Miscelánea • Mayo 2010

Corin Brönte o el síndrome Loise Lane

Por Victoria Contreras

El fin de semana J. me pasó un link de un artículo en que se comentaba cómo Corín Tellado nunca dijo “te amo”.

Sí señores, Corín Tellado, la mamá de las novelitas rosa, la reina de los culebrones de folletín, la mujer que había venido a fungir como sinónimo de todo lo cursi, hortera, sensiblero, romanticón; esa mujer jamás le dijo te amo a un hombre.

Es que la historia parece sacada de una novela de Henry James o Evelyn Waugh. La tipa se casa con un hombre y a los tres años se divorcia, no por cuernos, no por maltratos, sino porque concluyó que era “demasiada mujer” para el tipo en cuestión, lo manda al capso y no vuelve a tener nada con más nadie nunca más. El tipo, por su parte, desarrolla casi que una obsesión con la mujer, le escribe, le escribe, le escribe, colecciona miles de mementos de ella, así como sus novelas (me puedo imaginar la casa del hombre repleta de pilas y pilas de Vanidades y no puedo evitar reírme) y al final se muere solo. La mujer alza los hombros con indiferencia cuando se entera que la casa del ex parecía una hemeroteca y de paso viene y quema todas las cartas que él le escribio, sin haber leído ni una siquiera.

Y digo que parece una historia de Henry James porque sus relatos están llenos de recuentos de mujeres frustradas, de divorcios, de gente que en el fondo le gustaría algo más pero que la cotidianidad y las convenciones las tumban, las reducen a algo incompleto y a una posición de dudosa heroína que ninguna estaba buscando. Los personajes siempre terminan presintiendo (más que sintiendo) que podían lograr más pero se conforman con la idea de haber obrado bien, de haber sido moralmente virtuosos, se autoengañan diciéndose que son respetables, prósperos, men of property, men of propriety.

Es decir, todo lo opuesto de las novelas de Corín. Corín era la reina del happy ending y en muchas de sus novelas uno encuentra la historia recurrente de la mujer (profesional, exitosa, en falda y pelirroja) que tuvo algo con alguien hace muchos años, lo abandonó quién sabe por qué tontería y como veinte años después el tipo la perdona y vuelven, viven felices y comen perdices. O sea, lo que ella no se permitió hacer con el marido.

Yo veo la ironía en la historia de Corín y no puedo evitar pensar en las hermanas Brönte, solas en su torre. Las jevas dedican su vida a escribir los relatos de pasión más arrebatados, a un punto en que estoy segura que Cumbres Borrascosas va mano con mano con Romeo y Julieta en lo que respecta a historias de amor legendarias de la literatura, y nunca salen de la bendita torre en la que vivían.

Las nenitas fueron capaces de narrar los relatos más minuciosamente exasperentes de las emociones humanas y jamás se dieron ni un beso. A mí hasta el momento me había parecido una historia trágica, el recuento de una vida tan aburrida que las llevó a refugiarse en la literatura e intentar materializar en palabras sus sueños.

Sin embargo, ahora que leo la historia de Corín, me pregunto si más bien no sería al contrario. Si más bien no sería que estas nenas estaban tan metidas en su mundo de ficción que cualquier atisbo de realidad les parecía insufrible. De hecho, comentando el asunto con Sigmar ayer, él me hizo ver que al final todos los personajes masculinos de las novelas de las Brönte son iguales: oscuros, sufridos, misteriosos. Las Brönte en su ignorancia del mundo percibían a los hombres como caracteres huraños y complejos, inalcanzables, nada que ver con la gente normal y corriente.

La realidad es dura y es medio sucia y es medio aburrida y hasta huele mal a veces. En la realidad los tipos andan en shorts, se tiran peos y se acomodan las bolas, no todos los días te dicen que luces como una princesa y de vez en cuando acaban rápido y no se les para. Tampoco son la enciclopedia Británnica ni se formaron con el manual de Carreño y a las Brönte obviamente esto les parecía desdeñable, nada equiparable a su mundo mágico de hombres mito que encerraban en sus cabezas.

Piensen nada más en cómo eran los hombres mitológicos de Corín. Julián Alberto, médico, con un porshe, sencillo, guapo, sensible, rico y de seguro metrosexual. Lejísimos del hombre que debe haber sido su marido, que aunque obviamente asfixiado por ella no pasaba de ser un español de los sesenta, de seguro un tipo medio garrulo medio tosco y medio obtuso como lo siguen siendo los españoles del 2009.

J insiste en que más bien la pobre tuvo que pagar el precio de ser feminista en una sociedad represiva, que se imagina el sufrimiento de una mujer cuatriboleada al lado de un tipo pusilánime, pero ¿saben? aunque sí reconozco que hay mujeres resteadas, también estoy clara que en todas las historias esas mujeres siempre quedan solas. María Félix, Doña Bárbara, Bette Davis, Marlene Dietrich y mi abuela Mélida son todas unos “troncos de mujer” que se negaron a seguir los convencionalismos y decidieron llevar las riendas de su vida ellas solitas sin darle espacio a más nadie.

Sé que en cierta manera J tiene razón al remarcar el problema de la época en que vivieron. Todas ellas son personajes de principios del siglo pasado que en aras de una poca de libertad tuvieron que ser muchisisímo más fuertes y debieron valerse de kilos y kilos de caracter muy superiores a los que necesitaría una mujer hoy en día para disfrutar de cierta independencia.

