Crítica • Abril 2010
Los vivos y los muertos, de Edmundo Paz Soldán
El escenario: Madison, NY, EU. Un pequeño pueblo estadounidense donde se van sucediendo muertes violentas. Una detrás de otra.
Los protagonistas: jóvenes del Madison High School, casi todas ellas cheerleaders, algunos de ellos jugadores del equipo. Los más populares mueren, de la misma manera que mueren los degenerados o los melancólicos (¿puede un emo ser popular?). La muerte, democrática, lugar en que se reúnen todos los tipos sociales.
El narrador: no uno solo, sino todos los afectados. Como en un juego a varias voces, el vaivén de narradores coincide con el vaivén de las muertes, a veces aleatorias, a veces predecibles. Muchos de los narradores mueren en el instante mismo en que están hablando: la trampa del narrador ya muerto. Sin embargo, hay un hilo conductor, que yo atribuyo a Amanda, única superviviente de la epidemia, quizá la maldición reencarnada. Amanda, cheerleader marihuanera, se acostaba con los dos primeros muertos, era compañera de las dos siguientes, hermana e hija de los últimos. Aunque ella intervenga sólo en ciertos momentos de la novela, y a pesar de los puntos de vista fragmentados, mi impresión no es de diversidad, sino de un solo origen; como si se tratase de un juego de voces congelado en un punto, en Madison. Contribuye a esta impresión el modo homogéneo —e inverosímil— en que hablan los distintos personajes: los adolescentes se expresan igual que el periodista e igual que Junior, el único niño narrador.
No dejó de sorprenderme, cuando comencé a leer, que la novela estuviese escrita en castellano; el lector busca instintivamente un título de la versión original, pero en vano. El título original es Los vivos y los muertos, y la novela está efectivamente escrita en castellano, a pesar de que algunos personajes hablen de sus «clases de español», o digan cosas como «nunca les perdonaría a mis papás que no hubieran hablado español conmigo cuando era niña». Es una sensación rara. Como cuando se ven series o películas dobladas. Recuerdo cuando vi de niña la película Mujercitas, doblada al castellano, y Josephine hablaba del fantástico y deseado «viaje a Europa»; yo, desde mi hogar en España, pensaba «¿no estamos ya en Europa?». Es el juego perverso del doblaje, nos presenta como cercano algo totalmente ajeno; y Paz Soldán creó en mí esta misma extrañeza. La mirada externa, el alejamiento permitido por la elección del idioma es uno de los logros más significativos de la novela. Y me hace pensar una y otra vez en lo bien que conozco, sin quererlo, ese mundillo tan ajeno de cheerleaders, de popularidad, de High School; el dramatismo del amor adolescente, la elección de universidad y la consiguiente (y deseada) mudanza al otro lado del país.
Una parte de este conocimiento se debe a la extensa formación en series y películas norteamericanas que caracteriza a la educación occidental. Mi pregunta eterna será: ¿qué fue antes, la serie de televisión, o la vida «real» en los pueblos estadounidenses?, ¿esta se inspira en aquella, o viceversa?, ¿de qué manera comenzó todo? La otra parte de nuestro conocimiento sobre el tema es consecuencia de la tan querida globalización: los personajes no se separan de su iPod, My Space siempre presente, el chat como salida al tedio vital, Starbucks en cada esquina, los mismos grupos de música, las mismas tribus urbanas… ¿Podría ser cualquier ciudad del mundo? Los tópicos están ahí; queda a elección del lector el modo de interpretarlos.
