Cuento • Mayo 2010
La señora de la cara maquillada
La anciana sentada al borde del sofá está esperando. Rebusca entre todas las revistas viejas, de hace varios años. Hojea los catálogos de venta por correspondencia en la zona de espera del hospital militar: Brylane Home, Newport News, Spiegel. Rodea con un círculo los artículos elegidos, arranca el cupón de pedido y lo mete en la tapa de su cartera militar negra.
—¿Qué seguro médico tiene? —pregunta una vocecita desde el otro lado del mostrador.
La voz insiste más alto:
—¡Señora! Su seguro, ¿qué seguro médico tiene?
La muchacha sentada enfrente de la anciana está meneando la cabeza al ritmo de su walkman. Su pie golpea la mesa de centro con tanta fuerza que esta empieza a temblar y las páginas de las revistas viejas se levantan con la corriente del aire acondicionado.
—Creo que están hablándole —le dice la muchacha a la señora de la cara maquillada.
El contorno de los hundidos ojos de la anciana está perfilado con delineador negro carbón. Lleva sombra de ojos azul celeste y lápiz de labios de un rojo vivo. El canoso pelo está recogido con varias horquillas negras que sobresalen por toda la cabeza.
—Estoy esperando a mi marido; ¡lleva siglos ahí dentro!
La recepcionista pone los ojos en blanco, murmura algo entre dientes y vuelve a desaparecer detrás del mostrador.
—Soy Ruth Ann —se presenta la anciana, y le ofrece la mano.
—¿Cómo? —dice la muchacha, separando los auriculares de las orejas para oír mejor.
—Me llamo Ruth Ann.
—Ah, yo soy Tammy. Encantada de conocerla, Ruth Ann.
La muchacha vuelve a ajustarse los auriculares.
La madre de Tammy, que es bióloga en las Fuerzas Aéreas, sale del despacho del médico cargada con un montón de muestras farmacéuticas gratuitas y con una revista enrollada debajo del brazo. La muchacha suspira y recoge sus cosas. La anciana se queda mirando a Tammy y a su madre.
—¿Os vais ya? —pregunta la anciana.
—Ah, Ruth Ann, esta es mi madre. Mamá, esta es una señora que acabo de conocer… Ruth Ann.
—Estoy esperando a mi marido. Lleva ahí dentro un buen rato ya —explica la anciana.
Tammy sabe cuánto le gusta hablar a su madre, y sabe que si no se marchan de inmediato empezará a hacerle un montón de preguntas a la mujer.
—¿Cuánto tiempo lleva dentro? —pregunta la madre de Tammy.
—¡Mamá, vámonos! Por favor… ya hemos pasado por esto —le dice Tammy a su madre en voz baja, pero con firmeza.
—Hemos venido esta mañana, al amanecer, y todavía está ahí dentro. ¿Qué hora tiene, tesoro?
—Son casi las cuatro y media.
—¡Dios mío!, ¿dice que las cuatro y media? Tengo que irme sin falta. No voy a seguir esperándolo.
—¿Adónde va?
—Tengo que ir a la carretera de Fredericksburg, justo al lado del centro comercial Crossroads. Creo que podré coger el autobús de las cinco en punto para estar en casa a las siete.
—Bueno, no es algo que acostumbremos a hacer, pero como usted parece tan agradable…; vamos en esa dirección y podemos acercarla en el coche. Bueno, si no tiene que esperar a su marido.
—Mamá, ¿puedo hablar contigo un momento? —pregunta Tammy.
Su madre mueve la cabeza afirmativamente, sin realmente escucharla.
—Muy bien, Ruth Ann. ¿Ya lo ha cogido todo?
—¡Mamá! Es importante. —Tammy cruza los brazos y hace un casi imperceptible mohín—. Esta señora es una desconocida —le advierte, intentándola hacer entrar en razón.
—Tienes que usar tu buen juicio, cariño. Ya sabes que no me ofrecería a llevar a cualquiera, pero esta señora va en nuestra misma dirección, y es claro que ha estado relacionada con el ejército. Lo menos que podemos hacer es acercarla. Tú siéntate detrás, si así te sientes más cómoda.
—Pero mamááá…
—Ya basta, Tammy. No delante de la señora.
Y la manda callar.
En el coche, Tammy se sienta en el asiento de atrás, con los brazos cruzados durante todo el camino.
—Me alegro tanto de que me hayan sacado de ese lugar… —les confía Ruth Ann, mientras se ajusta las horquillas en el espejo del parasol del coche; luego se frota la nuca con la mano.
