Cuento • Mayo 2010

“Te amo porque eres Ray”, dijo Jill.

Garganta demasiado pequeña

Por Cybele Knowles

Ray y Jill tenían una relación abierta, habían tenido una relación abierta los doce años enteros que llevaban juntos, algo que suena más difícil de lo que es. Su relación estaba gobernada por unas cuantas reglas sencillas establecidas democráticamente: Practica el sexo seguro, Dile a la otra persona qué tramas y No me dejes por nadie más. Pero hacía tiempo que ni Ray ni Jill aprovechaban sus privilegios de relación abierta. Estaban más viejos y no tenían la energía que acostumbraban. Habían ganado peso y perdido un poco de la confianza en sí mismos necesaria para dicha empresa. Y su círculo social se había, como un juego de Tetris, acomodado en una formación cerrada, resistente a la penetración de otras personas abiertas.

Jill, quien tenía una mente activa, llenaba con hobbies el tiempo que previamente había gastado en citas: haciendo refrescos caseros, jugando juegos de rol y criando ratones estrambóticos. Trabajaba cruzando líneas hereditarias para obtener rasgos que apreciaba (pelajes moteados y personalidades agradables). “Aquí dentro huele a orines”, se quejó Ray. “No son orines”, dijo Jill. “Es almizcle de macho.” Ray no tenía energía para iniciar una discusión para llegar a acuerdos sobre los ratones, como mudarlos al patio o arrancarle la promesa a Jill de limpiar las jaulas con mayor frecuencia. La falta de energía era un problema muy serio que Ray experimentaba. No tenía energía para conversaciones ratoneras, no tenía energía para ejercer sus privilegios de relación abierta, no tenía energía para nada. Estaba tan cansando todo el tiempo y oscilaba entre un malhumor desmesurado y un profundo abatimiento. Unos círculos oscuros se habían instalado permanentemente bajo sus ojos.
“Te sigo diciendo”, dijo Jill. “Hay algo malo con tu sueño. Creo que tienes apnea del sueño. Roncas y balbuceas y das vueltas. En verdad tienes que ir al doctor. En verdad. En verdad.”
“Lo haré”, dijo Ray. Jill lo negó con su cabeza y cambió a un ratón de una jaula a otra. Ray padecía la común y corriente aversión masculina hacia los doctores. No iba a ver a ningún doctor.

