niña volteará hacia uno, con dos dedos apuntando al cielo, como si fuera 1327 y no 1927, y declamará solemnemente un pasaje de los Evangelios. La imagen es aterradora y repentinamente graciosa, como sus relatos. De las cartas de O’Connor podríamos extraer el pie de foto de esta representación de una infancia extrañamente severa. “A mis doce años yo era muy vieja; mi visión a esa edad me pudo haber acreditado como un veterano de la Guerra Civil”, le dijo a un amigo. “Soy mucho más joven ahora que a los doce o, como sea, menos atormentada. El peso de los siglos recae sobre los niños, estoy segura de ello.”
La fotografía es el recordatorio de que O’Connor nunca fue tan joven como pudo haberlo sido. A los 25, con Wise Blood (Sangre sabia. Cátedra, Madrid, 1990) a punto de ser publicada, Iowa y Yaddo tras de ella y Robert Lowell hecho un campeón, fue diagnosticada con lupus, la enfermedad que había matado a su padre. Se mudó a Milledgeville, Georgia, y se asentó en la granja que su madre había heredado, adoptando una vida más restringida de lo que había planeado —con muletas de aluminio para la artritis de la cadera, inyecciones de cortisona para tratar de esquivar la enfermedad y un camino por demás difícil y debilitante. Pero escribió y leyó incesantemente, dio clases cuando pudo y envió cientos de cartas; cartas hilarantes, perceptivas y de una voz inimitable en donde la auto-compasión jamás se hace presente. “Permanecí lejos desde que tenía 20 hasta que tuve 25 con la noción de que la vida de mi escritura dependía de que me mantuviese lejos”, le dijo a un amigo que contemplaba dejar el sur. “Definitivamente habría persistido con ese engaño si no me hubiera puesto tan enferma y hubiera tenido que volver a casa. Lo mejor de mi escritura lo he hecho aquí”. Y así escribió hasta su muerte, a los 39 años.
Es un hecho reconocido que “misterio” era una de las palabras favoritas de O’Connor. Era su palabra para describir el punto en el que el entendimiento humano flaquea y debe confiar en que la piedad de Dios está en función. Su vida contuvo algunos misterios; algunas contradicciones e irregularidades que no se pueden explicar fácilmente. Era una católica devota, pero el amor de Cristo nunca la llevó a creer que el sur debía cambiar sus maneras tan rápidamente como el movimiento de derechos civiles quería. El amor de Cristo tampoco la abstuvo de hacer bromas sobre la ignorancia literaria de su madre Regina, o sobre un grupo de monjas que quería que le escribiera un tributo a una chica que, bajo su cuidado, murió de cáncer en la cara. “Les dije a las hermanas que si esa niña era una santa, su primer milagro sería encontrar un editor para su libro”, les dijo, temerosa de sus deseos hagiógrafos (aunque eventualmente las condujo a Robert Giroux). Tuvo dos amistades cercanas con mujeres que se enamoraron de ella, pero nunca les correspondió ni buscó matrimonio con un hombre. Lourdes la espantaba, pero le preguntó al cura que hacía de su guía espiritual si comer carne los viernes siempre debía ser considerado pecado mortal. En sus posdatas lanzaba comentarios absurdos y bobalicones: “Si se siente bajón, vaya por un frasco de GEVRAL. Se lo pone a la leche y le agrega un poco de café. Es para gente vieja. Me encanta. ¡Geriátricos!”. Luego, en una charla sobre la fe y la novela, se enderezaba y se volvía una profesional, llena de calma y seguridad: “Pero el novelista real, aquel que instintivamente sabe de lo que él mismo se trata, sabe que no puede abordar al infinito directamente; que debe penetrar el mundo humano natural tal cual es. Entre más sacramental sea su teología, mayor será su aliento para hacer justo eso”. Y a veces se combinaban estas dos voces para resultar en una frase como esta: “Si (Graham) Greene creara una vieja, sería amarga hasta el final, y si la dejaras caer se rompería; pero si soltaras a mi vieja, ella rebotaría gritando ‘¡Jesús me ama!’”.
Las cartas, recopiladas por su amiga Sally Fitzgerald y publicadas en 1979 bajo el título de The Habit of Being (El hábito de ser, ed. Sígueme, Salamanca, 2003), son un documento tan profundo de una conciencia que al leerlas se siente que una biografía sería innecesaria. Fitzgerald había estado trabajando durante mucho tiempo en una, la cual dejó sin terminar a su muerte en el año 2000. Quienes hayan leído a O’Connor quizás estén familiarizados con Fitzgerald: la estricta figura que se ocupó de decirle a la joven escritora que tenía lupus porque su madre le había ocultado el diagnóstico, y quien años después forzó a una quejumbrosa O’Connor a meterse a la piscina en Lourdes porque había sido llevada ahí por una prima vieja y rica. La Flannery de Fitzgerald no habría sido, probablemente, aquella que aventuró “¡Geriátricos!”, así que probablemente nos hayamos salvado de algo.
