Crítica • Abril 2010
Intente usar otras palabras, de Germán Sierra

1.- Recuerdos
Aún me veo en 1980, puerilmente entusiasta, declarando en una mesa llena de botellas vacías, exaltado, que los ochenta iban a ser nuestra década. Podemos ser héroes por siempre. Muchos años después (frente al pelotón de fusilamiento) el cronista recordaría a los que se quedaron en el camino: Eduardo Benavente, santo, autosuficiente, adicto a la lujuria; Julio Cortázar, en un viaje sin fin por una cosmopista en la que las áreas de descanso están cerradas por bloques de hormigón. Y muchos más. Cadáveres en retretes de gasolineras, colgados en terrazas, asaetados en sucias cárceles. Y aún así, la esperanza como un pecio entre la confusión. Podemos ser héroes un día nada más. Un día nada más. La lata de cerveza vuela sobre la cabeza de los espectadores y golpea el mástil de la guitarra de Jorge Martínez que se lanza sobre el público y empieza a pelearse. “Esta canción está dedicada al hijo de puta que me ha rallado mi Fender stratocaster” y Los Ilegales tocan una y otra vez, sin descanso, en un ejercicio bernhardiano, Mi carro, de Manolo Escobar. Se vislumbraba el fin, pero ya estábamos agotados de esperarlo, con tanto alcohol, hachís, cocaína… todo mezclado en una carrera hacia la autodestrucción en la que quien sobreviviese perdía.
La de los ochenta iba a ser nuestra década pero nos encontrábamos en un erial, huérfanos, sin un triste día en el que pudiéramos ser héroes, contemplando cómo los supervivientes, aquellos que ni siquiera se habían atrevido a mirar la carrera mortal, medraban condescendientes y serviles. No hay futuro, nos lamentábamos más tarde, muchos años después, mientras padecíamos el futuro.
2.- Psicoanálisis (de andar por casa)
Comprendimos, con el nuevo siglo, veinte años después, que nosotros debemos inventar el futuro si aún queremos ser héroes. No podemos dejar que la realidad nos atrape, resignarnos a un pasado decepcionante, a dos décadas de orfandad. Debemos reconstruir (¿deconstruir?) el tiempo perdido.
Si algo generacional nos une, dentro de nuestras singularidades individuales, es la pereza (como procrastinación, que se convertirá en la palabra de los inicios del siglo XXI) y la fragmentación. Mucho de eso hay en la novela de Germán Sierra, Intente usar otras palabras.
Entendemos la de los ochenta como una década de posibilidades. Que fructificasen o no es otra historia. Tal vez vivimos anticipándonos a un futuro que nunca llegó y que siempre negábamos. En esta contradicción no es extraño que muchos nos abocásemos a la narrativa (como lectores y/o autores), un campo en el que las posibilidades se manifiestan anulando el tiempo.
Al mismo tiempo descubrimos que todo estaba ya escrito, que la vanguardia y la ruptura modernista de la narrativa era ya cosa del pasado. Entonces, tal vez (tal vez, tal vez… lo que intento explicar es cómo llegamos a la situación actual, cómo unos hechos determinan unas formas… a fin de cuentas el valor del psicoanálisis, de la confesión, es el del propio relato, no su validez terapéutica o absolutoria (¿de qué debemos curarnos, ser absueltos?))… tal vez son esas posibilidades que abre la narrativa las que interesan a los autores y no tanto su desarrollo y conclusión. Muchos ejemplos demuestran que la coherencia narrativa, la norma clásica de planteamiento, nudo y desenlace se muestran caducos y/o decepcionantes.
Queda pues el fragmento, el esbozo, el borrador, el apunte. Exigir más a la narrativa (como lectores, como autores) sería (lo sabemos) abocarnos a la decepción de la espera en una mesa llena de botellas de cerveza vacías.
3.- El medio
Los fantasmas que acarreamos determinan la forma de narrar. Pero quizás lo sea más el medio por el que la narración se plasma. La máquina de escribir (instrumento mítico) te condiciona a una linealidad, dentro de la no linealidad que el autor pueda inventar, que el procesador de texto evita. “Copiar y pegar” es un síntoma de la pereza de nuestros días. Con él la narrativa se convierte en una acumulación de fragmentos permutables que confieren al texto la cualidad de provisional. Se podría argumentar que toda narración está en permanente construcción, que el texto definitivo aparece como una posibilidad inalcanzable, que toda obra es susceptible de ser alterada instantáneamente por su autor.