Lo que sí queda absolutamente claro es que el exagerar nuestra condición de mujer guerrera nos cerramos a la posibilidad de que otra persona entre en nuestras vidas, y no porque los espantemos a todos – obviamente Corín tenía al menos un pretendiente – sino porque no se lo permitimos.

Como le comenté a J mientras veía a mi Barbie Mujer Maravilla lindamente puesta frente a mi cama, Diana (la Mujer Maravilla) era la más fuerte de todas esas heroínas de ficción y hasta donde yo sé no le recuerdo ninguna pareja (Al menos no hay un Ken Mujer Maravillo y vaya que lo busqué). Es más, Diana se supone era la reina de las Amazonas, y si uno se revisa un poco el mito no tarda en encontrar que eran un grupo de mujeres tan salvajes como las Ménades pero que al contrario de éstas habían anulado su sexualidad y su femineidad a un punto tan significativo que quemaban o destrozaban su seno. Aun cuando haya sido con la excusa de cargar el arco cómodamente, no hay nada que simbolice más el anulamiento de lo blando, lo sensible, lo femenino que cortarle los senos a una mujer*.

Llegado a este punto, cabe aclarar que J, hombre al fin, no pudo evitar preguntarme si la Mujer Maravilla sería buen polvo, y después de un número de hipótesis nos planteamos que honestamente no nos la imaginamos dejándose poner en cuatro, de seguro a la caraja le agarras el súper pelo y te cae a latigazos por joderle tantas horas en el salón. Por ello, concluí que debía ser una dominatrix de padre y señor mío, lo que le bajó a J todas sus fantasías adolescentes porque al parecer una tipa toda buenotota así y en plan de dominatrix es un fastidio porque se vuelve predecible, que la nota es que mande sin que se note, textualmente que “te controle hasta siendo sumisa”.

Y no se lo dije, pero eso es justamente el quid de toda la cuestión. No es que no podamos ser mandonas y caractudas, es que sepamos darle un cierto equilibrio a las cosas y podamos reconocer que a veces hay que bajarse un poco de las nubes y aceptar que en el mundo real para mandar uno tiene que ser un poquito humilde, admitir que no somos perfectas y que no todo es color de rosa como en el mundo de Corín, una mujer que debía depender tanto de ese mundo de mentira que escribió una novela diaria por cuarenta años… señores, ¡semejante prolijidad es enfermiza!

Esta “obrera de la literatura”, como la llama J, el segundo autor en castellano más leído en el mundo después de Cervantes (y luego se preguntan cómo Sex and the City pudo vender tanta taquilla), vivía su romanticismo a través de las páginas de sus novelas y nunca a tavés de su propio cuerpo.

Es cierto, pareciera que el asunto no es algo poco común entre los escritores, eso de dejar que nuestros personajes hagan lo que nosotros no hacemos: Tenemos a la escritora agorafóbica de Nim’s Island que escribe las aventuras de un héroe equivalente a Indiana Jones, y además J me cuenta que Bukowski en el fondo bebía solo y era un tipo bastante opuesto a Chinaski, y llama la atención que Bukowski era súper prolífico, por lo que así como Corín se la pasaba el día describiendo besos Charles se la pasaba describiendo pollas, traseros y lolas.

No obstante, en el caso de Corín hay algo más que la evasión del escritor. De acuerdo a mi amigo Maverick (que se ofrece a dar consulta en el tema), “existen mujeres que han perdido la perspectiva dentro de su soledad y sólo aceptan a la imaginacion como amante, más nadie puede estar a la ‘altura’ de sus expectativas y entonces simplemente dejan de existir”, sintiendo “esa energia 4x 4 y dejando de ser femeninas”.

A Corin le pasó lo que a la heroína de “Alien vs Monstruos” que mandó al diablo a su esposito por salvar el mundo (no que este esposito no se lo mereciera, pero la nena botó cualquier otro chance); lo de la Bruja Escarlata, que es tan psíquica y tiene un control tan grande sobre las emociones y pensamientos de los otros que el único que encontró para casarse fue a Visión, ¡un androide! (y con la mala suerte que le borraron la memoria luego); lo de Santa Catalina que “se casa con D-os” y siempre la retratan por ahí con un anillo. Lo de las monjas, “las esposas de Cristo”.

Ella se casó con los personajes de ficción que ella misma creó.

En el fondo, ella sufría de lo que J bautizó como Síndrome de Lois Lane o Loislanealismo.

Y es que si se fijan, la mujer (mujer, mujer, sin súper poderes) más cojonuda de la historia de la ficción es Lois Lane. Siempre anda metida en problemas, es audaz, mordaz, agresiva, dominante y algo castrante.

Al final, la tipa es tan pero tan dura que la única persona que puede ser su pareja es Superman, entiéndase un súper hombre, alguien que no existe, que tiene poderes especiales, que viene de otro planeta, alguien no humano.

Y no sé si sería porque definitivamente no quiero que mi soledad cotidiana termine en mí enamorada de un personaje de novelas rosa, pero por si acaso agarré mi Mujer Maravilla y con todo el dolor de mi alma la exilé tirándola a la basura, no vaya a darme mala suerte la nena.

Victoria Contreras es venezolana y radica en República Dominicana. Es economista, exiliada, católica, en los veinte tardíos (ya 30. N de la R), mujer y escritora de a veces.

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