La biografía de Gooch no será la versión definitiva –hay en ella fallas distractoras— pero sí se mete con la niña del ceño cómicamente fruncido de aquella fotografía y le otorga una vibrante vida. O’Connor escribió sobre lo que ella llamaba fenómenos, y Gooch demuestra cómo, al crecer, ella se volvió una figura bastante rara por sí misma; una niña patizamba entre las bellezas sureñas. También muestra cómo cultivó esa rareza y la izó como bandera porque era Mary Flannery O’Connor, la hija adorada de unos acomodados y muy respetados católicos de Savannah. (Dejó de usar el nombre Mary porque, como dijo, “¿quién iba a comprar las historias de una lavandera irlandesa?”) Gooch se divierte mucho mostrando que Mary Flannery era un gusto adquirido sobre el cual incluso sus maestros se agriaban. “Aun entonces, era un genio”, cita Gooch a uno de sus maestros. “Retorcida, pero un genio de cualquier manera”.
De primos y compañeros de escuela ha recopilado anécdotas sobre su carrera de niña prodigio cuya arma preferida contra una audiencia incomprensible era una mirada fulminante. A los seis años, cuando ella y otros truhanes fueron alineados contra un pizarrón para explicar por qué no habían asistido al servicio religioso para niños, un compañero dice que O’Connor le respondió a una monja que “la iglesia católica no le dicta a mi familia a qué hora debo ir a misa”. De adolescente, O’Connor se rehusó a unirse a lo que sus compañeros consideraban diversión apropiada para su edad; ella prefería tejer ropa para los pollos que tenía por mascotas. En un té durante su primer año en la Universidad Estatal de Georgia para mujeres, O’Connor usó tenis con el vestido largo requerido, y cuando le preguntaron por qué se sentaba en un rincón, replicó “bueno, soy antisocial.” En el taller de escritura de la Universidad de Iowa, espantaba a los hombres con su ironía y a las chicas con su alergia a la jovialidad. Un miembro del taller recuerda que una noche, al dejar la clase, en el frío inclemente, se dio cuenta de que Flannery temblaba y le dijo, “no es tu típico clima sureño”, sólo para recibir “una de esas temibles miradas. No me metía mucho con ella”.
Gooch le tiene afecto hacia la Mary Flannery del mal gesto inevitable y en estos primeros capítulos hace que los lectores se encanten con ella fácilmente (le ha sido de mucha ayuda que estemos fuera del alcance de esas temibles miradas). Preserva el acento de O’Connor, así como su rítmica, que tiene un tono de comedia desternillante, y las anécdotas sugieren que O’Connor, quien en la universidad esperaba publicar caricaturas en el New Yorker, disfrutaba dibujándose como la caricatura de una machorra enfadada hacia 1944. Aunque Gooch no articula los paralelos, parece estar escribiendo desde la noción de que, en efecto, existía un parecido entre O’Connor “la chica contraria”, como él la llama, y los niños incorregibles de su ficción. Uno mira a la pequeña en la fotografía y piensa en Mary Fortune, la niña de 9 años de “A View in the Woods” que mangoneaba a su abuelo con el fervor inquebrantable de un profeta.
Una vez que O’Connor cambia Iowa por Yaddo, el libro comienza a perder poder. Aquí es donde las cartas comienzan y Gooch no hace una revisión profunda de su vida u obra como para volver su libro algo tan necesario, o entretenido, como el recuento que O’Connor hace de los años que siguen. Después de graduarse de la universidad, no queda claro qué versión, o versiones, de la escritora quiere que veamos. Domina a O’Connor la chica, pero no a O’Connor la artista. Sí escribe un capítulo sensible sobre el amor no correspondido que O’Connor sentía por el atractivo vendedor de libros de texto que se cree fue la inspiración para la trama de “Good Country People”, y da una lectura comprensible de sus complicadas opiniones sobre la raza, pero no lleva esas discusiones a una narrativa más amplia que describa lo que O’Connor puede significar para la vida religiosa y literaria estadounidense. (Para eso, el lector puede servirse de The Life You Save May Be Your Own, el libro de Paul Elie sobre O’Connor, Thomas Merton, Dorothy Day y Walker Percy.) El toque gentil de Gooch, al progresar el libro, comienza a leerse como timidez a raíz de la adoración, y uno desearía que fuera un intérprete más autoritario y riguroso de su tema y de las palabras de O’Connor.