En su momento, no obstante, el destino dio un vuelco a Ray. Su agotamiento, cocinándose por varios años, estaba afectando su trabajo. Se quedaba dormido en su escritorio. Se quedaba dormido en las reuniones. A veces se dejaba caer con cuidado, como ave migratoria posándose por un rato sobre un árbol alto, en uno de los sillones de piel en la sala que está no muy lejos de la oficina del Director Ejecutivo. El jefe de Ray era comprensivo con los problemas de salud de Ray, aunque al final no tanto. Un día llamó a Ray a su oficina, le presentó un documento que enumeraba sus responsabilidades laborales y especificaba un plazo límite para su cumplimiento, y cortesmente le exigió que firmara al calce.
“Está bien”, dijo Ray a Jill aquella noche. “¿Qué hago?”
Jill trató de disimular lo satisfecha que estaba. Tenía miedo de que Ray no fuera al médico si notaba lo satisfecha que estaba. Logró contener la mayor parte de su satisfacción, pero un poquito de ella se manifestó en la manera en que rápidamente arrancó una nota adhesiva del corcho que colgaba sobre el pequeño escritorio que compartían. “Aquí tienes”, le dijo. “Una clínica del sueño aprobada por el plan. Me metí en línea e investigué tu lista de proveedores calificados.”
Ray llamó y le recomendaron un estudio de sueño. Tomó sus pijamas y su almohada y lo pusieron en este cuarto, con un colchón de la firmeza de su elección (firmeza mediana). Lo vigilaron mientras dormía.
“Aquí no hay misterio”, dijo el científico del sueño a la mañana siguiente. “Usted se está despertando cientos de veces en una sola noche. Se despierta por un segundo y no se acuerda de ello en la mañana, aunque definitivamente se está despertando. ¿Lo ve en el video? ¿Lo ve? ¿Ve ahí? El problema con despertar cientos de veces por noche es el trastorno del sueño MOR. Y bueno, usted en verdad no quiere eso. El trastorno del sueño MOR es la causa real de varios síntomas serios: fatiga, depresión, irritabilidad, pérdida de memoria, dolores de cabeza matutinos, libido reducida. A lo mejor hasta muerte de células neuronales.”
“Te lo dije”, dijo Jill.
Ray fue referido con un otorrinolaringólogo. Bastó un vistazo a la garganta de Ray para que el otorrinolaringólogo hiciera su diagnóstico.
“Tu garganta es muy pequeña”, dijo. “Siempre ha sido algo pequeña, pero no es sino hasta hace poco que se volvió un problema. El problema es que ahora los músculos de tu garganta se han vuelto débiles. No sostienen la garganta como acostumbraban. Te acuestas, los músculos no hacen su trabajo, tu pequeña garganta se colapsa y el suministro de oxígeno se interrumpe. Después de unos cuantos segundos sin oxígeno, te despiertas por una acción refleja.” Sacó un tríptico. “Necesitas esta máquina, se llama CPAP. ¿Respira en tu lugar? No respira en tu lugar. La máquina que respira por ti cuesta bastante más; no quieres ni saberlo. Ésta sólo fuerza el aire hacia adentro inflando la garganta. Es tu mejor segunda opción. ¿Y si no funciona? Si esto no funciona hacemos una operación que se llama uvuloplastia. Es cuando ensanchamos quirúrgicamente la garganta. Con láser.”
El médico quiso decir despulpar, como a una manzana blanda. Ray se fue a la casa perturbado.
“A veces no funciona”, le dijo a Jill. “¿ Y qué si no funciona y entonces me tienen que operar?”
“Va a funcionar”, dijo Jill con firmeza. Ella era una persona racional y, por supuesto, jamás pretendería conocer el futuro. Pero veía la aprehensión en la cara de Ray y quería hacerlo sentir mejor. “Piensa en todas las personas con que ha funcionado”, le dijo. “Tú puedes ser una de esas personas.”
“Igual tienes razón”, dijo Ray, aunque no creía para nada que ella tuviera razón. “Tienes razón”, repitió con firmeza y llamó y ordenó el CPAP.

