Crítica • Abril 2010
Gabriel García Márquez. A Life, de Gerald Martin

La biografía de Gabriel García Márquez, escrita por el académico inglés Gerald Martin, bien podría haberse subtitulado ‘la creación de un personaje universal’. Ese personaje no es ni Aureliano Buendía ni el otoñal Patriarca, sino el propio García Márquez. A lo largo de 566 páginas de texto y de 1201 notas, la evolución del niño de orígenes rurales al autor de fama e influencia universales, se revela como un meditado proceso personal, enraizado en el genio y la buena fortuna, pero tan lleno de voluntad como la mejor novela del colombiano.
Martin ha invertido diecisiete años de su vida examinando el destino de un hombre esencialmente secreto, del García Márquez que “siempre ha querido controlar la versión de su vida que será contada —o dar a conocer varias versiones de modo que ninguna de ellas pueda ser contada.” La tarea del biógrafo ha sido entonces develar ese García Márquez oculto en la imagen —laberíntica— por él mismo suscitada.
Para Martin, Cien años de soledad constituye el eje de la vida del autor. En su libro, la obra juega un papel idéntico. A una competente relación de las primeras décadas del colombiano le sigue una fascinante exploración de la complejidad del hombre público que eclosiona con la creación y el éxito de la novela. La narrativa se basa en una investigación factual rigurosa. El toque de introspección aparece centrado en una lectura de ciertas de sus obras —no aquellas obviamente autobiográficas— como textos clandestinamente confesionales.
El otoño del patriarca es uno de esos libros. En una entrevista con Guillermo Sheridan y Armando Pereira, brindada en 1976, el propio García Márquez afirmó que se trataba casi de un libro de memorias. Martin, superlativamente cauteloso con otras declaraciones, acepta ésta con mínima reserva y procede a interpretar la novela como una clave metafórica de la vida interior del colombiano. Esa elucidación alcanza niveles insospechados para la crítica convencional: “El otoño del patriarca [es] la obra que se eleva como decisiva en la carrera de García Márquez como escritor porque, contrariamente a primeras impresiones, encapsula todos sus otros trabajos.”
Esos trabajos son analizados con magistral fluencia. No en vano Martin posee cuatro décadas de experiencia desentrañando los misterios de la ficción latinoamericana, aquella relacionada al boom en particular. Escribir la biografía de un escritor como García Márquez demanda ese conocimiento. El libro habría sido fallido en su ausencia. Bloomsbury, la casa editorial inglesa a cuya iniciativa se debe su creación, escogió bien al elegir a Martin como autor.
Más allá del aspecto literario, Martin provee una ponderación investigativa remarcable. No descuida, por ejemplo, incidentes mediatizados en exceso, considerándolos sin aspavientos. El notorio puñetazo de Mario Vargas Llosa es así reducido a proporción. La obsesión general con ese hecho —y por extensión, con otros reminiscentes de escándalo— es implícitamente criticada: es el tema “que la mayor parte de periodistas y muchos lectores quieren discutir con el desafortunado biógrafo de [García Márquez] tan pronto como lo encuentran.” Otros episodios, anécdotas cardinales del canon garcíamarquino, son desmitificados con sobrio rigor. Tal es el caso de la legendaria jornada de García Márquez a Acapulco, durante la que la primera frase de Cien años de soledad vino a su mente. Las múltiples versiones de lo sucedido aparecen lado a lado, aderezadas con una sana dosis de realismo.
Los verdaderos temas de interés para Martin son otros, menos evidentes, como el período en que García Márquez trabajó para agencias de publicidad en México —Walter Thompson y McCann Erickson. “La experiencia ganada durante éste de algún modo extraño interludio preparó García Márquez, irónicamente, para manejar su propia celebridad futura.” Ese aprendizaje, complementado por una innata habilidad para reinventarse según fuese necesario, explica la simplicidad con la que el colombiano ha desconcertado, maniobrado y seducido a los medios a través de los años. Tal maestría para controlar su imagen pública —que Martin compara con aquella de los Beatles— es parte fundamental de su envergadura en la imaginación del siglo, equiparable según el biógrafo a aquella de Dickens, Twain o Hemingway.
El cultivo de una superlativa influencia política parece originarse en esa capacidad. Los contactos con el poder —amistades que incluyen entre otros González, Torrijos, Clinton, Mitterrand, y sobre todo Castro— son tratados en tal contexto, con sus contradicciones y sorpresas. El uso que García Márquez ha dado a ese acceso privilegiado ha sido insuficientemente estudiado. Martin lo detalla y examina, lanzando una mirada crítica sobre la faceta más controversial del colombiano. “¿Escribió [García Márquez] sobre hombres poderosos, a hombres poderosos o para hombres poderosos?”, llega a preguntase el biógrafo, enunciando una interrogante cuya dilucidación merecería en sí misma un libro completo.
La presencia de otros amigos del escritor es menos polémica, e introduce en la narrativa momentos de memorable afecto. Carlos Fuentes, sirviendo de Pigmalión en México a un García Márquez aún vacilante en su carrera, es una de esas figuras. Otra es Álvaro Mutis, siempre providencial en sus intervenciones: será él quien, luego de ascender las escaleras que conducían al departamento del séptimo piso en que vivían los García Barcha en la ciudad de México, depositará en manos del entonces frustrado novelista copias de El llano en llamas y de Pedro Páramo. El grupo de Barranquilla, primer cauce de camaradería intelectual, es descrito con una precisión no exenta de nostalgia. El cómo García Márquez sobrepasará sus límites y los dejará atrás, eventualmente, posee un toque de tragedia, al cristalizarse esa ruptura con la muerte de Álvaro Cepeda.
El tratamiento de las relaciones familiares del autor es de una discreción evidente, particularmente ejercida para con los miembros del núcleo García Barcha. Mercedes Barcha aparece como el personaje de la leyenda garciamarquina repetida a ultranza, lo que hace desear que otro biógrafo tome algún día el reto de suscitarla humana. Carmen Barcells, “la mujer más importante de la vida de [García Márquez] luego de Luisa Santiaga y de Mercedes,” es delineada de modo mucho más vívido. Su identificación como una figura equiparable a la de la Mama Grande posee un curioso aire de permanencia.
Martin posee una extraordinaria intimidad con la realidad e historia de Colombia y de Latinoamérica, de la que se sirve a placer. El antagonismo entre “costeños” y “cachacos” colombianos, con sus derivaciones de estatus y de influencia, por ejemplo, se convierte en un subtexto imprescindible a la comprensión de la idiosincrasia de García Márquez. Igual sucede con los conflictos enraizados en los orígenes sociales del escritor, cuyas consecuencias emergen en momentos inesperados, como cuando, luego del Premio Nobel, Martin observa cómo García Márquez probablemente jamás logrará engraciarse con la burguesía de Cartagena, puesto que “un costeño de clase alta nunca respetará a aquel cuyos orígenes son de clase baja.”
La biografía concluye con un capítulo cuyo título —“Inmortalidad-El Nuevo Cervantes”— resume la actitud de Martin hacia el legado literario de García Márquez. Es indisputable que la dilucidación del legado vital del escritor ha avanzado gracias a Martin y a su feliz persistencia.