Cuando intenta la interpretación, se puede volver endeble. Los relatos de O’Connor están llenos, dice, de “marcas del borrador de todos aquellos padres muertos”. Ese fraseo tan poco elegante es consternante. Aquino es descrito como un prosista “altivo y lúcido”, que equivale a decir que Platón tiene un estilo ingenioso y docto. Y se deja llevar por banalidades. Para demostrar que O’Connor era una niña protegida, escribe todo un párrafo para describir la cuna en que dormía –un modelo llamado the Kiddie Koop— y luego trata de exprimir algún significado más profundo de ello: “la marca”, escribe, “claramente predice su identificación con las aves de corral”. Muy claramente, de hecho. También lleva al lector a creer que O’Connor no tenía ningún uso para Iris Murdoch, cuyas novelas jugaron una parte importante en la decisión de su corresponsal de mucho tiempo, Betty Hester, de dejar la Iglesia. Cita a O’Connor describiendo A Severed Head (Cabeza cortada, ed. Alianza, España) y The Flight from the Enchanter (El vuelo del encantador) de Murdoch como “completamente vacías”, pero ella tenía una opinión más generosa de lo que Gooch muestra. Lo que dice después de llamar vacíos a esos libros es: “No intentaría averiguar adónde quiere llegar, pero si escribe otro libro seguramente lo leeré…” y luego, después de esa carta, viene esto: “Muchas verdades son representadas por Iris Murdoch, pero que su verdad y su moral sean superiores a las enseñanzas de la Iglesia no lo creo”. Es difícil tomar en serio el libro de Gooch cuando le pone tanta atención a su cuna y no al contexto de sus críticas.
En el libro de Gooch vemos a una chica muy orgullosa que bien pudo haber sido llamada una malcriada. Creció como una mujer que regresó muchas veces a las palabras caridad, gracia y misterio, y aun así nunca se disculpó por sus opiniones sobre la raza, ni parece haber confesado nunca un deseo de sentir más ternura hacia su madre, a quien amaba pero con quien pelaba demasiado. Quizás haya algo parecido al arrepentimiento en “A Temple of the Holy Ghost” de donde Gooch cita, “Ayú’ame a darle menos lata”, exclama una pequeña buscando ser más amable con su madre. “Ayú’ame a no hablar como hablo.” ¿Cómo podía O’Connor hablar como lo hacía, balanceándose entre réplicas sarcásticas y aceptación humilde cuando la cristiandad pide que te tragues lo primero para transmitir lo segundo? ¿Exactamente qué pedía en sus rezos? “Mi tipo de espiritualidad es casi completamente a boca cerrada”, decía, y en sus cartas no se detuvo en la naturaleza exacta de sus pecados más allá de usar las palabras egoísta y orgulloso; no elaboró sobre lo que necesitaba de Dios ni admitió que su enfermedad fuera algo a lo que pudiera llamar sufrimiento. Le podía dar consejos a un amigo sobre cómo rezar, pero nunca usaba la palabra Yo al hacerlo. Hablaba de la oración en abstracto, y en esos momentos las cartas se vuelven hacia una escritura que se siente tan espiritualmente aplastante, y profunda, como cualquier cosa escrita por Thomas Merton o Simone Weil, e incluso Augustine o Kierkegaard.
Si existe alguna razón para reverenciarla como a un santo –quedó furiosa cuando Robert Lowell, durante su primer episodio maniático, trató de convencer a la gente de que en realidad lo era– es porque ella ofrece una verdadera sabiduría espiritual al mismo tiempo que una lucha incesante entre candidez y sumisión. No se flagelaba siendo seria; no dejaba de hacer bromas sólo porque Jesús no lo hiciera. El hecho de que fuera tan graciosa y tan fiel al mismo tiempo parece un milagro, ya que tantos cristianos no se han dado cuenta de que, como escribió, “la máxima cantidad de seriedad admite la máxima cantidad de comedia”.
Gooch no penetra estos misterios. Tal vez nadie nunca lo hará. “Lo que es invisible es lo que Dios ve y es lo que los cristianos deben buscar”, escribió. “Porque (los cristianos) conocen las consecuencias del pecado, saben qué tan profundo tienes que hurgar para encontrar el amor.” ¿Cómo encontró ella ese amor? ¿Qué la llevó a desearlo? Tal vez no sea de nuestra incumbencia, o bidnis, como le gustaba decir.
Traducción de Javier Elizondo.