Las cosas deberían haberse puesto mejor en ese punto, pero luego siguieron tres meses de tire y afloje con el plan de salud. El seguro tuvo que recolectar los diagnósticos y las referencias con el médico general de Ray, la clínica del sueño y el otorrinolaringólogo. Luego perdió las referencias y los diagnósticos y tuvo que recolectar las referencias y los diagnósticos de nuevo. Luego se tomó su tiempito para tramitar la solicitud. Finalmente, tramitó la solicitud y el resultado de tantos trámites fue que negaron el tratamiento. Ray se puso al teléfono y le gritó a muchas personas. Jill aportó unas cuantas llamadas y gritos en su nombre. Todo ello era una monserga. Lidiar con las muchas burocracias involucradas enfurecía y fomentaba el ennui; además, en todo ese tiempo Ray todavía no estaba durmiendo y funcionaba cada vez peor.
La situación se tornó trágica cuando, mientras aún esperaban el CPAP, Ray perdió su trabajo. Había estado dando lo mejor de sí, pero eso no fue suficiente. El jefe de Ray le mostró el documento que enumeraba sus responsabilidades laborales y especificaba una fecha de cumplimiento, con la firma de Ray en tinta azul al calce y allí quedó.
Jill llegó a casa para encontrarse con Ray acurrucado en el sillón; una caja de cartón con sus efectos personales de la oficina descansaba en el piso a un costado del sillón.
“No quiero llorar”, dijo Ray.
“Está bien llorar”, dijo Jill.
“No lo está.”
“Sí lo está.”
“No lo está.”
“Ay, Dios”, dijo Jill. “Se me acaba de ocurrir algo. ¿Tu seguro todavía cubre el CPAP?”
Ray gimió. Jill le trajo el teléfono. “Háblale a la persona de prestaciones”, le dijo. “Deberías llamarle ahora.” Ray se desacurrucó un poco y llamó. La persona de prestaciones estaba fuera. Le dejó un mensaje y dejó caer el teléfono al piso.
Se sentía completamente perdido, indefenso y desanimado, tan desanimado que el sentimiento de las visiones que había estado experimentando de sí mismo en el fondo de un profundo hoyo en la tierra se volvió literal. Él no creaba intencionalmente esas visiones. Le flasheaban encima y se sentían como mensajes de su mente animal.
“Puedo hacerte un pregunta”, dijo Ray. “¿Por qué me amas todavía? Mira de cerca. En verdad, te invito. Soy un desastre. No funcionó. Me acaban de despedir. Y estoy gordo.”
“Te amo porque eres Ray”, dijo Jill.
“Creo que me voy a matar. Me voy a matar y así podrás encontrar a alguien más y llevar la vida buena que te mereces y que yo soy incapaz de darte.”
“Ya párale”, gritó Jill. “Para, para, para.”
Le arrojó un cojín temático de Star Wars de un lado a otro de la sala. Los ratones, alarmados, se revolvieron en sus jaulas. “Así que la estamos pasando mal. ¿Por qué? Porque sí. La vida tiene sus malos momentos, en general por razones fuera de nuestro control. Y casi todo está fuera de nuestro control. ¿No estaría de acuerdo con eso, Señor Licenciado en Filosofía? Y si estás de acuerdo con eso —y yo sé que lo estás— entonces no puedes responder a un mal momento con un ‘Ay, soy un perdedor’. No tiene lógica.”
“Pues, gracias”, dijo Ray, “pero Jill, perdí todo. Digo, te tengo a ti, pero quitándome a mí, no tengo nada. Incluso me he perdido a mí mismo. Ya no soy más yo mismo. Entonces, ¿cómo no voy a ser un perdedor?”
Jill estaba muda. Después de un rato, Ray levantó la cara de sus manos para ver qué estaba pasando. Jill estaba nada más allí sentada, mirándolo. Pero qué rayos visuales le dirigía, llenos de una piedad implacable, como si fuera un ser diferente, superior. En ese momento se parecía muchísimo a Cate Blanchett como Galadriel en El señor de los anillos, específicamente cuando Galadriel ofrece regalos y advertencias a los hobbits en preparación a su viaje lleno de peligros rumbo a Moldor. Ray había visto el DVD con extras y sabía que cuando estaban filmando los primeros planos de Cate, detrás de la cámara colgaron luces navideñas para que sus ojos tuvieran esos pequeñitos reflejos de luz tintineantes.
“Es que sólo te la pasas hablando de perder cosas”, dijo Jill. “Lo que tenías, lo que no tenías, lo que quieres tener. Ray. Una persona no es pura acumulación. Una persona es energía.”
“¿Qué?”
“No podemos ser cosas o experiencias o talentos, ni siquiera nuestra alegría. Todo eso nos lo pueden quitar y, cuando eso pase, aún hay algo importante que queda. Como nuestra comprensión. Nuestro espíritu. Nuestra energía queda. Así que no pienses en ti mismo como todas esas cosas, Ray. No eres esas cosas. Eres energía.”
Ray estaba un poquito desconcertado. ¿Cómo puedes vivir con alguien durante doce años, pensar que la conoces al derecho y al revés, hasta las manchas de sus calzones más viejos en la entrepierna, y de pronto te sale con esta joya que ni siquiera sabías que existía y que, por tanto, menos sabías que todo este tiempo había estado en su posesión. Es como si Jill le hubiera entregado una espada mágica y dicho: “Anda, vasallo mío. Sabes qué hacer”. ¿De dónde sacó la espada mágica? A lo mejor estaba leyendo de nuevo sus libros de paganismo. Ray resolvió no molestarla más con eso. La quería tanto. Se frotó los ojos con la manga de su pijama.
“Si somos energía y no acumulación, entonces por qué tenemos tantos ratones”, preguntó.
“Cállate”, dijo Jill.