Algo de eso hay también en Intente usar otras palabras.
4.- Alto Voltaje, de Germán Sierra
Según la contraportada “Alto Voltaje es una colección de catorce fábulas”… no sé, si como pretende la nota, es necesario encontrar conexiones y temas comunes que permitan agrupar todos los textos bajo algún concepto recurrente. Lo interesante de Alto Voltaje es la variedad de apuestas narrativas y estructurales que Sierra nos ofrece. Cada relato es un fragmento independiente, una idea, un borrador, un esbozo, un proyecto de algo que se sobreentiende pero no está explícito. Y esa es la gran virtud de Alto Voltaje, la sucinta indagación narrativa de momentos puntuales. Y a pesar de esa sensación de apunte, cada uno de los relatos es un mundo completo, concreto e independiente. Por su relación con la novela de Sierra, destacaría Iones y Sordidez, por lo que cada relato respectivamente aporta al tema de la desfocalización narrativa y al del desamparo generacional.
5.- Intente usar otras palabras
“Carlos Prat es un vago. Jamás ha creído hacer nada fuera de lo común excepto servir de modelo para un personaje de Patricia Cantino, pero uno no puede verse reflejado en la fotografía de un espejo”
Prat, un alto cargo de la administración cuyo rasgo dominante es la pereza, creyendo que aparece como personaje en la novela inacabada de una antigua novia, contrata a un escritor para que redacte una novela en sustitución de la de Cantino, en la que él sea el protagonista. A una premisa tan interesante, en la que el lector nunca sabe con seguridad a que novela, la de Cantino, la encargada por Prat, la de Sierra, pertenece cada uno de los fragmentos, se le añade una estructura consistentemente actual en la que la narración se presenta de forma fragmentada.
Intente usar otras palabras puede considerarse un retrato generacional conveniente a los objetivos de Prat. Las voces de éste, del escritor, de su mujer, de otros personajes, transcripciones de escuchas, fragmentos de (falsos) ensayos, entradas de blog, búsquedas en Internet, consiguen, como en el caso del relato Iones de Alto Voltaje, no solo que se alternen distintos narradores inidentificados y tipos distintos de narración, sino que finalmente el narrador se diluya, desaparezca, no sea tangible.
Estas condiciones formales y estructurales hacen que Intente usar otras palabras sea una novela destacable
¡Qué absurdo, pues, pensar que su vida pudiera ser reconstruida a partir de unos cuantos amigos, unas cuantas conversaciones, unos cuantos amores y unas cuantas lecturas, de unas pocas tragedias y unos pocos placeres! ¡Qué absurdo pensar en uno mismo a partir de sus relaciones con las personas que le rodean, con los objetos que ha dado en acumular a lo largo de una vida de la que apenas ha tenido el control en una millonésima de fracción!
Pero hay algo que no me acaba de cuadrar. Supongo que el problema es mío, no de la novela, siempre reclamando la innovación y luego quejándome de la inconclusión. Me queda la sensación de que a la novela le falta algo para cerrarse sobre sí misma. Es absurdo pensar que se puede reconstruir una vida a partir de pequeños fragmentos, por tanto Sierra no lo intenta. Recopila esos fragmentos y los vuelca en la novela con la intención de constituirse en un todo… Ahora viene la referencia pedante: Según la Hipótesis nebular un planeta se forma por la adición de planetesimales. Cada fragmento de Intente usar otras palabras podría considerarse un planetesimal, pero temo que finalmente no forme un cuerpo celeste, sino que se quede en una nebulosa de fragmentos, en un anillo de asteroides. Algo incompleto, inconcluso, como si la pereza, la procrastinación, impregnase la novela de Sierra, contaminase el texto y se negase a concluir. Mañana.
Será una estupidez, pero pienso que si en otros lugares se empeñan en ello no sé porque nosotros no podemos buscar la Gran Novela Española Contemporánea. Lo que es cierto es que con Intente usar otras palabras Germán Sierra se acerca mucho a lo que esa entelequia debería ser.
Estamos en el buen camino.

