Cuento • Abril 2010
Palabras, palabras, palabras
I
Había una vez un anciano que caminaba por una playa con anhelo en su corazón y arena en los pies, con su mal aconsejada amada acercándose y el sol tras una cobija de nubes. Un fantasma saltaba por su alma, el fantasma de un muchacho de veinte años, un muchacho que, como ningún otro muchacho, se arrojaba para siempre a los pies de su amada, que le gritaba a todos su amor sin límites, su amor de diferentes modos, que corría hacia ella y le tapaba los ojos desde su espalda y que reía, acariciando su cuello como si fuera un enorme caballo torpe, sin esperanza, que saltaba, inútilmente, como un payaso, que saltaba hasta la luna.
Ella sabía mucho más (¡él era tan joven!) y aún así, confundida y halagada en parte, aceptó uno de sus torpes regalos, una invitación al baile. Él tomó con su mano izquierda la derecha de ella y pasó la otra por su perfecta cintura y sus muslos se tocaron, tentativos, una vez, dos veces, y después se encontraron y se quedaron juntos, y sus mejillas se rozaron y saltaron chispas. Sus pechos de pájaro golpeaban contra frágiles paredes y, mientras ella se inclinaba, con el pelo rozándole la oreja izquierda, le miró a los ojos y se dio cuenta de que, con la guardia baja, sin sospechar nada, incapaz de admitir totalmente lo que estaba pasando, había sido arrastrada por su estupidez pueblerina y durante un instante una calma como nunca antes había conocido se apoderó de ella, como una oronda gallina se sentaría en el huevo de la perfecta tierra, y toda la promesa cosmológica de la vida encontró su hogar, los caminos elípticos de los planetas se convirtieron en círculos perfectos, los que sufrían de pena bajaron los brazos y el ozono emblanqueció pacíficamente los polos. No tanto bailando, si no cuando estaba suspendida, era leve, sin nada que la atara, hasta que le alcanzó, igualmente ligera, una ola de terror. Él sintió el cambio, y asumiendo que su respiración y su temblor significaban que ella también lo amaba, le dio vueltas con más rapidez, ardiendo ahora sus cuerpos como en un fuego brillante y, de hecho, de repente, el muchacho ardió furiosamente, fósforo en una sartén, papel en una chimenea, cerrando con fuerza sus ojos y cantando los vellos de los brazos de ella, la arrojó a la arena. Cuando ella se atrevió a abrir los ojos, el muchacho se había marchado, dejándola con el petrificado anciano que, de pie, sin esperanza, asustado, la miraba parpadeando, como una lluvia de cenizas que, como motas de polvo, se hubieran quedado colgando en el aire.
Las nubes pasaban lentas sobre sus cabezas mientras la brisa despertaba lenta de su siesta.
El anciano y su mal aconsejada amada estaban de pie en la playa y se dieron cuenta de que, como no haría si hubiera sido un fantasma, el muchacho se había marchado, se había marchado gracias a Dios. Apenas escuchaban el eco pálido de su grito -”amor, amor”, decía, sin cuerpo, “amor”- y el sonido desapareció junto con el sol. Todo lo que les quedaba era el rumor de las olas al romper, en el arrecife, como habían hecho siempre y harían para siempre.
II
Había una vez una bailarina paseando por las calles de una vieja ciudad colonial, con su pensamiento extendiéndose como los cables eléctricos sobre su cabeza, con sus pies siguiendo los pasos perdidos de algún otro, el aire pesado de humo de carbón. Siempre se preguntaba, con parte de su corazón enloquecido, si alguna vez había de encontrar al compañero perfecto. Algunos de los hombres con los que había bailado eran hermosos, pero no sabían cómo guiarla; algunos eran salvajes, con una energía que la dominaba, pero sin delicadeza, algunos bailaban como caballos bajo el arado, otros como pavos reales, o como inspectores médicos o sacerdotes. “¿Dónde, dónde?”, le preguntaba a las columnatas, a los hombres que jugaban dominó, a la tambaleante piedra, a los taxistas somnolientos, “¿dónde está ese hombre?”.
