Blog • Diciembre 2009
Lecturas de 2009: Liliana Lara
Liliana Lara es venezolana y vive en Israel. Autora de Los jardines de Salomón. Su blog, Memorias y avatares de una madre intelectual
Mi descubrimiento literario de este año fue la húngara Agota Kristof. Disfruté cada línea de su trilogía de Claus y Lucas (compuesta por: El gran cuaderno, La prueba y La tercera mentira). La historia comienza en plena guerra, cuando una madre se ve obligada a dejar a sus gemelos en casa de una abuela malvada. Suena a fábula para niños, pero es más bien una pesadilla. La primera novela está narrada desde el “nosotros” indivisible, de idéntica mirada, de unos niños que se someten a un duro entrenamiento para volverse inmunes al mal y al desafuero que los circunda. En la segunda y la tercera novela los gemelos se separan, crecen, se contradicen. Una trilogía compuesta por versiones y contradicciones que el lector debe resolver si es que acaso le interesa saber cuál fue el destino de sus protagonistas. Me encantó el lenguaje seco y duro, la falta de piedad, la presentación de los hechos sin reflexiones ni comentarios. En alguna parte la voz plural de los gemelos señala -refiriéndose al diario en el que cuentan su vida y sus ejercicios para superar el mal- que: “Las palabras que definen los sentimientos son muy vagas; es mejor evitar usarlas y atenerse a la descripción de los objetos, de los seres humanos, de uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos”. Toda una lección de narrativa.
Pero también quedé impresionada con dos novelas totalmente opuestas a la de Kistof: dos novelas de prosa lenta, como contadas en voz muy baja, que en mi opinión son parte de un mismo género, de un mismo universo o de una misma tradición: Mis dos mundos del argentino Sergio Chefjec y Lluvia de la venezolana Victoria de Stefano. En ambas la anécdota mínima se desvía por múltiples senderos. Los senderos de ese parque brasilero semi abandonado en Chejfec. El arreciar y el amainar de una lluvia caraqueña en De Stéfano. Relatos mínimos pero intensos, enmarcados en metáforas vegetales, un lenguaje reflexivo y hermosos que nos conduce muy lentamente a la interioridad de sus protagonistas, pero también a un afuera que arropa como la lluvia o las buganvillas.
Otro libro que marco este año fue El talento de los demás de Alberto Olmos. Una novela sin estridencias, de lenguaje extremadamente cuidado, sin el lastre de “lo pop”, ni ese querer escandalizar a como de lugar que tienen algunos narradores del momento. Una novela que cuenta, que se desvía, que se multiplica, que cambia de ritmo con maestría y madurez. Un autor que no le teme a lo clásico.
Releí Prisión perpetua de Piglia y me volvió a parecer una obra maestra. Un laboratorio de la ficción, como se autodenomina en sus líneas. Descubrí a Chéjov, a quien realmente no había leído más allá de su dama con perrito. Disfruté cada una de las historias de Hasta luego, Mister Salinger de Juan Carlos Méndez Guédez.
También leí otros libros, pero me gustaron menos o ya no los recuerdo.
Esta nota forma parte del especial Las lecturas de 2009. Para leer otras participaciones, haga clic acá.