—No es ninguna molestia. Tal como le he dicho, vamos en esa misma dirección. Me alegro de poderle ser de ayuda.
La madre de Tammy siempre está de buen humor y considera que es su deber ayudar a los demás.
—A veces me siento tan harta y cansada de tener que esperar a mi marido… Siempre está ocupado con todos esos trámites. Anoche pasamos nueve horas seguidas allí. Solucionando esto, retocando ligeramente lo otro…
—Ah, no me había dado cuenta. Así que su marido es médico, ¿no?
—No, mi exmarido. Es que participa en ese programa especial y está realizando esos experimentos.
La madre de Tammy lanza una mirada al retrovisor y ve los penetrantes ojos de Tammy clavados en ella. Se encoge de hombros y continúa hablando con la anciana.—¿Experimentos?
—Sí, mamá, experimentos, ¿vale? Venga, no deberías estar haciendo tantas preguntas. ¡Uuuf!
La madre mira a Ruth Ann y se disculpa:
—Mi hija tiene dieciséis años y piensa que todo lo que hago está mal. Lo siento muchísimo.
Tammy mira al retrovisor y arruga la nariz. Ruth Ann vuelve la cabeza hacia el asiento posterior.
—¡No debes hablar a tu madre así!
Tammy deja escapar un profundo suspiro por entre los dientes.
—A ver, Ruth Ann, ¿no estaba diciendo algo sobre unos experimentos?
—Ah, sí. Tenía que marcharme de allí, o me lo hubiera vuelto a hacer.
—¿El hombre al que estaba esperando en el hospital? Pensaba que había dicho que era su marido.
—No, exmarido. Es posible que me haya colocado un implante para hacerme decir marido. A veces lo hace. Y es que lo controla todo. ¡Ay, qué cosa, los experimentos…! A veces yo también tengo que participar en ellos. Creo que me ha implantado una sonda electrónica en la nuca.
La anciana tira de su blusa y se lanza contra el respaldo del asiento.
—¡Ay, por Dios!, ¿la ves? —pregunta tirando del cuello de la blusa para facilitar un examen a fondo.
Tammy cruza los brazos con firmeza e intenta no mirar a la anciana de la cara maquillada.
—¡Mamá! —susurra en voz alta, nerviosamente.
—Por favor, solo echa un vistazo; parecerá un punto negro —exhorta la desconocida a Tammy.
Tammy levanta el reposacabezas y mira por entre las barras metálicas.
—Lo único que veo en su nuca es un lunar.
—¿Un lunar? ¡Nunca he tenido ningún lunar! Es la sonda. Nos oirá. ¡Chist! No digáis ni una palabra. Puede oír absolutamente todo.
—¿Quién es el que puede oír todo? —pregunta la madre, que a estas alturas ya ha empezado a sonar incrédula.
—El Presidente. Mi exmarido está haciendo que me sigan. Sé algunas cosas que al Presidente le gustaría saber. ¡Chist!, ni una palabra.
La anciana se lleva los dedos a la boca y finge cerrarse los labios con una cremallera.
Tammy se revuelve en el asiento de atrás e intenta establecer contacto visual con su madre en el retrovisor, confiando en que sus ojos transmitan el mensaje que quiere hacerle llegar: esta mujer está loca de atar. Tammy se mueve inquieta en el asiento y baja la ventanilla a pesar de la lluvia.
—¿Ha dicho que usted sabe cosas que el Presidente no sabe? —pregunta la madre—. ¿Se refiere al mismísimo Presidente?, ¿de los Estados Unidos?
La madre lanza una rápida mirada hacia Tammy, como si quisiera decirle que también ella sabe que es posible que la mujer esté desvariando o que esté loca.
—Si me hubiera quedado esperando más tiempo en ese despacho, me hubiera implantado más electrodos. Por eso estaba harta de esperar. Siempre me toca estar esperándolo, incluso con todos estos experimentos a los que me ha sometido.
La madre intercambia una mirada cómplice con Tammy en el espejo retrovisor. Tammy observa detenidamente a la esperpéntica vieja.
—¿Está segura de que no puedo acercarla a algún otro lugar? No me quedo tranquila dejándola en la parada del autobús. ¿No querrá que la lleve de vuelta al hospital? Me temo que no me di cuenta de que tenía que estar con su marido —le ofrece nerviosa la madre.
