Cuento • Mayo 2010

¡Que vivan los toros!

Mierda en grande

Por Clint Head

Estábamos a inicios de julio y, al parecer, toda la comunidad deportiva estaba concentrada en el Tour de Francia, Wimbledon y el mundial de fútbol: simples juegos de niños. Mientras algunos idiotas corrían en sus bicis por París, algunos tarados, en Londres, le daban a una pelotita amarilla que apenas si se veía y, en Alemania, otros más retrasados pateaban balones abollados dentro de las redes de las porterías, yo iba en un avión rumbo a la capital de Navarra, España. Manadas de toros furiosos estarían ya esperando a que alguien con pelotas de verdad se les apareciera por las calles de Pamplona. Yo mismo me estaba dirigiendo hacia ellos.

Un músico de Nashville que me debía un favor me había invitado en un vuelo alquilado. Harvey era el guitarrista principal de una banda local punk, pero se pagaba las cuentas escribiendo música country para esos idiotas de la zona del Music Row que tanto odiaba. Aunque su método para obtener ingresos fuera algo despreciable, le ofrecía un bonito estilo de vida, gracias al cual nos habíamos podido permitir el avión y, lo más importante, un bar completamente surtido. El piloto, Chuck, era un veterano de la guerra de Vietnam que se había vuelto hippie y que ocasionalmente tenía flashbacks del ‘Nam, lo que hacía que un viaje aéreo con este hombre fuera algo interesante, por no decir aterrador. Cuando llevábamos apenas 80 kilómetros de vuelo, Chuck nos informó que se había echado un tiro de ácido antes de despegar, así que Harvey y yo nos pusimos a beber todo lo que teníamos a la vista, creyendo que probablemente nos estrellaríamos contra una montaña o acabaríamos perdidos en Uzbekistán debido a un aterrizaje de emergencia en medio de un fuego de proyectiles.

Sin embargo, Chuck nos sorprendió con su increíble tolerancia hacia los alucinógenos, pues al parecer había logrado mantener el avión en el rumbo correcto. Claro que para entonces yo ya estaba en mi tercera botella de tequila y ya no me importaba si nos llevaba a Sudán. De cualquier modo, varias horas después aterrizamos en un aeropuerto privado en España. Unos agentes de aduana bastante maleducados nos abrieron las maletas y, al no encontrarnos en posesión de drogas ilegales, se decepcionaron mucho; qué tontos, esas eran cosas que nos procuraríamos más tarde. Al improviso, los agentes pararon de registrarnos y nos dejaron ir después de que los perros detectores se hartaron de nuestras entrepiernas. Un hombre gordo llamado Jorge nos estaba esperando cerca de su taxi. Estaba sosteniendo un cartel en donde simplemente se leía YANQUIS. Su humor y honestidad se merecieron todos mis respetos. Nos miraba con desdén, pero quería nuestro dinero. El enorme estómago de Jorge se desparramaba bajo su playera llena de manchas y una pelusa que llevaba ahí como una semana estaba apelmazada en su ombligo peludo. Estaba picando tapas con algo que parecía queso con pedazos de jamón y pimientos rojos. Podría haber parecido apetitoso si tan solo hubiera logrado ignorar a aquel perezoso que lo devoraba.

El trayecto hacia el centro de Pamplona no me fue muy claro. Jorge conducía con la despreocupación de un taxista de Chicago bajo el efecto de las anfetaminas. Tomaba atajos en sentido contrario, cortaba curvas y señales de tráfico y estoy casi seguro de que atropelló a un peatón, aunque se me olvidó checar los obituarios del día siguiente para confirmarlo. El taxi hizo un chirrido al detenerse cuando nos dejó frente a nuestro hotel. Antes de sacar nuestras maletas e irse, nuestro asesino callejero nos preguntó algo que incluía las palabras “encierro” y “mañana” (si correríamos con los toros mañana). Entonces movimos nuestras cabezas juntas, respondiendo afirmativamente, y él se puso a reír en nuestras caras. Dijo algo en español mientras arrancaba, de lo que logré distinguir la palabra “loco”, en el momento en el que encendió el motor y se disparó, casi atropellándome los pies. Chuck y Harvey se encargaron de registrarnos en el mostrador del hotel, pero mi intuición me llevó directamente al bar. Sergio, un joven mesero con una cola de caballo larga, me sirvió una sangría y nos pusimos a platicar sobre la inauguración del festival en la víspera del primer día de carreras. Me explicó cómo habían corneado a su abuelo en 1964: los cuernos de un toro particularmente feroz le dieron en el culo al pobre idiota, y le dejaron en el trasero una especie de válvula doble para cagar. Sergio empezó a describir la herida anal con gran detalle, y en ese momento yo me pregunté qué demonios estaba haciendo en Pamplona.

