Blog • Febrero 2010

No siempre puedes tener todo lo que necesitas. Entre Sherlock Holmes y Mick Jagger

Febrero 18, 2010
Por Patricia Suárez

La serie

En noviembre del 2004, el canal Universal lanzó su serie Dr. House. La serie se convirtió en un éxito de taquilla un par de años después –cuando el espectador logró digerir al protagonista- y se ganó cuanto Emmy y Globos había dando vueltas. En octubre comenzó en Estados Unidos la sexta temporada, que no tardaremos en gozar. Para quienes no han podido disfrutarla en su momento por TV –aunque Universal es adepta a repetir los capítulos viejos-, este invierno salió la edición en DVD de la primera temporada que puede conseguirse a un precio módico en los kioscos y librerías. Otras temporadas, hasta la cuarta, está disponible en videoclubs. También, claro está, está el recurso de bajar la serie de Internet.
Dr. House o House M.D., como se titula en inglés, fue pensada como una serie de médicos pero en el estilo CSI, donde la enfermedad fuera el verdadero crimen y los médicos aquellos capaces de cortarle el paso. Sin duda el gran modelo investigador fue tomado de Sherlock Holmes, un tipo analítico, poco sentimental y cocainómano, quien gracias a los diálogos con su ayudante Watson llega a la verdad a través de un proceso de búsqueda socrático.
El actor que tan carismáticamente lo interpreta es Hugh Laurie, un inglés cincuentón, a quien hemos visto en la pantalla grande como el papá adoptivo del ratoncito Stuart Little. Laurie afirma haber imitado a su propio padre, médico de profesión, en la audición que hizo para el personaje. Según algunas fuentes, Laurie cobró durante la quinta temporada unos cuatrocientos mil dólares por capítulo.
El doctor Gregory House del Hospital Universitario Princeton-Plainsboro de Nueva Jersey, especialista en enfermedades infecciosas y nefrología, alto, rengo de una pierna (consume Vicodin para aliviar el dolor), apuesto (este año fue considerado el hombre más sexy de la TV americana), aparente genio del diagnóstico clínico (y un doctor que hace diagnósticos acertados, tiene grandes probabilidades de curar al enfermo) y un cínico capaz de destrozarle los nervios a todo su equipo de trabajo, a la directora del Hospital, la Dra Lisa Cuddy incluidos, por supuesto, los simples mortales que caen en sus manos. A primera vista, el Dr. House impacta en el espectador como un cretino, a veces incluso sádico y siempre ajeno a la piedad que uno espera de los médicos. Indudablemente antipático, el Dr House lanza aforismos como puñaladas que van del sentido común al propio Friedrich Niezstche o Mick Jagger. Si algo deja frío al Dr. House, son los sentimientos. Incluso parece que le molestaran, como si los sentimientos no tuvieran otro efecto sobre los seres humanos que entorpecer su curso sanguíneo. Y larga frases de este tipo: ”Dos cosas mueven a las personas. El sexo y el dinero. Pero el dinero no entra al curso sanguíneo.“  O “La gente no cambia porque le de un ataque cardíaco. La gente que cambia es la que quería hacerlo antes del ataque.”  Al Dr. House sus pacientes –sobre todos los externos que vienen a verlo por trastornos menores- lo fastidian. Pero si el espectador atraviesa el malestar de los primeros capítulos, comienza a ver las cosas diferentes. En especial, se vuelve rotundo admirador de House porque hasta el propio House descree de la medicina. Esto no quiere decir que él aliente métodos alternativos de medicina –nada más lejos de su filosofía-, sino que no se pliega a los pasos políticamente correctos para conseguir lo que necesita para saciar su sed de conocimiento. Sed, como dijimos antes, motivada por el enigma que cada enfermedad le plantea durante los capítulos y no el altruísmo de su juramento hipocrático. Según las palabras de Daniel Guebel en un análisis de la serie para el diario La Nación a propósito del inicio de la quinta temporada: “Si la enfermedad es el criminal, en Dr. House el paciente es su cómplice. ‘Todos mienten’, afirma siempre el protagonista. Es su regla, su máxima, la afirmación que define el objeto de su oficio. Y su labor es descubrir cómo se urde y prospera esa mentira que obstaculiza la eficacia de su diagnóstico clínico. Dr. House , en el fondo, es una versión aggiornata de la obra teatral que introduce al primer detective de la historia de Occidente: Hamlet.”
Para obtener lo que necesita, apela a los recursos humana e inhumamente posibles. Desde provocarse la muerte para comprobar los efectos de una droga, inmiscuirse en la propiedad privada de un enfermo a la búsqueda de hongos o bacterias que pudieran enfermarlo, encerrarse días en la oficina a hacer rebotar su dichosa pelotita de ping pong, tocar la guitarra, hasta hacer de la canción “You can’t always get what you want”, de los Rolling Stones una especie de culto. La realidad es que para tal desparpajo de narcisismo, discutible ética profesional y diagnósticos equivocados que deben ser corregidos, la tasa de muertes en el Hospital es ínfima y los juicios por mala praxis casi nulos. El verosímil no se aplica mucho en la serie en este sentido, pero esto no es importante. Lo de verdad importante en Dr. House es que vemos un personaje que utiliza un método de pensamiento poco usual y servido en bandeja para todos en la pantalla chica.

