Cuento • Mayo 2010
A Light That Never Goes Out
Como si de veras necesitáramos que DiRossi nos dijera “mantened la calma, no os dejéis llevar por el pánico, no va a pasar nada”; para entonces, habíamos realizado el simulacro tantísimas veces que ya casi lo teníamos integrado en nuestra placa base. Desde el fondo de la clase observé a los chicos levantándose de sus pupitres como sonámbulos y dirigiéndose en fila hacia la puerta; lo que se asemejaba bastante a cómo terminaba habitualmente la quinta clase, salvo porque en esta ocasión nadie hablaba ni se quedaba rezagado para hacerle la pelota al Sr. D. Era ese orden (el inusual silencio) lo que revelaba que existía una cierta inquietud.
Eso, y cómo todo el mundo se llevó las mochilas y bolsas. En teoría, no debíamos preocuparnos por nuestras pertenencias. Las instrucciones que siempre nos habían dado eran que dejáramos allí los libros, los trabajos y la ropa de deporte. Cuando se daba la señal de que había pasado el peligro, volvíamos a clases que hacían pensar que se había producido la segunda venida de Jesucristo para llevarse a todos sus fieles: lápices abandonados en mitad de la frase, pupitres en los que se amontonaban pañuelos de papel, bolsas tiradas por los pasillos como si fueran cadáveres… Pero esta vez no se trataba de un simulacro, según el Sr. DiRossi, y ni por asomo pensaba dejar allí mis pasquines, mi reproductor de compactos y a mi Morrissey (mi vida, en dos palabras).
El insólito silencio se mantuvo mientras atravesábamos los campos de fútbol camino del edificio de los vestuarios: la zona segura que nos había sido asignada. La Academia Ellicott estaba situada en lo alto de una colina de Georgetown, lo que comportaba máximo sol para los campos de deporte y máxima fatiga en las clases de educación física que se desarrollaban en ellos en esa época del año. Los senderos que el encargado del mantenimiento había segado se distinguían perfectamente: franjas verdes intercaladas como bandas en una bandera gigante. Se olía el yeso de las líneas de demarcación. Una ráfaga de aire embistió contra mi pelo engominado.
Allá en lo alto, un reactor surcó el cielo, y las cabezas se alzaron inquietas para seguir su vuelo. Kate MacArthur, unos diez metros por delante de mí, no despegó la mirada de sus zapatos. En un mundo más lógico, tal vez hubiera alargado el brazo para apartarle una mano de la agenda que tenía aferrada contra el pecho; pero, en este, bastante estaba teniendo con mantener el tipo.
Intenté imaginar lo que mis padres estarían haciendo en esa impecable tarde de tarjeta postal de ese veranillo de San Martín: mi padre dejar su taza de té encima de una pila de exámenes; mi madre clasificar la ropa sucia en la mesa de la cocina, registrando los bolsillos de mis pantalones y olisqueando mis camisas. Desde el 2001, mi madre tenía la pequeña televisión de la repisa de la cocina encendida todo el tiempo, casi como si estuviera impaciente por que se produjera otra crisis. Me imaginé a mi padre saliendo de su estudio para averiguar la causa de sus gemidos. Deteniéndose un instante delante de las escaleras que llevaban al ático. Considerando la posibilidad de arrancar el póster del inglés que lo miraba despreocupadamente desde la puerta que yo mantenía cerrada siempre. Él la tranquilizaría: “¿Dónde va a estar el chico más seguro que en el colegio?”. Le recordaría: “No queremos reaccionar de manera exagerada, Geeta; es hoy cuando tiene el gran examen. Seguro que sólo se trata de un malentendido”.
Una voz familiar me habló; bueno, me habló prácticamente al oído.
—¿Qué es lo que pasa?
Simon se había adelantado a sus compañeros de la clase de contabilidad de la quinta hora para darme alcance.
—Probablemente nada.
—Pero os han sacado del PSAT.
—Cierto. Entonces es que pasa algo.
A veces se comportaba como un crío…
—¿Es que no te parece preocupante?
—¿Y qué gano con preocuparme? Haz como si no fuera más que una de esas fiestas para animar a nuestro equipo, ¿vale?; finge que vamos a que hagan unas fotos de la clase.
Durante un rato continuamos caminando en silencio. Luego Simon dijo:
—En serio, Pankaj, a veces me pregunto si eres humano.
Un día normal no hubiera dejado que eso quedara así; pero no se trataba de un día normal… y aunque últimamente su necesidad de mí me ponía de los nervios… bueno, al menos… Pues eso, que a todo el mundo le gusta que lo necesiten.
Me había fijado en él mi primera semana en la Academia: el pelirrojo con las botas de combate y el parche de The Smiths en la mochila, traía su propio almuerzo para comérselo fuera. Los pantalones militares y los puños de las camisas bastante por encima de las muñecas proclamaban a gritos: estudiante becado. Algunos días después me escabullí de la mesa donde había comido el almuerzo en solitario y lo encontré sentado en un muro de ladrillo bajo en el exterior del edificio de secundaria, sacando palomitas con sus uñas pintadas de una grasienta bolsa de plástico. No estaba leyendo, ni haciendo los deberes, ni ninguna otra cosa, sino que se limitaba a mirar fijamente hacia la zona de la montaña donde dejaban de crecer los árboles. Resultó que a Simon no le gustaba Morrissey, ni en solitario ni con The Smiths.
