Cuento • Mayo 2010
Para el mundo estaré enterrado aquí
Antes de que pueda ir a la cama, la esposa de Glen le dice que encuentre al perro. Él esta borracho y predispuesto a hacer buen uso de cada una de las noches que les quedan juntos, así que pelea contra su deseo de decirle que vaya a buscar al perro ella misma, sonríe amablemente y va desde el pasillo al estudio, donde el Llanero Solitario normalmente se esconde durante las fiestas. El Llanero Solitario es una mezcla de terrier travieso con el hábito de salir corriendo cuando hay gente en la casa, que durante las semanas antes de su partida es algo bastante común.
—Llanero Solitario —dice al cuarto oscuro—. Ven aquí, chico.
Glen palmotea su rodilla. Enciende la luz y se frustra al ver que el perro no está escondido detrás del sillón amueblado, o que no está masticando el filo de la alfombra al frente del estante de libros. En la sala, Glen recoge varias botellas de cerveza. Colillas de cigarrillo y cenizas llenan el fondo de las botellas como lodo. Las lleva a la cocina y las echa ruidosamente en el bote de reciclaje.
—Llanero Solitario —dice de nuevo—. ¡Vamos!
Glen odia no poder encontrar al perro tanto como odia el pelo alambrado de éste, y sus uñas afiladas que traquetean en el piso del pasillo, y la forma en que el perro jala los labios sobre los dientes filosos; y casi tanto como odia manejar a la base por las mañanas para las preparaciones frenéticas que su pelotón está haciendo antes del día quince.
Glen imagina a su esposa. Se está quitando la ropa para meterse a la cama. Piensa en su cuerpo desnudo bajo las sábanas y en la tibia caricia de su piel que sentirá cuando se acueste a su lado. Allí es donde pertenece, no buscando el fantasma de un perro en la casa. Él pronto estará lejos, y cuando Molly sugirió el perro un mes atrás, él sabía lo suficiente como para reconocer que cumplir su deseo haría más bien que mal. Pero ahora el perro ha desaparecido y mientras más lo piensa menos quiere Glen hacer el amor a su esposa y más se resiente con el perro por arrebatarle ese deseo. Glen había esperado que El Llanero Solitario fuera una memoria viva y respirante que Molly alimentaría y contra la cual se acurrucaría, de tal manera que cuando Glen regresara a casa sería como si nunca se hubiera ido.
Glen abre la puerta de atrás, saca la cabeza hacia el frío y llama dos veces al Llanero Solitario. Solo escucha el débil latido de la carretera. Cuando entró a la Reserva se cambiaron a un apartamento de dos cuartos en una de las subdivisiones más nuevas, pasando el pequeño lago donde tres veranos atras Cy Bailey, el comandante de Glen cuando todavía era militar activo, le enseñó a practicar el surfeo de vela. Fuera de la base y lejos de otras familias militares, Glen puede ver el plan incierto de una vida civil tomando forma. Planea dejarse crecer el pelo y aguantar la soledad del viaje por la 1-80 a San Francisco todos los días, donde un amigo le ha ofrecido un trabajo en el servicio postal de la base corporal del Bank of America. No puede esperar.
Pero antes están los 120 días que pasará en Afganistán repartiendo el correo y catalogando paquetes. Es el mismo trabajo que hizo en Travis antes de unirse a la Reserva y más o menos el mismo trabajo que hará en el banco. Glen ha escuchado las historias. Sabe lo suficiente como para asustarse ante la idea de regresar diferente, o de no regresar para nada, pero igual está dispuesto a ver un poco del mundo, incluso aunque la parte que le toque sea calurosa, ruidosa, peligrosa y huela mal.
Sale por la puerta y se detiene sobre un óvalo irregular de luz. Junto a su pie descalzo ve un pequeño punto sobre el tinte negro y recuerda que ha prometido añadir otra capa de pintura antes de irse. A Molly le gusta un color llamado Bourbon.
-Llanero Solitario- dice.
Le parece escuchar el débil jadeo del perro en la parte lejana del patio, pero el Llanero Solitario no se materializa. Glen silba ruidosamente metiendo dos dedos en la boca para que cuando regrese a la cama, sin el perro, Molly sepa que por lo menos lo intentó. De vuelta en la casa, busca debajo del sofá en el cuarto de invitados, y luego en el clóset de abrigos junto a la puerta de la entrada, no porque crea que va a encontrar al perro ahí, sino porque Glen cree en agotar todas sus opciones. El Llanero Solitario no está en ningún lado. Glen no recuerda haber visto al perro desde temprano esa tarde y ha comenzado a sentirse ansioso sobre cómo terminará la noche.
