Cuento • Abril 2010

Fuego y cenizas

Intento

Por Todd Zuniga

Mientras estoy preparando una cena sorpresa, lleno el salón de Alia con velas que reflejan sobre las paredes su natación luminosa. Estoy en la cocina, volcando las yemas de espárrago a la mantequilla de limón sobre una cama de risotto con albahaca y tomate, cuando una llama desvía su curso y alcanza la cortina más próxima. Todo ocurre tan rápido. La sala arde como si se estuviese extendiendo el fuego con un lanzallamas, no soy capaz de contenerlo. Cuando llegan los bomberos y empapan su hogar, he quemado la mitad de la casa y he matado a su gato.

* * *

Para aliviar la pena que Alia siente por la muerte del felino, la visito en el complejo de apartamentos en el que vive de forma temporal y le llevo un nuevo gato. Es un cachorro que cabe en la palma de mi mano. Cuando le pone de nombre Derek Jeter le digo que creo que es una chica. Ella asiente con la cabeza y la renombra Luther Vandross.

Los ojos de Luther parecen somnolientos, se mueve muy poco a poco. Alia me pregunta dónde la conseguí, le digo que “en un centro de adopción”. Sujeta a Luther contra su pecho y me abraza por el cuello con su brazo libre. Dice que me perdona. Por la noche, la gatita duerme en la L que forman el cuello y el hombro de Alia.

Ese primer día, Alia me llama para que vaya desde la cocina al baño y me muestra a Luther dormida en el lavamanos. Desde la habitación a la sala, para mostrarme la lengua negra de Luther asomando entre sus labios de gatita.

El cuarto día, Alia me llama y dice, “ven, quiero que veas algo”. Voy a prisa, esperando ver a Luther acurrucada en la caja de las galletas.

Esquivando mi beso para saludarla, Alia dice “quiero ver los papeles de Luther, Mira esto”, se inclina para mostrarme una zona sin pelo en su cabeza, una calva ovalada del tamaño de una moneda de diez centavos.

“No hay papeles.”

“Entonces llama al centro de adopción.” Dice que es tiña. “La gata la tiene y ahora yo también.”

Le cuento que a Luther la tenía un hombre en una esquina en la calle, “en una caja con seis gatitos”.

Al escuchar su nombre, Luther se pasea, enroscándose en la parte baja del vaquero de Alia. Pequeños diamantes de pelo faltan lastimosamente de la cola, costado y cuello de Luther. Alia me mira con incredulidad mientras rasca su calva.

Saco mi móvil, llamo al 411. Pregunto por el veterinario más cercano.

* * *

Una vez que su calva está llena de incipientes cabellos, y que Luther está sana, le llevo a Alia una docena de rosas. Nos besamos, nos abrazamos y nos agarramos con firmeza. Ella lo detiene antes de que vaya más lejos, dice que no se ha duchado ese día.

Mientras está en el baño, saco una bolsita de plástico Ziploc llena de pétalos de rosas rojas de mi mochila, las reparto por su colcha blanca. El choque entre el rojo y el blanco constituye un contraste perfecto.

Fuera de la ducha, su cuerpo está cubierto por una loción. Cuando entra en su habitación da un grito de sorpresa. Hacemos el amor en la cama, encima de los pétalos de rosa, rodeados por su fino aroma. Luther se abalanza sobre los pétalos extraviados que descienden cual helicópteros hacia el suelo.

* * *

Me despierto repentinamente de mi siesta poscoito. Alia grita, “¡levántate!, ¡ levántate!”.
Pero no me levanto nada más despertarme. Sólo la miro silenciosamente sorprendido. Tira de la colcha, arrastrando los pétalos restantes, luego tira de nuevo. Arrastra y luego tira.
“Es mi abuela”, dice. “Mi abuela muerta Lucy.”

Luther maúlla.

Me siento, sólo la sábana me cubre.

“Es un milagro que la colcha sobreviviese al fuego, pero ahora se ha estropeado,” dice Alia. “Los pétalos la han manchado, mira. Mira,” dice.

Miro. La colcha está manchada con marcas rosas borrosas y resbaladizas. Digo que no sé qué decir, y ella dice (de nuevo). “Fue mi abuela, ahora qué.”

* * *

Un día después de la manchas de pétalos de rosa, Alia me llama, dice (de nuevo) que me perdona.

“Lo entiendo”, dice. “Intentabas ser cariñoso.”

No quiero decirlo pero le suelto “quizá debería evitarte por un tiempo, por tu propio bien.” Pero ella tampoco quiere decirlo cuando responde “quizá sea una buena idea.”

* * *

Espero ociosamente a que Alia cambie de idea, pero no llama. Para volver a ganarme su afecto cósmicamente, utilizo su nombre para mi Perfil de Usuario de mi PlayStation 3, cambio mi contraseña de Gmail a laiaalia, escribo su nombre en mi mano con gel líquido Dove mientras me ducho.

Una noche voy a su casa quemada, arranco hojas de una libreta sin estrenar, las doblo formando docenas de diferentes tipos de aviones de papel. En las alas escribo cartas de amor cortas, dibujo retratos infantiles de nosotros dos juntos. Lanzo los aviones al quebradizo hollín. Faltan dos horas para que me avergüence por la teatralidad de mis actos y me deprima por cuánto los estoy disfrutando. Pisoteo los restos, recupero los aviones. Los ato todos juntos y los tiro a la cloaca.

* * *

De vuelta a casa y cubierto de cenizas, llamo a Alia y le pregunto si quiere que vayamos a cenar. Ella pregunta dónde y le digo el nombre de un restaurante de sushi en el centro. “Nunca he comido sushi”, dice. Una explosión de pánico y adrenalina se produce en mí. Imagino el pescado crudo provocando una erupción de magníficas ampollas en su cuerpo, pero antes de que tenga tiempo de cancelarlo todo, dice “pero, por qué no.”

En el restaurante dice que no sabe y que si puedo pedir por ella. Estoy nervioso y reacio, pero ordeno sin titubear “dos trozos de sake, dos de maguro, dos de hamachi y rollito de California”.

Hablamos y la charla resulta distendida y agradable. Me cuenta que Luther está creciendo, que se ha puesto grande muy rápido. Estoy seguro de que ha salido adelante. Luego ella dice “creo que quizá Luther te echa de menos”.
Sirven la comida sobre rectángulos de madera.

Alia me imita echando salsa de soja en un plato de cerámica. Evita el wasabi y maneja los palillos con la mano derecha.
Con cuidado, se lleva un trozo de bonito a la boca. Sus labios se cierran tras él y mantengo la respiración.

Traducción de Raquel Flores

Todd Zuniga es editor fundador de Opium Magazine y cofundador de la serie de lecturas Literary Death Match. Ha sido nominado para el Pushcart Prize. Textos suyos han aparecido en las revistas Canteen y Lost Magazine. Trabaja como editor para 1UP.com, donde escribe sobre deportes y videojuegos.

Comments are closed.