Blog • Diciembre 2009

Lecturas de 2009: Martín Cristal

Diciembre 17, 2009
Por Hermano Cerdo

Martín Cristal es autor de Bares vacíosLa casa del admirador. Vive en Córdoba, Argentina y edita el blog El pez volador.

No siempre voy detrás de las últimas novedades; tampoco me atrinchero sólo entre los clásicos. Leo sobre todo narrativa, pero no exclusivamente. El azar me acercó a estos diez excelentes libros durante 2009:

2666, de Roberto Bolaño: Inconclusa en su trabajo —no en su argumento— debido a la muerte de autor, creo que 2666 es una gran novela, aunque mi favorita entre las de Bolaño siga siendo Los detectives salvajes. Creo que la apuesta más alta de 2666 es la cuarta parte, “La parte de los crímenes”, y la más bella, la quinta, “La parte de Archimboldi”. En El pez volador propuse una teoría para interpretar su misterioso título.

Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued: Cruel, impiadosa, alejada de todo atisbo de bondad, es una exposición de la violencia sin moralina, enseñanza o comentario ético alguno. Con un ritmo que fluye sin ripios ni obstáculos, esta novela inicia en el paisaje inhóspito del Chaco, cuyo “sol tremendo” parece exacerbar el salvajismo de hombres y animales, un poco como la “luna caliente” de Giardinelli, aunque con muchísima más vileza implícita en cada línea del texto. Luego una parte de la acción se traslada a Córdoba (donde el autor vivió varios años, y donde yo vivo actualmente).

Relatos II, de John Cheever: El primer tomo ya me había fascinado. En el segundo, Cheever continúa mostrándonos los sueños rotos de la clase media norteamericana de los cincuenta (personajes al estilo de Leonardo Di Caprio y Kate Winslet en Revolutionary Road). Lo hace con esa tenacidad que presentan los escritores que —renuentes a probar distintas cosas o inaugurar diferentes etapas en su carrera— eligen desde el principio y para siempre una forma y un cúmulo limitado de temas como su inalterable documento de identidad.

La gaviota y El jardín de los cerezos, de Antón P. Chéjov: En La gaviota (1896), el joven Trepliov pide: “Hacen falta nuevas formas. Nuevas formas hacen falta, y si no se encuentran, mejor es nada”. El escritor wannabe que reclama lo Nuevo para el Arte, enfrentado al artista que ya goza de tal nombre en base a una trayectoria sólida y reconocida que, paradójicamente, ya no le aporta al Arte más que repeticiones aprendidas, es el conflicto que sostuvo mi interés a lo largo de la lectura. ¿Aceptar madrinas o padrinos artísticos, ir en busca de su apoyo o su consejo, o bien criticarlos, rebelarse contra ellos desde el principio, sin aceptar nada de sus manos?

De El jardín de los cerezos (1903) sabía demasiado antes de leerla, por lo que tenía cierto desgano al empezar. Pero tuve suerte: justo en esos días, la Comedia Cordobesa estrenó su adaptación para el Festival Internacional de Teatro Mercosur. No estaba ambientada en la Rusia del cambio de siglo, sino en la Argentina de los sesenta; la invención de Chéjov no se resintió en absoluto.

Los gauchos judíos, de Alberto Gerchunoff: Publicada en 1910, en el espíritu del Centenario, esta colección de estampas de la vida rural de los inmigrantes judíos en Argentina, oficia —según explica Perla Sneh en el excelente estudio introductorio— “de vía de acceso de la comunidad judía a una sociedad no siempre hospitalaria”. La prosa de Gerchunoff es dulce y poética, bucólica, tierna, aunque algunos de sus usos hoy resulten un tanto arcaicos. Una oportuna lectura de cara al Bicentenario, como un punto de partida para pensar qué pasó en estos segundos cien años entre la comunidad judía y la Argentina.

Un descanso verdadero, de Amos Oz: El estilo de Oz me pareció fascinante. El contrapunto entre los dos personajes principales no viene a bajarnos línea sobre las bondades de una forma de organización social (no hay aquí nada de aquel utópico “kibutz del deseo” que ansiaba Oliveira en Rayuela), sino a propiciar con su encontronazo una mirada crítica sobre el kibutz en su auge, y también sobre el contexto israelí en los años previos a la Guerra de los Seis Días. La tierra de Oz, ese Israel en conflicto permanente, queda representada en la dulce y triste Rimona: con sus duras pérdidas y su presente rutinario, ella también es un territorio en disputa.

En busca del tiempo perdido. Por el camino de Swann, de Marcel Proust: Mi deseo de probar la tecnología de “Texto a audio” (TTS) me llevó a hacer el experimento de escuchar en mi reproductor de mp3 este clásico que había relegado por otras lecturas. El dilatado estilo de Proust queda a contrapelo de lo que la mayoría de los escritores jóvenes hace hoy. Y aunque es cierto que a veces harta, en otras ocasiones, cuando trata alguna debilidad humana o pinta la forma de ser de un personaje, me resultó paradójicamente refrescante leer a un autor que hace justo lo que hoy (casi) nadie hace. Una novela que lo contiene todo, y que nos permite entrar y salir de ella mientras llevamos adelante otras lecturas.

Tratado de los vientos, de Gastón Sironi: Poesía. Un autor de Córdoba, ciudad a 800 km del mar, escribe sobre los mares y las naves que los surcan y —especialmente— sobre los vientos que impulsan o desbaratan a esas naves. Destaca la prolija enumeración poética de los vientos del mundo. ¿Cómo nombrar al viento? Y sin embargo, cuántos vientos se pueden nombrar… Todos los nombres se escuchan de una forma nueva al ser engarzados en la cadencia del poema, y también al ampliarse su significado mediante la incorporación lírica de las etimologías. Cabe señalar lo exquisito de la edición (Viento de Fondo, 2007).

Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo, de Chris Ware: Hacía mucho que —además de reírme o entretenerme— no me conmovía con una historieta. Ware es posedor de una gran maestría formal y de una alta sensibilidad para la construcción de un personaje vulnerable y querible. El principal rasgo de Jimmy Corrigan… es la manera inteligente en que Ware le confía la historia al lector, o mejor dicho: la manera de confiar en que el lector es inteligente. La sumatoria de distintas estrategias visuales hacen de esta obra una verdadera joya que demuestra —para quien precise esa demostración— las posibilidades expresivas de este arte.

Una mujer en Jerusalem, de A. B. Yehoshúa: En esta parábola, con una carga moral que hubiéramos preferido más matizada, Yehoshúa explora la responsabilidad social de las empresas en la vida actual —suplantando incluso el rol del núcleo familiar— y también la frialdad en su trato a los trabajadores. Lamento el título cambiado para la versión en castellano (y también la insoportable castellanización de “Jerusalem”). El título original en hebreo es Shlijutó shel ha-memuné al mashavei ehosh: La misión del director de recursos humanos (un misleading title que podría llevar a esta novela al estante de los libros de management). Su adaptación nos hace perder el doble sentido que Yehoshúa quiere que descubramos en esa frase.

Esta nota forma parte del especial Las lecturas de 2009. Para leer otras participaciones, haga clic acá.

2 comentarios a “Lecturas de 2009: Martín Cristal”

  1. Lo mejor que leí en 2009 (3/3) « El pez volador dice:

    [...] Aquí termina la serie de los mejores libros que leí en 2009. Una síntesis —¡y ahora nos lo dice!— salió en el especial «Lecturas de 2009″ de la revista digital HermanoCerdo. [...]

  2. estrella dice:

    Muy buena nota!

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