El problema fue que al día siguiente; la señora de las prestaciones llamó y sin ninguna humanidad informó a Ray que debido a su despido el seguro no cubriría el CPAP en trámite a menos que tuviera un seguro COBRA. El seguro COBRA costaba 498 dólares al mes.
“Bandidos”, dijo Jill. “Estos bandidos.”
“La puedo hacer sin ella”, dijo Ray, y su voz sonaba pequeña y distante, viniendo como era del fondo de un lugar oscuro.
“No puedes hacerla sin ella.”
“Sí, sí puedo. Además no creo que tengamos opción. Ésta es una de esas cosas fuera de nuestro control. Casi todo está fuera de nuestro control. Tú lo dijiste. ¿Te acuerdas?”
“A quién le importa lo que dije”, dijo Jill. “Tengo que pensar un segundo.” Se paró, alimentó a los ratones y preparó unos sándwiches de mermelada con crema de cacahuate para ella y Ray. Se comieron los sándwiches. Jill puso los trastes en el fregadero, tomó para ella una cerveza de raíz hecha en casa y se sentó de nuevo en el sillón. “Hay algo que podemos hacer”, dijo. Le dio un buen trago a la cerveza de raíz. “Podemos casarnos. Entonces tú podrías seguir con mi seguro médico. Sé que hemos estado esperando hasta tener dinero para la boda. Y para cuando te sientas listo. Pero podemos hacer esto, podemos sólo ir al registro civil y casarnos sin hacer por ahora la ceremonia. Y sin decirle a mi mamá y mi papá porque se van volver locos. Después, cuando las cosas mejoren, podemos tener la boda.”
Se dirigió a las jaulas de ratones y sacó a su ratón preferido, un macho pinto, blanco y naranja, que se llamaba Pumpkin Pie, y regresó al sillón. Pumpkin Pie, que no quería que lo sujetaran, revolvía y azotaba la cola. Jill ahuecó las manos a su alrededor y lo calmó; vibraba en protesta contra sus dedos sólo de vez en cuando. “Supongo que no sé si en verdad pienses que te gustaría casarte. Conmigo, quiero decir. ¿Quieres?”
No era una pregunta fácil de contestar. La mayor parte de Ray quería casarse con Jill salvo el tres por ciento de él horrorizado con casarse, porque ese tres por ciento simplemente no podía ver el matrimonio como cualquier otra cosa que no fuera el fin de la línea, el fin de la juventud, el darse por vencido.
“Me retracto”, dijo Jill. “Todavía piensas que tu vida se acabará cuando te cases.”
“No, no lo pienso.”
“Sí, sí lo piensas.”
Ray estaba cagándose de miedo por completo. Ya antes había estado igual de cagado de miedo, mientras daba una vuelta de tres puntos en una van de catorce pies sobre una entrada con pendiente de cuarenta grados. Estaba seguro, absolutamente convencido, de que al maniobrarla hacia un ángulo recto con la pendiente se volcaría, y aunque no se muriera en el proceso, volver a ponerla de pie sería una tarea de impresionante dificultad. Probablemente tendría que contratar a un equipo de elefantes para levantarla y, ¿cuánto costaría eso? Pero todas sus cosas estaban en la van y tenían que llegar al nuevo departamento y todo dependía de él. Así que apretó los dientes y giró la van. El pavimento se volcó en dirección a la ventana del conductor y le pareció ver cada una de sus grietas y piedritas, pero la van no se cayó y la lección fue que a veces se tiene miedo cuando no se necesita tenerlo. “A la mierda”, dijo. “A la mierda el tres por ciento.”
“¿Qué?”
“Jill, me quiero casar contigo. Mientras sepas que no es sólo por el seguro médico. Quiero casarme contigo porque eres increíble. Pienso que eres la persona más increíble que he conocido.”
“¿De verdad?”, dijo Jill. Estaba tan contenta y sorprendida como la primera vez que se lo dijo, hace unos doce años.
“De verdad”, dijo Ray.
“¿Pero seguiremos abiertos, no?”
“Sí”, dijo Ray. “Vamos a casarnos abiertamente.”
“Bueno, ¡entonces va!”, dijo Jill, riéndose como un payaso chiflado. Puso a Pumpkin Pie de regreso en su jaula y le dio un abrazo grande y un besote a Ray. “Eso es lo que quiero.”
“La nena consigue lo que la nena quiera”, dijo Ray.
“Eventualmente”, dijo Jill.
Y cuando lo hicieron, parados juntos en el juzgado, vistiendo sus ropas más lindas, que para ser francos no lo eran tanto, Ray sacó su espada mágica y dio muerte al tres ciento de sí que no distingue que la mula es negra ni con los pelos en la mano, y dijo “Sí acepto” con verdadero sentimiento. Y luego se fueron a Midway Molina’s por cervezas, chicharrón de queso y enchiladas de carne, y luego fueron a casa y Jill habló con su persona de prestaciones, y puso a Ray en su seguro. Y después iban a tener sexo, el primer sexo matrimonial de su vida, pero toda la comida mexicana que comieron y toda la cerveza que bebieron los hizo sentirse pesados y somnolientos, y así en lugar de tener sexo sólo se quitaron los pantalones, se tendieron y se quedaron dormidos.