—Es que me gusta el parche —me explicó—. Soy artista.
(Intenté no tenerle en cuenta estas cosas).
No es que empezara a quedarse a dormir en mi casa, ni que yo fuera a la suya. Sabía que su madre trabajaba y que su padre había desaparecido del mapa, y eso era todo. No nos mandábamos correos electrónicos, no hablábamos por el móvil y tampoco nos enviábamos mensajes. Sin embargo, durante todo ese primer año, cuando necesitaba a alguien con quien sentarme durante el almuerzo o la asamblea, o a alguien que me hiciera las ilustraciones para mi campaña Meat is Murder, allí estaba Simon. La gente hablaba de él a sus espaldas, ¡cómo no! Como, por ejemplo, aquella primavera después de que empezara la guerra, cuando su número de teléfono apareció durante varias semanas en el interior de uno de los retretes del vestuario. Pero si en algún momento todo eso lo molestó, no hizo ningún comentario; así que yo tampoco lo hice. Yo pensaba que la gente era idiota, y en cualquier caso, a nuestra edad, ¿quién podía saber qué es lo que le iba o quién era él exactamente?
Y lo volvió a intentar.
—¿Y qué tal el PSAT?
—Siempre sabes justo qué decir en cada momento.
—Seguramente os lo repetirán, ¿no?
—¿Tengo pinta de tener ganas de hablar de eso?
Más silencio. Los zapatos hendiendo como guadañas los montones de hierba cortada.
—Me refería a si eres humano o si es que has evolucionado hasta dejar atrás el miedo —dijo—. Intentaba ser un halago.
Sin embargo, yo estaba demasiado absorto para sentirme halagado. Mi cerebro era una radio que sintonizaba demasiadas emisoras al mismo tiempo.
Un poco antes esa misma tarde, cuando estaba escuchando Bona Drag, vi a la directora. Espectralmente delgada, con el pelo rubio de bote rodeado por un halo de fluorescencia del pasillo, deambulaba a una discreta distancia de la puerta. Era la primera vez que la veía en el edificio de secundaria: cabía la posibilidad de que fuera la primera vez que realmente lo pisaba. De vez en cuando nos honraba con su presencia en la asamblea; pero generalmente era un poder invisible, una especie de divinidad, de la que se habla pero a la que nunca se ve. Apreté el botón de pausa, escondí los auriculares en la mano y esperé para ver si se había fijado en ellos. A pesar del acuerdo que tenía con el Sr. DiRossi, estaba plenamente familiarizado con la política oficial de la Academia en lo relativo a la utilización de estéreos personales durante las horas de clase.
Los chicos de las filas de pupitres que había entre nosotros continuaban agachados sobre las hojas de respuesta del examen, sin percatarse, por lo visto, de la presencia de la directora. Me recordaban las miniaturas tridimensionales del museo Smithsonian: cavernícolas de plástico agachados alrededor de hogueras de mentira. Bajo la luz que zumbaba débilmente, la coleta de Kate MacArthur brillaba como sacada de un anuncio de productos para el cabello al alcance de mi mano. El Sr. DiRossi continuaba deambulando por los pasillos. Por la manera en que movía la cabeza afirmativamente, se habría pensado que estaba supervisando una tarea auténticamente crucial: la redacción de una nueva constitución o algo por el estilo. Con el lento palmoteo de los zapatos de DiRossi contra el suelo y el crujido de los lápices del número dos, la directora resultó prácticamente inaudible.
—¿Podríamos hablar un momento?
De camino hacia la puerta, el Sr. DiRossi me miró y articuló en silencio:
—Vigila la clase.
Supongo que pensaba que nuestro pequeño acuerdo en relación al PSAT me había convertido en su mano derecha, o a él en una especie de Paqui Honorario, pero una vez se hubo cerrado la puerta y cesado el golpeteo de la ventana cubierta de escarcha, me volví a poner los auriculares. DiRossi no era distinto al resto de los miembros del cuerpo docente, para los que yo no era realmente una persona, con sus necesidades y deseos específicos, sino un alumno víctima de la moda, un nombre extranjero en la lista de alumnos, alguien a quien sonreír cuando andabas buscando algo (un miembro de una minoría, una opinión discrepante para el periódico escolar) y a quien, por lo demás, prácticamente podías ignorar.
Apreté el play, y Morrissey retomó sus quejas contra el decadente mundo occidental. Sus ojos de párpados caídos me estudiaban a través del plástico rayado de la caja del CD. Tenía el pelo cardado y fijado con laca en un tupé. La boca parecía estar burlándose de la cámara con un ligerísimo indicio de sonrisa. En una reciente competición de gritos, había intentado explicarle a mi padre lo que veía en Morrissey, pero hasta ese instante, rodeado por los alumnos que hacían crujir los lápices, no se me había ocurrido que con Morrissey nunca se sabía cuánto había de ironía y cuánto de sinceridad. Simon hablaba por los codos de The Cure, pero resultaba fácil, suponía yo, admirar a aquellos que tenían el corazón a la vista de todos. Siempre se sabía lo que sentían. Sin embargo, Morrissey exigía una devoción más selecta, porque si creías que habías descubierto qué es lo que se escondía detrás del pelo cardado y la sonrisa sardónica… bueno, era tu problema. Más selecta y, por lo tanto, más pura.