El autor aclara en una nota final que la novela está basada en hechos reales, sucedidos en Dryden, un pueblito cercano a Ithaca —donde vive Paz Soldán—, en el mismo estado de Nueva York. Es así como, especie de Capote reencarnado, escribe el boliviano una historia «muy personal» sobre las muertes sucesivas de «chiquillos norteamericanos con los que tenía poco en común». Pero, en mi lectura, el hecho real fue lo de menos; preferí dejarme llevar por lo irreal del asunto, por la perversidad de un narrador dispuesto a matar a todos sus personajes, o por los personajes-narradores que van cayendo por sí solos al abismo de la muerte, en una suerte de ruleta rusa fantasma. La lectura fue ávida, fue voraz. Pero la sensación de extrañeza y de confusión todavía no me abandona. El dilema es el siguiente: ¿se trata de una novela policiaca en el sentido más tradicional, o bien se pretende una reflexión sobre la arbitrariedad de la vida y la muerte, sobre el más allá, el bien y el mal, incluso sobre la concepción que del asunto tienen los norteamericanos? De entre las dos opciones, yo preferiría la primera, más acorde con mis necesidades de lectora; incluso aunque la historia no tenga enigmas que resolver (pero sigue teniendo el tono policíaco, por ejemplo en la inclusión del personaje periodista y las crónicas sobre las muertes). Sin embargo, la incómoda sensación de buscar algo más «profundo» me acompañó durante toda la novela. Tampoco estoy segura de que la narración se preste a ello, ni de que lo insinúe; quizá se trata de la influencia que la crítica literaria tiene en nuestro imaginario, y su afán por ver cosas donde no las hay. (Se puede acceder a otras reseñas desde el blog del autor.[1])
Mi lectura fue más simple: me dejé llevar por la narración asesina. Aunque he de confesar que la dualidad marcada desde el título siempre me molestó. Si bien puede servir de crítica a una cierta concepción dualista de la vida (bien y mal, vida y muerte), nunca me apeteció averiguarlo. Pero definitivamente aplaudo la manera en que se ponen sobre la mesa los tópicos de la vida moderna, que pueden caracterizar la idiosincrasia del norteamericano o de cualquier occidental:
Abro mi cuaderno. Estoy escribiendo la lista de cincuenta cosas que quiero hacer en mi vida. Visitar la isla de Bali. Aprender a bailar el tango. Tener un trío. Ir a una discoteca gay. Besar a una mujer. Tomar una clase de astrofísica y otra dedicada a la poesía de Blake. Conocer el set de filmación de una película. Conseguir el autógrafo de Colin Farrell. Enamorarme perdidamente. Hacer el amor en una playa. Casarme. Tener un hijo y llamarlo Tim. No divorciarme jamás. Escribir una novela y dedicársela a mi hermana. Leer las obras completas de Dickens. Conocer Tijuana. Ir a Burning Man. Probar peyote o alguna otra de esas drogas alucinógenas. Visitar el museo Guggenheim en Bilbao. Ir a una competencia nacional de cheerleading. Ir al teatro en Londres. Tomar clases de guitarra clásica. Vivir un verano en Europa, de preferencia en Italia. Aprender a cocinar risotto. Ir a un concierto de Arcade Fire. Viajar a Alaska con mamá y ver la aurora boreal. Convertirme en una blogger célebre. Escribir un op-ed en el New York Times.
La narración sostenida, a ratos indiferente y con tensa naturalidad, consigue sobrecogerme, y me sigo preguntando: ¿se trata de una presentación irónica, una crítica a la sociedad norteamericana, o nada más que la natural exposición del mundo, el ocio, los miedos y deseos? La primera opción no me gusta, por fácil; la segunda opción me inquieta, por incómoda; y porque veo en ella una cierta llamada a la «interpretación profunda», de la que siempre sospecho. Y ese es mi dilema al leer esta última novela de Paz Soldán: quedarme con la lectura rápida y simple me parece más que suficiente, creo que así cumpliría perfectamente su función; pero buscar un significado, un hecho real —el recuerdo de un hecho real, el homenaje— o una moraleja, no sólo me incomoda, sino que entonces la novela se me hace insuficiente. Por eso prefiero cerrar el libro y dejar de hablar de él.