Los jugadores detuvieron por un momento su interminable charla para preguntarle “¿Qué hombre?”. Y ella les contó.
“El hombre que no baila muy pegado”, dijo, “sólo cuando es necesario, el hombre que no necesita ser el más hermoso, el hombre que tiene las suelas como de crema y el aliento de ángel y los ojos como las luces de Budapest, el hombre con la mezcla perfecta de gravedad y levedad, de sombra y luz”, y ella continuaba y continuaba hasta describir a la pareja perfecta, detalle a detalle, hasta terminar, al fin, con “sí, ese hombre con las caderas sinuosas y manos de joyero, esa hombre que es una libélula, ágil y quieto, furiosamente romántico y calmado como Gautama, fuerte y sabio, y quizá ya formado”.
Un anciano la escuchó hasta que terminó, los otros hacía tiempo que habían vuelto a reírse de las fichas de los otros, alardeando de heroicos y pasados juegos de dominó, desinteresados de las quejas de la mujer, pero el viejo seguía vigilándola y le dijo “Niña, no eres la primera mujer que busca a ese hombre”. Eso la sorprendió. Sentía que sólo hacía poco había inventado al hombre. Ella le preguntó que si las otras mujeres lo habían encontrado. “Ja, ja, ja”, se rió, “por supuesto, todo el tiempo”.
El problema, dijo, es que las mujeres no lo reconocen cuando lo encuentran, no se dan cuenta, pierden ese tren y antes de que puedan darse cuenta ya se han realineado los planetas. El jugador más joven silbó en ese tono sin sentido de los jóvenes cuando intentan parecer inteligentes. “Las mujeres siempre están perdiendo el tren”, dijo y los otros se rieron de él y de sí mismos, excepto el viejo que clavó en ella sus ojos formidables y alejó a los muchachos como si fueran moscas. “Preguntas dónde, dónde, dónde”, dijo, “pero esa es una pregunta equivocada”.
Ella pateó impaciente el suelo. ¿Alcanzaría él a entender su punto? ¿Le gustaría sonar como estaba sonando, paternal y pomposo y sabelotodo? ¡Déjame en paz, anciano! “Ahora, supongo, me vas lanzar algún acertijo estúpido, ¿no?”, le dijo, cruzando los brazos, su petulante rostro vacío pues su espíritu ya había comenzado a vagar, dirigiéndose a una pista de baile lejana.
“Ya lo hice”, le dijo él y regresó a su partida.
III
Había una vez un poeta que apareció en la orilla del mar, con algas en la boca y una nota pegada al pecho. “Palabras, palabras, palabras”, decía la nota, “es todo lo que tengo para ofrecerte”. El poeta era extranjero, pero también lo eran muchos en la capital y algunos se adelantaron para asegurarle que era bienvenido. “Palabras”, le decían, “¿qué otras cosas podríamos esperar de ti?”, le aseguraban. “¡Maravilloso!”
Esperaron a que hablara mientras los coches rugían en el malecón y le quitaban la basura del pelo. Un policía le animó a sentarse y beber chocolate de agua. Algo en el especiado humo que salía de la pequeña taza hizo que el poeta saliera de su estupor, que se diera cuenta de donde estaba, que sus ojos se iluminaran al ver a una joven a la que parecía mirar con honestidad como si ella pudiera responder al misterio de aquel instante.