Un tipo australiano llamado Roland se acercó a mí en el bar, a presumir de que éste era el tercer año consecutivo que venía a la pamplonada. Roland era uno de esos asquerosos miserables que nunca se callaban, por lo que empecé a sentir una rabia inmensa contra esos toros que en los años anteriores no lo habían matado a pisoteadas. Atribuía su continua supervivencia durante el encierro a una buena borrachera y falta de sueño, combinación peligrosa, pensé. Pero él me explicó que ésta era la costumbre local; yo quedé impresionado con las historias de generaciones de españoles y su ignorancia hacia la sabiduría convencional. Durante el festival, la gente de ahí dormía durante el día —después de la carrera matutina con los toros— y se despertaba a tiempo para las corridas de toros nocturnas, luego bebía toda la noche hasta que llegaba la hora de correr de nuevo, y repetía así el ciclo toda la semana durante los sanfermines. El festival se llamaba como San Fermín, patrón de los vinicultores. Pamplona se llamaba así, en cambio, por el general romano Pompeyo. Al improviso, todo me cuadraba: los orígenes de la ciudad se fundaban en el valor de los borrachos. Me sentí inmediatamente como en casa en este manicomio de lunáticos como yo.

Chuck y Harvey se precipitaron por las escaleras y me sacaron del bar a la fuerza. Al parecer, era tiempo de mezclarnos con la muchedumbre en las calles adoquinadas del centro de esta ciudad mediterránea y llena de historia. Playeras, llaveros y otros recuerditos de Ernest Hemingway llenaban las tiendas de cada esquina, una disposición que seguramente hubiera irritado al renombrado autor si hubiera estado vivo para verlo. Copias de Fiesta, la traducción al español de The Sun Also Rises, se vendían en las farmacias, como si se tratara de la revista People en un súper americano. En la calle que llevaba su nombre, una pareja de alemanes me abordó con tono grosero y me ordenó con la cámara que les tomara una foto con la placa de la calle Hemingway de fondo. Yo los miré con el ceño fruncido y a propósito corté del cuadro sus cabezas antes de sacarles la foto… Ernest lo hubiera querido así.

Luego pasamos delante de una serie de tabernas de una callecita estrecha en donde parecía que se llevaba a cabo la borrachera oficial. Me consideraba un bebedor experimentado, pero no estaba preparado para la noche que venía. El mesero nos ofreció unos chupitos de un licor casero llamado pacharán, y lo aceptamos ingenuamente porque había dicho: “Esta bebida no es para gringos maricones”, lo cual pareció aún más insultante en español. Bebimos lo suficiente como para ahogar los órganos principales. Ninguno de nosotros logró regresar al hotel esa noche. Dormimos en las calles de la plaza de Santo Domingo, cerca de las puertas del peligro, por donde los toros pronto irrumpirían en acción. Yo fui el primero en despertarme, y tenía los ojos como enmohecidos. Chuck estaba acostado junto a mí en un charco de vómito.

Harvey estaba en posición fetal con las manos bien hundidas en su entrepierna, para asegurarse calor o placer, no supe bien cuál de los dos.

Curiosamente, todos habíamos cambiado de ropa durante la noche y llevábamos puesto ahora el tradicional conjunto de playera y pantalón blanco con el pañuelo rojo alrededor del cuello. No me acordaba del cambio de ropa, pues tenía en mente mayores problemas, a saber, 6 toros de ¾ de tonelada a punto de ser liberados y aplastarnos. Ya la plaza estaba llena de personas y el barrio estaba animado por residentes y visitantes que colgaban de los balcones y veían desde arriba el inicio de la carrera. Llovía cerveza y sangría entre los espectadores y participantes; bastante de ésta caía sobre mis compañeros y los despertaba del sueño. Nos quedamos todos impresionados cuando vimos la enorme congregación de hombres vestidos igual a nosotros y la audiencia frenética que nos daba presagios de violencia y alboroto. En menos de una hora, nos encontramos abarrotados en la estrecha plaza junto con otros idiotas. Un padre católico iba caminando a través de la multitud bendiciendo a todos los participantes condenados. El miedo se había tragado mi corazón no religioso en ese momento de duda existencial y arrepentimiento, pero pronto me distraje temporalmente con la celebración a mi alrededor.

La procesión comenzó. Una estatua de San Fermín iba desfilando en toda su gloria y esplendor. Canciones, tributos y cantos a esta figura religiosa se repetían una y otra vez. No entendí ni una sola palabra, pero era hermoso. Las mujeres lloraban en los balcones y los hombres levantaban los puños. Yo me puse a cantar “The roof, the roof, the roof is on fire!” para sentirme más ambientado. La atención de la gente se dirigió hacia las enormes puertas de madera que estaban frente a nosotros, detrás de las cuales podía escuchar el ruido que hacían esos enormes animales. Se lanzó un cohete y las puertas se abrieron. Busqué a Chuck y a Harvey, pero ellos estaban ya más adelantados que yo, corriendo por sus propias vidas. Empecé a acelerar instintivamente junto con el resto de la multitud, mirando nervioso hacia atrás. El pánico que se vive cuando se ve una docena de toros corriendo hacia uno no puede ser descrito con palabras. Más bien, para entender mejor el horror, habría recomendado cruzar, a pie y con las agujetas de ambos pies amarradas entre ellas, la autopista 65 durante la hora de mayor tráfico y tal vez así se tendría una ligera apreciación de la gravedad de la situación.