Con los auriculares puestos, no me había percatado del regreso de DiRossi. Me los quité justo a tiempo de oírle hacer el siguiente anuncio: “Esto no es un simulacro”. Siempre me sentaba en la última silla de la última fila, lo más lejos posible de la puerta, lo que me convertía en la última persona de la fila (a la cual, en la escuela primaria, llamábamos furgón de cola).
—Pankaj —dijo el Sr. DiRossi, que se había detenido en el umbral: cada vez pronunciaba mi nombre de manera distinta, así que hubiera sido de esperar que, por pura chiripa, alguna vez lo hubiera dicho bien—, apaga la luz cuando salgas, chaval. No sé cuánto tiempo va a durar esto.
* * *
Habíamos llegado a la entrada de los vestuarios: un modesto edificio de una planta con un tejado de forma triangular como los que pintan los párvulos cuando dibujan casas. El Sr. DiRossi estaba sujetando la puerta para que entrara mi clase. Me esforcé por evitar su mirada, pero sabía que estaba estudiando a Simon, en el cual, con su palidez y su corte de pelo casero, resultaba difícil no fijarse.
—Estás con la clase equivocada, hijo —dijo DiRossi.
Simon se sonrojó y pareció estar a punto de escabullirse de vuelta con los alumnos de Contabilidad, pero yo me limité a seguir andando. O bien me seguía o bien no. Lo que estaba pasando era demasiado importante para que los profesores se preocuparan por quién entraba con cada clase.
El interior del pequeño vestíbulo de entrada estaba desnudo. Pasamos junto a una pequeña vitrina para trofeos y al mostrador de seguridad, y bajamos ruidosamente cuatro tramos de escaleras, dejando atrás las plantas subterráneas donde se amontonaban los flamantes aparatos deportivos. El eco de los zapatos y las voces inundó el hueco de la escalera. Las mejillas de Simon todavía estaban ruborizadas.
—¡Que se joda DiRossi! —dije—. Lo único que pasa es que está disgustado porque le han interrumpido el examen.
—A lo mejor está disgustado porque esta vez sí que realmente pasa algo. ¿De veras no estás preocupado por tus padres?
—Ya te he dicho que no quiero hablar de eso.
Alguien a mis espaldas nos siseó para que avanzáramos.
En circunstancias normales no hubiera perdido ni un instante sintiéndome culpable por la nota falsa que le había mostrado brevemente al Sr. DiRossi el día antes del examen. Pero es que en lo relativo a este asunto se había mostrado tan sorprendentemente comprensivo… Cuando la semana anterior me había presentado después de las clases para una charla informal, me lo encontré metido a presión en uno de los ortopédicamente punitivos pupitres de los alumnos, en lugar de en el puesto de la autoridad situado detrás de la mesa grande, donde se sentaba cuando quería parecer intimidante. Y había dos Coca-Colas esperando, lo que, incluso teniendo en cuenta que mi artículo de opinión sobre las máquinas de refrescos de la cafetería debería haber dejado claras mis convicciones en relación a las multinacionales, era todo un detalle. Bebí unos cuantos sorbos mientras él hablaba, por educación.
Me dijo que yo era “un chico bastante brillante”. Y que si conseguía una buena nota en el examen, ¿no serviría eso para subir la media de los míos?
—Soy paquistaní, Sr. D. Los míos son los estudiantes de primer curso de Harvard.
Se quedó pensando sobre ello durante unos instantes.
—Entonces ¿dónde está la discriminación?
Le dije que era objetor de conciencia. Solidaridad con el oprimido, continué. (Robar líneas de las monografías de mi padre solía ser una buena manera de ganar una discusión). Cuando empecé recitar estadísticas sesgadas, el Sr. DiRossi levantó la mano para interrumpirme. Dijo que me permitiría no realizar el examen.
—Siempre que no molestes —puntualizó—. Y siempre que tus padres estén de acuerdo.
No era exactamente una pregunta, pero tampoco es que exactamente no lo fuera. No estaba preparado para mentir descaradamente, así que tomé un decoroso sorbo de refresco. Hacía tanto tiempo… que se me había olvidado cómo la Coca-cola impregna dulcemente la lengua.
Corrían rumores. Se extendían por entre el alumnado como un cáncer, metastásicamente. No era posible saber con exactitud dónde habían empezado, o incluso a quién se los habías oído. Era más como si en un nivel inconsciente, el nivel de las feromonas y la adrenalina, todos estuviéramos interconectados. Una chica había conseguido conectar con el exterior con el móvil. Un chico había oído hablar a los profesores. Se había recibido una amenaza. Un intruso. Un avión en la zona de exclusión aérea. Por supuesto que yo no era tan tonto como para creerme nada de lo que estaba oyendo. Sabía que tenía las mismas probabilidades de morir en un atentado como de morir fulminado por un rayo. Es la táctica del miedo, habría dicho mi padre. Sin embargo, me ponía nervioso cada vez que me preguntaba qué demonios estaría pasando en el exterior.