Por su parte, la joven sintió que nunca nadie había mirado tan directamente su alma. Tenía la piel de un color exacto al del chocolate de agua y los ojos delineados con negro, y en el izquierdo se había formado inmediatamente una lágrima, la punta que se derrite de un iceberg de la emoción que le inspiraba. El poeta había visto eso antes; de hecho, con frecuencia él era la causa de que ocurriera. Con su pelo rizado y cavernoso, extravagante a su manera, con los ojos tiernos que tenía, cuando era joven jugaba sin malicia con demasiados afectos. Cuando se percató de lo que ocasionaba, comenzó, para su posterior vergüenza, a hacerlo con toda la intención del mundo, guiñando el ojo y moviendo sus rizos en cualquier habitación a la que entraba. De hecho, eso lo condujo a un sinfín de problemas, con jovencitas tocando su puerta en la noche, gritando, culpándole de sus interminables traiciones, inventando embarazos, causando interminables rondas de un cotilleo viciado y doloroso entre sus amigos. Mortificado, tenía que acabar con eso, y aprendió a mirar, siempre, al suelo en lugar de a los ojos de la gente. Cuando se dio cuenta de que la muchacha llorosa enfrente de él estaba llorando por él, movió la cabeza y miró a lo lejos, abrió su boca para hablar y arrojó, tosiendo, un trozo de alga.
Lo llevaron al viejo hotel, lejos del ruido y la agitación de la ciudad, y le dijeron que descansara, le dijeron que les hiciera saber si le podían conseguir algo, lo que fuera. La joven que estaba obnubilada por sus ojos y otra que lo había visto mirándola absorto mientras subían las escaleras se entregaron a las lamentaciones en cuanto se cerró la puerta de su habitación.
Los extranjeros y los poetas locales lo googlearon y descubrieron que había ganado bastantes premios, el premio de poesía Earnest Pickens Memorial, por ejemplo, y uno que se otorga cada dos años en una universidad del medio oeste. Le habían reseñado un libro en el New York Times pero, desgraciadamente, ni ese ni ningún otro de sus libros estaban en las bibliotecas locales. El poeta local más leído había escuchado hablar de su visitante accidental y sabía cuáles eran sus obras más importantes por lo que las encargó inmediatamente a Amazon. Muchos de sus acólitos jóvenes sospechaban que ellos eran mejores poetas, mejores que ese sucio espécimen, pero, como siempre, no lo podían asegurar. Era la maldición de escribir en un país pequeño y pobre, se decían, otra vez, uno al otro. ¿No subestima el provinciano lo provinciano que es? ¿No es eso parte de ser provinciano? Por eso, como conclusión lógica, ¿no somos provincianos? ¿Quizá cuando pensamos que estamos haciendo arte real, cuando pensamos que sí, que nuestro trabajo rivaliza con el de todo el mundo?
Los extranjeros eran mucho más sanguíneos. Sí, por supuesto, se dijeron a sí mismos, no es tan gran poeta, pero está aquí y debe hacer una lectura, porque accidental o no, menor o no, es cultura del corazón del imperio, la gente debe conocerlo, debemos hacer lo que sea necesario. Se aseguraron de reservar el Teatro Nacional para una noche, una noche para la sociedad y para que fuera un espectáculo realmente grandioso. Invitaron a todos los ministros, al presidente, a los senadores, y la noche de la lectura las mujeres llevaban trajes de noche y los hombres smoking, con la prensa en la primera fila. Si queremos saber lo que es provinciano, se dijeron los acólitos del poeta unos a otros, habrá que acudir, pero también elegantes.
Al poeta arrojado por las aguas lo escoltaron hasta el teatro la directora de una revista, una mujer que caminaba como si estuviera buscando un lugar en la pista de baile del mundo, una mujer tranquila y bronceada, como de unos treinta, y una, pensó el poeta, que no tenía edad, una reina natural, se dijo a sí mismo, una reina natural, aunque cuando él escribiera sobre ella después, sabría que podía tener algo mejor que eso. Ella llevaba la blusa más abierta de lo que él estaba acostumbrado, pero no era eso, y ella le tendía el brazo como si lo escoltara con más calidez con la que lo haría una mujer de su país, pero no era eso. Quizá porque estaba en una tierra extraña, quizá porque casi se había ahogado, quizá porque había leído el Supplement au Voyage de Bouganville siendo joven, tenía la sensación de que conocía a esa mujer, que eran el uno para el otro y, sorprendiéndose hasta a sí mismo, le tomó la mano y rodeó la cintura, luchando los años de autodisciplina para evitar el contacto visual y mirarla directamente, atento al aire, con la fuerza sexual como de cobra, como de Houdini, de sus intensos y entrenados globos oculares. Ella alzó con calma su ceja, como dando mucho por sobrentendido, y le sonrió aviesa pero con cariño. “¿Nos dirigimos al teatro?”, le pregunto serena.