Finalmente llegó el CPAP. Ray puso la caja sobre la cama y desempacó los componentes mientras Jill despejaba su mesa de noche. Puso el módulo principal sobre la mesa, atornilló la manguera a la embocadura y sujetó la mascarilla por el cabo de la manguera. Giró la perilla de presión hacia ALTA y oprimió el botón ENCENDER. El CPAP parpadeó, una serie de rápidos parpa-diodos, y cobró vida. Conforme el aire empezó a fluir, la manguera ligeramente se enroscó.
“Vamos a probarla”, dijo Ray. Colocó la mascarilla, ribeteada con goma suave de color gris, sobre su boca y nariz. Estiró la banda elástica atada a la mascarilla sobre su nuca. La presión del aire hacía sentir su boca extrañamente espaciosa, como una arcada o un atrio. Ray miro a Jill. Su cara estaba dispuesta en una expresión neutral.
“¡Ay Dios, ay diablos!” La mascarilla amortiguaba su voz.
“Podría ser mucho peor”, dijo Jill. “Podrías tener leucemia. Podrías haber sido atropellado por un conductor borracho y quedado paralítico de la cintura para abajo.”
Ray se quitó la mascarilla y apagó la máquina. “Más vale que funcione”, dijo. “Esta porquería que tantos pesares ocasionó.”
“Pensemos en eso más tarde”, dijo Jill.
Esa noche, Ray se puso la mascarilla de vuelta y se acostó. Jill se inclinó sobre él, localizó un área de su cara que no estuviera cubierta por la mascarilla y lo beso allí.
El CPAP siseaba.
“Es como dormir con Darth Vader”, dijo Jill.
“Gracias por eso”, dijo Ray. Alargó la mano bajo las cobijas y tocó su cadera. Ella alargó la suya y tocó su panza blandita. Después retiraron sus manos y se apartaron creando un hueco entre ellos con el propósito de dormir mejor. Ray se esperanzaba. La esperanza era una emoción que inducía ansiedad e insomnio, pero, afortunadamente, la fatiga de tantos meses pesó más que la esperanza. Sin advertirlo, empezó a sentirse menos esperanzado, más adormilado, más adormilado aún, y se quedó dormido. Cuando despertó se sentía tan descansado por primera vez en tantos años, que ni siquiera le importó haber llegado a la etapa de su vida donde necesitaba de equipo médico para seguir vivo.