En un principio, las fuerzas del orden se habían impuesto. Habíamos entrado en el gimnasio donde entrenábamos, a cuatro pisos bajo tierra, y nos habíamos encontrado a nuestros compañeros apelotonados en silencio sobre el suelo de parqué. Cuando pasé juntos a los de sexto no me miraron con desdén, como hubieran hecho en una fiesta o en un partido, sino que su mirada pareció atravesarme sin verme. Todo el mundo estaba atrapado en su propio mundo de preocupaciones. Mientras avanzábamos con cuidado por entre el laberinto de piernas, manos y bolsas desparramadas por el suelo, Simon se las apañó para pisar con sus botas de combate un móvil, pero el dueño no se percató inmediatamente de los desperfectos.
En la pared del fondo del gimnasio encontré un sitio libre donde podía apoyarme en las colchonetas azules de lucha libre que habían sido colocadas en ese lugar, por motivos de seguridad, supuse. Simon se acomodó a mi lado sin haber sido invitado. Los profesores se habían repartido por el gimnasio con tablillas portapapeles y estaban comprobando que no faltaba nadie. Nos habían dado instrucciones para que no se utilizaran los móviles durante los simulacros; sin embargo, algunos chicos los sacaron a escondidas de bolsas y bolsillos. Como si existiera alguna posibilidad de tener cobertura a doce metros bajo tierra…
Luego nos limitamos a quedarnos sentados en silencio. Los profesores estaban apiñados detrás del ventanal de cristal cilindrado del despacho de los entrenadores, y yo se los señalé a Simon. Al verlos conferenciar te decías a ti mismo que las cosas estaban bajo control… y casi te lo creías. Entonces, como si estuviera acordado de antemano, todo el mundo empezó a susurrar. El susurro creció hasta convertirse en un murmullo. Y una vez que ya estuvo claro que los profesores estaban demasiado ocupados como para obligar a cumplir la Regla del Silencio, la gente empezó a especular desaforadamente. Una tentativa de atentado contra el presidente. Una posible bomba. Un hombre con una pistola: un pistolero. Hubo una época en la que si alguien me hubiera dicho que los radicales planeaban algo cuyo objetivo iba a ser un presuntuoso colegio privado de secundaria del noroeste de Washington, me hubiera reído en su cara; pero nuestro país estaba atravesando una época extraña. Con esporas, guerras y bombas en los zapatos. El límite de lo que era posible había sido forzado hacia fuera hasta un punto en que ya resultaba difícil estar seguro de qué es lo que era real.
—Es que, en serio, mi madre, pues eso… —estaba diciendo Simon.
—¿Qué pasa con ella?
Levantó la mirada hacia las luces protegidas por rejillas, y supe que estaba esforzándose por sonar despreocupado.
—Trabaja en el Congreso.
—Creía que era higienista dental.
—Sí, donde el Congreso. Tiene la consulta justo en la calle D, junto al Capitolio.
Estaba hablando más alto. Miré a nuestro alrededor para ver si alguien nos estaba escuchando o mirando, pero al parecer Simon y yo éramos los únicos que no nos habíamos unido a la melé de estudiantes ensimismados en sus propios pensamientos.
En esencia, nuestro colegio era prerrevolucionario. Al primer estamento pertenecían los miembros de la clase alta, que jugaban en el equipo del colegio, que tenían un hermano de más de veintiún años o ambas cosas… que eran los que no tenían problemas para conseguir un polvo. Su habilidad más notoria era la de fingir que no sabían que existía un primer estamento: ¿para qué vas a pregonar tu lugar en la jerarquía cuando sólo puedes ir hacia abajo? El segundo estamento lo formaban las masas: los buenos chicos, lo chavales trabajadores que no habían destacado por su atractivo, gracia, dinero o inteligencia. Muchachos con beca que hubieran pertenecido al primer estamento si sus padres hubieran podido permitirse los coches apropiados, chicas que no se dejaban meter mano, chavales negros que no eran deportistas, practicantes del footbag. El tercer estamento lo formaban los empollones, los maricas y los gordos. Me gustaba pensar que yo era una anomalía, que operaba por encima de este sistema, ajeno a él. Sin embargo, había empezado a dudar. Incluso Kate MacArthur tenía su lugar, junto al capitán del equipo de lacrosse, cuyo teléfono Simon había destrozado. El cuerpo de Kate estaba inclinado hacia el de él y, durante un instante, deseé estar en contacto con ese torso espléndidamente cincelado, con esa mandíbula sólida y esas manos firmes, y que mi cuerpo fofo se acurrucara allí dentro. Simon se me arrimó de improviso.
—¿Cuál sería el equivalente a la zona cero? —continuó—, pues eso, si algo…
—A ver, Simon. Estas cosas siempre acaban arreglándose. Pero tienes que dejar de estresarme, ¿vale? Ahora mismo tengo un montón de cosas en la cabeza.
—No es más que un examen de prueba, Pankaj. Eso es lo que significa la P. No harás el SAT de verdad hasta que estés en mi curso.
—¿Quieres hacer el favor de dejar de hablar de ese estúpido examen?