El libro

Ante el éxito de la serie y lo cautivante del personaje, dos profesores de filosofía de los Estados Unidos, William Irwin y Henry Jacoby, sacaron un libro para explicarse el misterio. Se trata de La filosofía de House. Todos mienten , un libro que reúne además unos veinte colaboradores, todos universitarios graduados en filosofía o religión, fanáticos de la serie y que se animan escribir sobre House. Aunque casi no hay ensayo dentro del libro que defenestre al doctor más huraño de la medicina televisada, los trabajos tienen el mérito de explicar las actitudes de House desde distintas filosofías que van desde Niezstche o Sartre hasta el zen. House no es un nihilista ni un indiferente; los ensayistas muestran aquí a un Dr. House cuyo pensamiento está más cerca del filósofo francés André Comte-Sponville que de la almibarada Dra. Quin.
De esta forma, el lector tiene en sus manos un libro que es dos en uno: una introducción a la filosofía de algunos pensadores ilustrada por frases de Dr. House y un libro sobre la serie explicada por los filósofos. Aunque no deja de ser un libro de filosofía de divulgación como lo fuera en su momento Etica para Amador de Savater o Más Platón y menos Prozac de Lou Marinoff, tiene una mirada aguda e inteligente sobre el mundo en que vivimos y por qué hacemos las cosas que hacemos. Lo que nos hace personas es cultivar una actitud filosófica. Buscar la verdad a través de la duda sobre las certezas y los dogmas sociales y culturales y preguntarse por la naturaleza de las cosas. Sin las herramientas de la filosofía, hoy por hoy no podríamos sobrevivir. La cuestión es que el verdadero mal de la época es que todos prefieren mentir y mentirse a sí mismos, la naturaleza de la mentira es constituyente de los seres humanos como el ectoplasma, diría House. Por eso, su planteo dentro del Hospital suele ser más o menos el siguiente: ¿usted quiere saber la verdad o prefiere el consuelo de la medicina tradicional? Es el desafío House que deslumbra al lector.

Patricia Suárez nació en Rosario en 1969. Es autora de las novelas Causa y Efecto (2008), Album de polaroids (2008), Perdida en el momento (2004) y Un fragmento de la vida de Irene S. (2004); y de los libros de cuentos Rata Paseandera (1998) y Esta no es mi noche (2005). Próximamente saldrá LUCY por Plaza y Janés. Actualmente vive en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, desde donde lleva el blog Camaleón Sordo.

2 comentarios a “No siempre puedes tener todo lo que necesitas. Entre Sherlock Holmes y Mick Jagger”

  1. MAB dice:

    Se están ablandando, pero igual los queremos

  2. Daniel dice:

    Una facción, a mí nunca me gustó House, al ver dos capítulos ya los viste todos.

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