—¡Exmarido! —replica de inmediato la mujer—. Y no, cielo, ¿no le acabo de contar que me está implantando todas estas cosas por todo el cuerpo? ¡Quiero escapar de él! Oye, cariño —continúa mientras tira del cuello de la blusa hacia el respaldo del asiento—, mira a ver si puedes arrancar ese cable de ahí.
—Señora —dice Tammy—, no parece tener ningún cable ni en la espalda ni en el cuello. Lo único que tiene es el lunar que ya le dije.
—¡Ese es el implante! ¡Arráncalo!
La madre aparca en un lado de la carretera, justo detrás de la parada del autobús.
—Bien, ya hemos llegado. ¡Ahí está la parada del autobús!
La madre y Tammy están deseando que la anciana salga del coche.
—¡Ay, Dios mío! ¡No me había dado cuenta de que ya habíamos llegado! Necesito que alguien me quite esta sonda, de verdad. ¿Seguro que no pueden ayudarme? Bueno, supongo que lo entiendo. Y el Presidente conseguirá esta información de un modo u otro. Bien, en cualquier caso, gracias por traerme. Ha sido un placer conocerlas.
La anciana agarra torpemente su cartera militar negra y mete el brazo por la correa. Mientras la desliza por el hombro, da unas palmaditas a la madre en la espalda.
—Es usted una buena mujer. Le irán bien las cosas.
Tras estas palabras, la vieja chiflada sale del coche y se dirige hacia la parada del autobús.
Tammy permanece en el asiento de atrás y sube la ventanilla.
—¡Mamá! ¡Esa mujer estaba para que la encerraran! ¡Jo!, estaba como una cabra, ¿verdad?
La madre empieza a reírse nerviosamente.
—¡Ay, Dios mío! ¡Sí que era rara, sí! ¡Realmente creía que alguien le estaba implantando electrodos!, ¡y que el Presidente necesitaba saber lo que ella sabía! Estaba bastante chiflada, sí.
De camino hacia casa, la madre y Tammy no pueden dejar de hablar de la anciana loca con la gruesa capa de maquillaje y del alivio que sintieron cuando por fin salió del coche.
Una vez en casa, Tammy enciende la televisión. Cuando empiezan las noticias de las seis, el locutor comienza con:
“La coronel retirada Ruth Ann Johnston ha fallecido esta noche tras ser atropellada en extrañas circunstancias en la carretera de Fredericksburg por un coche cuyo conductor se dio a la fuga. La coronel Johnston se encontraba en una parada de autobús situada en la esquina de la carretera Fredericksburg con la interestatal 410 cuando, al parecer, un automóvil negro con matricula militar perdió el control y la atropelló, matándola en el acto. El automóvil no se detuvo, pero los testigos que se encontraban en el lugar mantienen que el conductor llevaba uniforme militar. Algunos de ustedes es posible que recuerden que la coronel Johnston fue la científica que informó de los extraños sucesos que estaban teniendo lugar en la base de Groom Lake, también conocida como Área 51, en Nevada. Tras el informe de la coronel al Presidente sobre algunos experimentos ultrasecretos que se habían realizado en ese lugar, las Fuerzas Aéreas se vieron finalmente obligadas a admitir la existencia del Área 51, un centro de experimentación, algo que habían negado vehementemente con anterioridad. La coronel Johnston y su marido, un ingeniero de dinámicas humanas también miembro de las Fuerzas Aéreas, fueron pioneros en el desarrollo del láser como instrumento quirúrgico, y también participaron en las primeras pruebas de las bombas atómica y de hidrógeno que se realizaron en una remota y diminuta isla del Pacífico, que más adelante fue bautizada en su honor. La coronel Ruth Ann Johnston se retiró en 1972.”
Tammy se estremece al escuchar la noticia. Su madre le dirige una mirada de incredulidad. Ambas sacuden la cabeza, casi de manera simultánea. Claro que habían oído hablar de la isla Johnston. Todos en las Fuerzas Aéreas sabían que era un campo de pruebas, en el que únicamente vivía personal militar.
Todavía atónitas y horrorizadas por las cosas tan extrañas que han pasado esa tarde, las dos se encaminan hacia sus respectivas habitaciones, tras escuchar las noticias en otro canal para intentar conseguir información adicional sobre la mujer a la que han llevado en el coche esa noche. Cuando la madre empieza a subir las escaleras camino de su cuarto, Tammy se fija en algo que tiene en la parte superior de la espalda.
—Oye, mamá, ¡no sabía que tuvieras un lunar en la espalda!
—¿Un lunar? Nunca he tenido un lunar.
Traducción de María Pilar San Román