—Solo prométeme que vamos a salir de aquí pronto. Y que mi madre está bien.
—Quince minutos, me juego algo. —Por algún motivo lamentaba haberle respondido tan bruscamente. Le ofrecí mi reproductor de compactos—. ¿Quieres escuchar algo mientras esperamos?
—¿Tienes el Disintegration que te copié?
—Solo The Smiths. Y uno de Morrissey en solitario.
Como si no lo supiera… Yo odiaba a los malditos The Cure y él lo sabía. Pareció decepcionado, pero a pesar de ello aceptó los auriculares. Tardé un minuto en arrepentirme de mi ofrecimiento: sin música, no conseguía dejar de pensar en mis propios padres.
Vale, mis viejos y yo no nos llevábamos tan bien como le había hecho creer al Sr. DiRossi; pero, ¿qué se suponía que debía decir? Ahora que lo menciona, Sr. D., mi padre lleva más de un mes sin hablarme. Y ya que pregunta le diré que, de hecho, últimamente suelo pasar de la merienda cuando vuelvo a casa para así no tener que estar en la misma habitación que él. ¿Que me encierro y pulso la tecla de play?, Sr. DiRossi; ¿que pongo fuerte Louder Than Bombs y abro la ventanita que da a la canasta de baloncesto que nadie usa, que mi padre puso en el callejón que hay detrás de nuestra casa, en el que los ladrillos hacen que la pelota dé extraños botes? ¿Que preparo mis pasquines y escribo los editoriales sobre estúpidos asuntos irrelevantes que le traen sin cuidado a todo el mundo, y el resto del tiempo me siento en el alféizar de la ventana con el volumen a tope para que se cuele por entre las tablas de suelo y llegue al estudio? ¿Que miro por encima de la rebosante cuadrícula de casas coloniales, hacia los altos edificios comerciales del otro lado del río, y hago un esfuerzo por imaginar que hay algún lugar a donde ir? ¿Que es difícil concentrarse en los deberes cuando se tiene la música tan alta? (Que, por cierto, es el motivo de que no terminara los deberes de historia anoche). No es algo que resultara fácil contar.
Además, lo único que podía sentir hacia mí mismo era una enorme lástima. Después de todo, estábamos en Georgetown. Nunca había sido capaz de entender por qué mi padre había decidido intentar conseguir un puesto permanente precisamente en ese lugar. Por supuesto, sabía que estábamos en los Estados Unidos, que ibas a donde te lleva el dinero y todo eso. Pero con todo su trabajo sobre la desigualdad y la injusticia, cualquiera hubiera pensado que acabaríamos en algún lugar un poco más de clase media… un poco más real. Es posible que una parte de él se sintiera a gusto con las aceras de ladrillo y las hileras de casas históricas, con las boutiques y restaurantes caros que se aglomeraban en la ladera entre la calle M y Reservoir Road, que tenían que ser tan distintos de todo aquello con lo que él había crecido.
Y de mí se esperaba que completara su círculo de ambiciones: sacar buenas notas, ir a Princeton o a donde fuera, casarme con una heredera, alzarme como un cohete por encima de aquellos cuyo modo de vida él estudiaba y no tener que volver a mirar nunca ni hacia abajo ni hacia atrás. Lo único es que, para cuando terminé mi primer año en Ellicott, después de la primera ristra de aprobados altos, de aprobados raspados y de respuestas negativas de universidades, los dos sabíamos que las cosas no iban a ser así. Yo no quería que fueran así. Y durante un instante vamos a suponer que yo fuera lo suficientemente inteligente. Vamos a suponer, por ejemplo, que yo no suspendiera los tests de aptitud. ¿Por qué iba a querer asistir a una de esas universidades que son un círculo aislado y cerrado, con esos mismos chicos que me rodeaban en la Academia?
A mi madre le gustaba decir que mi padre y yo nos parecíamos; pero, en realidad, teníamos tan poco en común que en ocasiones me miraba en el espejito de mi tocador y me preguntaba si yo no sería el resultado de alguna aventura secreta que mi madre hubiera tenido en su juventud. Debajo del tupé de Morrissey, mi piel era de un tono ligeramente más oscuro que la de él. Mi rostro era casi por completo el de mi madre. Ahora bien, justo en el centro, estaba la aplastada nariz de boxeador de mi padre. Además estaba la testarudez… supongo que también teníamos eso en común. Se negaba a comprender por qué me cardaba el pelo, me pintaba la raya de los ojos los viernes, el día casual, me rasgaba los pantalones militares por la rodilla, no entregaba los trabajos, no me presentaba a los exámenes, no iba a jugar al baloncesto. Por qué me negaba a preocuparme. ¿Así era como iban a terminar quedando las cosas entre nosotros?
Simon pareció sorprenderse cuando me vio levantar la mano. Se quitó uno de sus auriculares (que eran mis auriculares). Le dije que tenía que ir al servicio. Tampoco es que fuera mentira, estrictamente hablando. Más tarde o más temprano iba a tener que ir; pero hubiera tardado en ocurrírseme otros quince minutos si no me hubiera percatado de que Kate MacArthur se dirigía hacia el Sr. DiRossi, al que habían apostado en la pista central para garantizar que las cosas no se descontrolaran. Tras un intercambio de susurros, la envió hacia el pasaje que llevaba a los vestuarios. La verdad es que las cosas no podían continuar así; yo tenía que salir de ese lugar, y, si era necesario, estaba dispuesto a enfrentarme a DiRossi.