En el coche, ella le preguntó qué tenía planeado para el programa. “Palabras”, le dijo, intentando no sonar condescendiente. Él estaba enamorado y ella no. “¿De memoria?”, le preguntó ella, amable, consciente de que estaba triste, intuyendo que tenía algo que ver con ella. “Palabras”, le dijo.
“Sí”, dijo ella con aprobación, “son algo maravilloso y qué maravilla ser poeta”.
Él se volteó para verla en su asiento, con el rostro enrojecido por la adrenalina, con las pestañas mojadas, con el pecho oprimido, cortándose las palmas de las manos con sus propias uñas. “Palabras es todo lo que tengo”, le dijo apenas, “para ofrecerte”.
“Sí”, le dijo ella. Pero se detuvo, como hacemos a veces, prestando atención. Ella ya estaba a miles de kilómetros de allí, arrojada a una playa propia.
IV
Había una vez un hombre que se estaba volviendo ciego, inexplicablemente, en el mejor momento de su vida. Tenía la mandíbula cuadrada de una estrella de cine, los ojos del color de las hojas nuevas y lo que la gente llama facilidad con las mujeres, lo que quería decir que tenía un talento especial para prestar atención y mostrarse educado. Tenía unas largas pestañas preternaturales, como partes de alguna exótica flor negra, una risa abierta y el pelo negro y crespo que suele acompañar a las mandíbulas como la suya. Exudaba sentido de competencia, un sentido de que podría descifrar una vieja combinación o resolver una ecuación o quizá hasta pilotar un avión si se enfermara el piloto. Por qué estaba quedándose ciego, era lo que todos se preguntaban.
Se enamoraba con frecuencia y mucho. Se percató del problema de sus ojos un día a fines del otoño, un día como otro cualquiera, cuando estaba sentando en un restaurante y se le ocurrió mirar al otro lado de la habitación y se dio cuenta de que había una joven profesional trabajando en su laptop en una mesita y que parecía sola. Estando él mismo solo y volteándose en su dirección se dio cuenta de que la estaba estudiando. Por razones que no podía explicarse, encontraba cada uno de los movimientos y actitudes de ella profundamente interesantes y conmovedores. Ella no estaba haciendo mucho, simplemente tecleando y parándose a pensar, estirándose de vez en cuando, colocándose bien en la silla, jugueteando con su pelo. Él pidió de comer y continuó vigilándola, teniendo cuidado de no mirarla demasiado fijamente, pero constantemente preocupado de lo que ella estaba haciendo. Él comenzó a sospechar que ella era consciente de él, también, y que ciertos movimientos eran para su disfrute.
Esa mujer. Llevaba un vestido amarillo brillante de cuero con un sujetador negro y una camisola debajo y de su pie levantado colgaba una sandalia sencilla. Su pelo estaba revuelto, quizá también decolorado por el sol, ya que ella tenía lo que parecía ser un bronceado habitual, no del todo extraño en esa ciudad de playa. Se dio cuenta de que se agarraba, a intervalos regulares, el pelo del lado derecho de su cara, el lado que daba hacia él, y se lo colocaba detrás de la oreja derecha pero en la izquierda lo dejaba que colgara hacia el teclado de su laptop como un biombo japonés que se cerrara sobre la mitad del mundo. De vez en cuando su celular sonaba y ella se relajaba para hablar durante un par de minutos en algo que sonaba como español. Él comenzó esperar ansiosamente esas llamadas y a temerlas. Ella estaba tan animada cuando hablaba que, incluso a la distancia, él se sentía reconfortado y cuando ella se reía de los chistes de los interlocutores, él también sonreía. Pronto, se dio cuenta de que había comenzado a pensar en ellos como rivales.