En la cama encuentra a Molly dormida y con la ropa todavía puesta. Yace sobre su estómago, con una mano bajo su cabeza y la otra estirada sobre el cuerpo. Ya no lleva una de sus botas. Le saca la otra bota y las coloca juntas. La voltea y le desabrocha el cierre del blue jean. Lleva sus dedos hasta la cintura, con cuidado para no sacarle los calzones, y le quita los pantalones. Le alza las piernas con un brazo, como si fuera un niño, y con el otro retira las sábanas y la acomoda. Mientras sale del cuarto apaga la luz. Y cuando Glen cierra la puerta Molly ronca un poco.
Glen sale al porche para fumar un cigarrillo. La noche es inusualmente fría para agosto. Uno de los invitados —gente del trabajo de Molly la gran mayoría— ha dejado un vaso en el brazo del adirondack de madera que el papá de Glen construyó como regalo de bodas. Recoge el vaso y lo usa como cenicero. Los guantes de jardín nuevos de Molly están en la veranda. Son blancos y manchados con flores negras. La compañera de trabajo de Molly, Amy, se los regaló de broma. Molly no es jardinera. Ella lo mata todo. Amy le regaló los guantes con un set de herramientas de juguete y un imán con un dibujo al estilo Roy Lichstenstein de una mujer al lado de una planta grande. El imán decia, “¡Cuando su esposo no esté, deje crecer los arbustos!”. Glen no entendió el chiste, pero Molly se rió tan fuerte que las lágrimas salieron de sus ojos cuando desenvolvió el papel verde en el que el imán estaba envuelto.
Debajo del oscuro techo del porche, Glen no sabe qué pensar sobre Molly, o Afganistán, o el perro, o la resaca que ya siente arder sobre sus ojos. Cuando advierte por primera vez la figura al final del camino de entrada, justo por encima del borde de la alcantarilla, piensa que tiene que ser el gato del vecino, que, por alguna razón, en las noches frías se sienta en el camino de entrada de Glen y llora. Él hace bulla pero la figura no se mueve. En el tiempo que le toma caminar desde el porche hasta al perro, Glen entiende lo que debió haber sucedido. Un invitado borracho, un perro inquieto, una llanta de carro. Lanza su cigarrillo a la alcantarilla cercana al Llanero Solitario. Choca y se apaga en el agua verde y poco profunda. Hay algo de sangre, y la boca del Llanero Solitario cuelga abierta, su mandíbula inferior relajada, mostrando sus pequeños dientes.
Glen regresa por el camino de entrada y toma los guantes de Molly que están en la veranda. Se los pone, forzando la banda elástica lo más que puede sobre sus muñecas. Las pequeñas flores de caucho se frotan una con la otra y cuando forma un puño y lo abre el guante hace un ruido como de labios separándose .
Cuando llega hasta el perro, Glen se arrodilla junto a éste y trata de encontrarle el pulso. Sus dedos excavan en la melena hosca del Llanero Solitario. Siente los músculos suaves y los hilos estrechos de los tendones, pero no encuentra el pulso. Glen alza una de las patas delanteras del Llanero Solitario. Cuando la deja caer, la pata cae como una bisagra suelta.
Glen regresa a la casa. En el pasillo se pone unas botas sin medias. Sus pies se raspan contra el cuero áspero. No quiere arriesgarse a despertar a Molly, así que deja que se escape la idea que tuvo sobre ponerse medias y se dirige a la cocina. Debajo del lavabo, atrás de unos contenedores con detergente, Glen encuentra una caja amarilla de bolsas de basura. Toma dos. En el pasillo agarra un suéter que cuelga de un gancho en el clóset y regresa al camino de entrada.
Glen esté de pie frente al cuerpo del Llanero Solitario y mira los guantes de Molly en el suelo, las desteñidas mangas de su suéter gris, y sus pies incómodos. Pone una bolsa dentro de la otra y mete sus dos brazos hasta los codos, se arrodilla al lado del Llanero Solitario y pone la bolsa encima del perro. Agarra la cabeza con una mano y las patas traseras con la otra y mete al perro en la bolsa. Glen le da vuelta a la bolsa y al paquete que está adentro y amarra las cuatro esquinas con un doble nudo. Pone la bolsa en el baúl del carro de Molly. Glen se estira y empuja el nudo hasta que toca el contorno del animal. Del nudo escapa aire y la forma del Llanero Solitario se hace visible bajo el plástico negro.
Hay una pala en el garage. Glen la toma y la coloca debajo de los asientos traseros. Es cuidadoso de no ensuciar los asientos o la alfombra del carro, pero cuando cierra la puerta un pedazo de lodo gris cae al suelo. No va a decir nada a Molly sobre el Llanero Solitario y recuerda que debe parar en una gasolinera de regreso para aspirar el lodo del suelo.