Las pálidas piernas de Kate MacArthur y su falda de hockey sobre hierba se desvanecieron en las sombras; si me apresuraba, todavía podría darle alcance, podría fingir que me encontraba con ella por casualidad, bromear sobre la prisa que tenía… podría incluso (¿quién sabe?) averiguar qué es lo que estaba persiguiendo. DiRossi me indicó que me acercara. Me aseguré de no pisar las cosas de nadie.
Cuando me preguntó qué es lo que quería, me balanceé de un pie a otro para conseguir un efecto dramático.
—Tengo que ir.
—Puedes aguantar —repuso.
—¿Es que tengo que ponerme de rodillas y humillarme? Porque estoy dispuesto, sahib. No tiene más que decírmelo.
Me lanzó una mirada que o bien era de escepticismo o bien de sorpresa, pero de nuevo pareció que las reglas del juego entre profesores y alumnos no estaban vigentes, porque me dejó ir sin más preguntas.
Se habían olvidado de encender las luces del techo del pasaje, así que tuve que ir avanzando palpando la pared para evitar chocarme contra ella.
—¿Hola…? —dije.
A lo mejor sus dedos habían tocado ese mismo bloque de hormigón medio minuto antes, pero ya no quedaba rastro alguno de calidez.
Era evidente que los arquitectos a los que se les había ocurrido combinar las funciones independientes de ducha comunal, vestuario y servicios en una única entidad llamada Vestuarios Masculinos eran unos sádicos. Ningún alumno de colegio privado olvidará fácilmente el hedor húmedo a pedos y a ungüento para dolores musculares, el repugnante olor a cuerpos adolescentes. La conversación. Los golpes de toalla y el rascar ostentoso de los chicos. En tercero, algunos habían inventado un juego que consistía en orinarse unos encima de otros en la ducha, después de la clase de gimnasia. Como yo no practicaba ningún deporte, evitaba los vestuarios siempre que podía. Los días calurosos, cuando no me resultaba posible llevar la ropa de gimnasia después de la clase, solía esperar a que todos se hubieran marchado antes de cambiarme. A pesar de ello, me sorprendió cuán diferentes me parecieron los vestuarios en esta ocasión.
Atravesé la reverberante zona de las duchas pasando junto a desagües silenciosos e hileras de redondeadas alcachofas de ducha. Los inodoros estaban situados al fondo, al otro lado de un reborde de cemento que, en teoría, evitaba que el agua de las duchas mojara los azulejos. En circunstancias normales, el vaho subtropical de las duchas acababa en esa zona, en lo que llamaban las Tripas, y, en ocasiones, la humedad intensificaba el olor hasta hacerlo insoportable; sin embargo, ése no era el caso ese día. El lugar casi parecía tranquilo; y casi te permitía olvidar la multitud sobre el suelo del gimnasio, la sensación de desastre inminente, la muerte que vendría de allá arriba.
Tras subirme la cremallera, me senté en un pequeño banco atornillado al suelo cerca de los retretes, para que la gente esperara su turno, supongo. El ruido del agua de la cisterna descargada automáticamente se fue debilitando. Intenté centrarme en mi respiración, tal como mi madre me había enseñado: inspirar por la nariz, espirar por la boca. Todo va bien. No pasa nada. Mis ojos vagaron por la pintura descascarillada de las paredes; “¡Adelante, Águilas!” pintado en la pared utilizando una plantilla, encima de una ancha banda azul. En el espejo colgaba un trozo de papel. Supongo que la semana anterior me había olvidado de ir allí antes de clase para pegar mis pasquines; había pegado docenas, aunque nadie en la Academia parecía estar más cerca de darse cuenta del individuo tan admirable y complejo que yo era.
Me levanté para ver mejor mi obra. La cinta adhesiva seguía intacta, igual que el papel. Simon se había encargado de la rotulación y preparado la plantilla de la vaca para el dibujo en blanco y negro (a pesar de que se negaba a renunciar a las salchichas), pero el concepto global era mío. Meat is Murder, decía, “P.S. 2002”. Nunca me había fijado antes en la manera en que nuestras iniciales se entrelazaban alrededor del símbolo del copyright; y, de buenas a primeras, mi rostro estaba ardiendo, mi aliento empañaba el espejo para limpiarlo. En Georgetown todos teníamos una mentalidad muy abierta. Nadie había recurrido jamás a las palabrotas ni había garabateado mi número de teléfono en los retretes. No obstante, al imaginar que era posible escapar del sistema, lo único que hacías era poner de manifiesto tu lugar en él. No podías dejar atrás a tu verdadero yo.