“Ahora que te sientes mejor, estoy segura de que encontrarás trabajo”, dijo Jill.
“Estoy buscando”, dijo Ray. Y estaba. Mandaba su currículum a todas partes. Nadie llamaba de vuelta. Ray y Jill habían sido pobres antes, entre los pagos del coche y los pagos del préstamo universitario y la tarjeta de crédito. Pero ahora eran muy pobres. Pobre como es pobre la clase media americana: pobre de quincena a quincena. Empezaron a comprar en tiendas de segunda mano, panaderías del día de ayer, bodegas de descuento, la tienda de a dólar. Lo convirtieron en un juego. Cuando alguien de ellos daba con una ganga, la otra persona le entregaba el Dólar del día. Cuando Ray llevó a casa un pollo en rebaja, Jill dijo, “Te sacaste el Dólar del día”. Cuando la canasta de la ropa se rompió y Jill encontró su repuesto en una venta de garaje/bazar por veinticincos centavos, Ray dijo, “Te sacaste el Dólar del día”. Aunque, de hecho, ningún dólar se intercambió.
Ray seguía sin conseguir trabajo y por fin Jill dijo: “Creo que deberíamos pensar en venderlos”, y Ray dijo: “Sí, okay, tienes razón”.
Estaban hablando de sus figuras coleccionables de Star Wars, las únicas cosas de valor que Ray y Jill poseían. Sus muebles eran los mismos muebles baratos de aglomerado que habían adquirido mientras eran pasantes de licenciatura, su computadora tenía seis años y su ropa era la clase de ropa que las señoritas en las tiendas de ropa usada jamás comprarían. Ray abrió una cuenta en eBay y PayPal y comenzó a enlistar las figuras. Se vendieron y los pagos de cuarenta y cincuenta y más dólares hicieron mucho para levantar el espíritu y el ánimo. El levantón más grande llegó cuando Ray vendió su pieza estrella, un ESB 45 Back Boba Fett AFA 80 sin usar y en caja por 1.138,95 dólares.
Jill sonrío. “Eso es el pago del coche, la renta y parte de la tarjeta de crédito por la que siguen llamando.”
“Casi, y no voy a extrañar a este tipo”, dijo Ray. “Vuelvo enseguida. Resulta que el comprador vive en Speedway y Craycroft, así que se lo llevo en coche.”
“Cuando llegues a casa, voy a hacer: ‘¿Oye, es el dinero en tu bolsillo o estás contento de verme?’”
“Serán ambas”, dijo Ray y besó a Jill y salió por la puerta.

El problema fue que, entre que se fue y regresó, Ray se acostó con una mujer llamada Rumer, quien era la compañera de casa del tipo que compró el Boba.
Cuando llegó a casa, Ray le contó a Jill sobre Rumer, en virtud de las reglas de su relación abierta. Jill estaba friéndose unos huevos para cenar.
“Wow”, dijo. Estaba parada allí con su mandil amarillo, sosteniendo una espátula. “Es como un comercial de autos. De cero a cientocincuenta en veinte segundos. ¿Te divertiste?”
Ray pensaba en cuando Rumer se sacó el vestido por la cabeza y sus rizos cafés se alzaron y vio por primera vez su cogote. Pensaba en el trasero de Rumer, uno pequeño y lindo. Era un culito, en absoluto un bote, definitivamente un culito. Pensaba en cómo Rumer guardaba sus condones en un Sr. Cabeza de Papa. Se daba cuenta de que no podría pasar la noche con Rumer porque necesitaba el CPAP para dormir, y el CPAP estaba aquí en casa, aunque quizá por ahora no debería preocuparse de eso.
“Sí, estuvo divertido”, dijo Ray.
“¿La volverás a ver?”, preguntó Jill.
Ray tomó la espátula de la mano de Jill y dio vuelta a los huevos en el sartén. “Tengo su número de teléfono.”
“Me da gusto”, dijo Jill. “Quiero que te diviertas. Mereces divertirte después de todo lo que has pasado.” Sacó un plato pequeño de la alacena, le puso los huevos y tomó un tenedor del cajón. Se sentó a la mesa de la cocina y comenzó a comer.

Cuando Jill y Ray tenían diecinueve años fue Jill quien trajo a colación todo el concepto de las relaciones abiertas. “Esto es lo que creo,” dijo. “Creo que no hay suficiente amor en el mundo. Así que cuando el amor te llega tienes que agarrarte fuerte a él y atesorarlo. Tanto como dure.” Cuando dijo eso, estaba sentada sobre una roca bajo un pino inmenso a la mitad del Parque Nacional Wallowa Whitman, en Oregón. Sus ojos azul claro lo miraron directo, y él sintió que estaba en la presencia de un ser sabio.