La calle de salida corre paralela a la carretera un cuarto de milla antes de girar bruscamente al este y encontrarse con la calle que lleva al lago. Glen conoce bien el camino. En los veranos estaciona su carro en las afueras del lago y camina hasta la pequeña pendiente que lleva a la playa pedrosa donde se viste su traje de surf y arma la tabla y la vela. Directamente al sur del lago el valle es más estrecho y en los días perfectos el viento se filtra por el valle y sopla tan fuerte que la tabla de Glen parece flotar por encima de la espuma y el agua gris.
Glen maneja lento. La nube de polvo tras el carro se enciende de rojo. Sigue el camino hasta el final, hasta una pequeña área de picnic, y estaciona cerca de un robusto arce. Él y Molly han estado allí varias veces y -eso espera Glen-, regresarán. Las luces del carro alcanzan la pedrosa playa y las altas hojas de pasto en el agua negra. Las apaga, pero está tan oscuro que no se puede concentrar y las vuelve a prender. Considera sus opciones. Tirar al perro en el lago sería lo más fácil. Puede añadir peso a la bolsa con piedras, o hacer un pequeño hueco en esta para que se meta el agua y así asegurarse de que se hunda. Pero él suele surfear por aquí e ir sobre un perro muerto, su perro muerto pudriéndose debajo, inquieta a Glen.
Tomará mucho tiempo, pero ha traído la pala y se encuentra sobrio y ya ha pasado el punto en que habría podido quedarse dormido, asi que Glen decide excavar. Mueve el carro más o menos un metro para darse más espacio. Debe agacharse para evitar las ramas del arce. Están cubiertas de hojas que incluso en la oscuridad arrojan un reflejo verde en el techo del carro negro de Molly. Ábre el baúl. El fuerte olor a mierda de perro salta en su cara. Glen alza su brazo y esconde su boca y nariz en el hueco del codo. Con su otro brazo agarra la bolsa y la tira afuera a lo largo del carro. El perro aterriza cerca de las luces delanteras.
No ha llovido en semanas y la capa superior de la tierra está dura y venosa, llena de grietas poco profundas. Con la pala Glen extrae grandes pedazos de tierra como si fueran continentes y él un terremoto, los deja en el suelo y los rompe con el filo de la pala. A pocas pulgadas de profundidad la tierra es suave, más fácil de excavar. Glen se sorprende de excavar tan rápido. El montón de tierra junto al hueco crece. Pronto se halla cubierto hasta las espinillas dentro de un círculo irregular de un metro de ancho.
Intenta imaginarse recordando el momento, un tiempo en que esto se habrá convertido en pasado. Aunque sus pensamientos vuelen lejos, al futuro, en lo único que piensa es en aviones aterrizando y puertas de equipaje abriéndose. Interminables filas de cajas para descargar, inspeccionar y anotar. Estarán amontonadas con comida, ropa y provisiones. Glen será responsable de asegurar que estos paquetes lleguen bien a la base, como un corazón que bombea sangre. Piensa en bolsas de correo y en las cartas de los soldados para sus familias.
Le hablará a Molly sobre el Llanero Solitario en una carta, está seguro. Ella entenderá desde la distancia. Pero esta noche irá a casa, entrará en la cama y pretenderá que nada ha pasado. Cuando pregunte sobre el perro, Glen le dirá que buscó lo más que pudo. El Llanero Solitario se fue. Lo siento. Debió haber corrido. Glen se habrá acordado de aspirar el lodo seco del asiento de atrás del carro. Puede estar seguro de que ha borrado toda huella del Llanero Solitario, y dormirá con facilidad. La mañana siguiente aprobará los panfletos de “perro perdido” hechos por Molly, y le ayudará a pegarlos en el vecindario y en el tablero de corcho del Lucky que queda en la esquina de la casa. Tendrá esperanzas respecto de ella. Y él la comprenderá incluso cuando su interminable preocupación por el perro lo distraiga de su miedo de ir a la guerra. Camino a la base, la mañana en que deba irse, le dirá, avísame cuando el Llanero Solitario regrese. Se sentirá culpable de esto hasta que aterrice en Alemania y hasta que el pequeño salto al sureste en un avión de las fuerzas aéreas más frío y ruidoso de lo a que él está acostumbrado, traiga nuevas cosas a su mente.
Glen sale del hueco y recoge la bolsa negra. La arroja al hueco y lanza la primera palada encima. La pala raspa la tierra. La tierra llueve sobre la bolsa. Glen oye el agua, y el viento en las ramas del arce, y mucho más allá de la reserva ve el pulso de los faros en la carretera.