La carrera completa era de menos de un kilómetro, pero puedo asegurar que se sentía como si fuera de más de diez. Me sorprendió ver que varios hombres mayores estaban entre nosotros en las calles. Estaba también agradecido por ello, ya que esos payasos no tenían chance, pues habría bastado un par de codazos para quitármelos de encima. La multitud nos aclamaba o nos abucheaba, dependiendo de qué tan cerca estuvieras de los toros. Entre más lejos de éstos corrías, más te abucheaban: no se permitían maricones en Pamplona. Yo me encontraba en la parte trasera del pelotón, no por gusto, si a alguien le importa, sino porque los corredores habían creado un atasco que me atrapó entre los valientes y los idiotas. Los toros debían encontrarse a pocos metros detrás de mí, ya que llegué a escuchar el grito de un español que provenía como del piso. Él había quedado atrapado bajo los toros, y finalmente lo retiraron cuando una de las bestias lo corneó y lo aventó a un lado, lleno de sangre. La orina se me escurría por los pantalones blancos mientras intentaba abrirme camino frenéticamente, trepándome sobre la multitud que estaba frente a mí. Alguien cayó al suelo y, como era de esperarse, le siguió una pila de cuerpos que se volvieron el blanco de los toros enloquecidos. Salté sobre ellos desgarrándome el tendón izquierdo debido a la fuerza sobrehumana que empleé, normalmente reservada para las madres que tienen que rescatar a sus hijos atrapados bajos los vehículos. No podía sentir absolutamente nada. La adrenalina y las ganas de vivir se habían apoderado de mí. Nunca podré olvidar la mirada de terror de un joven que estaba en la pila debajo de mí, ya que había pisado su frente al intentar escapar de la muerte con la que me amenazaba la cercanía de los toros.

Pensé que estaba fuera de peligro, pero tres toros esquivaron el atasco y se fueron contra mí. Los muros bordeaban las calles, algunos de ellos tenían siglos de vida, y los espectadores se colgaban de ellos para presenciar la debacle de locura que se estaba llevando a cabo. Intenté escapar colgándome de esos muros, pero la multitud incomprensiva me empujó de regreso al juego, lo que me obligó a quedarme hasta el final. ¡Bastardos! Me tropecé con el suelo y corrí hacia Mercaderes, la infame esquina en donde a innumerables hombres los han triturado a lo largo de los años porque los toros perdieron el control y se fueron sobre ellos. Esta vez no fue diferente. Mis compañeros corredores chocaron violentamente contra los toros, lo que los sujetó contra los muros mientras hombre y bestia intentaban negociar la apretada curva.

Los toros rebotaron sin problema, pero varios hombres se quedaron tirados, paralizados sobre los adoquines. Grité y saqué más orina, buscando un lugar por donde salir, pero los muros estaban guarnecidos, y las tiendas que daban a la calle, bloqueadas con tablas. A lo lejos, pude ver la plaza de toros, el ruedo y la destinación final de esta pesadilla. Chuck y Harvey estaban medio kilómetro adelante de mí y corrían hacia la entrada en medio de los abucheos de la gente que buscaba sangre y no llegadas seguras. Yo estaba a un kilómetro de la meta cuando mi tendón explotó. Se sintió como una liga de hule que se rompía, el dolor era increíble. Caí al suelo oyendo cómo la manada estrepitosa se acercaba. Uno por uno, los toros se me echaron encima… uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. El polvo finalmente se despejó y sentí cómo un par de brazos de cada lado me levantaban y me ponían de pie. Chuck y Harvey habían regresado por mí. Me sorprendí al ver que estaba entero: ni una sola pezuña me había abollado el cráneo o el resto de la carcasa. Cuando la multitud se dio cuenta de que estaba vivo, me aclamaron con voz ronca y lanzaron cerveza y sangría hacia nosotros en señal de aprobación.

Me dieron de alta para la corrida de toros esa noche. Era triste ver como mataban a esas magníficas bestias: habían corrido tan valientemente esa mañana, y se habían ganado todo mi respeto y admiración. Pero así era España, y los toros ya habían tenido la oportunidad de matarnos antes durante ese día. Tal vez por eso ahora era tan indulgente con ellos. Las carreras de toros continuarían cada mañana durante los próximos días. Chuck y Harvey regresaron y corrieron un par de veces más. En cambio, en las muletas yo apoyé a los toros junto con el resto de la multitud: “¡Qué vivan los toros!”

Traducción de Daniela Demichelis

Clint Head creció en la costa atlántica de Florida. Ahí tuvo constantes problemas con sus padres, profesores y fascistas armados de uniforme azul. Con todo y todo alcanzó un grado en la carrera de Radio&Television en la Universidad de Florida Central. En Ohio y Tennesse dio shows como comediante. Ahora reside en Nashville, Tennesse, donde irrita a muchos de los integristas cristianos sureños con su inaceptable actitud.

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