Jill tenía celos de Rumer. Ray podía verlo por la manera en que Jill se comía sus huevos: muy cuidadosamente, como para no delatar sus emociones. Los celos sólo eran una parte normal de las relaciones abiertas. Jill y Ray tenían una regla al respecto: Entiende y controla tus propios celos, dando a conocer necesidades insatisfechas si son el problema que les subyace.
Ray sabía lo que Jill había hecho. Había compartido sus problemas. Adicionalmente, nunca se quejaba del chorro de aire que salía de la mascarilla del CPAP y que toda la noche soplaba en su nuca. Ray pensó en dejar a Rumer por Jill. Jill jamás se lo pediría. Pero si él lo hiciera, le quitaría un pequeño problema a Jill. Era algo que podía hacer, pero buscando en todo su corazón, adentro y afuera y en cada uno de sus rincones, no encontraba las ganas de hacerlo. Rumer le había lanzado esa mirada que los amantes nuevos y felices se lanzan, la mirada que dice, Wow, jamás imaginé que algo tan bueno como tú pudiera pasarme, y aunque Ray sabía que esa mirada no llega así como así, y que con frecuencia le siguen miradas que significan exactamente lo contrario, necesitaba que alguien lo mirara de esa manera, con ese amor hacia él, porque, en ese momento, no sentía suficiente amor propio para terminar el día. No entonces.

Jill y Ray levantaron la cocina. Ray vio la TV y Jill se conectó en línea para jugar juegos de rol. Se pusieron sus piyamas y se metieron a la cama y leyeron sus libros hasta que estuvieron a punto de quedarse dormidos. Apagaron sus lamparillas de noche y se fueron a dormir.
A mitad de la madrugada, algo fuerte agarró la garganta de Ray, asfixiándolo. Gritó. Jill ya estaba encendiendo la lámpara y revisando el CPAP.
“Está prendido, está funcionando”, dijo escudriñando la cara de Ray.
“Ay, no”, dijo Ray. Se quitó la máscara y se sentó. “Podrá estar funcionando, pero parece que ya no funciona conmigo.”
“¿Estas seguro?”
“Voy a necesitar la operación.”
“Ay, Ray”, dijo Jill.
Y le echó tal mirada, una mirada distinta a las que había recibido recientemente. La mirada le dejó una profunda impresión y pensó mucho en ella durante los eventos que siguieron: las citas con los doctores y la siguiente etapa de líos con el seguro y la uvuloplastia y el hecho de que su voz quedó permanentemente muy distinta después de la operación, lo cual perturbaba a todo mundo. La mirada que Jill echó a Ray esa noche era una mirada de compasión que le emanaba no porque ella fuera Jill y él fuera Ray (no estaba, esa noche, particularmente entusiasmada con todo esta cosa-entre-Jill-y-Ray) sino porque él sufría y ella estaba allí para presenciarlo, tan simple como eso. Atestiguar sus apuros engendraba en ella un amor casi de naturaleza arbitraria, pero no menos fuerte por surgir al margen de particularidades. Ray pensó en todos los diferentes tipos de amor que existen y en los muchos de los varios amores que inexplicablemente había sido afortunado de recibir, a pesar de ser una criatura tan lastimosa y desafortunada. Había qué tomar el amor que te llegara y agarrarte fuerte a él. En la cama, Ray y Jill estrechaban sus manos. Sólo míralos ahora: sobre una cama de aglomerado, en una casa de tablarroca, junto a una hilera de viejos apartamentos, a la mitad de la noche, todo mundo alrededor durmiendo.

Traducción de Julián Etienne

Cybele Knowles vive en Tucson, Arizona, donde trabaja en el Poetry Center. Escribe cuentos, ensayos, obras de teatro –todo menos poesía. Su ficción ha aparecido en Diagram.

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