Crítica • Abril 2010

Entre el poder y el dolor

Los esclavos, de Alberto Chimal

Por René López Villamar

La labor como cuentista de Alberto Chimal (Toluca, 1970) en libros como Éstos son los días, El país de los hablistas o Grey, y el borgeano libro de ensayos La cámara de maravillas, le ha brindado no sólo una reputación como un autor excéntrico —uno de los raros— sino también un creciente número de fervientes lectores, que se dedican a buscar los primeros libros del autor en las más recónditas librerías de viejo. Para estos lectores, entre los que me cuento, poseer una copia de la elusiva primera edición de Gente de mundo es una insignia de honor que pocos han alcanzado pero muchos anhelan; un honor, debo confesar, que me ha eludido hasta el momento (es decir, que el autor de la presente reseña no es nada imparcial ante esta obra y eso se va a notar, aunque trate de evitarlo).

Los esclavos es la primera novela de Chimal y representa también un alejamiento de la temática a la que el autor nos tenía acostumbrados. Lejos queda el ambiente fantástico de sus libros de cuentos y lejos queda también el estilo juguetón de su prosa. Los esclavos cuenta la historia de dos parejas que se sumen en los más profundo de una relación de dominio: una productora de películas pornográficas y su principal actriz que vive encadenada y desnuda; un joven millonario y un burócrata a quien trata como su juguete. Para enfrentar esta narración, Chimal adopta un estilo neutro, sobrio, desprovisto de un juicio moral ante la sordidez que describe:

—Observe —dice Golo, y muestra a Mundo una revista pornográfica abierta en la página central: un coito complicado y violento entre seis o siete hombres y mujeres. Mundo no hace caso: mira a los otros hombres en la fiesta o bien al piso. El interlocutor de Golo sigue sin comprender. Golo toca apenas la base de la columna y éste se voltea a mirarlo; empieza a jadear; cae de rodillas, comienza a estremecerse, se levanta, se toca con ambas manos y luego las tiende para tocar a su amo.

La habilidad en el cuento del autor juega a su favor en la prosa, sin embargo, la construcción de personajes es un área donde todavía necesita más trabajo. Los principales de esta novela están quizá lo suficientemente trabajados para un cuento, pero les falta la profundidad que les requiere el largo aliento de esta obra. También, el nuevo tema lo sobrepasa por momentos. El narrador describe los hechos con objetividad, pero en ocasiones se detectan momentos en los que la situación lo excede, lo cual le da un ligero candor que diluye el efecto:

[...]Nunca hay otro disco en el reproductor, y en realidad Yuyis tiene prohibido hasta tocar el aparato, de modo que la misma música de baile, pulsante, monótona, sale siempre a un volumen tal que hace retumbar los cristales. “Ponchis ponchis”, la llama Marlene, pero no tiene idea de quién interpreta las piezas ni de cuán viejas son[...]

Durante meses, me debatí por encontrar la filiación de esta novela. Muchos críticos la han leído erróneamente en una clave erótica o pornográfica, con las inevitables referencias a Georges Bataille, del Marqués de Sade o —para los más perdidos— de Bukowski y el obligatorio comentario sobre la naturaleza del erotismo. No obstante, a pesar de la proliferación de juguetes y perversiones sexuales, a pesar de la presencia constante del cuerpo desnudo y sus efluvios, el tema central de Los esclavos tiene poco que ver con la sexualidad y mucho que ver con el poder. De manera más enfática, sobre aquellos que ejercen el poder y los que se someten al mismo. Suponer que esta es una historia sobre dos parejas disfuncionales es no ver el bosque por mirar demasiado de cerca los árboles.

En este punto debo confesar que he escrito algunas imprecisiones en este texto. La primera es declarar que Chimal se haya alejado de las bases fantásticas de su obra anterior. En esencia, Los esclavos es un cuento de hadas al más puro estilo de los recopilados por los hermanos Grimm, el cuento popular que no escatima en elementos grotescos ni relaciones incestuosas. Aunque no pone especial énfasis en la localización de la historia, hay suficientes indicios para entender que se desarrolla en el México actual y ahí está lo terrible de este cuento. Quizá es preferible hacer una lectura superficial sobre el erotismo o la vacuidad de los personajes antes que enfrentarse a que los esclavos a los que alude el título somos nosotros y que sus peripecias crudas y llanas no son más que una puesta en escena de las fuerzas a las que nos vemos sometidos en la cotidianidad.

La segunda fue insinuar que el autor haya abandonado el estilo juguetón de su prosa. El estilo objetivo y descarnado es sólo una estrategia dentro de la construcción de la historia. Para cerrar los dos primeros fragmentos, de los cuatro que componen la novela, el narrador nos advierte que estamos ante un truco. “En lo dicho hasta ahora hay, cuando menos, tres mentiras”, nos indica. En este punto, la estrategia de la novela comienza a revelarse. La estructura de este pequeño libro es una trampa y para cuando se llega a este punto ya es imposible escaparse de ella. Sin intención de arruinar el efecto de dicha trampa, vale la pena decir que leer la novela hasta el final nos llevará a la revelación de una historia mucho más amplia de la que se podía imaginar sólo unas cuantas páginas antes. No sin maestría, el narrador evita emitir juicios morales, pero si plantea muchos cuestionamientos que queda en el lector resolver. Los esclavos de la novela nunca se revelan, nunca buscan escapar e incluso cuando obtienen una suerte de libertad se rehúsan siquiera a considerarla:

—Yo soy un culo —le contestó ella— y él es una verga. Es muy simple. ¿Por qué la gente no lo entiende?
La cocinera abrió la boca.
—Para el caso hasta es más simple: yo soy un culo y él también.

La tercera y última es que el Marqués de Sade tiene más relación con la novela de lo que admití en un inicio. En mi defensa debo agregar que aquel que sólo lee erotismo en el Marqués también se está perdiendo del tema central de su obra. Esta novela también debe mucho a La vida es sueño de Calderón de la Barca y a todo J.G. Ballard, especialmente en su etapa tardía, en la cual las constantes escenas de aberración sexual tampoco tienen mucho que ver con lo erótico o lo pornográfico pero sí con el planteamiento de cuestiones morales actuales. Como se puede ver, el autor en realidad no se ha alejado tanto de sus influencias.

La lectura de Los esclavos no es ligera ni divertida, a pesar de las 147 páginas que la componen la colocan en el rango de la novela corta o nouvelle. Pero es una buena lectura: un libro arriesgado que consigue lo que se propone. Para los fieles lectores de Alberto Chimal, representa un punto de inflexión. Sin abandonar sus obsesiones, el autor se reinventa en esta novela, a fuerza de intentar nuevas estrategias narrativas, que implementa con solvencia. Es, también, un libro que permite varias lecturas: una primera lectura, para que el lector caiga en la trampa; una segunda lectura, para que aprecie su cruel mecanismo, y, finalmente, una tercera lectura, serena, para reflexionar sobre el acertijo sobre la humanidad que Alberto Chimal plantea en esta pequeña pero importante aportación a la literatura mexicana.

René López Villamar nació en la Ciudad de México en 1979. Es editor de HermanoCerdo.

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