¿Rivales? Eso era una locura. Rápidamente decidió, medio riéndose de sí mismo, que tenía que conseguir hablar con ella. Justo entonces, todavía hablando por teléfono, ella se volvió y lo miró y sus ojos se encontraron. Esa mujer. Ambos estaban sonriendo, ella por su conversación, él por ella, y eso facilitaba que se reconocieran, como si fueran amigos, sin intercambiar sonrisas y después regresaran a sus propios asuntos.
Él recordó la primera vez que había entrado en la Plaza de San Marcos en Venecia, después de haber estado vagando perdido por el laberinto de callejuelas, recordó cómo el esplendor barroco le había golpeado los ojos, revelando una categoría, una amplitud, una majestad de la hermosura que él nunca había sido consciente de que existiera. Esta mujer, la mujer de amarillo, no era la mujer más hermosa del mundo, pero de alguna manera lo tenía completamente arrebatado y se dio cuenta de que, como el día en que de repente se encontró en la plaza, estaba otra vez sorprendido por un cierto tipo de esplendor. Ella bajó el teléfono y volvió a teclear con un residuo de sonrisa. Él miró su comida y descubrió que todo se había vuelto un poco borroso, como si una niebla se hubiera deslizado sobre la mesa. Miró al mesero y no pudo reconocer sus facciones. Se frotó los ojos y miró a su alrededor, pero en todos los sitios las cosas se habían salido de foco.
Volvió a mirar a la joven y ella, sorprendentemente, estaba tan clara como podía estar. Repitió el experimento y los otros comensales que estaban dispersos por el restaurante estaban borrosos, indefinidos, mientras que la mujer del vestido amarillo parecía que estaba salida de una pintura ultra-realista, con más detalles de los que el ojo podía descubrir, con una claridad tal que no era posible sin máquinas.
Mientras él se percataba de eso, ella lo volvió a mirar, esta vez como interrogándolo, quizá incluso con un cierto reto en su cabeza inclinada. Él quería levantarse para hablar con ella pero ¿qué podía decirle? ¿Que por una razón que no podía explicarle de todo el mundo ella era lo único que veía claramente? ¿Que todo excepto ella se había vuelto borroso y sombrío y difuminado? ¿Que ella se le aparecía como un sueño con más realidad de la que tenía de hecho? ¿Que estaba celoso de su celular? ¿Que incluso, aunque no se habían conocido de verdad, él no podía imaginarse el mundo sin ella? ¿Que no verla era como no ver nada? ¿No pensaría ella que era un sinsentido romántico y blablero? ¿O peor, una obsesión clínica y peligrosa? Se levantó, dejó demasiado dinero en la bandeja de la cuenta y comenzó caminar con cautela entre las mesas para salir a la difuminada calle a mediodía.
La miró por última vez, ahí sentada, brillante, y ella, como si lo anticipara, lo miró a él, sonrió y lo saludó con su mano. Él respondió al saludo pero se fue, de regreso a la oscuridad que reunía todo, e intentó encontrar su camino a casa sintiendo, de veras, que la muerte había comenzado su ascendencia.