No le devolví la sonrisa a Simon; tan solo me senté a su lado en el gimnasio sin decir palabra y empecé a meter en mi bolsa los CDs que él había sacado. Había enterrado mi pasquín en lo profundo de una papelera, pero se me había quedado grabado en el interior de los párpados. Cada vez que parpadeaba lo veía. Vi a Kate MacArthur consolando al chico del móvil roto, oralmente. Vi el edificio de secundaria estallando en un relámpago de calor y los campos de fútbol reducidos a cenizas; Washington al completo, los barrios de clase alta y los de clase baja, desapareciendo en medio de espesas nubes negras, como el humo que había atravesado el río proveniente del Pentágono el 11-S. En ese momento casi deseé que sucediera. Puesto que, en cierto modo, ¿no nos lo merecíamos todos?
Entonces pensé en mi madre, planchando pacientemente las arrugas de mis camisas azul oscuro, acercándose la tela hasta la nariz. Y en mi padre, examinando los ojos perfilados de Morrissey, luchando consigo mismo. No estoy seguro de cuánto tiempo estuve sentado en ese estado febril. Probablemente no tanto como me pareció.
Cuando los profesores salieron del despacho de los entrenadores, la ansiedad invadió el gimnasio. Simon debió de sentirlo también, porque se quitó los auriculares. Reinaba un silencio tan profundo que se oían los golpes entrecortados de los tacones de la directora sobre la tarima encerada. Durante unos segundos, la música continuó resonando débilmente en mis auriculares. Simon no pareció percatarse. Alargué el brazo y apreté la tecla de stop del reproductor. Antes de que pudiera retirar la mano, Simon me la agarró. En ningún momento me miró, pero sus delgados dedos apretaron la palma de mi mano. Me pareció notar el pulso por debajo de la pálida superficie de su piel. Intenté decidir si me resultaba agradable, y me pregunté si él sentiría el mío.
—Un momento de atención… —empezó la directora. Estaba de pie junto a la línea de tiros libres.
Y por algún motivo me acordé de la primera vez que había escuchado a The Smiths en la radio universitaria de Berkeley, donde habíamos vivido cuando tenía trece años. Siempre había tenido problemas para conciliar el sueño y, en ocasiones, encendía la radio de mi despertador e intentaba dejar la mente en blanco. Recordé la lluvia contra la ventana y la canción que empezó a sonar, una guitarra chirriante y un cantante que entonaba “Farewell to this land’s cheerless marshes”, mientras los relámpagos jugueteaban sobre las paredes; y esa sensación de reconocimiento, de estar oyendo a mi yo futuro llamando a mi yo presente. No sé por qué me acordé de eso, allí sentado, con mi mano sudorosa atrapada en la de Simon. O por qué hizo que lo que estaba a punto de decir la directora, fuera lo que fuera, pareciera en cierto modo irrelevante.
Dijo que se había cometido un error. En algún punto del sistema de emergencia. La política de la Academia era pecar por exceso de precaución siempre que la seguridad de los estudiantes estaba en juego. Dijo que las fuerzas de seguridad habían confirmado que no corríamos ningún peligro. Como la jornada escolar estaba próxima a su fin, continuó, quienes lo desearan podían marcharse. Se fijaría una nueva fecha para la realización del PSAT. Los alumnos irían saliendo clase por clase. Les recordaba que, por supuesto, debían salir con el mismo orden y calma con que habían entrado. Y gracias a todos por su paciencia y comprensión.
Los alumnos empezaron a recoger las bolsas y a ponerse en pie, bostezando. Parecían aliviados. Yo también debí sentirme aliviado. En lugar de eso, noté un nudo en la garganta, igual que cuando discutía con mi padre, cuando todavía discutíamos. La mano de Simon seguía aferrando la mía.
—¿Qué haces?
—¿Eh?
Tenía la mirada desconcertada de alguien que ha sido arrancado de un sueño. Liberé mi mano.
—¿Pero qué te crees que estás haciendo? —Lo dije más fuerte de lo que había sido mi intención. Miré a mi alrededor. Kate MacArthur estaba recogiendo los libros del suelo, dándome la espalda. Me puse de pie. Mi susurro era casi ensordecedor, o al menos a mí me impedía oír cualquier otra cosa—. Los chicos no se cogen de la mano, Simon. —Esperaba que se pusiera colorado, no pálido como una sábana—. No soy lo que tú piensas que soy, ¿vale?
Los dos estábamos de pie. Sus ojos también mostraban una cierta palidez.
—Deja ya de portarte como un crío, Pankaj —fue lo único que dijo.
El gimnasio bullía a nuestro alrededor. Cientos de chavales pugnando por colocarse. Sus movimientos estaban provocándome una especie de mareo. El capitán del equipo de lacrosse venía hacia nosotros, abriéndose paso a la fuerza, con los brazos levantados para avanzar más fácilmente en contra de la corriente, con Kate MacArthur detrás de él, y con un aparato abollado en uno de sus puños. Le quité mi reproductor de CDs a Simon. Me temblaban las manos. Entonces vi cómo mi dedo índice se dirigía hacia su escuálido pecho, y se retiraba antes de llegar a tocarlo.
—No vuelvas a hacerlo. No me toques jamás.
Creo que mi intención era sonar intimidante, aunque de ser así, ¿por qué me salió la voz tan temblorosa?, ¿y por qué cuando me giré hacia la escalera tuve la sensación de que era yo el que estaba huyendo?
—¡Oye! —Una voz a mis espaldas estaba casi chillando para hacerse oír por encima de la conmoción—. Me debes un móvil nuevo, nenita.
