Blog • Febrero 2010

Salinger, la obcenidad del talento, por J.S. de Montfort

Febrero 1, 2010
Por Hermano Cerdo

Se sabe que el lenguaje en su afán de ordenar el mundo, paga el precio de tener que matarlo. Claro que hay modos –aunque difíciles- de dejar huecos para respirar tras la hecatombe. Pasadizos en forma de líquenes, musgos y algunas plantas trepadoras.

A mí entender fue esta (y seguirá siéndolo) la gran afrenta (y, al mismo tiempo, la gran generosidad) de J. D. Salinger hacia el mundo. Y, más todavía, contra sí mismo, puesto que la negación es la solapada afirmación de la travesura irreparable del rebelde que sabe no habrá nada más tras su acto.

En otras palabras, Salinger hizo que el lenguaje destrozase un mundo (el de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX) idealizándolo, y legándolo para el futuro (la alienación, desesperanza e inutilidad del entusiasmo adolescente de Caulfield fueron ayer y son hoy la mismo cosa).

Esta destrucción del mundo obligó a Salinger a convertirse de manera irremediable –y al parecer lo hizo felizmente- en uno más de esos líquenes silenciosos que se van apoderando de las casas en Cornish, New Hampshire, desde donde porfió lentamente durante 57 años, hasta que las pìedras de la montaña cubrieron el túnel que le daba aire.

Sus libros, pues, son los torpedos de un submarino que huyó a la carrera por las calles de Manhattan. Salinger mismo, ese rostro espigado, ese cuerpo enjuto y esa mirada esquiva y rencorosamente intimidatoria, son los restos del bombardeo de su propio yo real, para poder -como le reprochó su propia hija Margaret- vivir libremente en un mundo de personificaciones, irrealidades y sueños.

Así lo reconoció Jerome también, en un comunicado de su agente literario; dijo “estoy en el mundo, pero no pertenezco a él”. Del modo mismo en el que el verdor gracioso del valle no más que aguarda a la caída de la noche.

Jerome David Salinger y su mundo de chavales precoces, que se estrellan contra la desesperanza de una mediocridad intrínsecamente humana, nos conmueve por su heroicidad. La misma épica de esos chavales que fueron más tarde soldados y conocieron las atrocidades singulares del hombre y su depravación. Chavales que acabaron muertos por su propia mano. Bien como un suicidio físico (“Un buen día para el pez banana”), bien muertos por la opresiva demanda intelectual que ellos mismos se impusieron (Franney & Zooey).

De ahí que toda la obra de Salinger sea una oda absurda al talento. De ahí también su éxito obsceno. Y es que la obra de Salinger es un canto órfico que evidencia como la brillantez no tiene cabida en este mundo.

Quizá se podría decir con Caulfield que Salinger sufrió “a kind of paranoiac in reverse” puesto que sospechaba que había complot de la gente contra él, con el propósito de que fuese feliz.

Y es cierto, les confesaré que en mi familia tenemos una tradición de la cual es baluarte mi hermano el mediano y que consiste en lo siguiente: cada vez que se cambia de casa o de ciudad, hay una compra de un nuevo ejemplar de The Catcher in the Rye.

Es nuestra forma de porfiar no contra Salinger sino contra el futuro: con cada nueva copia de este libro que legamos para los tiempos venideros, le estamos dando una nueva oportunidad al talento, a la brillantez y al entusiasmo.

Ojalá todos Vds. hiciesen lo mismo.

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