V
Había una vez una experta en reparaciones que, aunque al principio de su carrera había arreglado tostadoras, dientes torcidos, organigramas, tuberías de gas con fugas, corazones erráticos, luces que parpadeaban y lentes inestables, llegó a pensar que el reto más grande y su verdadera vocación era arreglar a los hombres. Se hizo tan famosa en su ramo que la mayor parte del tiempo estaba en la carretera, viviendo en hoteles, yendo a donde el negocio estaba, y cuando estaba en casa siempre tenía una larga fila de hombres que esperaban horas y horas en su camino de ladrillos. Allí estaban, esperando su turno en el tórrido sol de la isla, mordiéndose los sombreros, esperando llenarse de nuevo, ser aceitados, esperando ayuda, volver a ser preparados para encenderse, esperando la instigación propia.
Con el tiempo, exitosa como era, llegó a resentir su vocación y por el motivo más obvio: arreglar las goteras de un tejado ganaba la interminable gratitud de toda la familia, pero arreglar hombres no tanto. El dueño de la tostadora siempre estaba agradecido pero los hombres que llegaban hasta su tienda de reparaciones por gente que ya estaba harta de ellos se marchaban, casi siempre, dejando sus quejas en la mesa que la experta usaba como mostrador. Inmediatamente olvidados por quienes los dejaban, nadie a su alrededor era capaz de apreciar su habilidad. Los hombres nunca parecían reconocer que ella había jugado una papel importante en su resurrección, excepto como parte de una audiencia accidental. De hecho, como suelen hacer los hombres, se la atribuían a sí mismos.
Un día miró al techo en la sesión con uno de sus clientes.
-Te tengo un acertijo -le dijo a él-. ¿Puedo?
-Por supuesto -le dijo él, ya que asumió que era parte del diagnóstico.
-¿Por qué me siento como una idiota?
-Bueno -Eso, una pregunta flotando en un mar lleno de monstruos, estaba más allá del alcance del hombre y nada tenía que ofrecer-. ¿Una idiota?
-Una idiota.
Se lo pensó un momento. -¿Qué quieres que haga? -le preguntó.
-No te estoy pidiendo que hagas nada. Sólo te estoy diciendo.
-¿Por qué una pregunta y por qué yo?
-No lo sé. Estás aquí -le dijo ella.
-Bien -Bizqueó.
-No sé qué estoy haciendo -dijo ella, sólo en parte dirigiéndose a él-. No sé por qué. No sé por qué he abierto esta puerta en lugar de otra.
-¿Esta puerta?
Dejó al hombre en la pequeña habitación que usaba como consultorio, salió, pasó la fila de hombres esperando que seguían su rastro con las cabezas bajas como si fueran vacas y corrió las once cuadras que la separaban del mar. Allí, con el débil romperse de la espuma en el arrecife como siempre había hecho y siempre hará, vio a un anciano tomar la mano de una joven, pasar su otro brazo sobre la cintura perfecta de ella y los dos desaparecieron en un relampagueo y una nube de humo. ¿Disfrutaría ella de un baile como ese algún día? Los hombres que ella arreglaba eran mejores de los que eran antes, es cierto, pero para cuando ella los enviaba de vuelta al mundo toda la poesía que había en ellos era la poesía que ella había puesto ahí. Ella quería un hombre que viniera con su poesía propia, con sus propias herramientas. Quería un hombre que la arreglara cuando llegase la hora, un hombre que pudiera darle algo de poesía de vez en cuando. Un poeta, eso es lo que necesitaba.
Ese pensamiento la calmó un momento y, siendo como era una mujer práctica, se dio cuenta inmediatamente de que había tomado una decisión bastante razonable ya que los poetas, no como las estrellas de cine, los cowboys, los magnates o los astronautas, los poetas no eran la primera opción para muchas mujeres. Se sentó en la arena y observó el mar, como si esperara que un poeta apareciera en la costa dramática y milagrosamente. Miró a la joven, ahora con un anciano, andar sombría hacia la ciudad. La vida, decidió, era menos un aparato que arreglar que un acertijo que resolver. Quizá, pensó, no había nada que necesitara ser reparado. Miró al mar y, sin una razón que pudiera verbalizar, esperó la llegada del poeta.
Traducción de José Luis Justes Amador