En ese momento todavía estaba lo suficientemente cerca como para haber vuelto para defender a Simon. Más hubiera tenido oportunidad de disculparme por portarme como un paranoico. Pero no lo hice, ¿vale? Ni siquiera me giré.
* * *
El procedimiento establecido para salir del colegio quedó arruinado por la hora que pasamos en el gimnasio. Los chicos se amontonaban como gaviotas en las cercanías de la glorieta que era el punto de recogida de alumnos. No me detuve a hablar, aunque tampoco es que me quedara nadie con quien hacerlo. Un trozo de cinta policial atravesaba la calle por la que los coches de los padres que se turnaban para llevar a los alumnos acostumbraban a entrar a la rotonda, pero tan sólo había un agente en las cercanías para dirigir el tráfico. Algunos del primer curso, a los que todavía no les avergonzaban sus verdaderas emociones, incluso corrían hacia los monovolúmenes y los SUV de sus padres; e incluso los abrazaban por las ventanillas abiertas. Para cuando llegué al otro lado de la glorieta, la cinta de la policía ya estaba rota. Los extremos amarillos se arrastraban por el asfalto, empujados por las ráfagas de aire.
Mi rostro se fue serenando paulatinamente. Me dirigí caminando hacia casa, pasando junto a las mismas sobrias hileras de adosados de todos los días, con las farolas de gas ya titilando. Las aceras de Georgetown, que databan de la colonia, eran las más estrechas de la ciudad. Tuve que avanzar rodeando los huecos de los árboles para evitar a la soldadesca de la universidad, que volvía a casa después de las clases o que simplemente disfrutaba de los últimos coletazos del verano. Siempre era capaz de identificar a los estudiantes de la universidad de Georgetown: eran idénticos a los miembros del primer estamento de la Academia, solo que mayores. Con chancletas o zapatillas de marca, se movían perezosamente bajo la luz veteada, como si en el mundo nunca pasara nada grave, como si no hubiera ningún problema que no pudiera solucionarse. Si me hubieran dado la oportunidad, tal vez me hubiera unido a ellos.
Incluso antes de sacar las llaves, oí las apresuradas pisadas de mi madre acercándose a la puerta. Dejé que me agasajara en la entrada durante unos instantes.
—Cariño, lo hemos visto en el canal cinco, ¿qué ha pasado? —me dijo.
—No ha pasado nada.
La aparté para entrar en el vestíbulo vacío. Al parecer, mi padre ni se podía molestar en bajar del estudio para saludarme.
—¿Nada?
—Falsa alarma. Ya te lo contaré luego.
—Ven a comer algo y cuéntamelo ahora. ¿Y el examen? Tu padre y yo estábamos preocupados.
“Suspendí”, me hubiera gustado responder. En lugar de eso, le pregunté dónde estaba mi padre.
—¡Tenemos que llamarlo! Se fue al colegio en cuanto dieron la noticia.
—¿Que papá se fue al colegio?
—Se fue hace una hora para intentar recogerte. Te habrías sentido orgulloso de mí. Le dije que no corrías peligro y que se tranquilizara, pero ya conoces a tu padre…
Le dije que me iba arriba a tumbarme un rato. Intentó retenerme, ofreciéndome pastas y un refresco, diciéndome que faltaba poco para las noticias; pero lo único que yo deseaba más que la soledad no estaba allí.
Subí las angostas escaleras de madera y avancé por el rellano hacia el estudio de mi padre. La luz del sol coloreaba los apuntes que tenía sobre el escritorio. Por primera vez caí en la cuenta de que en este mundo en que vivimos las teorías eran completamente inútiles. Sin embargo, en cierto modo, eso sólo las hacía parecer más importantes. Clavé la mirada durante un instante en el sonriente Morrissey antes de abrir la puerta que llevaba al ático.
El pequeño aplazamiento del inminente otoño en que nos encontrábamos había elevado la temperatura de mi cuarto hasta unos treinta grados. Solté la bolsa con mis libros y abrí la ventana. Encendí la cadena de música y, sin mirar qué había en la bandeja de los CDs, apreté el play. Una canción llamada “Every Day Is Like Sunday” empezó a sonar, del primer álbum en solitario. No se trataba del tipo de canción que se oye con el volumen a tope.
Colgado en la pared encima del tocador estaba el espejo que utilizaba antes de salir hacia el colegio por las mañanas. Llevado por un impulso, agarré una toalla que estaba en el suelo y me la pasé por el pelo. Lo hice una y otra vez, hasta que ya no quedó casi gomina. Me froté la raya de los ojos. El rostro que me devolvía la mirada seguía siendo el de un desconocido. Agarré unas tijeras que había en el bote de los lápices de la mesa y corté un mechón de la sien. Rígido por la laca, cayó en picado hacia el suelo. No sabía si dejar las tijeras o si seguir cortando, hasta dejarme todo el pelo corto y más o menos parejo. En el exterior, la puerta de un coche se cerró con un golpe. El cielo sobre Virginia se había puesto de un tono rosa intenso. Y sentí que, en algún lugar más allá de ese cielo, un yo futuro, ligeramente desenfocado, estaba esperando a que yo tomara una decisión.


